Acero Nacional: Quemando sus suelas caminan decididos
Por Claudio Miranda
Fotos por Eric Ibañez @FotosMetal
Los 16 años de Acero Nacional se pueden resumir, en gran parte, mirando las hojas del calendario. Tanto como el sonido y la estética callejera de sus integrantes, hay una convicción, una apuesta por el heavy metal de viejo cuño que se mantiene intacta desde los primeros ensayos, allá por 2010, y que materializó su primer gran hito con el debut homónimo (2016). Una devoción por dicho estilo que logró una optimización considerable en Trueno (2019), un lanzamiento que llamó la atención, no solamente en el circuito a nivel regional, sino a lo largo y ancho del territorio chileno. Y si completamos el catálogo con Trueno en el Cariola (2023, registrado durante la apertura del concierto de U.D.O. el año anterior), el resultado es un punto de gran estatura en la camada de agrupaciones que, digámoslo, ha azotado el circuito nacional durante la última década.
El heavy metal implica apelar a la velocidad, al riff de gran impacto, a la voz que se eleva tanto para narrar historias como para proyectar emociones. Y en ambas hay algo que decir. En el caso de Acero Nacional, aquello se traspasa hacia un público que se sabe de memoria sus canciones. Más que eso, se identifica con aquellas historias que podrían pasarle a ti, a quien escribe esta nota, a un amigo, a un ser querido. Un compilado de relatos que se potencia con el bulldozer sónico que cada integrante ayuda a construir y echar a andar cuando todos disponen sus respectivas habilidades en favor de un mismo objetivo. Y es lo que le ha valido a la banda fundada por Andrés Fuentes y Javier Sepúlveda un respeto por su huella reconocible, lo que trasciende cualquier etiqueta.
El cumpleaños 16 del Acero ameritaba, cómo no, invitados con nueva sangre. Y las bandas con el calibre de Force tienen algo que va más allá de la producción o la estética. Es una agrupación muy joven, en formato power trío, y cultores de un sonido -y ropaje- que beben sin descaro del hard ‘n’ heavy de los ’80s. Tras la intro «Star», el patadón inicial de «All False», disipa cualquier duda sobre lo que entra a la vista. Que quede claro: sus tres componentes, pese a su juventud, exponen un kilometraje adquirido en sus respectivos proyectos anteriores. Y eso se hace notar en todo aspecto, incluyendo en aquellos momentos obligados de pausa, donde el problema técnico amenaza con naufragar un buen show. Con Force es todo lo contrario: ahí es donde demuestran cómo mantener en alto la atmósfera. Que los ripios se queden en el backstage y proyectar hacia la gente una seguridad capaz de mutar hacia algo atrapante y explosivo.
A medida que pasan «Speed», «Sexrider» y «Power of Rock», notamos en el directo aquellos detalles capturados en el estudio. Te atrapa lo que se manda Laureano, un cantante que disfruta tocar la guitarra, y viceversa. Su tono de voz entre agudo y raspado -pensemos en Stephen Pearcy y Kip Winger-, se complementa con una destreza en las seis cuerdas que radica su energía en las posibilidades que te brinda el escenario; desde Eddie Van Halen hasta John Norum, se nota a kilómetros que no tiene dramas con el lugar común, porque es un lugar que respira y donde se mueve a sus anchas. Lo sabe también Hans, un bajista que complementa su labor de pivote en las bajas frecuencias con un carisma brutal. Y en la batería, Camila hace lo propio con una pegada que se dosifica a punta de experiencia y fiato con sus dos compañeros. Hablando de lugar común e influencias, el momento Kodak con Jaime González (Hefesto) en una descomunal versión de «Rising Force» -original de ‘un tal’ Yngwie J. Malmsteen- es un postre preparado con dedicación para quienes gustan del género con todos los clichés que gustan para el fan hasta el sudor.
Hacia el final con «Dance to Rock» y el hit-single «Shine Like Me, B**ch!», los poco más de 40 minutos sobre el escenario nos dejan cerca del K.O. Ahí donde muchas veces se presume el aparataje y el juego de luces, en un ambiente más íntimo se firma con autoridad un espectáculo donde el humor y la inteligencia conforman un factor clave. Eso explica, por un lado, lo que ofrece una banda que se la pasa bien donde realmente importa: en el escenario, ahí es donde se fijan siempre las miradas. Parece una obviedad, pero está demostrado que no basta solamente con «hacer buena música» o una buena campaña de marketing en redes sociales. Es complicado buscar las palabras exactas, muchas veces sin caer en la influencia notoria. Y esa es la gracia de Force en el directo como en el estudio: si ellos la pasan bien, nosotros también.
En un MiBar casi colmado, «Trueno» arranca el cumpleaños a pura solidez. Desde la entrada, Acero Nacional te da una definición de consistencia que no te da la cantidad, sino el calibre de un repertorio matador en todos sus flancos. Lo que se manda Andrés Fuentes, con la cara brillando en sudor, es el espejo de una agrupación que sabe lo que es caer y levantarse, narrando historias que atañen a la gente común en el entorno cotidiano. De ahí a las siguientes «La Red» y «Volar», el quinteto con sus piezas se dedica a aplastar cabezas y levantar puños con un sonido contundente. Entre la pegada bestial de Javier Sepúlveda y la destreza de Jorge Fuentes en el bajo, la base rítmica de Acero Nacional adquiere un protagonismo donde la fuerza y la precisión funcionan en favor de una narrativa única. No es solamente ampararse en la velocidad, sino manejar la tensión y el espesor a la usanza de las bandas doom, como podemos apreciar en «Sangre de Metal» y su groove sabbathero.
Cuando empieza «Mi Raíz», desde el público se sube al escenario Carolina Hernández. Con guitarra en mano, la invitada sorpresa del cumpleaños vuelve por un rato a reeditar una etapa irrepetible. Como parte de la familia del Acero, se da el tiempo de permanecer en «Yo» y «Héroe» comandando el trinomio de guitarras en una atmósfera de fiesta y reencuentro. Lo pasan bien Kowal, Hernández y Céspedes. Los tres juntos dejando en claro que el Acero es un sentimiento con pisada fuerte y guitarras que rebosan octanaje a medida que se construye la noche.
Cuando hablamos de Acero Nacional como un grupo que tiene algo que decir, «Hombre Sombra» y «Rumbo a la Eternidad» te dejan con escalofríos. El fondo del suicidio y la depresión en la primera, y el vínculo de sangre y familia en la segunda. No estamos frente a una banda que dice lo que nos gustaría escuchar; son cinco personas que tocan música para plantearnos unas verdades que, las cosas como son, no son agradables de escuchar. Por eso se sienten enormes e importantes en el repertorio. Y levantar dicha atmósfera sin recurrir a artilugios o herramientas externas, requiere de algo tan potente como la electricidad.
Llegando al final del cumpleaños, la homónima «Acero Nacional» entra a puntapiés para fundir el sonido del metal con sangre. Es llamativo y sublime lo que dejan las canciones en la gente. Las buenas canciones, las que impulsan a dejar la vida en el coro, tal como pasa en el broche final con «Libre». Ahí radica el secreto de las buenas canciones, la capacidad de unir voces hasta sonar más fuerte que el sol. Por eso, además, Acero Nacional es una banda tan querida y respetada. Y para llegar a donde están hoy después de 16 años, hubo que quemar las suelas y caminar con decisión. Y aún lo hacen; en palabras de sus integrantes, el nuevo LP ya se viene en camino. Así es como se forja el sonido del metal. Así se funde el Acero, desde la raíz hasta la eternidad.
TYGERS OF PAN TANG ROMPIÓ LAS CADENAS A PURO HEAVY METAL Y ROCK AND ROLL EN LA RBX
Por Pablo Rumel.
Fotos Rubén Garate.
El que no estuvo presente el 4 de junio en la RBX lo lamentará de por vida, porque lisa y llanamente se dio una conjunción que cual cometa Halley, ocurre cada 76 años: vimos un eslabón perdido de la NWOBHM en estado puro; tuvimos el privilegio de conocer a los Virgil’s Codex haciendo un power indómito y melódico; y finalmente, escuchamos a Burning Path, heavy metal tradicional nacido tras la huella, que cual camino en llamas, dejó la hecatombe que provocó Lucifer’s Hammer tras su ascenso y caída.
DESCIFRANDO EL CÓDIGO VIRGILIO
Siendo las 19:41, y ante un público que poco a poco se posicionaba frente a las tablas, pudimos conocer la propuesta symphonic power metalera de Virgil´s Codex, banda encabezada por el bajista Julio Soto (Hefesto, Darkspell, Aisa), con material recién salido del horno y debutando por primera vez en vivo.
Su sonido entremezcló el repertorio clásico del guitar hero a doble empuñadura, comandada por los cabros Gabriel García y Julio Poblete, quienes ejecutaron barridos veloces, secciones contrapuntísticas y armonías neoclásicas, con metrallas palmuteadas a una cuerda y variaciones cromáticas veloces, doblando las melodías que eran amarradas con la base de concreto, obra y gracia de Julio Soto, dueño de un bajo veloz, quien duplicó las cabalgatas rítmicas, llenando de fills las transiciones entre verso y estribillo con un trabajo contundente, y que desde Sonidos Ocultos no nos cansamos de repetir, el hombre es uno de los más altos estandartes del sonido metálico a las cuatro cuerdas.

Pero más que sinfónico, lo que vimos fue una propuesta operística, con cuatro cantantes alternados, liderados por Andrés Muñoz, quien mostró una voz vibrante de gran cuerpo, teniendo en los coros a dos voces privilegiadas, las maestras Marcela Villarroel y Eva Murgas, con una invitación especial de Jaime Contreras, cantante de Steelrage.
Pero más que un desfile de nombres, lo que rescatamos fue lo bravío de la propuesta, considerando que este formato muti-vocal no es común en Chile (sí está el caso paradigmático y catedrático de Húsar) que sin embargo tuvo algunos bemoles a puntualizar.
En primer lugar, el despliegue en el escenario se vio caótico, con un trabajo entre cada plano de las tablas muy improvisado, y es que el movimiento en el escenario y la iluminación no son elementos adicionales de un show de estas características, al contrario, son vitales para una propuesta barroca y sin centro que demanda fijar en algún punto la vista del espectador; las guitarras a veces sonaron medio raquíticas frente al aluvión de acero del tándem bajo-batería, pero fuera de algún acople y bajada de intensidad, aquello no empañó la presentación.
A la postre, tuvimos 30 minutos enérgicos, con una maquinaria en ascenso que aun debe engrasar detalles, pero que como debut no hace más que augurar prestigio, a una banda que ya cuenta con un disco editado, Stheno’s, de temática grecolatina cargada a la mitología, y que será un must have para todo amante del género.
BURNING PATH O EL LEGADO DEL MARTILLO
Para gran parte del público se trataba de otro debut, pero había otro puñado de bangers que llegaron al show para ver el renacimiento en vivo de una banda de culto que forjó con acero y sangre el hierro candente del heavy metal tradicional.
Y no, no era la reformación de Lucifer´s Hammer: no estábamos ante un Martillo 2.0 con otro nombre, estábamos ante algo totalmente diferente, con un Titan que de la batería pasó a la guitarra y a las vocales, manteniendo Hypnos su posición en las cuerdas, y añadiendo a Diamond en el hacha de batalla y a Vultur Gryphus en la carrocería de combate.
¿Qué vimos? ¿Qué pasó? Con un color rojizo tenebroso que inundó las tablas de la RBX, oímos la quebradura del tiempo, o como debería ser cuando unos guerreros de este mundo saltan a otro vértice interdimensional para aplastar al futuro, con «Chasing The Future», una descarga eléctrica de riffs que oscilaron igual que un tic tac, de factura tradicional y cañonera, manteniendo un timing rítmico sostenido por una batería golpeadora que mantuvo pulso firme, sin levantar polvo ni parafernalia entre cada compás, atacando con la misma precisión de un ariete que se dispone a volar en mil pedazos las puertas de un castillo.
«Another Day» fue la siguiente pieza, con un swing siniestro y oscurecido. Ver a Titan como frontman, guitarra en mano y cantando, generó una sensación muy especial e inexplicable, y es que cobró otra altura, otra dimensión que sólo la teatralidad enmascara, máscara que saltó en mil pedazos por esa llama interior que objetivamente se manifestó en el control de las seis cuerdas, con una rítmica milimétrica y una voz que oscilaba entre lo tenue del espectro y la limpieza de la espada, ejecutando los cambios de tiempo y doblando las melodías junto a su eterno compañero de batalla Hypnos.
La presentación fue al rojo candente, solo treinta minutos para mostrar heavy metal en estado puro, sin parafernalia, sin estructuras sacadas de una partitura neobarroca, solo el estruendo y el fragor de cuerdas aceradas en un combate a muerte contra el infinito; la jaula ya estaba abierta para asistir al ingreso de los Tygers, pero en esa media hora pudimos ver energía desplegada en cada acorde, solos rock and rolleros, guitarras gemelas galopantes, y por añadidura el instrumental «Lucifer´s Hammer» que será un obligatorio de acá en adelante, con una banda que desplegó una mística que no se tranza ni se compra, más bien nace con el trabajo profesional y obsesivo, como el del herrero martillando el acero al frente del campo de batalla.
Titan y compañía demostraron solvencia metálica -buenos solos, excelente control de tiempos y despliegue- en el escenario. Y sí, para una próxima pueden subirle, con confianza, unos decibeles extras a los micrófonos, pues si hubo un detalle, fue que faltó oírlos aullar con más fiereza. No tenemos pruebas, pero tampoco dudas, de que los lobos nos seguirán sorprendiendo a futuro.
LA JAULA ABIERTA DE PAR EN PAR
Si tuvimos al comienzo un ensamble operístico-greco-latino y luego una caballería pesada asolando un castillo blindado, ahora faltaba escuchar el sonido de unos tigres escapados de una violenta isla de caos y pesadilla (sí, a ti te lo digo Michael Moorcock, puto genio de la pluma), y si algo tiene el tigre sobre otros felinos del reino animal, es esa sonrisa eterna y ese rugido, entre embates y combates, salta y se mueve con esa agilidad que el buen Dios le dio, un día en que tuvo que estar muy inspirado para crear semejante maravilla rayada.
Y francamente, los Tygers no llenaron un estadio ni un teatro, ni siquiera hubo una sala RBX rebosante, y tampoco estuvimos frente a la formación original, salvo a Robb Weir en las guitarras, y aún así, todo aquello redundó en un show íntimo, que sonó brillante, con una percusión sólida al centro, pudiéndose oír unas perfectas líneas de bajo sincronizadas con el color de las guitarras, una paleta que osciló entre el fraseo blusero acelerado, las melodías cortantes como cuchillas, y las secciones melodiosas gemelas que hicieron bailar al respetable, cóctel que incluyó rock and roll y secciones de mosh directo ¡una locura!
Al tener un catálogo casi inabarcable, Tygers optó sabiamente por hacer un recorrido en el tiempo, con clásicos de arranque como «Euthanasia» o «Gangland» lo más cercano a esas rolas que interpretaban a fines de los 70 y 80 otras glorias como Maiden, Saxon o Ufo, mostrando luego un sonido más modernizado con «Keeping Me Alive» de 2012, o «Electryfed» de 2023, con patrones grooveros y baterías machacantes, utilizando riffs de afinaciones bajas y pesadas.
Hay que recalcar que el gran baluarte en las baquetas fue Craig Ellis, a quien debieron haber encadenado con camisa de fuerza, porque estuvo a un plamo de reventar los platillos, toms y caja ¡puro músculo rebosante de técnica! Parecía que quería destruir las rítmicas, convirtiéndolo en un murallón sónico que sostuvo el trabajo de cuerdas con maestría, modelo a seguir para los bateros más jovencitos, pues una cosa es grabar en estudio y otra es plantarse en un escenario en vivo. Vítores para él.
Las guitarras y el bajo sonaron sublimes, pudimos oír los solos nota a nota, con fraseos rápidos y cambios de tiempo que creaban más dramatismo, y el show, que partió con una fuerza de vorágine, fue ascendiendo peldaño a peldaño en ejecución y rítmica. Jacopo Meille en las vocales sonó vibrante, con una voz privilegiada que no desafinó nunca, aplicándole vibrato y cuerpo, y dialogando con el público en un correctísimo inglés (¡ja!), efectuando todo lo que un frontman debe hacer además de cantar: oficiar de maestro de ceremonias, conducir la carroza metalera, y crear la sinergia necesaria para que todo funcione a tope.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
El cierre estuvo recargado a la nostalgia, hubo incluso algo que se está perdiendo, el encore o bises, con una nueva descarga que partió con la poderosa «Hellbound», la híminca «Love Don´t Stay», y la movida y bailable «Suzie Smiled», dejando a una Sala RBX entre la cadencia de la tercera edad, el mosh enérgico de la segunda edad, y una proyectada primera edad que vio en vivo cómo fue que la NWOBHM hizo historia, comenzando sus andadas en los suburbios londinenses, para terminar sonando al fin del mundo, en el país de la estrella solitaria, con la llama encendida y bien en alto.
Rot: Pasado y presente sin futuro
Hablar de Rot es mucho más que referirnos a una institución del grindcore a nivel sudamericano y, porqué no, mundial. Formados en 1990, y tomando el relevo de sus compatriotas más aventajados Sepultura y Ratos de Porao, los de Sao Paulo grabaron a fuego su nombre como estandartes del hardcore extremo, proyectando en trabajos fundamentales como Cruel Face of Life (1994) y Sociopathic Behaviour (1998) una firma de ruido y ferocidad que se traspasaba al directo como un ritual doctrinario para una minoría que, hasta hoy, abraza la música extrema como una forma de vivir y pensar. Son 35 años de integridad y resistencia en todas sus líneas. Es música forjada a puro sentimiento y fuerza, donde la personalidad y la cochambre sónica se preservan desde la esencia. Es música que no se rige por pentatónicas ni por solos imposibles, sino por la pasión cruda que transmite, en este caso, una banda que adopta su nombre conjugando el verbo to rot. Así podemos definir, corto, lo que evoca Rot; el sonido podrido que proyecta una agrupación que rechaza las reglas del juego de la Primera División y, por ende, elige navegar a contracorriente.
El retorno de los brasileños a nuestro país, después de casi tres años, se concreta ante un público conformado por fans tan entendidos como apasionados. Lo primero es lo destacable si consideramos que Rot, con Mandinga en la guitarra como fundador y único sobreviviente, es el espejo de lo que implica la música extrema tanto como la energía desbordada. Se nota a kilómetros que provienen de un ecosistema donde la autogestión y la protesta a la cara del poder se traspasan como rasgos naturales ante el mercadeo y las tendencias impuestas por sellos. Un bestiario de honestidad que congrega a una minoría y echa fuego en una noche de invierno que, al menos por unas cuantas horas, sube la temperatura en favor de un mismo sentimiento de odio hacia el sistema imperante.
En un RBX lejos de agotarse pero que se encendería a medida que avanzaba la jornada, Carnosaurio dio el primer patadón gracias a su propuesta hardcore con imaginería de humor negro y referencias satíricas a la prehistoria. «Parcero», «Autodestrucción», «UFO», «Reptilian Boss» y la homónima «Carnosaurio» no suenan sino que golpean directo a la cara. Voz, guitarra y batería, lo justo y necesario para enrostrarle al mundo que lo suyo no es musical, sino ruidoso y molesto. Como se presentan en su sitio de Bandcamp, es una banda conformada para gente fea que toca para gente fea. Lo que va de la mano con la energía que Esteban dispone sus movimientos y despliegue vocal en favor de un caos donde la guitarra de Demain y la batería de Javier completan el cuadro a punta de riffs contundentes y traqueteo de locomotora a vapor. Se nota a kilómetros que no hay un recurso fácil, tampoco descansan en la etiqueta ni el cliché propio del género. Más bien, te recuerdan que el humor es hermano de la inteligencia.
En un cartel donde la variedad importa más que el decreto de un género, El Árbol de la Horca se encarga de poner la cuota de tiniebla death-doom. Puede ser todo un riesgo empezar una presentación con material aún inédito, pero «Sombras» sorprende y gusta de entrada. Por estos días, el quinteto se encuentra en un nuevo ciclo tras el lanzamiento del EP Abismo Inevitable (2025), del cual salen a marchar «Lonely Star», «Euforia» y «Susurros». Es verdad, podemos hablar de un cambio de aire bastante abrupto respecto al acto anterior, pero la versión rápida de «Susurros» denota una coherencia que va más allá de poner la diferencia en un cartel determinado. El doom, el death metal y el hardcore, por muy subdividida que se encuentre la escena en Chile y otras latitudes, tienen bastante en común. Y mucho más en un país que respira rabia y melancolía por temas tanto geográficos como sociopolíticos. My Dying Bride también puede ser Napalm Death cuando el propósito es más importante que cualquier frontera o etiqueta.
Las revoluciones vuelven a aumentar, ahora con el noisecore de Hellga Pataki. Con base en Curicó, los gritos de Agüita (también guitarra) y el golpe a golpe de Luis en los tarros se bastan por sí mismos para hacer temblar el suelo del RBX, ambos siempre entendiéndose telepáticamente en un océano de distorsión cacofónica. El ropaje lo-fi de sus producciones en estudio, en vivo es un aluvión de ruido y denuncia sin vueltas ni metáforas. «Podrida», «Condena#, «Errantes, «Parásitos», «Sicarios», «Somos Animales», «Dictadores No Queremos»… Una tras otra ‘in your face’ y restregadas con la misma mala onda que la guitarra de Agüita escupe en cada golpe. Hay una expresión de urgencia y furia que se traduce a un repertorio que domina las bases del género como una fuerza natural que asola todo a su paso. En algún pasaje del show, Agüita tiene problemas con el strap de su guitarra, y se basta de un par de minutos de pausa forzada para retomar la protesta hasta la médula. Ahí, donde otras propuestas con equipamiento más elaborado muchas veces naufragan dejan un sabor de extrañeza, Hellga Pataki se las arregla para plantarle el puño en la cara al poder de turno. «Ponen murallas y arman fronteras, consumen la vida hasta reventar», es el bramido de un sector marginado que se echa al bolsillo al status quo. Es lo que se permite en un esquema donde lo mínimo en aparataje impulsa a romper la voz cuando hay algo que decir.
Con más de 30 años siguiendo al sol, el arranque con «Epopeya» define todo lo que es Yajaira, ya sea ante un público que lo verá como novedad o una minoría que abraza la rectitud del rock pesado con huella ‘sabbathera’. Comegato y Sam al frente en la firmeza de las bajas frecuencias desenrollando su dominio ya probado en el espesor de las bajas frecuencias y el halo lisérgico de las guitarras, respectivamente. En la batería, Rocky es quien maneja los hilos en el andamiaje rítmico, mientras ejerce su labor golpe a golpe, verso a verso. Así es como «Escombros», «Las Pestes», «Muerte Astral» y «Las Cruces», por nombrar el material seleccionado para la ocasión, espejan la idea del sonido lento y real con la destreza y convicción forjadas desde los ’90s. Imposible no tentarse en recurrir a un antecedente tan lejano como elocuente: en 1993, Cannibal Corpse y Sleep compartieron algunas fechas en Europa. La brutalidad sanguinaria de los entonces ya radicados en Florida y el stoner-doom de los californianos, ambos tenían mucho en común más allá de las diferencias en forma. De alguna forma, ver a Yajaira haciendo lo propio con Rot es un momento a fotografiar cuando descubrimos que hay un fondo en el ecosistema donde dos subgéneros muy distintos convergen en una idea mucho más grande.
Sin preámbulos de ningún tipo, «Cynical Excuse» y «Your Negligence, Your Death» dieron el ‘vamos’ al regreso de Rot, todo a prueba de cualquier titubeo. El interior del RBX no tardó en arder hasta conformar la centrífuga humana tan propia en estas instancias. Ebullición absoluta de calor humano y voces unidas en torno a la misma rabia contra el sistema. Es la ley de la selva traspasada al ruido de la gente enojada. Entre Henrick y Borella, no solamente se comparten las voces; ambos relucen una presencia que exhala sudor y frustración visceral, a la vez que la guitarra de Mendigo ejerce como centro gravitatorio en una propuesta cruda y disonante. Por eso es que «Smile Stupidly», «Pathetic Whiteman», «Corja Maldita», «Past, Presente, No Future» y «Fatality?», a medida que avanza la noche, desatan explosiones de electricidad en plan de declaración. Hay un manifiesto de autonomía a prueba de balas, donde la rabia es una expresión inherente a la condición humana. De ahí el efecto de catarsis total en un público que, hacia el final del show, se convierte en protagonista con algunos fans subiéndose al escenario para el stage-diving correspondiente.
Lo que se mandan Diego en el bajo y Emiliano en la batería como responsables de la base rítmica. «Postmortal Promisses», «Bastard Politicians», «Beyond the Evidence», «Fanatical Monstrosity» y «Eternal Sunday»... El fiato entre ambos trasciende la destreza instrumental, y tiene que ver con la disposición de la habilidad técnica en favor de una sintaxis avernal en vivo que hace del show un baño purificador. Es el caos que conlleva una banda entre el remolino humano y el puñado de cuerpos subiendo al escenario en plena euforia. Incluso el propio Borella, hacia el tramo final entre «War Business», «Learn Some Respect» y «Under the Black Clouds», baja hacia el público con micrófono en mano y comparte la misma entrega por quienes sabemos lo que significa llevar décadas tocando música cuya última intención será ‘agradar al otro’. Y con un repertorio que supera la treintena de canciones en poco más de 50 minutos, queda la impresión de no faltar ni sobrar nada durante un recorrido donde ‘la ley del más brutal’ responde a la humanidad que Rot le brinda a su estilo como rasgo natural.
Está claro que Rot es una banda que no encandila como otras luminarias de mayor renombre. Hablar de ellos es referirse a un nombre para entendidos en la materia y fanáticos hasta el sudor con cassette en mano. No apto para curiosos, y un puñetazo a la cara de quienes hablan de ‘vivir la experiencia’ con la selfie en sus redes sociales. Rot es, ante todo, un nombre distinto y necesario, mucho más en estos tiempos donde el pasado y el presente se confrontan entre sí cerrando toda posibilidad de futuro.
KAMPFAR: HIPNÓTICO Y PAGANO BLACK METAL EN LA SALA RBX
Por Pablo Rumel.
Fotos Rubén Garate.
Hay bandas que surgen del magma y del caos y siendo pioneras de un estilo, no logran posicionarse en el mainstream, desapareciendo y transformándose a la larga en bandas de culto que sólo pocos conocedores degustan.
En cambio, Kampfar, con más de tres décadas a cuestas, se creó en un momento en que la primera ola del black sucumbía entre asesinatos, arrestos, y quemas de iglesias, y sabiendo que cada escena surge con una energía vital diferente, ellos tomaron el elemento oscuro del metal y lo enraizaron con su pasado precristiano, aquel de tribus nórdicas que veneraban a Wotan y sus templos estaban construidos por bosques y la liturgia era susurrada por los vientos.
¿Fue realmente un evento que estuvo a la altura de la leyenda? Se trataba del debut de los noruegos en Chile y por ende las expectativas eran totales.
UN SOLO ACTO: UNA SOLA BANDA
Sin teloneros, a las 20:30 Kampfar, con una propuesta escénica sobria que solo tenía los logos de la banda como telones sobre los instrumentos, uno a uno de los miembros se apersonó en el escenario con una introducción de teclados, puro estilo dungeon synth, y un color azul que tiñó de un hielo gélido hasta la última partícula del escenario.
Llegaron los primeros acordes de «Ravenhart», espesos y abiertos, con una cadencia que imitaba al presagio y al destino. Más que corpsepaint, sus miembros iban con pintura de guerra mortuoria, minimalista pero marcada. De la formación original solo teníamos a Dolk en las vocales, a unos metros frente al respetable, emitiendo unos guturales rasposos, a medio camino entre lamentos y alaridos, que parecían la arenga de un anciano brujo que entremezclaba sus prédicas con una base rítmica poderosa que no necesitaba velocidad o brutalidad para hechizar a los presentes.
El pulso del baterista Ask se centró en generar patrones sólidos que ayudaban a que la guitarra y el bajo no cayeran al vacío, abandonando la mera ráfaga de doble pedal y poniendo énfasis en la sincronía del bombo con el bajo, dándole un aire ritual a los golpes que dio a los toms, crashes y rides, como ocurrió en «Skogens Dyp»: era como si las cuerdas recreasen a la bruma y él, atrás en su maquinaria percusiva, no fuera un simple baterista metalero, sino un maestro de ceremonias encargado de conducir el carro nórdico entre el campo de batalla y los parajes de una Noruega congelada y lúgubre.
Kampfar llegó con la idea clara de repasar todo su catálogo, sin centrarse en su último lanzamiento- como tantas bandas hacen-, redoblando la calidad del espectáculo. Lo que resultó fue una antología perfecta: las siguientes piezas fueron «Ophidian», del 2019, para seguir con «Trolldomspakt» del 2011, oscilando como un péndulo sobre sus álbumes, justamente como pensaban las antiguas tribus germánicas, un tiempo orgánico que no es una línea recta hacia adelante, más bien cíclico, que cuenta con repliegues fantasmales que se enroscan con el futuro.
Ole Hartvigsen comandó las seis cuerdas con firmeza, con la responsabilidad absoluta de otorgar los campos de electricidad a la sonoridad ancestral generada con pistas de teclados de apoyo. Su estilo, versátil y áspero, centrado principalmente en los ataques con la púa de su mano derecha, cruzaron con maestría los patrones clásicos del black, como esos arpegios agudos de muerte que alguna vez Mayhem popularizara, pero trazando puentes tan disimiles con el post rock e incluso el shoegaze, reduciendo a la nada el tremolo picking, y empujando la melodía hacia espacios de sombra, entre notas al aire y acordes arrastrados y lentos, como un death metal atrapado y humedecido en la neblina.
La calidad del sonido fue superlativa, y los que estuvimos ahí lo atestiguamos. La batería estuvo calibrada en el centro, y las cuerdas sonaron retumbantes y aceradas. En el bajo, Ese, pintado como con una araña en el rostro, nunca se salió del personaje, moviéndose de manera rígida en el escenario, quedando en trance con la boca abierta y los ojos en señal de posesión, unas cuatro cuerdas más que funcionales a la propuesta, que sin embargo no fueron pura rítmica, actuaron como fondo sólido sobre una guitarra área y malévola con graves más profundos que hachazo de vikingo sobre la tierra.
En «Dødens Aperitiff» escuchamos con todo su esplendor (y oscuridad) a un Dolk totalmente entregado, que usó voces limpias de tonos profundos, muy al estilo doom gothic, para acentuar la melodía, modificando las frecuencias sobre el escenario para adaptarse a lo que cada pieza nórdica demandaba, intercalando esos guturales brujeriles tan propios del black.
«Mylder», una pieza de calado más crudo, desató un mosh black metalero al medio del respetable, canalizando una energía ritual que partió solemne y de otro mundo, para llegar hasta nosotros de manera corpórea, con brazos y piernas que se movían de manera brutal: y ese que si hay algo característico del público chileno, es su capacidad casi espontánea de seguir el ritmo de la música, convirtiéndose por derecho propio en un segundo espectáculo debajo del escenario, o más bien como nuevas capas de significación añadidas al evento.
Micrófono en mano, Dolk manifestó que acá fluía una energía poderosa, y que en ningún momento se había sentido aburrido, quizá diciendo de manera indirecta que no todos los públicos desatan la misma mística, y agradeciendo a Santiago por el recibimiento, volvió a sumergirnos en una vorágine de metal.
En los cortes finales tuvimos «Hymne», del año 97, puro paganismo nórdico a las venas, con rítmicas que amalgamaron el frenesí con lo sagrado, y que escuchada ahora de manera retrospectiva, podemos entender mejor la herencia de Bathory en su sonido, y la importancia de esta composición para lo que actualmente se conoce como viking metal. «Det Sorte» fue el último tema, interpretado con el alma y con todos los huesos del cuerpo, promediando a Kampfar un total de una hora y quince minutos sobre las tablas.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
Su líder y frontman no necesitó de efectos de neblina para traernos la neblina. La corporalidad de su propuesta, lindando con lo teatral e incluso operístico, sirvió como dardos para dar en el blanco: el músico noruego gesticuló y representó en el escenario todo el delirio místico de sus antepasados, bebiendo del cáliz sagrado de manera ritual, lanzando un polvo blanco al público para simbolizar la nieve, y luciendo, a torso desnudo, un tatuaje impreso debajo del plexo solar el nombre de Kampfar con una suerte de sátiro o Dios Pan a un costado. Era su obra, su vástago, su absoluta creación, con músicos comprometidos hasta el final, y como el orgullo de un padre enseñándonos a su hijo, dejó sobre las tablas de RBX, en Santiago de Chile una huella profunda de cómo se debe tocar e interpretar el metal noruego más oscuro, hipnótico y perturbador del mundo.
Inferno Fest 2026: Un Infierno Real
Por Hyalmari Kansikas Basualto.
Asistí al Inferno Metal Festival 2026 con la sensación de estar entrando en una especie de ritual colectivo más que en un simple festival. Durante cuatro días, del 2 al 5 de abril en Oslo, viví una experiencia extremadamente bien organizada, intensa y sorprendentemente cómoda, algo que no siempre se asocia con el metal extremo.
Día 1 – Jueves: el descenso comienza
Desde el primer día quedó claro el nivel del cartel. En el escenario principal vi a bandas como Cult of Luna, Tormentor, Incantation, Svarttjern y 1914. En salas paralelas como John Dee y otros clubes cercanos, descubrí propuestas más underground como Hulder, Myr y Carnivore A.D.. Ese primer día ya me dejó claro algo: el festival está diseñado para que siempre tengas algo interesante que ver, sin importar tu nicho dentro del metal.
Día 2 – Viernes: leyendas vivas
El viernes fue directamente histórico. Ver a Mayhem encabezando la jornada fue uno de esos momentos que justifican el viaje completo. También tocaron The Kovenant, Der Weg einer Freiheit, Múr y Funeral. En escenarios secundarios seguí explorando con Groza, Morax y Nihilvm. La curaduría del día fue impecable: una mezcla entre nombres históricos y propuestas modernas que mantuvo la energía siempre en alto.
Día 3 – Sábado: técnica y oscuridad
El sábado sentí que el festival alcanzó su punto más equilibrado. En el escenario principal destacaron Enslaved, Kanonenfieber, Samael, Whoredom Rife y Darvaza.
Mientras tanto, en otras salas disfruté de Sadistic Intent, Bizarrekult y Hierophant. Fue el día donde más aprecié la logística: los horarios estaban perfectamente escalonados, permitiendo moverse entre venues sin perder conciertos clave.
Día 4 – Domingo: el cierre apoteósico
El domingo tuvo un aire casi ceremonial. Cerraron el festival bandas como Deicide, Old Man’s Child, Primordial, Auðn y Mork. En escenarios secundarios seguí descubriendo joyas como Firespawn, Nite y Perchta. El cierre fue intenso, pero también emocional: se sentía el peso de cuatro días de música extrema compartida con gente de todo el mundo.
Organización y comodidades
Algo que realmente me sorprendió fue lo bien organizado que estaba todo. El festival funciona en múltiples salas del centro de Oslo, pero los tiempos están tan bien coordinados que el flujo de público es natural y sin caos.
Además, había comodidades que elevaban muchísimo la experiencia: pagos cashless, zonas de comida variadas (incluyendo opciones veganas), acceso a baños, puntos de información y facilidades para movilidad reducida.
También noté lo bien integrado que está el hotel oficial, donde se concentran artistas, prensa y fans, generando una atmósfera casi comunitaria dentro del festival.
Actividades paralelas y conferencias:
Más allá de los conciertos, lo que realmente hace único a Inferno es todo lo que ocurre alrededor:
Inferno Music Conference: paneles y encuentros con profesionales de la industria del metal.
Clínicas de instrumentos (como guitarras y batería con músicos reconocidos).
Black Metal Bus Sightseeing: tours por lugares históricos del black metal noruego.
Exhibiciones y feria de tatuajes, con artistas internacionales.
Estas actividades le dan una dimensión cultural al festival que va mucho más allá de la música en vivo.
Stands y ambiente general
Los stands estaban llenos de vinilos, merchandising exclusivo, arte y publicaciones especializadas. Incluso había exhibiciones de arte relacionadas con el black metal, lo que reforzaba esa sensación de estar dentro de una cultura, no solo un evento.
Conclusión personal
Salir del Inferno 2026 fue como despertar de una experiencia inmersiva total. No es solo un festival: es una celebración global del metal extremo, con una organización impecable, una oferta cultural riquísima y una comodidad que permite disfrutarlo al máximo. Honestamente, pocas veces he visto un evento tan bien equilibrado entre brutalidad musical y eficiencia logística.
Cult of Fire en Chile: Ritualmente Arrollador
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Lo ocurrido el pasado 16 de mayo del presente año sin dudas quedará en la memoria de quienes asistieron a este ritual, uno comandado por la banda de Republica Checa, Cult of Fire, que después de 8 años pudo visitar nuevamente este país tan alejado del mundo (Chile). Todo en relación a su gira por Latinoamérica titulada «Mantras for Peaceful Death Over Latin America», que los llevo a México, Colombia, Chile . Además de presentarse durante estos días en Argentina y Brasil para ir finalizando dicha gira.
En su antesala se presentaron dos propuestas nacionales bastante interesantes, pero nada de novedosas en cuanto a lo que se esperaba de ellas. Partió la propuesta desde la ciudad de Concepción ,Abbathor, proyecto de black death metal que ya habíamos podido ver en el show de Cancer y Pestilence del año 2025. Mostrando un cuartero bastante compenetrado entre si y con un vocalista que mantuvo la atención del publico con una gran interpretación y una puesta en escena interesante con sus muñecas de clavos y escupiendo vino en varias oportunidades. En cuanto al sonido se escucho de gran forma y puedo destacar la interpretación de sus dos últimos interpretados «Ancient Pagans» y «Fire and Blood» . Felicitar a las productoras a cargo por dar espacio a bandas de región.
Era el turno de la banda de Santiago, Kythrone , banda que a la hora estipulada 20:20 aun no llegaba al escenario, de hecho estaba la batería sin los platos y sin la caja. Situación extraña cuando una agrupación se supone que debe estar lista para tocar. Después de unos 10 minutos la banda aparecía para realizar lo suyo e interpretaba su metal profundo y oscuro como ellos mismo lo señalaban. El tema es que como un partido de futbol, se noto que la banda no calentó , que llego se subió al escenario y toco pasando casi desapercibido. Cuando una banda no prueba sonido se nota, y creo que esta fue la situación con este proyecto, el cual después de 20 minutos de show fue bajada del escenario. Situación que sin dudas corresponde, ya que el grupo no respecto los horarios establecidos desde el inicio. Pero bueno el respetable la verdad es que escucho con respeto pero nada mas. La cosa era clara y el presente estaba en Teatro Cariola por una razón, ver los checos de Cult Of Fire.
21:30 y el telón del Teatro Cariola que hace años no se cerraba, se abría con una magnifica propuesta audiovisual y con un olor a incienso que realmente llego al menos a quienes estábamos en la primera línea. Mostrando un cuarteto con sus túnicas respectivas, cada uno en su lugar y en su posición desatando este black metal experimental que va rozando por diversos estilos musicales, pero que principalmente sigue su sonido propio, algo que pocas bandas logran y que CULT OF FIRE tiene de sobra. Originalidad y capacidad de entregar una gran experiencia para los asistentes. No basta sonar bien, también debes verte bien y llamar la atención de la mayor forma posible , algo que el cuarteto domina de forma magistral.
Si bien el grupo hizo un repaso por toda su trayectoria discográfica, podemos decir que este setlist si nos entregó varias piezas de su ultimo disco de estudio «The One, Who Is Made of Smoke» (2025) y era lo esperable ya que las bandas que giran siempre buscan difundir sus últimos trabajos lanzados oficialmente. Sorprendió la categoría del grupo que desde el primer segundo hasta el final hizo participe al publico de su ritual, uno lleno de elementos que solo había que observar y disfrutar. El punto climax del show , al menos para mi, fue la interpretación de Kali Ma, uno de los temas mas populares de los checos y que fue interpretado de manera magistral.
Setlist CULT OF FIRE
Loss
Mourning
Anger
Dhoom
Blessing
Joy
There Is More to Lose
Závěť Světu
Kālī mā
Untitled 1
Khaṇḍa maṇḍa yōga
(ne)Čistý
Satan Mentor
Buddha 5
Burned by the Flame of Divine Love
Vader y Master: Sangre y voluntad en un reino mutilado
Por Claudio Miranda
Fotos Mauricio Villarroel
Sin pretensiones de recurrir a la metáfora disfrazada de ‘análisis’, hay un consenso en la comunidad metalera de nuestro país que el gusto por el metal extremo obedece plenamente a la ubicación geográfica. Algo tiene el clima del Sur del Mundo que el desahogo del público chileno conecta de inmediato con la furia sangrienta de géneros como el death metal, el ladrido de la muerte en su forma más dolorosa y demencial. Nos apasiona tanto esta música que no nos quedamos en los nombres consagrados -Cannibal Corpse, Morbid Angel, Death,- sino que hacemos sentir el cariño y la localía ante agrupaciones quizás menos renombradas pero que se mantienen firmes a su integridad, siempre contra el oleaje de los años y las tendencias del momento. Y es en este grupo donde Vader y Master, pese al charco geográfico que los separa, pertenecen por derecho propio y se mueven en un propósito en común.
Resulta curioso que ambas agrupaciones registren el mismo año de fundación: 1983. Mientras los polacos tenían su base estilística en el incipiente speed-metal tan propio del género en Europa central y oriental, Paul Speckmann curtía en sus proyectos previos una devoción ardiente por Motörhead y Venom, en algún momento tomando al primer Slayer como inspiración para lo que será su proyecto matriz. Será en la década del ’90 cuando ambas agrupaciones arrancarán sus catálogos respectivos, los cuales se extienden y renuevan hasta hoy, casi sin tomar pausa y dejando en claro que la constancia es tan importante como la destreza instrumental. Y dicha consistencia, además de la extensión en números, radica sobretodo en la fidelidad hacia sus raíces, sin caer en el piloto automático ni el ‘trend’ de la industria. Y eso lo nota la gente, lo notan los sellos discográficos que realmente le brindan el apoyo requerido a aquellas agrupaciones que portan el estandarte de la muerte como lo único real. Son las viejas vibras de un género que no tranza nada y barre con todo, sea en 1989, 1992, 2006 o el año en curso.
Vamos a lo que nos convoca, empezando con el puntapié inicial a la jornada sabatina en Cariola. Una sorpresa lo de Rapture, una novel agrupación chilena que engloba brutalidad con elementos de gran fulgor creativo e instrumental. La forma en que «Necromantic Rites» y «Coffinlust» defienden y atacan en un mismo esquema de aniquilación descoloca viniendo de músicos jóvenes con desplante de veteranos -ojo, una media de edad que no supera los 30 años-, y eso dice mucho respecto a la sensación de nostalgia en quienes, curiosamente, no vivieron la época dorada del género. Al mismo tiempo, el liderazgo de Plaguelord (guitarra, voz) se hace sentir en un escenario que les acomoda sin tapujos, incluso ante un público bastante escaso a esas horas de la tarde. Y a medida que avanza el show, en algunos pasajes el bajo de Incarnator aprovecha los espacios indicados para extender su propia ‘voz’ musical, con el pedal de distorsión manejado con solvencia rotunda. La misma determinación con que «Onward from Devastation» y «Black Crusader», ambas adelantando lo que será su próximo lanzamiento, se abren paso y comparten la misma mesa que «Primal Chaos» e «In the Name of God». Resulta tentador utilizar el cliché de la ‘devastación’ tan propio del género, pero la realidad es que nos permitimos utilizarlo cuando debemos constatar tamaño despliegue de expresión y talento.
De la revelación en la última década, pasamos a la historia del death metal desde los años fundacionales. Fue en 1988 cuando Homicide editó su primer demo-tape, el primero de una serie de cintas circulando de boca en boca, hasta el estreno profesional con Accepted Pleangsly (2006). Hoy, con una discografía considerable y una alineación que hermana brío juvenil con experiencia, tenemos un conjunto que desenvuelve espectáculo y clase de manera casi absoluta. «Pull the Strings» y «Thousand Cuts», las dos primeras en el set, cunden con autoridad por un grupo compenetrado en su propio lienzo de muerte y violencia. El desempeño de Alejandro Ruiz, tan prodigioso como su voz, apela a la cercanía y la entrega ante un público que difumina la línea generacional, hasta en aquellos pasajes donde el problema técnico amenaza con demorar el timing de la presentación. Por algo «Galley Slave», «First Emperor» y «Slave to the Blackest» desfilan una tras otra sin decaer un solo instante. Porque desde la batería, Marcelo Power comanda el ataque y reluce una habilidad en los tarros con una visión que se preserva ante un público que, en su gran mayoría, jamás haya visto a la banda en vivo. Con eso basta para que Homicide, en cada surco, imponga su nombre a punta de fuerza y determinación. Son músicos que gustan del death metal más puro, y toda maniobra técnica o incorporación de habilidades es considerada en favor de una narrativa que se potencia en el directo.
Sin preámbulos ni intros pomposas. La homónima «Master» se deja caer como el primer misilazo, y el trío comandado por el querido Paul Speckmann echa abajo el recinto de calle San Diego como héroes de guerra aclamados hasta el sudor. Y es que Speckmann, secundado por los músicos checos Alex Nejezchleba (guitarra) y Peter Bajci (batería), es un músico dedicado que dispone sus principios hacia lo que realmente importa. Es complicado ser más específico, pero a medida que «Subdue the Politician», «Collection of Souls» y el binomio «Judgement of Will» y «Submerged in Sin» -ambos del sofomoro On the Seventh Day God Created… Master (1991)- , asoman en el set, la toma de apuntes y el moshpit convergen en la misma reacción hacia una agrupación que conserva la furia thrash en un estilo donde el blast-beat con disciplina olímpica hoy es más una convención que una idea genuina. Y es esa honestidad la que se traspasa en esos espacios donde tienes, por ejemplo, a Alex exponiendo sus credenciales con su solo al más puro estilo de Eddie Van Halen -notable lo de Alex, quien aprovecha para grabar con su teléfono al público-, o al propio Speckmann disponiendo su habilidad en las bajas frecuencias a expandir un sonido tan envolvente como letal.
En casi una hora clavada, Master nos ofrece un set que abarca la cuasi totalidad de un catálogo incorruptible. Speckmann habla poco, sabe que su puesto en el bajo y la voz es mucho más que una tarea asignada. Es el resultado de una visión que se expresa mediante el ladrido cavernario, la solidez de una identidad con desplante más cavernario que pulido. Alex Nejezchleba y Peter Bajci no solamente acatan lo que indica el jefe, más bien interactúan con él en torno a un mismo ideal. «Destruction in June» y «Another Suicide», ambos bombazos de los tiempos recientes, le dan cara y hombro al material más laureado, el que tendrá protagonismo asegurado durante la noche. Y es precisamente el debut homónimo (1990), el que se lleva las miradas -y el fanatismo enfermizo- de un público que respira el mismo ecosistema, sea entre metaleros viejos y adolescentes que alucinan con una era irrepetible. «Funeral Bitch», «Pay to Die» y «Mangled Dehumanization», entre las tres siembran la mortandad propia de un género que no va con sutilezas. No es solamente tocar death metal, sino lo que ocurre cuando dicho estilo surge desde la tripa y se traspasa a un público que arma la centrífuga humana con todas las razones del mundo. No se espera menos de una agrupación que habla poco y aplasta cráneos con un sonido demoledor. De eso se trata, y eso es lo que le da a Master un nombre obligatorio para quienes sabemos que la música para la gente enojada viene de un lugar abajo, ahí totalmente alejado de la pirotecnia y el monstruismo.
Demoró poco y nada el regreso de Vader. Bastó que «Sothis» hiciera lo suyo para que el Cariola, ya repleto en cancha, se convirtiera en una zona de desastre. Peter al frente en voz y guitarra, derrocha un carisma que lo hace tan querido en estos parajes, disipando cualquier duda respecto a la vigencia de una agrupación que compensa el bajo perfil con una discografía que mantiene su furia como hace más de tres décadas. «Fractal Light», «Wings», y la suprema «Reign Forever World», marchan como una selección de ‘grandes éxitos’ en un repertorio no apto para curiosos. Te gusta mucho o no te gusta nada, y eso es lo que Vader proyecta como estandartes del death metal europeo, sin rodeos ni doble intención que valga.
¿Por qué cuando observamos el logo de Vader en el telón nos resulta parecido al de Morbid Angel?, Porque, por muy obvio que parezca, no hay empacho en reconocer una de sus mayores huellas. Es más, mientras los de Tampa, Florida, se anotaron en la historia con cuatro placas angulares y, hasta hoy, insuperables hasta para ellos, los polacos llevaron dicha influencia hacia un terreno totalmente inmune a los vicios de la industria musical. «The Book», «Cold Demons», «Unbending», «This is the War!» y «Triumph of Death», todas sonando matadoras en un set que trasciende sobre lo que entendemos como ‘etapa dorada’. En el mismo plan, «Vicious Circle» y «Dark Age» nos llevan en sus alturajes del show a los días de The Ultimate Incantation (1992). Digamos las cosas como son: el catálogo más antiguo es el nos vuela la cabeza, tanto a quienes vivieron la época como a los más jóvenes. Y Vader, tanto como la habilidad y el ajuste en cada pieza, da cuenta de una sintaxis efectiva que reparte sus momentos a medida que se construye la noche. Tal como los todopoderosos Slayer, a quienes invocan mediante el bis conformado por «Hell Awaits» y «Raining Blood». Nada más que agregar cuando, después de casi cuatro décadas, hay una banda que justifica su discografía con autoridad ganada a pulso.
Tener a Vader y Master juntos en un escenario local, por muy frecuente que hoy parezca en estos días, siempre será un lujo y un deber. Por lo que evocan durante décadas de recorrido. Porque ambos nombres, a sus respectivas maneras, entablan lazos de sangre y hermandad en esta faja de tierra larga y angosta. Son tamañas uniones las que terminan sonorizando el entorno de una humanidad mutilada por los vicios circulares de una clase dominante. Como proclamó Hellhammer en los ’80s, sólo la muerte es real. Y mientras Vader y Master sigan girando y actualizando sus respectivas discografías, se mantendrán como fuerzas naturales reflejando el desastre en nuestras caras.
Nit y Molo: Un Show como en casa
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Era un 5 de mayo del año 2026 cuando llegábamos al Club Suizo, ubicado en la comuna de Ñuñoa ,el motivo, el show denominado «Nit y Molo», que reuniría a los dos artistas nacionales El Pitin y Manolo. Músicos que desarrollan un estilo ligado al folk y al indie pero mas alternativo y experimental que de alguna manera sigue una línea bastante propia y original. Además debo reconocer que fue un agrado ir a disfrutar de la música en un lugar diferente a lo típico(Felicitar al recinto por el espacio dispuesto) desde el principio también destaco un show muy elaborado y bien pensado por parte de ambos artistas.
20: 05 y el dúo anteriormente saldría a escena con una especie de prologo, donde salen ambos en una performance mas teatral, como al final cualquier artista me imagino que desarrolla su obra, en la cotidianidad de la creación. Por eso encontré una manera original de comenzar un show, en el cual cada artista pudo entregar su repertorio ,por supuesto siempre acompañado del otro, intercalando y participando activamente mostrando el fiato y buena preparación. Mostrando una habilidad musical por parte de cada artista, quienes iban cambiando de instrumentos entre si, pasando de la guitarra a el teclado así continuamente.
En un show que no tuvo paradas innecesarias, esta desde el primer segundo se nutrió con canciones, las cuales a pesar de durar mucho tiempo lograba al mismo tiempo fluir libre y orgánicamente. Se destaca que cada artista tiene su propio estilo personal y una identidad clara, pero que en conjunto se desarrolla de manera compacta .Por lo anterior es que estas casi dos horas de show se pasaron realmente volando, con un publico participativo y que acompaño a este formato. Con este prologo teatral que replicaba una conversación cotidiana que cualquier artista puede llegar a tener en el día a día y que logro desarrollar un concepto claro y fluido durante todo el show, el cual termino con los últimos 3 temas interpretados como un cuarteto, entregándonos uno de los mejores momentos de la noche con el tema «El Valle interior» que pertenece a Manolo Reyes mostrando la faceta mas progresiva del proyecto.
Conclusión: Hace 16 años sonidosocultos.com comenzó este viaje para buscar y dar a conocer a proyectos que valen la pena. El show entregado en la jornada del 5 de mayo «Nit y Molo» me hizo recordar la misión que nos encomendamos en nuestros orígenes hace tantos años. Buscar y encontrar siempre serán la base de este proyecto, y se agradece la fuerza y convicción de El Pitin y Manolo con su propuesta original.
TANKARD EN LA BLONDIE: CERVEZA, HUEVEO Y THRASH METAL
Por Pablo Rumel.
Fotos Cristian Belano.
Los Tankard ya son parte del imaginario metalero chileno. Con al menos tres visitas anteriores, la respuesta del público fue notable desde el minuto uno. Considerando que tuvimos una semana con una cartelera imparable -no hubo día en que no pisó banda metalera extranjera suelo patrio-y sin importar que fuera domingo, se dejó caer una horda de thrashers, uno que otro punketa, y entusiastas de todas las edades, que con lata de cerveza de rigor, cual santo y seña, ingresaron a las puertas de la Blondie que estuvo cerquita de repletar su máxima capacidad.
¡MELIPILLA ATTACK!
Disaster comenzó a tocar poco antes de las 20:00 pm, arrancando con un thrash metal de vieja escuela, punzante, de ataque frontal, con un frontman Juan Carlos Muñoz enérgico y desafiante, vocalizando en unos tonos raspados de pura agresión y lanzándose unos agudos al más puro estilo heavy metal, frente a una Blondie que lentamente iba repletándose de parroquianos, varios ya bien pasados a chela, porque como consortes de los reyes de la cerveza había que estar a la altura y no iban a entrar piscoleados o tomando agua.
Momentos épicos a destacar: la incorporación de la motosierra para el temazo «Motosierra del infierno», arma letal que fue empuñada por el vocalista, entremedio de ráfagas a sexta cuerda palmuteadas, y una sucesión endiablada de acordes rematadas al son de los golpes de caja y bombo generados por Carlos Araya Chamorro, encargado de oxigenar y hacer bombear la maquinaria metalera.
Curiosamente, su pegada fue de pulso sostenido, sin aporrear innecesariamente los platillos y las cajas, quizá dosificando la energía para la última parte, con «Thrash Metal» donde tiró toda la carne a la batería, aporreando con furia los toms, entre redobles y veloces “tuca-tuca”, de pura convicción punketa, con las marchas aceleradas de las guitarras rítmicas, las que desplegaron un sonido destructor en el que no faltaron los solos maliciosos como bombas lanzadas al escenario, acompañados por las cuatro cuerdas, uñeteadas a máxima velocidad.
La respuesta del público fue notable, si bien aún la sala no se repletaba, hubo mosh, coreo a las canciones emblemáticas de los melipillanos, y ovación generalizada para despedir a los cabros, quienes hicieron gala de un thrash rudo con líricas más violentas aún, y con la sensación generalizada de que en esa breve media hora lo entregaron todo.
¡¡MUERE CON UNA CHELA EN LA MANO!!
Hay una dinámica distintiva en los conciertos de thrash metal, sobre todo cuando hay bandas internacionales: en primer lugar, la performance de los músicos, jamás estática, siempre invitando al desorden y a la violencia; el segundo elemento es la energía del público, la cual tiene distintas etapas a lo largo del concierto: la liberación del arranque es la más devastadora y suele barrer con los que anden pajareando o de capa caída, creándose una presión extra entre las barras separadoras y los que estén ahí cerca, aferrados en medio del huracán.
Y así fue cómo la devastación quedó inaugurada con la inicial «One Foot In The Grave», de la cosecha “reciente”, bien entrecomillado, pues es un hitazo que ya tiene casi 10 años, con un sonido tremendamente bien aceitado y sostenido únicamente por la guitarra de Andy Gutjahr, que no vaciló en meter tralla y convertir su instrumento en una herramienta al servicio del caos y el alcohol.
Por haber una sola guitarra, el bajo del fundador Frank Thorwarth sonó grueso y afilado, empuñado a uñetazo limpio, con leve distorsión, haciendo de guitarra rítmica entre los solos de Andy, destructores y disonantes, y aporreando las bases con ráfagas lineales, sincronizadas con el bombo de la batería, sin olvidar meter sus fills rápidos, como arañas veloces moviendo a través del mástil.
Conscientes de que los decibeles estaban en alto, los Tankard siguieron con «The Morning After» y «Rapid Fire», temazos pura vieja escuela y más afilados y mortales que cuchillo oxidado: el eje estuvo en el riff, destruido por acordes de potencia desplazados cromáticamente, evitando la estabilidad y empujando las marchas de la batería, al borde del abismo, obra y gracia del gran Gerd Lücking, nueva incorporación de los teutones, pero con una vasta experiencia, como su pasado con Holy Moses, la legendaria banda comandada por la señora del metal, Sabina Classen.
«Need Money For a Beer» fue otro temazo destructor, que en el público tuvo su contraparte y respuesta, entre aporreos al ritmo del mosh, cabezazos entre parroquianos, llamados de atención de los guardias (paren la hueá o se van cagando), y su particular crowd surfing, que es cuando alzan a un huevón en volandas y si no estás atento te llevas flor de patada entre clavícula y esternón.
Lo férreo del concierto fue su sonido fiero y la buena selección de canciones, repasando lo más nutrido de su catálogo, aunque una respuesta más “tranquila” (de nuevo, bien entrecomillado) fue con las canciones más nuevas, no tan interiorizadas por el público pero que igual se vacilaron.
Harina de otro costal fue la interpretación de «Die With A Beer in Your Hand», una inmisericorde metralla de riffs acordonadas por un ramillete de gritos estentóreos creados por la garganta divina de Andreas «Gerre» Geremia, a quien no le pesaron sus kilos extra, pues cantó y aulló y se movió por el escenario como un quinceañero, bailando la música del fin del mundo, y hasta sacando del público a una fémina entusiasta para «Chemical Invasion», con introducción rock and rollera y desarrollo thrashero clásico.
Los parroquianos, cada vez más apabullados por las descargas sónicas y la chela, que corría como agua de manantial sobre la Blondie, fueron fieles hasta el minuto final, en que un visiblemente emocionado Andreas Geremia dio las gracias al público en correcto español, nos invitó a viajar por el tiempo interpretando clásicos ochenteros, y recalcó la veteranía de la banda, cuatro décadas sirviendo al metal y a sus fans, y cómo no, a ese espumante espirituoso que no debe faltar en ningún hogar: la cerveza, néctar de los dioses.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTERO
Al cierre vimos a un banger lesionado de una pierna, y uno que otro lleno de moretones debido a las patadas, pero sabemos que se llevaran estas lesiones como medallas, porque fue una noche imborrable y que ya se postula como uno de los conciertos más agresivos del año. Tankard en la Blondie dio una descarga sin frenos donde todo calzó: cartelera saturada, parroquianos sedientos y una banda aceitada hasta el hueso, con un thrash de vieja escuela montado sobre riffs de acordes cromáticos que avanzaron como patada en la guata, puro choque y cero descanso.
Entre mosh desatado, chela corriendo como río y una ejecución filosa como botella quebrada, la noche terminó siendo lo que prometía: hueveo total, metal a todo chancho y una hermandad etílica que convirtió cada tema en fiesta, cada golpe en brindis y cada riff en un llamado a seguir tomando y sacando chispas hasta que apaguen las luces.
Nevermore en Chile: El debut que todos esperábamos
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Sin dudas siempre un debut se transformará automáticamente en un acontecimiento histórico mas si una banda creada por allá en el año 91 en Seattle , Washington Estados Unidos, de la talla y relevancia de Nevermore logra pisar por primera vez las tierras nacionales. Recordar que la banda reconocida como uno de los pilares del metal progresivo moderno que también incorporo el heavy metal además de tener como miembro fundamental al fallecido vocalista y fundador Warrel Dane, hito que por supuesto provoco que el proyecto tuviera un estancamiento natural y por supuesto necesario después de vivir un trauma como la perdida (14 años de inactividad). Por lo anterior es que se valora que el guitarrista y fundador Jeff Loomis junto al baterista Van Williams quisieran nuevamente reformular el grupo para poder salir de gira y homenajear el legado de Warrel visitando a varios países de la región después de mas de una decada de inactividad con la banda.
Por lo mismo es que la emoción y esta adrenalina inicial que irradiaban sus fanáticos nacionales se sentía en el ambiente del recinto ubicado en la calle San Diego, Teatro Cariola. Fanáticos de todas las edades con sus remeras listas con el logo del grupo para vivir una jornada que partió temprano con dos grandes proyectos nacionales. La jornada partió puntualmente a las 19:30 Hrs con una de las sorpresas de la noche Mariano Vargas Band, cuarteto instrumental que nos entrego una verdadera dosis de metal progresivo entregándonos temas rápidos y potentes, y algunos con pasajes mas experimentales y atmosféricos. Esta artista de región cuenta con la presencia del baterista Rodrigo Leiva, uno de los grandes exponentes músicos en su instrumento. Destacar el gran sonido del grupo el cual se escucho de manera perfecta y logro que el presente publico prendiera y disfrutara de dicha propuesta la cual ya tiene dos discos larga duración que puedes encontrar en las plataformas de streaming respectivas.
Eran las 20:40 hrs y Hefesto subía al escenario con toda su energía y el heavy metal que tanto los ha caracterizado. El grupo interpreto su disco 7 pecados capitales en forma integra, logrando enganchar con el publico poco a poco. Si bien el sonido no fue tan perfecto como la primera banda, Hefesto salió jugando siempre con pasión y entrega, derrochando una energía envidiable durante sus 30 minutos de show. Gran propuesta nacional que invitamos puedan escuchar y ver en vivo. Después de que el grupo se bajo y una espera aproximada de 40 minutos es que por fin Nevermore saldaría su deuda con Chile.
22 hrs y por fin el grupo norteamericano liderado por Jeff Loomis junto al baterista Vab Williams se presentaban ante un eufórico publico nacional, que se entregó desde el primer segundo, haciendo notar esta energía a la banda, quien se noto disfruto de haber tocado en el recinto ubicado en la calle san diego. Sonando la brutal introducción «Precognition» la cual pone los pelos de punta. Le siguió la brutal pieza «Enemies of Reality» donde Jeff Loomis se robo totalmente la película, creo que fue el mejor inicio de concierto que he podido ver durante este año 2026, entregando una pieza rápida y brutal, la cual resume en sus 5 minutos toda la potencia del grupo norteamericano , demostrando el por que es una banda fundamental para el estilo. Además demostró toda la capacidad de su nuevo vocalista Berzan Onen ademas del bajista Semir Ozerkan y el segundo guitarrista Jack Cattoi sin dudas el mas joven del grupo. La jornada brutal continuó con «Beyon Within», «My Acid Words» y «Engines of Hate» todas interpretadas sin dar descanso y demostrando los nuevos aires del grupo, simplemente histórico.
Por supuesto que a esa altura los Olé Olé Olé Nevermore Nevermore ya eran una constante. Ahora era el turno de «The Sacrament» una de las piezas fundamentales del álbum «The Politics Of Ecstacy». A esta altura también ya veíamos a los primeros caídos producto del abuso de alcohol, mientras todos disfrutaban cada segundo en escena del quinteto. Ya con el publico igual de prendido siguieron «The Seven Tongues» del mismo disco anterior y que también es una obra maestra debido a su ejecución perfecta y a una rapidez que no deja tregua. La cosa seguía con «Final Product», otra de las grandes joyas de la banda, entregando un sonido moderno y totalmente compenetrado. «Narcossynthesis», «I Voyager» y «Inside four Walls» clásico tras clásico sonando como una especie de mantra colectivo. A esta altura el presente seguía pendiente de cada detalle de la interpretación pero siempre las miradas apuntando al líder Jeff Loomis que sorprende por una ejecución limpia durante todo el concierto.
El último tridente estaría a cargo de «The Heart Collector» «The Obsidian Conspiracy» y This Godless Endeavor», el primero mas cercano a un rock mas pausado pero igual de intenso con estos riff tan característicos muy melódicos y con este sonido mas acústico. El segundo titulo del mismo álbum, uno de los temas mas rápidos donde las guitarras son mas protagonistas que nunca demostrando el lado salvaje del grupo siempre mezclado con este elemento progresivo tan característico. El tercer tema que se titula al igual que el álbum también nos entrega la versión mas progresiva del grupo, su parte mas folk por decirlo de alguna manera, dándonos una pieza de 8 minutos la cual tiene una montaña de sonidos.
Ya finalizando el show, el grupo interpretó su ultimo himno «The River Dragon», dejando por algún motivo a «Born» fuera del setlist que andaba dando vueltas por internet. En conclusión el show de hora y media quedará registrado como uno de los mejores y mas solidos de este 2026, saldando una deuda histórica con los fanáticos nacionales que nunca pudieron ver a Warrel Dane en vivo, pero que ahora si pudieron disfrutar de su legado gracias a Jeff Loomis y compañía.


















































