GRAVE EN CHILE: CARAS REPUGNANTES, RESTOS PODRIDOS
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda

Fotos Rubén Garatev@brutal_pebre

Tanto como la espera de 14 años después del mítico debut en suelo chileno -2012, en el hoy extinto Espacio San Diego-, la expectativa del retorno de Grave tenía un sabor especial, comparable, al menos en lo inmediato, al de sus compatriotas Dismember y su alineación histórica hace un par de años -2023 en el Teatro Cariola, siendo más específicos. Agrupaciones estandartes del podrido y espeso death metal ‘made in Sweden’ que inundó en lodo a Estocolmo y toda la Europa escandinava entre el anochecer de los ’80s y el amanecer de la década siguiente. En el caso de Grave, hay un distintivo que evoca el hedor a cadáver putrefacto que proviene desde las profundidades de una cripta o una fosa común. El mismo olor a carne descompuesta y tierra de cementerio que los fundamentales Into the Grave (1991) y You’ll Never See… (1992) evocan desde el impulso propio del género.

Tener a Ola, Jörgen, Jensa y Jonas juntos en el Sur del Mundo, es tanto un privilegio como una oportunidad única. Es la alineación que grabó a fuego un momento único de creatividad y expresión. Pese al esfuerzo de Ola por llevar adelante el proyecto y mantenerlo activo durante casi cuatro décadas, la etapa de los demos y los primeros dos LPs mencionados es la que se mantiene igual de fresca e implacable con el paso de los años. Lo notas por el momento en que aparecieron esos discos, el contexto, la fuerza natural que se traspasa desde la escritura hasta la fuerza primitiva que hizo de Grave una institución para entendidos en el género. El sonido podrido que va a la contra, incluso en una escena donde la ‘motosierra’ del pedal Boss HM-2 se volvió un distintivo.

Poco antes de las 19 horas, el arranque estuvo a cargo de Gravered. Banda cultora de un death metal que abraza el género en su forma más sucia y animal. Pensemos en Obituary, Autopsy y el primer Suffocation. Es death metal que se supera en términos de brutalidad y, a la vez, ofrece momentos de creatividad que se traspasan al directo como un alud. Por algo asumen su raíz en la vieja escuela del género: una propuesta que abraza lo orgánico, sin apellidos y matizando entre la velocidad y los pasajes donde la lentitud permite soltar el peso sobre nuestras cabezas.

Se permiten versionar «Ridden With Disease» de Autopsy, como anillo al dedo en un set donde el predominio de su LP Classic Cult of Death (2025) va de la mano con las intenciones de un conjunto que brinda momentos sin necesidad de trucos. Hablamos de una banda que ha editado su primer LP tras un demo y tres EPs editados durante la década anterior. El recorrido completo en material de lanzamientos y formatos, traspasado al frenesí que despierta en un público que no distingue a los entendidos de los novatos. Eso es lo que le da a Gravered un sitial de referencia en una escena donde aún hay terrenos por cubrir.

El turno de los peruanos de Necrofagore. Solo unas cuantas semanas nos separan del lanzamiento de su nueva placa titulada Where the Shadows Spread Death and Desolation, la cual ya tiene su presencia asegurada en el set. Como pasa en estas instancias, es un banda debutante en nuestro país. Relativamente jóvenes si consideramos que es una banda nacida en 2007, con una experiencia adquirida en casi dos décadas de trayectoria. Es una banda que abraza sin empacho el sonido de Monstrosity y Malevolent Creation, y entrega su material de estudio a una descarga de ritual sangriento.

En «Through the Path of Concern Souls», por ejemplo, mencionan la visita a nuestro Cementerio General y lo comparan con el Cementerio de Lima para levantar una atmósfera de horror postmortem. Por otro lado, y a pesar de ser un show bien preparado, queda a la vista una cojera en cuanto a los momentos que propone. Se entiende la coherencia propia del género, pero en varios pasajes da la impresión de que los detalles se extravían, sea por la acústica del recinto o el sonido deficiente a menudo. Necrofagore es una banda con una propuesta interesante, Es una banda que desborda oficio, pero algo pasa que su propuesta, aún arraigada en el lugar común, no termina de cuajar donde debiera ser.

Cerrando la armada local y sudamericana, La Serena envía a sus embajadores de Undertaker of the Damned. Abarcando una rama donde la huella de Goatwhore y Angelcorpse, el quinteto se las arregla con un estilo que no se hace dramas en refregarnos sus influencias, las que determinan quién eres y en qué momento te encuentras. Lo vienen haciendo desde los 2000, a pura determinación. «Bautizados con Fuego», «Entre Cadáveres», «Celebramos la Muerte», y otros títulos que siembran los estragos pertinentes a un imaginario que compila lo peor de lo nuestro como raza y civilización. Como lo proclama Juan Francisco Jeldrez en algún momento del show, ni la lluvia puede contra el maldito death metal. El aguacero en la capital no tuvo piedad con nada, y la música no puede ser menos. Y Undertaker of the Damned, en sus cinco integrantes, la tiene clara: son metaleros viejos, de aquellos que se formaron en los días del cassette-demo y el fanzine impreso en blanco y negro. Eso explica, tanto como la habilidad instrumental, la convicción expuesta hasta el sudor ante un público que se congrega como si fuera una liturgia de locura de invocación y muerte. Pura dedicación, puro metal. Todo alrededor del horror más abominable.

RBX a toda capacidad, al punto de condensar las tuberías en sus interiores. Los propios músicos probando sonido delante del público expectante. A tablero vuelto, bastará con «Into the Grave» para, literalmente, sumergirnos en su propia cripta. Podrán decir lo que quieran de RBX por su espacio reducido, pero el remolino humano que se genera en cosa de segundos, dice mucho de una noche que se construirá en cosa de una hora. Los históricos juntos, con Jörgen vistiendo una polera de Monolord y liderando la arremetida ante un público que supera toda euforia pensada.

«Day of Mourning», «Morbid Ways to Die» y «Deformed», las que que le siguen, nos dan entre todas la idea que se hará realidad: un show con total atención al material clásico, en especial a Into the Grave, un trabajo fundacional en cualquier liga. Tratándose de un trabajo editado en 1991, la banda asume que hay cosas que trascienden lo que solemos llamar ‘nostalgia’. Es presentar tu material clásico en plena forma ante un público que, en su gran mayoría, digámoslo así, no había nacido en esos años. Sus escritores e intérpretes, superando hace rato los 50 años en promedio, apenas frisaban los 20 años de edad y, al mismo tiempo, proyectaban un camino ya recorrido mediante una tirada de demos que vio sus frutos en la bestia del ’91.

Es complejo hablar de lo que se manda Grave, al menos como nombre referencial de un estilo donde la música habla por sí sola y sin artilugios escénicos de poca monta. A medida que «In Love» -un relato de necrofilia que bebe del mismo manantial de perversión que Slayer en todo aspecto-, «Christi(ns)anity», «Eroded» y For Your God» desfilan en el set, podemos apreciar las virtudes de una alineación que se reúne en el rincón más austral del mundo como una junta de viejos amigos.

No se queda en el ‘regreso’ a los viejos tiempos, sino que lo justifica con un funcionamiento ajustado y contundente. Es cosa de ver a Ola y Jonas en las guitarras, ambos profesando un entendimiento formidable mientras Jörgen, bajo en mano y al centro, lidera el ataque como una pandilla de viejos forajidos. En la batería, el traqueteo rítmico de Jensa es para tomar nota; cada golpe, cada patrón, se aferra a la naturaleza de un repertorio totalmente enfocado en una etapa irrepetible. Es un baterista que ejerce su oficio con disposición de su destreza en favor de lo que importa. Se completa, de esta manera, el cuadro en una banda que da para recurrir a las típicas frases del periodismo musical para definir lo que no entra por la vista. Grave es, ante todo, historia viviente. Entre los cuatro hay una idea de que los presentes en el recinto de calle Vicuña Mackenna están presenciando un momento único. Y eso es lo que determina el desarrollo de un show sin puntos bajos y centrado exclusivamente en lo que quiere escuchar el fan del death metal cochambroso hasta la médula.

En un repertorio acotado en cantidad, «Eroded» es un manjar para los coleccionistas de demos. Poco más adelante, el single «Soulless» -el mismo que titula su tercera placa (1994)- asoma como punto estelar sin distorsionar en lo absoluto la sintaxis del show. Como el propio Jörgen pregunta con insistencia al público: «¿están listos para algo de death metal seco de vieja escuela???», la que transforma el RBX en un cráter cuando llegan «Brutally Deceased» y, en especial, «Extremely Rotten Flesh» a responde de manera inmediata. Instancias de sorpresa y catarsis para quienes no necesitan de palabras para entender lo que genera el metal de la muerte en este rincón del Globo Terráqueo. En el tramo final, «You’ll Never See…», la titular del sofomoro editado en 1992, echa todo abajo. Es un trabajo quizás con una estatura un poco más baja respecto a su laureado antecesor. Nada de eso impide apreciar un núcleo creativo que esparce amargura y abatimiento con brochazos de horror cósmico. Una vena de similar naturaleza es la que proyecta «And Here I Die, Satisfied», la que cierra la noche entregándonos una lección de vida y muerte: en una escena que hoy prioriza la fórmula segura y la uniformidad disfrazada de «actualización», lo que forjó Grave hace casi cuatro décadas es una muestra de inconformismo y expresión con narrativa propia.

La gran virtud de Grave, además del set presentado, está en lo que evoca para todo amante declarado del género. Su material clásico es un deber escucharlo, mucho más cuando la prótesis digital y el molde para encantar hoy conforman un paisaje que se vuelve cualquier cosa en la superficie. El death metal es, en su fondo de expresión, un lienzo de caras repugnantes y residuos de putrefacción que va a la contra de cualquier mensaje de superación personal. Es lidiar con la cara más podrida de nuestra condición humana y el hedor de la muerte aproximándose en todas sus formas. En la misma línea, es inevitable preguntarse qué será del destino de esta reunión, al menos lo que pasará cuando la banda se proponga a escribir otro capítulo en su discografía. Es complejo responder a esa pregunta con seguridad. Más complicado lo hace el inmisericorde fenómeno climático que nos socava en pleno mes de octubre. Sería bueno que Ola reconsidere la idea de reunir al viejo Grave para algo más que sus fechas en vivo. De lo contrario, habremos de llevarnos un recuerdo hasta la tumba más profunda.

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