Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @sonidosocultos
Un rasgo distintivo en el black metal es la fidelidad. Específicamente, la paciencia de sus seguidores ante la noticia de una visita histórica, en muchos casos impensada hace al menos dos décadas. Por remontarnos al caso más reciente, el show de Emperor en el Caupolicán (2022) es lo más cercano a lo que se puede comparar lo ocurrido anoche en el Teatro Cariola. El hervor ante el primer cara a cara entre Old Man’s Child y el público nacional fue inmediato. Y si bien el recinto de calle San Diego estuvo lejos del abarrotamiento, nada puede minimizar la trascendencia de un show largamente esperado, incluso por quienes conocíamos durante décadas la naturaleza de una banda que llevaba en las penumbras ¡más de un cuarto de siglo! Y con el regreso a los escenarios fijando sus primeras fechas en Sudamérica -Chile incluido, nada más-, teníamos un imperdible para los amantes más acérrimos del género.
Si en los nombres de apertura había una razón de ser, el de Sol Sistere como embajador local proyecta la estatura de un nombre angular. No es solamente hablar de una de las mejores bandas del género en Chile y Sudamérica, sino encontrar los recursos que permitan explicar la forma en que su firma, entre el espesor del black metal y la bruma envolvente del post-metal, se expande hacia donde pocos logran llegar. Hay un catálogo donde el LP homónimo (2021) aún pisa fuerte como un monstruo grande, a la vez que «Chasm’s Oddisey», extraída del EP recién salido del horno Adrift from Reason, da cuenta de un presente fulgurante en términos creativos.
Resulta impresionante la forma en que César Moreno, ingresado hace poco más de un año a la banda, acomoda el ataque en las guitarras junto a Carlos Fuentes. Entre ambos se conforma una dupla que hermana fuerza e inventiva, todo en favor de una matriz que el bajo de Pedro Chávez y la batería de Pablo Vera completan a punta de movimiento y profundidad. Al frente, un S. entregado completamente a su rol de frontman y voz. Intenso y teatral hasta la médula, es lo que le brinda al repertorio en el directo una estatura de coloso que hace del encuentro en vivo una descarga purificadora. Lo que le da a «Nothofagus» y «The Narrow Path» -ambas de la bestia homónima del ’21- un calibre de viaje sensorial a medida que la banda expone sin trucos su jerarquía en la escritura.
Y aprovechando los 10 años del lanzamiento del LP debut Unfading Incorporeal Vacuum (2016), «Relentless Ascension» y «Seeker of Souls» dicen ‘presente’ en el set con la frescura propia de los clásicos. La recepción del público tras el show es unánime; Sol Sistere es una banda que se codea fácilmente con los referentes del género en todo el orbe. Referentes como Primordial, Harakiri for the Sky y Uada, por nombrar un puñado de clase mundial, saben que el Sur del Mundo se nutre de calidad e identidad. Y por consistencia al momento de brindar un producto con su propia rúbrica, Sol Sistere merece grabar su nombre a fuego en la historia que se escribe en tiempo real.
Con los horarios ajustados a cabalidad, la primera vez de Hecate Enthroned en suelo chileno merece atención especial. Aprovechando los 45 minutos en el escenario, bastó que las iniciales «Beneath a December Twilight» y «Dark Requiems, and Unsilent Massacre» sugieran como bestias del inframundo para levantar un espectáculo con matices de liturgia negra ante un público que ni distingue entre iniciados y curiosos. Y con más de tres décadas de carrera, los hoy radicados en Liverpool han sabido poner atención a las nuevas formas, asumiendo que esta primera vez en estos rumbos podrán llamar la atención de un público que, en su mayoría, los verá como una novedad pese al largo trayecto.
El elemento sinfónico de su propuesta tiene como centro neurálgico el teclado de Pete White. Entre la distorsión implacable de las guitarras a cargo de Nigle Denna y Andy Milnes, White se manda un trabajo magistral al completar el ropaje de una banda que transforma la ambición en un rasgo natural. Ataviado como sumo sacerdote en una ceremonia profana, Joe Stamps evoca todo lo que es el género hasta los huesos. Cada gesto y movimiento complementa su registro vocal, un trance perpetuo entre lo agudo y lo grave, hasta que su figura de brujo y hechicero surte el efecto deseado. Yendo al presente, «Deathless in the Dryad Glade» asoma como la única representante de su lanzamiento más reciente, titulado The Corpse of a Titan, a Lament Long Buried. Títulos con la misma extensión de una escritura traduce su expresión hacía un espectáculo sin puntos de luz y contundente en su espíritu de negatividad absoluta. Un debut auspicioso que, esperemos, marque el punto de inflexión en su relación con el público chileno.
Con la intro «Goetia» y la explosión inicial de «Towards Eternity», la espera de más de tres décadas llegó a su fin como si se tratara de una recompensa. No había un lanzamiento flamante a promocionar, pero sí un catálogo que se basta por su alcurnia ganada a pulso y creatividad sin igual. Un pequeño instante para un respiro mediante, «King of the Dark Ages» echa el recinto abajo, y con toda razón. Una de las extraídas del seminal Born of the Flickering (1996), termina por convencernos de que Old Man’s Child está ante nosotros, ofreciendo un repertorio cuya sintaxis se irá armando con sabiduría tenebrosa a medida que transcurra la noche. Bien lo sabe Galder, amo y señor de un proyecto que ha buceado por las aguas más subterráneas y emerge en la superficie para reclamar lo que le pertenece.
El juego de luces, a lo largo del show, responde al tono visual que el catálogo de los nórdicos despliega como una paleta de colores. «Doommaker», «Hominis Nocturna» y la titular «Born of the Flickering» continúan el tramo inicial de un espectáculo con matices de experiencia. Para lograr aquello, Galder se acompaña de Cyrus (guitarra), Elvorn (bajo) y Tjodalv (batería). todos músicos que disponen sus habilidades respectivas en favor del disfrute. El metal, en el subgénero que sea, es pasarlo bien sobre el escenario. Galder, a diferencia de otros jerarcas que terminan absorbidos por su rol de ‘jefe’, lo pasa bien interactuando con sus compañeros de navegación, de la misma forma en que se acerca al público y les expresa mediante una sonrisa o un gesto el agradecimiento por tamaña muestra de cariño y euforia en el último lugar del mundo.
Lo que distingue a Galder, tanto como sus dotes como músico de alta factura, es su carisma. El desplante magnético que genera sin marearse ni perder el hilo en discursos para la galería. Un líder que entiende a la perfección lo que evocan «The Soul Receiver «, «Twilight Damnation» y «God of Impiety» como piezas arquetípicas del black metal sinfónico desde el impulso, mucho antes de que el género se degradara a la etiqueta o el truco para vender el disco/justificar la gira. Y es que Old Man’s Child, más allá del mote ‘anti-comercial’ que el propio Galder se adjudica sin caer en la exageración, cultiva una propuesta con brochazos de contemplación para quienes llevamos sus buenos años atrapados en una complejidad compositiva de semejantes proporciones. Alejarse lo más posible del cliché. Evitar la integración que otros consagrados han tomado por causas más cercanas al mercadeo excesivo que a la necesidad de expresión. El elemento progresivo que los estudiosos del género le firman a la banda por los patrones inusuales de escritura, acá cunde desde su propia naturaleza. Y la gente lo nota a kilómetros, para el gusto de algunos y el disgusto de quienes aún se aferran al lugar común.
En la recta final del show, una vez cerrado el set regular con la onírica «The Dream Ghost», queda la sensación de haber descubierto algo nuevo frente a nuestros sentidos. El cierre con «Unholy Vivid Innocence» y la suprema «The Millenium King» encaja con una presentación que superó lo impecable. Y si observamos de pasada a los más de 700 asistentes, nos encontramos con dos tipos de público: uno de predominio juvenil que supo de la existencia de Old Man’s Child cuando el proyecto cesó sus presentaciones en vivo. Mientras que el otro público, el que promedia los 40 años, los venía siguiendo desde la década del ’90, cuando el género era una cosa para entendidos. Pocos eran quienes se enteraban de los movimientos de Galder y sus colegas acá en nuestro país, salvo por revistas nacionales, como la recordada Grinder, o publicaciones internacionales como Metal Hammer -en el amanecer de los 2000, algunos ejemplares llegaban a nuestro país con casi 6 meses de retraso. Otros tiempos.
Impensable lo de anoche durante la década del ’90. Al mismo tiempo, el black metal ha experimentado una especie de ascenso desde las catacumbas, tanto por razones de índole comercial como por lo que ofrece en términos de alquimia y búsqueda. En Chile tenemos el caso de nuestros queridos Dorso; el propio Rodrigo ‘Pera’ Cuadra, confeso amante del estilo, ha admitido en varias ocasiones que el black metal nórdico reforzó su lenguaje como artista y compositor. De esta manera, una institución como Old Man’s Child preserva su reinado como receptor de almas inocentes en plena Edad Oscura. Una era que trasciende milenios en lo que dura un parpadeo.
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