Por Claudio Miranda
Existen desafíos de todo tipo. Algunos que empiezan desde el gusto personal. Y escribir sobre Old Man’s Child , una de las bandas top-10 del black metal para vuestro humilde servidor, es un reto complejo y entretenido. La excusa inmediata para tomar la pluma sería su inminente debut en nuestro país, el próximo martes 22 de septiembre en el Teatro Cariola de la capital. La realidad, digámoslo, es que hay una discografía que raya en las tres décadas. Born of the Flickering (1996), su Opera Prima, marca un punto angular en el género; hacia ese año, el black metal en Noruega tomaba proporciones de expresión nunca vistas. Emperor, Satyricon y Dimmu Borgir apuntaban hacia una escritura mucho más elevada, con una narrativa igual de sofisticada e intrincada.
Los orígenes de Old Man’s Child se remontan a 1989. Con apenas 13 años, Galder -Thomas Rune Andersen (1976)- forma junto a su amigo Tjodalv -Kenneth Åkesson (1976)- una banda llamada Requiem, primero tocando covers de Metallica y Slayer para después desarrollar un estilo ligado al death metal de la época. Entre la mitología local y la lectura de obras sobre los vikingos, Galder rebautiza el proyecto con el nombre que lo hará destacar entre sus contemporáneos durante cerca de veinte años. Y pese a los contratiempos debido al cumplimiento obligatorio del servicio militar en su país natal, Old Man’s Child concreta sus intenciones en Born of the Flickering, la primera declaración en una época de cambios radicales en el metal europeo.
«La banda más anticomercial que existe. Ni siquiera giramos». Son las palabras de Galder resonando entre quienes nos preguntamos sobre el distintivo de Old Man’s Child respecto a un género que, paradójicamente,ha tomado un camino cada vez más integral: el circuito de giras es un distractor para una banda exclusivamente centrada en la expresión y la necesidad de crear. Una misión (casi) imposible para una crítica que creyó entender la identidad del proyecto y, a la vez, le acuñó el término ‘progresivo’ ante los pocos recursos al alcance para diferenciarlos de otros nombres más laureados. La misma prensa que aún se empeña en comprender una naturaleza que pone en la balanza la grandeza y la pequeñez, lo imaginativo y lo repetitivo sin ningún empacho.
La identidad de Old Man’s Child se resume en una propuesta que aún perturba: unir la oscuridad del black metal a la sofisticación desde la escritura. Piezas con distintos movimientos y texturas expansivas que alternan electricidad con arreglos complejos y mucha, mucha melodía. Una combinación de penumbra y buen gusto que abrumó a quienes pensaban que estaba todo escrito entre la crudeza lo-fi de los orígenes y la posterior limpieza en términos de producción. Lo que Satyricon instauró a partir de su tercer album Nemesis Divina (1996); una fusión de elementos distintos entre sí en apariencia, forjando un sello de distinción tan ecléctico como inconformista.
En comparación a otros nombres como más arrastre, Old Man’s Chid jamás perdió su fuerza creativa. Quizás previendo los efectos de la comercialización y el mercadeo excesivo, señaló el punto final de su discografía con Slaves of the World (2009), un cierre glorioso que no necesitó rimbombancia para estampar su firma. Y aquellos discos con estatura de coloso -Born of the Filckering (1996), The Pagan Property (1997), Revelation 666: The Curse of Damnation (2000), In Defiance of Existence (2003), Vermin (2006) y el mencionado Slaves of the World- son los que encarnaron durante el cambio de siglo-milenio una propuesta innovadora y exuberante, cuya variedad de colores musicales le dio al género un camino distinto sin transar en lo absoluto la integridad.
Lo que ocurrió con Old Man’s Child durante las últimas dos décadas hasta hoy, solamente responde a las necesidades de su ideólogo y máximo jerarca. La experiencia en vivo será una liturgia imperdible; una instancia única para ser testigos en carne propia de un trabajo de anatomía. Y tratándose de una banda que se toma el tiempo y el espacio para ofrecernos sus secretos más recónditos, la jornada del martes 22 de septiembre en el teatro Cariola tendrá mucho paño que cortar. Una oportunidad única para asistir a un ritual de catarsis irrepetible.
Este artículo ha sido visitado 1 veces, de las cuales 1 han sido hoy







