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Florcita Motuda en Woodstaco 2017, un show especial
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Florcita Motuda en Woodstaco 2017, un show especial

Miércoles 18 de Enero, 2017

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Escrito por: Matías Burgos

Es un caluroso sábado en la tarde, segundo día del Festival Woodstaco 2017 y todos celebran con alegría porque aún falta la mitad para el final. La Montaña de Teno resuena desde lo más profundo con todos los colores musicales que emanan de los 4 escenarios instalados en las entrañas de la precordillera. Todo anda bien y, salvo algunos retrasos e inconvenientes de energía y abastecimiento, el evento marcha de acuerdo a lo planificado. Y lo que no, se improvisa y de alguna forma resulta a punta del ñeque del compañerismo.

Pero aún falta la asistencia de uno de los invitados más esperados de esta version. Sé que viene en camino, sé que sigue mis indicaciones para llegar, pero se quedó sin señal en el celular en la carretera y no me queda más que esperarlo en la puerta. Debo asegurarme de que llegue bien y cumplir el desafío de llevarlo hasta el Escenario Rock en la camioneta que manejará mi hermano Juan. Todo esto en consideración a lo numeroso de la banda y la edad de su líder. Entonces veo su auto: Florcita Motuda baja el vidrio y me saluda sonriendo. “Erís chico, hueón, igual que yo. Los chicos siempre andamos inventando estas hueás”, me dice al bajar con un abrazo.

Ahora viene lo difícil: repletamos la camioneta de instrumentos y músicos, con Florcita de copiloto y su hija, Olivia, en el asiento de atrás. Lucas Merlin, otro descendiente del clan Motuda, decide irse caminando al lado del vehículo junto con otros miembros. Yo me subo en el pick up para ir gritando y despejando el camino, con la gastada voz de un pregonero ebrio. Tenemos que cruzar el festival entero que a esta hora está inundado de gente y carpas por todos lados, mientras solo pienso en no quedarnos atascados y no atropellar a alguien. También al pasar escucho a bandas increíbles que me pierdo todos los años y prometo ir a ver. Me pareció escuchar “Hermanos” de Vago Sagrado, dándolo todo en el Blesstaco. De verdad quise saltar de la camioneta un rato.

Descendemos lentamente y la gente, siempre respetuosa, nos deja pasar con cara de curiosidad. Los más vivos alcanzan a ver al copiloto y le gritan sus respetos y admiración. Son 71 años de vida para Raúl Alarcón, pero Florcita es atemporal y su música es inmortal, con letras tan únicas y surrealistas que no caben en ninguna categoría. “¿Qué cresta estará pensando de todo esto?”, me digo cuando miro tanta inmensidad y variedad de personas en estados alterados, considerando que el hombre ni toca los pitos. A veces son 5, 10 los que se agolpan frente a la camioneta, enceguecidos por los focos pero dispuestos a rendirle tributo a uno de los curicanos más destacados de la música chilena.

Cuando al fin llegamos, gracias a la habilidad y sobriedad del Jota, La Montaña nos regalaba un espectacular atardecer sonorizado por la armónica y la guitarra de LA BLUES WILLIS, guerreros del sonido más primitivo del rock. Nos bajamos en el backstage, donde toda la familia Motuda fue recibida entre abrazos y buenas palabras de bienvenida. Entonces Florcita me mira y me dice: “Vamos a comprar este terreno entre todos. Muchas personas que pongamos unos milloncitos y le llevamos todo en efectivo al dueño pa que no nos diga que no. Y así va a ser, debe ser este lugar y no otro.” Es una profecía autocumplida que me repitió unas 20 veces durante el festival, de la que me reía al principio pero que después evaluaba como una posibilidad real.

En un momento imaginé que podía estar cansado por el viaje, así que le pregunté pasándole una silla: “Flor, ¿te querí sentar un ratito?” Me miró cagado de risa encogiéndose de hombros. Fuí un ingenuo: iba de un lugar a otro, abrazándolos a todos y tomándose un té mientras el resto del backstage se devoraba las cervezas. No paraba en ningún segundo, lo ví bien y me retiré lentamente.

Me apresuré en dejar la pega lista para meterme de publico a ver a Las Sombras (¡qué show de puta madreeee!) y a Florcita después. Mis amigos ya estaban ahí, preparados para lo que sabíamos sería algo legendario e incierto, pues ninguno había visto en vivo y en directo el show. Y quedamos locos: la banda sonaba en total sincronía, profesional e impecable en su despliegue de toda clase de ritmos, melodías y destiempos alucinantes. Todos saltaban y bailaban sin ningún tipo de orden, esa noche Florcita conducía la orquesta popular de Woodstaco y moverse con libre expresión era inevitable. La energía de la familia Motuda se contagiaba en todos, se supieran o no las letras o los temas, daba igual porque es lo que pasa cuando la música es realmente buena. No creo recordar el orden de las canciones pero “Las Máquinas” hace corear a la multitud que anhela con todo su ser vivir el ocio y la flojera como debería ser, mientras que “Lucidez” seguro que impactó a ebrios y sobrios por igual con su letra sobre despertar la conciencia sin ayuditas. “Fin de siglo, este es el tiempo de inflamarse, deprimirse o transformarse”, la canción con la que ganó el Festival de la Oti en 1998, exige una capacidad vocal de ritmos raperos y altos tonos que Florcita simplemente se mete en el bolsillo: su talento para cantar y tocar la guitarra no se oxida con nada. El Escenario Rock estaba oficialmente lleno y al ver atrás se divisaban hordas de personas llegando sin parar.

Creo que el mejor momento de su show llegó cuando nos anunció que le cargan las religiones y nos propuso realizar un ritual con él. Así nos tuvo entonando su “Oración Para El Ateo” por lo que parecieron 5 minutos, con todo el público abrazando amigos o a cualquiera que tuvieran al lado, invocando lo que nos hace libres y felices desde el deseo profundo de nuestras almas. A cada verso, por confuso que fuera, la gente le ponía más fuerza para terminar explotando en aplausos por tal momento de sincronía de cientos de personas unidos bajo las estrellas de La Montaña. Y de una tiraron “El Ajo” con todos vociferando a Mariana. “Gente” fue la que le robó la voz a todo el festival con las altas notas del “cha lala la laaaaaaa” que se escuchaban hasta el otro día. “En Pelota”, un blues bien hard rock, dio hasta para un mosh que originó un tornado de tierra que me imagino debe haberle llenado los pelos de tierra a Florcita. Ese fue el final de su show, pero no de su paso por Woodstaco.

Al bajarse del escenario y cuando todo el mundo le pedía otra después de más de una hora de actuación, Florcita pidió respeto para el resto de las bandas y todos obedecieron. De ahí bajó a sacarse fotos con quien le pidiera, a cambio él les pedía que sacaran la lengua. Llegó hasta la cocina del stand de comida y también se fotografió con las mujeres que trabajaban cocinando (un equipo de lujo que sacó los mejores completos, empanadas y humitas). Nos decía que esto había que cuidarlo, que resulta sólo si lo hacemos con amor puro y que así parecía.

La subida fue algo más fácil y llegamos sin novedad. Mientras sus hijos optaron por quedarse a pasarlo bien, el resto de la familia Motuda abordó sus autos para irse a Santiago a descansar. Agradecí a Florcita por su concierto, por su aguante increíble y su amor infinito por lo que es verdadero. Él me volvió a anunciar: “Recuerda… lo vamos a comprar. Este lugar será nuestro y haremos algo hermoso”. Yo quise decirle que lo hermoso ya estaba hecho y que no importa el lugar si existen músicos y personas tan apasionadas como él. Pero preferí quedarme callado y simplemente recibir la energía de este misterioso ser humano que es Florcita Motuda. No un excéntrico ni un “loquito genial” como se ha tratado de encasillarlo, sino que todo un hombre de música y libertad.

Matías Burgos
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