Treinta años después la mecha sigue encendida. Apocalyptica regresó por tercera vez a Chile con un repertorio íntegramente dedicado a Metallica y combustible suficiente para avivar el incendio que desató Plays Metallica by Four Cellos en un ya lejano 1996.
Y es que volver al origen tenía sus riesgos. Las canciones nos las sabemos de memoria y la sorpresa de ver a tres músicos haciendo rugir sus chelos ya tiene tres décadas. El desafío consistía en llevar aquella idea todavía más lejos, encontrar nuevos relieves en un territorio recorrido hasta el cansancio. En un Teatro Cariola colmado, los finlandeses pusieron a prueba tanto sus instrumentos como nuestros recuerdos.
BOSQUE DE HUALLES: MELANCOLÍA CON RAÍCES
Alrededor de las 20:30, Bosque de Hualles abrió la jornada con una propuesta que exigía afinar el oído antes de sacudir la cabeza. El ensamble chileno-rumano desplegó sus cuerdas acústicas, flauta y percusiones —con el pulso terroso del bombo legüero— para llevar al escenario un paisaje de montañas, ríos y bosques.
Su música dialoga con distintas vertientes de la raíz latinoamericana. Hay afinidades con la fusión de Sexto Sol, pero también con los parajes sombríos de Baile y Borrachera, Uaral o Tregul. Más que una escena uniforme, se reconoce una sensibilidad compartida: la búsqueda de un sonido capaz de expresar el vínculo con la tierra, su belleza y su desamparo.
Y debemos decirlo. la apuesta fue arriesgada frente a un público metalero, más cercano a la estridencia y al bombazo que a la melancolía de líneas netamente limpias. Bosque de Hualles sostuvo su identidad acústica, sin recurrir a una descarga de distorsión o a los rugidos para estrechar distancias, y eso debemos celebrarlo. Experiencia para hacerlo había de sobra: entre sus integrantes figuran Juan Acevedo, de los death metal Weight of Emptiness, y Javier Cerda, de Wooden Veins.
«Duelos», «Agreste» y «Madre Nutricia» fueron interpretadas con una concentración que reforzó su carga melancólica. En esas canciones pudimos tocar la soledad de los cordones montañosos, sentir la niebla suspendida sobre los humedales e impregnarnos del aroma de la corteza mojada.
El campo chileno, con sus tonadas y sus puetas, tiene materia suficiente para conmover a una audiencia acostumbrada al metal. Quedaba, sin embargo, una pregunta sobre la elección de los teloneros: ¿habría funcionado mejor una banda de thrash o una propuesta que acercara lo neoclásico a la distorsión? La distancia entre ambos mundos solo podría medirse al término de la noche.
LOS 4 JINETES DEL APOCALIPSIS
Pasadas las 21:30 se abrió el telón. Los finlandeses aparecieron bajo los acordes de «The Ecstasy of Gold», de Ennio Morricone, invocando el mismo ceremonial que anuncia los conciertos de Metallica. Después cayó el rayo: «Ride the Lightning».
La escenografía fue sencilla y eficaz. Una gran pantalla LED se alzaba detrás de la batería de Mikko Kaakkuriniemi, mientras las luces acompañaron los cambios de temperatura del repertorio: destellos estroboscópicos en los ataques más frenéticos, violetas y azules para los pasajes gélidos, rojos de sangre y fuego cuando la música pedía combustión.
El sonido fue lo central y lo más laudable de la noche. A los chelos se sumaban arreglos de apoyo mediante pistas que ampliaban las capas musicales hasta levantar una auténtica orquesta del demonio. Por debajo, la batería empujó con una contundencia que se sentía en el pecho, vibrante y colosal: cada golpe de bombo parecía buscar una costilla.
Kaakkuriniemi fue colosal. Su trabajo dio firmeza y volumen a una propuesta donde las cuerdas pueden asumir muchas voces, pero necesitan una base capaz de soportar semejante embestida. La batería aportó ese suelo y, cuando correspondía, también lo hizo temblar.
La segunda canción interpretada «St. Anger» apareció como una prueba de fuego. Su arranque áspero y pesado dio paso a líneas ondulantes, con Perttu Kivilaakso al frente, alternando el ataque rítmico con las melodías que en la versión original corresponden a la voz. Su chelo gruñía, cantaba y volvía a golpear sin perder continuidad.
Si Perttu fue el huracán, Paavo Lötjönen funcionó como el blindaje de la maquinaria. Una suerte de Terminator de las cuerdas: imperturbable, atronador, musculado, se encargó de sostener la gravedad del conjunto. Los patrones distorsionados convertían su chelo en una masa percusiva que se trababa con la batería y multiplicaba su impacto, para deleite sonoro de todos los presentes.
Eicca Toppinen completó el intercambio como duelista y cómplice de Kivilaakso. Estiraba las notas, las retorcía y regresaba al ataque de los riffs, alternando melodías y solos con una soltura que hacía parecer natural lo improbable. Entre los tres, las funciones circulaban y se complementaban: una línea podía aullar como un lamento y, segundos después, quedar atrapada entre dientes de sierra.
«Blackened» sonó gloriosa. Sus cambios entre la velocidad, la tensión de los interludios y el empuje rítmico, conservaron el filo de una composición que exigía mucho más que tocar rápido. Apocalyptica supo administrar esa violencia, darle espacio y volver a descargarla.
«Battery» sumó otra ráfaga de precisión y vértigo. El virtuosismo estaba ahí, pero integrado al movimiento de la canción: cada aceleración encontraba su peso y cada arreglo contribuyó a la embestida.
y a estas alturas es necesario notar que la selección del repertorio rozó lo magistral. Junto a las piezas más feroces de la etapa thrash, convivieron con la oscuridad monumental de «The Call of Ktulu» y la vulnerabilidad de «Nothing Else Matters». El chelo podía arrastrarnos al fondo del mar o detenerse sobre una melodía desnuda, sin que el espectáculo perdiera cohesión.
Con «Master of Puppets» se hizo especialmente visible el extraño poder de esta propuesta. Una canción incrustada en la memoria de varias generaciones -incluyendo su notable incursión en la serie Stranger Things- adquiría otros contornos al pasar por los arcos. Reconocíamos cada giro, pero cambiaba su textura: las cuerdas prolongaban una tensión, desgarraban una nota y devolvían a nuestros oídos algo familiar con una intensidad inesperada.
Hubo pocas intervenciones habladas. Toppinen se permitió bromear sobre la elección de «St. Anger», situando su disco de origen entre los peores de Metallica junto con Lulu. La mención de su reciente paso por Argentina provocó algunas pifias. Fueron desvíos breves dentro de una presentación cuyo lenguaje principal estuvo en los instrumentos.
No menos importante fue la impresionante condición física y aeróbica del grupo. Por su tamaño y su forma de ejecución, el chelo suele remitirnos a un intérprete sentado, concentrado alrededor de un instrumento que fija su posición. Aquí los músicos se contorsionaban, recorrían el escenario y cargaban con sus instrumentos como si hubieran conseguido borrarles el peso. Ye es que mantener aquella movilidad sin sacrificar precisión, añadió una dificultad que el entusiasmo pude hacernos pasar por alto.
El público osciló entre el arrebato y la contemplación absorta. Había momentos para dejarse arrastrar por la descarga y otros para observar cómo se construía, casi con incredulidad, las melódicas capas de sonido. La ovación reconoció ambas cosas: la fuerza de unas canciones grabadas en nuestra memoria y la capacidad de los finlandeses para volver a sorprendernos con ellas.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
Vista en conjunto, la jornada conservó una fricción interesante. Bosque de Hualles abrió una puerta hacia la soledad del paisaje; Apocalyptica irrumpió con una tormenta de acero. La distancia entre ambas propuestas dejó abierta la discusión sobre los teloneros, aunque también permitió escuchar cuánto puede caber en la vibración de una cuerda: recogimiento, memoria y violencia.
Es loable que Bosque de Hualles defendiera ese lenguaje desde la intimidad de sus raíces. Apocalyptica lo llevó hasta el estruendo, con una ejecución que justificó plenamente el regreso. Treinta años después, Metallica seguía siendo la chispa. Los finlandeses se encargaron del incendio.
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