Woodstaco 2019: La tribuna de lo genuino y visceral (Capítulo 1)
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Woodstaco 2019: La tribuna de lo genuino y visceral (Capítulo 1)

Woodstaco 2019: La tribuna de lo genuino y visceral (Capítulo 1)

jueves 17 de enero, 2019

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Escrito por: Álvaro Molina

“Mire, este es el camino que lo va a llevar, ¡no se lo saque de la cabeza! […] ¡Ahí está! Acaban de pescar a un cabro, ¿ve? Que lo pase bien amigo, ¡cuídese harto!” me dijo Carlos cuando llegamos al cruce que llevaba a Villa Baviera y Catillo. El cartel de Woodstaco estaba instalado en la esquina como si fuera el punto cardinal o el faro que había que seguir. Íbamos en su enorme camioneta negra junto a Pía, la hija de unos 10 años que me preguntaba qué iba a comer en el lugar donde iba. Carlos, un personaje macizo y seguro de sí mismo a la hora de conversar, fue quien me pescó cuando estaba haciendo dedo bastante lejos del camping Trapiche, casi al otro extremo, en la zona de Digua, instalado en un camino de tierra rodeado de árboles, embalses y los tábanos de verano que revoloteaban, hinchando los huevos en medio del calor y el inclemente sol sureño que estaba pegando con fuertes punzadas. Llegué a esa zona por error; fue gracias a la buena voluntad de otro tipo que me ofreció una carrera desde Parral y que sabía que ese fin de semana iba a tener lugar un festival de “hartos chascones simpáticos y cuetes buenos […] Mi hijo va a ir con mi nieto, él quiere ser rockero y aprender a tocar guitarra”. Al parecer, entre la gente de la localidad, el Festival Woodstaco significaba una peregrinación a un lugar de realismo mágico, donde no importa el calor, la distancia ni el cansancio, sino que lo importante es la reunión y la consagración entre las familias, los amigos, la naturaleza y la música.

No tuve que esperar ni cinco minutos para que apareciera el bus mágico que iba camino al camping Trapiche. Al instante en que subí, ya podía sentirse uno como en casa; mochilas y carpas apiñadas, guitarras, risas y conversaciones sobre cómo iba a estar el Festival este año, cuál era el mejor nombre de las bandas que iban a tocar (“Pulgas con Bata” y “Gusano de Troya” sonaron por ahí) y si había más cervezas para tomar en el camino. Cruzábamos por una carretera sinuosa que iba serpenteando entremedio de un paisaje donde se combinaban bosques nativos con forestales, sitios de tala de árboles, plantaciones de choclos y embalses. Luego de unos veinte minutos de viaje, después de una bajada en la que el bus se pegó un par de patinadas, llegamos a la entrada del camping donde nos hicieron bajar. A lo lejos, más gente caminando y sumándose a la peregrinación, a la cual ya había llegado una considerable cantidad de gente y carpas. Ya se veían familias y amigos prendiendo parrillas, chapoteando en el río, haciendo yoga, tocando guitarra, pasando más y más cervezas… “Esto es el paraíso”.

Habiendo encontrado un lugar para instalarme camino al escenario Micrófono Libre y cerca del bosque de hongos y duendes, armé la carpa con la – muy necesaria – ayuda de unos amigos de Curicó, saqué todo lo imprescindible para la noche, miré el horario y los Patio Solar se asomaban como uno de los primeros actos para inaugurar esta fiesta de la música y la naturaleza. Alrededor de las 19:00, en el escenario Nexo se empezaban a congregar las primeras personas dispuestas a disfrutar el entrañable dream pop del quinteto de La Florida, Santiago, quienes se mostraron muy seguros de sí mismos a la hora de hacer ruido y dar el puntapié inicial. Con el resto del equipo del escenario y Sonidos Ocultos nos saludamos, miramos el escenario, luego al público y ya empezaban las sensaciones de felicidad; algunos comentaban que, al contrario de otros años, había llegado más gente desde temprano y el número de personas instaladas alrededor del escenario lo confirmaba. La fiesta ya había empezado hace rato. Incluso, al lado del escenario, ya había alguien instalado plácidamente en los brazos de Morfeo, quizás cargando las pilas para lo que se venía. Inmediatamente después de los Patio Solar, se asomó El Lobo del Hombre, un cuarteto ya conocido entre la familia oculta y que inauguró su set con la potente “Marcha del Lobo” para después repasar parte de su disco de estudio, además del single “No Se Transa”, adelanto del nuevo material que pretenden lanzar este año. Guitarras llenas de flasheo, psicodelia progresiva y pura actitud arriba del escenario marcaron el debut de esta banda en Woodstaco.

Ya empezaba a caer el sol y se asomaba la noche, sinónimo de que ya era hora de rellenar las tripas. Buscando por ahí, cerca del escenario Enjambre, una de las mejores alternativas que dejó el diente con ganas de más fue la fábrica de cecinas artesanales de unos alemanes, quienes las servían ahí mismo, calentitas y con un rico pan. “Hallo! Dankeschön, bitteschön” y mucho Winter, ya! Con el buche satisfecho, ahora era necesario calmar las ganas de más psicodelia e improvisación libre.

El escenario Laguna Mental fue uno de los epicentros de la vanguardia, el ruido, el eclecticismo sonoro y, por supuesto, los buenos humos que hacían entrar en calor a quienes venían recién saliendo del río. Ya era de noche y llegaba la hora de que Los Tábanos Experience demolieran neuronas y oídos con una sesión de truenos y relámpagos en un estruendo de improvisación. Un huracán de sonidos que incluso tuvo momentos dulces, como cuando Daniela Defilippi (Psychotropics) subió al escenario para hacernos entrar en un trance con su mantra vocal. “A fumar, a fumar… Qué buena convocatoria, cabros” arengaban los del colectivo, quienes nos echaron al bolsillo cuando todo el masivo respetable que llegó al escenario exigió más y más para alargar su alto set de improweed music. Y la psicodelia en Laguna Mental no se detuvo ahí; luego del asalto de Los Tábanos, subieron al escenario los neo-psicodélicos de The Slow Voyage, cuarteto de Los Ángeles que metió con ganas toda la bulla que caracteriza a su primer disco, ‘Time Lapse’. Una lluvia ácida que esta joven banda conjuró entremedio de capas de guitarras y los ensordecedores aullidos de Freddy Lepe.

Dentro de los invitados estelares para esta versión de Woodstaco estuvo el sello peruano Necio Records, colectivo orientado a una majamama de sonidos progresivos, psicodélicos y experimentales y que venía de celebrar exitosamente su quinto aniversario en Lima (donde se presentaron bandas nacionales como The Slow Voyage, Vago Sagrado y Lagunas Mentales). Arturo Quispe, el chamán a cargo de este ecléctico sello, venía nuevamente al Festival para presentarse junto a Cholo Visceral. Pasadas las 23:00 horas, el escenario Nexo atrajo a un pequeño grupo de gente, algunos curiosos y otros que querían repetirse la experiencia de lo que es el ritual de Cholo en vivo. “Somos Cholo Visceral, venimos de Perú y… ¿por qué no se acercan más aquí al escenario? Sabemos que todos queremos disfrutar de esto…”. Con esta humilde introducción por parte del Quispe, nos acercamos más y la locura se desató con los primeros acordes de “Menú de 4”. Acompañados por Cristóbal Ulloa (Travis Moreno) en el bajo, los peruanos nos enajenaron y poseyeron con una ruidosa sesión que levantó polvo, sacó empujones y bailes, alaridos y hechizos que destaparon una actitud tribal. El rito contemplaba ofrendas de cerveza, piscolas, melón con vino y quién sabe qué otro escabio para Max Vega (saxo alto), quien no le hizo asco a nada de lo que le subían para tomar al escenario, echándole más bencina a las llamas que desató el combo de Perú, consagrándose como un acto fuera de serie en la primera noche de Woodstaco. “Creo que es lo mejor que he visto hoy día y probablemente sea lo mejor que voy a ver en todo este Festival” comentó un grupo al lado del escenario una vez que los Cholo se despidieron y figurábamos todos con la boca abierta.

Los labios secos, la tierra y el polvo en la cara, las emociones encendidas. Luego de unos reponedores pedazos de pizza bañados en un sensual chimichurri, cortesía de los cabros instalados entre la plaza y el escenario Enjambre, se avecinaba una nueva explosión de ruido en el Nexo. Después de que Pájaros Nocturnos y sus once miembros prendieran una fiesta de blues, rock & roll y baile, parecía como si el escenario se hubiera ensanchado al momento en que aparecieron Mauricio López, Juani Almarza y Ariel Fernández. La reducción de la presencia física arriba del escenario no fue sinónimo de que se redujera la energía arriba del mismo. Lerdo, el desquiciado trío de punk experimental, se aseguró de ser un alud para desatar furia y voltaje con un ataque desalmado sobre los oídos del público. Representando al sello Ladrido, lo de Lerdo fue un desenfreno y estruendo total que no trató de actuar como una apuesta convencional, sino que rompieron las murallas entre ellos y el público, con gente enroscándose arriba del escenario mientras López se contorsionaba debajo de él, Ariel se encaramaba sobre los amplificadores y el Juani destrozaba la batería. Sus aullidos y frenetismo los convirtieron en los mejores anfitriones del mundo para una celebración de mosh y personalidad que nos dejó sin respirar.

Hubo que tomar un descanso. La digestión de la embestida de Lerdo fue lenta y difícil. El cuello y los pies torcidos mientras el polvo seguía colándose en las entrañas y el frío comenzaba a calar en los cuerpos. Los de Alásido fueron los encargados de que el vino siguiera descorchándose en el Nexo y la llama siguiera encendida. Ellos armaron un festín de rock & roll que sirvió para que el agote no se notara en los cuerpos, además de dar un lindo ejemplo de lo que es el verdadero compañerismo arriba y abajo del escenario y la hermandad que genera su música de vestigios y tradiciones rocanroleras. Pero el reloj seguía corriendo. Ya estaban dando las 3 y algo de la mañana cuando un muro de sonido empezaba a elevarse en el Laguna Mental. Una cita con los titanes de Kayros estaba convocándose para mantener la incandescencia de la jornada. El cuarteto de Concepción no escatimó en los decibeles de su presentación, sino que hubo casi una intención de hacer explotar los equipos de sonido con una escabrosa psicodelia. “Sonaron más fuerte que la chucha, weón…” decía alguien por ahí mientras se sacaba los tapones para los oídos. Un show largo y estirado que no quería sucumbir frente al cansancio, sino que tenía la intención de machacar hasta el último minuto; lo de Kayros fue una ceremonia llena de riffs brutales y monolitos sónicos que cayeron como una lluvia de piedras sobre nuestras cabezas. A eso de las 4 y pico de la mañana, la jornada se despedía, pero todos seguíamos con ganas de más. La joda siguió; en los puentes, en el local de comida al lado de la plaza, en los bajones del sector Enjambre (donde los parlantes sonaron hasta ya bien entrada la mañana) y el sol salía para darle la bienvenida a un nuevo amanecer de música, naturaleza y consagración…  Hasta el momento, todo había valido la pena. Me acordé del tipo que me llevó desde Parral hasta Digua y pensé en su hijo y nieto que también estaban en el festival. Sin duda, aquí el niño iba a experimentar el verdadero espíritu del rock & roll.

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