Cryptic Celebration VII: Regreso a las raíces de la (des)esperanza
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Tiene toda razón de ser la elección del nombre que reunió la noche del viernes 30 de octubre al circuito subterráneo del metal lento y real. Retomando el nombre de los míticos eventos de la década del 2000 que reunió a la entonces pequeña comunidad doom, la oportunidad de rememorar los viejos tiempos estaba a la vuelta de la esquina. Mucho más con el retorno de Mar de Grises, un sueño que se concretó, primero, con algunos shows exclusivos durante el año pasado, para después confirmar el propósito del regreso como tiene que ser: material nuevo, con un adelanto rebosante en ideas frescas y un siguiente LP cocinándose a fuego lento. La suma de Poema Arcanus, en palabras del propio Claudio Carrasco, significa recordar los viejos tiempos. O mejor dicho, conmemorarlos ante un un público que, digámoslo, respira doom y death metal como parte del clima y la geografía del Sur del Mundo.

Si nos vamos de lleno al cartel y los nombres listados, la variedad estaba garantizada. Nada de fotocopias ni lugares rentables; el doom, ante todo, es sinónimo de identidad y, mucha, mucha convicción. Mar de Grises y Poema Arcanus, arriba en el cartel, lo vienen aplicando durante poco más de un cuarto de siglo y lo podemos notar en lo que espejan sus respectivos materiales en estudio. Una cátedra a la que se suman Mortajas y IIII, ambas propuestas tan distintas entre sí, a la vez que sus fuerzas compositivas desembocan en un transmisor de emociones genuinas. Ahí donde la velocidad y el monstruismo funcionan como recursos para el gancho fácil o levantar el show, los cuatro nombres que se tomaron el escenario de San Diego 246 apuntan a la simbiosis entre la condición humana y la bruma de nuestros pensamientos.

Puntual a las 19 horas, la jornada empieza con IIII plantándose en el escenario con una formación en pleno estado de gracia. Es la impresión que nos queda desde el arranque con «Sceleratus», una de las gemas que conforman su placa más reciente titulada Nueva Desesperanza (2025). Con el bajista y cantante Christian Spencer al frente, el cuarteto se ahorra en discursos lo que invierte construyendo un trance perpetuo de melodía e intensidad hasta la médula. De realiza una gira por la costa oeste de EE.UU el año pasado. hasta integrarse a un cartel con lo más granado del estilo a nivel local, implica una optimización y una muestra de entrega en cada nota y riff ejecutado.

Eso de que los amplificadores hablan más fuerte que las palabras, como reza la frase estampada en las poleras oficiales de Eyehategod, es la constatación de lo que genera una propuesta distinta y, a la vez, coherente con el resto del cartel. Y es que IIII, bebiendo del manantial post-hardcore que consagró a The Jesus Lizard y At the Drive-In como referentes para generaciones completas, apuesta a su integridad desde la inventiva en el estudio hasta la explosión emocional en el directo. Son músicos que respiran su música sin descansar en el lugar común. Más bien, lo llevan hacia un lugar donde pocos se atreven a poner un pie. Y en el directo, con Spencer exprimiendo su garganta en «Élegos», y el conjunto detonando rabia y frustración viscerales en «Judas», se nota a kilómetros la forma en que su creatividad se expone como un exámen de anatomía. Es lo que le da a IIII un distintivo con efecto liberador en todas sus capas

Tanto como un acierto, Mortajas en vivo es sumergirse en un estado emocional sin grises: el ‘te gusta o no te gusta’ llevado a una apuesta que trasciende cualquier fórmula o lugar conocido. Sus integrantes, todos con recorrido de décadas en los descensos al Maelström del metal literalmente pesado, disponen sus habilidades instrumentales en favor de la emoción honesta en su forma más pura. «Miedo y Dolor», por ejemplo, extiende la morfología de su título hacia un acto de introspección que, lejos del consuelo y la aprobación ajena, habla golpeado al corazón. La voz de Marcos Contreras, quien comparte labores en guitarras con Sergio Álvarez, evoca la sensibilidad de nuestra humanidad a medida que el relato nos lleva al espejo con nuestra propia tiniebla espiritual.

La gran virtud de Mortajas está en cómo traspasa la narrativa de sus producciones en estudio al peregrinaje en vivo. Músicos que entienden lo que significa tocar doom metal desde un ideario propio. Tanto como las letras, es su desarrollo musical lo que le proporciona a los de la V Región un lugar referencial, y no solamente en el doom. El contraste entre la paz mortuoria y la intensidad, la distribución de matices en todas sus estaciones de repertorio, la forma en que la cadencia y la potencia interpretativa de las guitarras se hermanan en un sentido de expresión, algo capaz de decirlo todo con una idea más poderosa que la verborrea de los tiempos. Y en un estilo donde la certeza de tocar esta música se desentiende de la pirotecnia recurrente en otros géneros más brutales o ‘virtuosos’, lo que brinda Mortajas es un acto de fé que mueve cordilleras de norte a sur.

La marcha siniestra de «Raven Humankind» inicia la estadía de Poema Arcanus en el escenario del Cariola. Tanto como los horarios cumpliéndose con ajuste de relojería suiza, también es menester resaltar la importancia que las bandas le dan al show ante todo. Y Poema no es una excepción al caso. Si hablamos de una banda importante y querida incluso en terrenos bastante ajenos al doom, es porque hay algo en su rúbrica que logró llevar la huella de My Dying Bride y los primeros Paradise Lost hacia su propio edén creativo. «The Lighthouse Keeper», la que sigue en el set, reluce un fulgor que se intensifica en cada sección hasta el clímax del relato en cada estación. Una constante que hará de su set un viaje hacia el espesor de nuestra soledad.

El desplante magnético de Claudio Carrasco en la voz, es tan fundamental como el despliegue de Igor Leiva en las seis cuerdas. Ambos conforman el núcleo de escritura y diseño sonoro que Poema Arcanus viene expandiendo desde el corazón de los ’90s. La belleza sublime de «Elegía», la reflexión desgarradora de «Nihil», y la letanía de «Distances», una a una se manifiestan como fuerzas de la naturaleza ante un público totalmente entregado. En la batería, Carlos Fuentes proporciona con un toque de fuerza y sutileza que encajan fluidamente en los esquemas de la banda, mientras que Juan Díaz en las bajas frecuencias completa el cuadro golpeando las cuerdas con fuerza suficiente para romper un glaciar. Poco que agregar respecto a una institución del metal nacional por derecho propio, incluso sabiendo que su material más reciente -Stardust Solitude (2020)- puede jactarse de una estatura y lozanía con gradaje de clásico. Dicha jerarquía se nota en el estado de gracia y madurez que la banda proyecta en vivo, siempre dando el 102% y permitiéndose revitalizar su material con soltura de padres fundadores. Metal, derrumbe y exilio. Distintivos que Poema Arcanus compila desde la voluntad y entrega al público con la solvencia de los grandes.

El calendario dice que Mar de Grises volvió a las pistas durante el período de marzo-abril de 2025. La realidad es que el lanzamiento del single «Surrender to the Fall», hace un par de meses, corrobora las intenciones más allá de conmemorar los triunfos pasados. La empezada con «Starmaker», la que también abre Stream Inwards (2010), traspasa al espectáculo un nuevo amanecer para la banda. Igual que en el disco mencionado, «Shining Human Skin» y «The Bell and the Solar Gust» le siguen tomándose el tiempo para elevar sus núcleos respectivos hacía melodías urgentes con temple indómito. Lo que en el estudio ruge e intimida hasta sumirnos en la pesadilla más agobiante, en el directo se traduce a un oleaje de purificación que nos hace sentir grandes en la experiencia y pequeños en la cosmovisión que Mar de Grises proyecta desde su propio impulso de expresión.

Tanto como la destreza intacta de sus músicos, resulta llamativo que la primera parte del set, se conforme de Stream Inwards y el primigenio The Tatterdemalion Express (2004). Del LP debut salen a marchar «El Otro» y «To See Saturn Fall», ambas en un muestrario de creatividad y testimonio que recrean los parajes de desconexión y pérdida que Mar de Grises describe con fidelidad aterradora. Una sensación que Juan Escobar, en la voz y los teclados, corona en un cuerpo instrumental que dispone todos sus conocimientos adquiridos en favor de una matriz que transforma mundos inhabitables en lugares aptos para la vida.

La segunda parte del show, tras un breve y refrescante intermedio, inicia con «Surrender to the Fall». Mar de Grises habla en tiempo presente y su single más reciente es la prueba de una idea consistente en todas las ligas. Dada su corta edad respecto a sus hermanas de repertorio, es la que aprovechamos para apreciar al detalle el extraordinario trabajo de Sergio Álvarez y Rodrigo Morris en las guitarras. La importancia del silencio y el contraste sónico que el conjunto expone como parte de un lienzo tan pantagruélico como la dimensión de sus piezas a medida que avanza la noche. Rodrigo Gálvez, bajista de técnica exquisita, se lleva con el baterista Pablo Martínez como si llevaran años en el andamiaje rítmico. Y lo que se manda Juan Escobar, dueño de un registro vocal dotado como pocos, es fundamental para entender la naturaleza que Mar de Grises viene desarrollando desde los 2000 como una fuerza natural que enfatiza la atmósfera y la tensión con rasgos cinematográficos. La función de Escobar en los teclados, además, es vital cuando hablamos de una agrupación que encapsula la bruma de nuestra geografía y la entrega al público como un paquete de abstracción hipnótica.

El repaso por Draining the Waterheart (2008) se traduce a unas poderosas versiones de «Sleep Just One Dawn», «Deep-Seeded Hope Avant-Garde» y «One Possessed». Sus ejecutores saben cuán importante es el orden del set, tanto como la dedicación que nace en la habilidad y se reproduce en la intención con resultados exactos. El cierre con «Recklessness», otra de The Tatterdemalion Express, parece dejarnos exhaustos, pero en realidad su efecto responde a la sensación de haber (re)descubierto un vórtice hacia un lugar ignoto. Otro lugar que Mar de Grises, al menos en lo que empieza como un nuevo ciclo, se dispone a explorar a su propio ritmo.

El doom metal, al menos en Chile, tiene un público numeroso, y no solamente en términos de cantidad. Es música que congrega a quienes abrazan la música que transmite ideas profundas, siempre como parte de un proceso personal. Lo saben los músicos, lo tienen claro las propias bandas cuando el impulso por explorar las raíces de la (des)esperanza resulta en el encuentro con lo inesperado y, a la vez, lo necesario para el alma. Chile es un país súper doom, como declaró el bajista Daniel Pérez Saa a un conocido medio hace unos días, por las cosas que nos pasan y el tono ceniciento que impregna la atmósfera local. Y si las bandas como Mar de Grises vuelven a hablar en pleno 2026, es porque los tiempos demandan una voz que se manifieste por nuestras penurias.

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