The Fall of Troy: riffs imposibles, batería epiléptica y mosh salvaje o la noche en que los gringos incendiaron el Cariola
Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Matar a Grax, autodefinidos como gritos, locura y peluches, tuvieron la tarea de abrir los fuegos en el show de The Fall of Troy en Chile. La velada, variopinta y de alto voltaje, también contó con la presencia de la reconocida banda de metal progresivo Delta, antes de la esperada llegada y debut del trío estadounidense. Con su mezcla disonante de math rock y hardcore, la jornada del jueves 5 de marzo terminó configurándose como un pequeño festival donde no faltaron la rabia, el atrevimiento musical, la experimentación y el virtuosismo.
LOS MONOS DE CARTOON
A las 19:45 fue el vamos, en un Cariola que repletó tres cuartas partes en una noche calurosa, de sudor pegoteado, olor a chela, tabaco y otras yerbas, con una fauna rockera donde pudimos ver camisetas que iban desde 31 Minutos, pasando por Mayhem, Bob Esponja, y cómo no, The Fall Of Troy.
Matar A Grax, formada en 2018, supo entregar un show de calidad, con una base rítmica pegadiza, desordenada cuando el caos lo demandaba, agresiva en su espiral de violencia, y sardónica la más de las veces, parodiando con maestría y originalidad esa estética de cartoon animado, tipo Hora de Aventuras o Ren y Stimpy, pero pasada por varias camionadas de ácido y cuánta sustancia psicoactiva más.
«Vidrios» fue el arranque inicial, con ataques viscerales a la guitarra, obra y gracia de la dupla Salsa Verde y Salsa Roja, manteniendo esa cadencia al borde de la disonancia y el abismo, con un buen juego de baquetas propiciados por Sapo, al centro en los tarros, y dándole la cadencia frenética a las partes veloces, sumada a las bases más lentas en los momentos de calma.
Un show aparte fue la performance de Antikuak, quien rodeado de peluches y portando un gorrito tipo Finn, amenizó la velada lanzando al respetable inflables de patos gigantes, naves espaciales, donas y dinosaurios, y haciendo una feroz dupla con el hombre guagua (literal) Kuak, ambos, como el alfa y el omega, como el negativo y el positivo, oscilaron entre gritos, screamos desgarrados y fraseos limpios, siendo la muestra suprema de esta propuesta con el temazo «Comiendo Pájaros».
Las canciones de cierre fueron «El Bau$$ery «Santiago Hippie Mapocho Love»: los chicos se despidieron lanzando más inflables, y anunciando para un mes más un nuevo larga duración. A estar atentos. La gente los ovacionó, y con razón, porque supieron entregar rareza, energía y talento, sin desperdiciar ni un minuto, con una performance de altísimo nivel.
DELTA: CLASE MAGISTRAL DE PROG
Con un rugido de motores, fusionado con el arranque de un riff férreo y más duro que un martillazo de acero contra un muro de concreto, oímos los primeros compases de un clásico rescatado, «Crashbreaker», caracterizado por su formato pesado y machacante, con un bajo bien sacudido y percutivo, harto golpeteo en el traste y con una técnica aputamadrada que un inspirado Marco Sánchez llevó hasta el paroxismo, seis cuerdas vigorosas, secciones jazzísticas entre polirritmias, y presencia de groove atronador, hizo que se robara la película, sobre todo en la canción final, con esos slaps bien colocados en «Who I Am».
Los teclados de Nicolás Quinteros, arquitecto y cerebro de la banda se oyeron de manera discreta. La acústica del Cariola potenció los graves y los agudos, dejando en un segundo plano los tonos medios; no obstante, pudimos oír con claridad las escalas de «My Addictions», y el arranque dramático y cinematográfico de «At Last», interpretados con una pericia quirúrgica y un virtuosísimo poca veces oído y visto.
El trabajo en la guitarra de Víctor Quezada fue superior. Entró con precisión en las secciones rítmicas, y con mayor avidez y entrega en los solos, donde supo brillar con maestría, con barridos y ligados ultra veloces, otorgando el peso exacto, volumétrico, de los parajes melódicos de cada composición, casi con metrónomo, de los momentos más progresivos y volátiles de Delta.
La vocalista Paula Loza demostró su talento fuera de serie. Podría cantar rap, jazz pop, R&B o death metal, y de hecho lo hizo: sus tonos no se limitan al formato rock-metalero, oscilando entre agudos épicos y vozarrones con potencia sonora y vibrante: «The Great Dilemma» fue el tema perfecto donde pudimos oír sus múltiples registros, dejando en claro que no solo se sabe desplazar en el escenario con mucha teatralidad, sino que su voz se ha ido puliendo con la sabiduría de la experiencia y el resplandor del diamante. Diez de diez.
No puede quedar fuera de esta reseña el trabajo sólido del batero Andrés Rojas, ni pegado a las cajas, ni abusando del doble bombo, ni menos a los rides y crashs, otorgó la densidad de esqueleto de titanio que un estilo tan demandante, plástico y ecléctico como el progresivo de Delta pide en cada tema, intercalando ráfagas de metralla en los rítmicas duras, con una pegada firme y sobria en los parajes sonoros más introspectivos, con la concentración que demanda la polirritmia, sin desperdiciar su energía en golpeteos vanos.
THE FALL OF TROY AL ATAQUE
A las 22:00 pm exactos, arrancaron los primeros compases de «Laces Out, Dan!» Entre cabalgatas cojas destruidas por armónicos y secciones caóticas, el power trío estadounidense irrumpió con su entropía sónica, a punta de guturales desesperantes, líneas de bajo espásticas, y una batería epiléptica obra y gracia de Andrew Forsman, vistiendo la camiseta de Colo Colo, quien desde el primer minuto venció la resistencia del sonido, destruyendo con esos compases elaboradísimos en temas de tremendo filo como la eximia «Mouths Like Sidewinder Missles».
Quiero detenerme en el trabajo percusivo de Forsman. Porque si bien los quiebres y los acordes disonantes de la guitarra guían el proceso rítmico de The Fall Of Troy, el valor de Forsman en el escenario explica la dureza sincopada de la banda. Su batería es sencilla, un par de toms, un hi-hat, y además del bombo un ride y un crash: no es una batería ultra elaborada, pero sí lo es su técnica, tan fuera de otros registros sonoros como el rock o el pop de toda la vida, haciendo gala de una percusión hiperarticulada, fragmentando los pulsos y el ritmo. A ratos pareciera que es solo bulla, y claro, educados como estamos en los clásicos 4/4, el desplazamiento de mera rítmica a integrar la melodía de manera percusiva con la batería supone un desafío al oído, siempre acostumbrados a que la batería solo sea una base de fondo, nos cuesta asimilar que también puede pasar a la primera línea de choque.
Otra característica es su dinámica explosiva: además de fragmentar los compases clásicos, hay momentos en que el golpe seco y sin matices a la caja, forman parte del arsenal estruendoso del estilo, más cercano a la desafinación y al grito que a la melodía pura. «Rockstar Nailbomb!» Por ejemplo, desató la furia del respetable, entremedio de un mosh pit tan violento como armónico. El rol del bajista Tim Ward, un bajo acerado con púa, intensificó y guio el proceso caótico, entre riffs rápidos y desarmados y solos de guitarra que se salían de cualquier escala conocida.
«Chapter I: Introverting Dimensions» mostró el lado más post-rocker y experimental de la banda. Hay que recalcar que gran parte del show se fue por delante gracias a la garra y el empuje de los músicos, quien sin necesidad de escenografías, y con golpes de luces discretos, llevaron adelante un live crudo, con una energía desplegada que solemos ver en otros estilos, como el thrash o el power metal.
Pero donde realmente se revela la naturaleza de The Fall of Troy fue en la sensación de peligro permanente que flotó sobre cada canción. Sin comodidad ni concesión: las guitarras de Thomas Erak avanzaron como una máquina que masticó riffs imposibles, escupiendo armónicos histéricos y acordes torcidos mientras el bajo de Tim Ward funcionó como un cable de alta tensión vibrando al borde del cortocircuito.
En medio de ese caos organizado, la batería de Andrew Forsman trabajó como el verdadero arquitecto del derrumbe: cada quiebre, cada síncopa imposible y cada ráfaga de caja convirtió el escenario en una especie de laboratorio donde el hardcore, el math rock y la demencia rítmica colisionaron sin pedir permiso. No fue un concierto amable ni pulcro; fue una descarga nerviosa, una demostración de que la música extrema también puede ser inteligente, feroz y ridículamente precisa al mismo tiempo.
NOTA FINAL
Lo ocurrido en el Teatro Cariola fue, en el fondo, una pequeña radiografía del rock contemporáneo: tres bandas muy distintas que comparten una misma pulsión por romper moldes. Desde el delirio cartoon ácido de Matar a Grax, pasando por el virtuosismo quirúrgico de Delta, hasta la demolición matemática de The Fall of Troy, la noche se transformó en una celebración de la disonancia, el riesgo y la técnica sin anestesia. No hubo hits radiales ni poses prefabricadas: hubo sudor, ruido, riffs retorcidos y músicos tocando como si cada compás fuera el último. Y en tiempos donde buena parte del rock vive domesticado por algoritmos y playlists, ver un escenario convertido en un campo de batalla sonoro sigue siendo, simple y llanamente, un acto de resistencia. Y Sonidos Ocultos ahí estuvo para testimoniar.
Living Colour: Puedes derribar un edificio, pero jamás borrar un recuerdo
Por Claudio Miranda
Fotos Eric Ibáñez @FotosMetal
Resulta abrumador que la actual gira de Living Colour, en el marco de sus 40 años de carrera, coincida con un panorama mundial al borde del desastre. La crisis política en USA, con un matón en la Casa Blanca -su apellido empieza con T y termina con rump- y los recientes ataques armados en el Medio Oriente, pareciera que en vez de amilanar al cuarteto liderado por el binomio Glover-Reid, lo impulsa a proyectar sus convicciones de rito y protesta hacia una minoría que abraza la ‘otra música’ como la única vereda segura ante el desastre acechando desde la vuelta de la esquina.
No confundamos las cosas. Ante la suspicacia de Internet distorsionando los hechos de manera recurrente, es necesario recordar que Vivid (1988), la Opera Prima de los neoyorkinos, vio la luz durante la presidencia de Ronald Reagan. Una época marcada por el conservadurismo y la moralina disfrazada de «valores americanos», suficiente para que una banda del calibre de Living Colour se convirtiera pronto en la pulga en la oreja de un sector que se tragaba el discurso del «imperio del mal» durante plena Guerra Fría. Por ende, no es solamente lo que atañe a la contingencia, sino a décadas de historia en un país donde el racismo, el crímen de odio, y otros vicios culturales, lamentablemente, siguen ocurriendo. Y, peor aún, con la represión sistemática de una autoridad que se soslaya en su propia locura. Es cosa de recordar lo que ocurrió en 1993 con el video de «Auslander», cuando el propio cineasta y director Eric Zimmerman tuvo que reeditar dicho material ante la reticencia de MTV y la audiencia de los estados sureños. Y Living Colour, desde sus primigenios días azotando el escenario del legendario club CBGB, ya respiraban esa atmósfera que les impulsó, tal como a Bad Brains y Dead Kennedys, a denunciar las cosas por su nombre… Y a su manera.
Como suele pasar en estas instancias, es complejo referirnos a lo que evoca Living Colour cuando hablamos de una banda compuesta por cuatro maestros en sus respectivas áreas. Es fácil nublarse, por ejemplo, con la destreza escalofriante de Vernon Reid en las seis cuerdas. Pero basta con que la ‘Marcha Imperial’ de «Empire Strikes Back» nos ponga en alerta para que «Leave It Alone» cunda por sí sola. Cuán importante es Stain (1993) en estos tiempos de incertidumbre, y su presencia junto a Vivid y Time’s Up (1990) en el repertorio se justifica por todas las razones del mundo. Arrancada a puro groove, destilando onda y soul a raudales, todo por un cuarteto que juega de memoria. Sin preámbulos ni saludos iniciales; un suspiro y ya estamos en «Middle Man», el primer single oficialmente editado por Living Colour. Con qué swing, con qué intensidad. Y con qué lozanía viniendo de una banda que después de cuatro décadas se mantiene en forma. Música que no envejece, sino que retumba igual de nueva y joven. Y esto va también para «Memories Can’t Wait», original de los fundamentales Talking Heads y que los propios Living Colour supieron incorporar a su ADN. Vernon Reid, igual que en el disco y con un poco más de ímpetu, literalmente con los dedos en llamas. Momento perfecto para apreciar también las virtudes intactas de Corey Glover, dueño de una voz que se mantiene incólume al paso del tiempo, a punta de blues desde el estómago y derrochando sensualidad como un superclase.
Volvemos a la crudeza de Stain en el repertorio. Primero con «Ignorance is Bliss», un relato sobre la ignorancia como ‘valor’ en una sociedad cada vez más idiotizada. Cómo funciona y se expande en vivo, de la misma forma en que «Go Away», un garrotazo feroz contra la deshumanización y el nihilismo del sistema capitalista, te refriega en la cara un par de verdades mientras cantas su coro con puño en alto. Musicalmente, es de esos pasajes que nos muestra a Living Colour de cuerpo completo, con la base rítmica conformada por Will Calhoun en batería y Doug Wimbish en el bajo exponiendo su versatilidad con jerarquía de otra liga. Y es que a medida que transcurre la noche, somos testigos y partícipes de una sintaxis construida con inteligencia y desplegada desde la integridad. Qué importante es el orden del set, tanto como la precisión técnica o la habilidad instrumental. Y quienes sostenemos que basta con el catálogo editado entre 1988 y 1993 para satisfacer el placer musical en todos los colores (im)posibles, la noche del 4 de Marzo en el Teatro Teletón era el momento perfecto en contexto de un cumpleaños 40. Algo que pocos pueden contar.
¡Cómo les gusta jugar con la tensión a estos chicos! La intro de «Funny Vibe» es un ejemplo gráfico de la dedicación que le pone Living Colour a su acto en vivo, siempre para la gente. Pierdes el sentido del humor, y estarás acabado, decía un tal Lemmy Kilmister. Es la vibra divertida que estos hoy cuatro señores de tez morena mantienen igual de revitalizante. En ese mismo plan, «Bi» le añade a la diversión ese toque provocador -y elegante- que le dio a Stain un mote de controversia cuando apareció en las estanterías de discos en los ’90s. Ahí es donde todas las voces se vuelven una, recordándonos el eterno tabú mientras seguimos aferrados a la idea de que «los tiempos han cambiado». Living Colour, literalmente, se ríe de toda esa entelequia de «ya no se habla de eso».
La sutil versión que se mandan de «Hallelujah» -original del eterno Leonard Cohen, y cuya versión definitiva, dicen, la hizo Jeff Buckley en los ’90s-, le da un pase filtrado a la estación más esperada del viaje. Lo de «Open Letter (To a Landlord)» es un momento aparte. Nos quedamos cortos al hablar de catarsis, purificación, como le llamen. Es la definición de enormidad bajo los parámetros de Living Colour. El comienzo gospel, casi A Capella, para restregarnos un hard rock brillante y poderoso. Un manifiesto contra la especulación inmobiliaria y su trato inhumano hacia los desvalidos. Y una prueba contundente de que la protesta contra la injusticia no es solamente vomitar furia contra el poder establecido, sino la capacidad de conmover a las personas e impulsarnos a un cambio, empezando por nosotros como individuos y llevarlo al entorno cotidiano. Y aquí, no quepa duda, Corey Glover se pone el laurel de campeón olímpico, sobretodo en la sección final cuando baja a la cancha y una fanaticada devota hasta el sudor le brinda recepción de héroes. Porque eso es Corey, sin caer en el idealismo y la veneración barata; un inspirador de ayer y hoy, alguien que entabla cercanía con el público sin perder el control donde a muchos se les va el tema de las manos, Mención necesaria para Doug Wimbish, un bajista que no se limita a ‘hacer la pega’, sino que hasta interactúa con el público con la naturalidad de un viejo amigo.
¿Por qué Will Calhoun, adjunto a sus raíces afroamericanas, suena como Neil Peart compartiendo la misma mesa que Fela Kuti y Tony Williams? Porque hablamos de músicos que no se limitan a hacer una labor específica con precisión de clínica. Fueron y son personas que, al igual que Hendrix, tienen algo que decir. Y lo dicen, porque tan importante como la habilidad es la expresividad que los hace inconfundibles. Esa mezcla de recursos y estilos que resultan en una huella dactilar que extiende su potencia golpe a golpe. Y su solo de batería, además de la extraordinaria habilidad, nos revela las virtudes de Calhoun como propietario legítimo de un distintivo que multiplica las dimensiones de su propio hábitat artístico.
La psicodelia es un rasgo inherente en la huella dactilar de Living Colour. «This is the Life», el broche de Time’s Up, nos envuelve en toda esa capa de sonidos y sensaciones que en vivo expande sus dominios hasta el lugar menos pensado. Sublime y maravilloso lo que genera Vernon Reid en las seis cuerdas, un instrumentista que trasciende mucho más allá de la precisión y la rapidez. Y de la misma placa, «Pride» llega abriendo la puerta a puntapiés, coherente con su naturaleza y propósito. ¿Cuántas veces la industria musical, con predominio blanco, se ha apropiado de los orígenes afroamericanos del rock n roll sin siquiera respetar como personas a los verdaderos próceres? Lo mismo para quienes consumen rock y música negra sin siquiera plantearse de dónde surgió toda la música popular que conocemos hoy. Una tara cultural que Glover, Reid y compañía repelen mediante la protesta hecha música. Y en el directo es donde se nota a kilómetros la recepción en un público que, digámoslo, asiste como una liturgia hacia la música que confronta y purifica a quien la busca desde el estómago.
El espacio para el medley «White Lines (Don’t Don’t Do It», «Apache» y «The Message», es totalmente correspondiente a lo que Living Colour preserva con orgullo razonable. Un mix de hip-hop que, de pronto, te refresca la memoria sobre la nula línea que separa a Hendrix de Public Enemy. En el mismo plan, «You Don’t Love Me (No, No, No), original de la cantante jamaicana Dawn Penn, puede ser tanto una curiosidad para los novatos como un homenaje sutil desde la óptica del melómano más versado. Basta con el desempeño de Corey Glover para que algún oído curioso preste atención hacia donde pocos se atreven a hacerlo por voluntad propia.
En un mundo cada vez más superficial y donde importa más la selfie y el ego masturbatorio para el jumbito digital, «Glamour Boys» es todo lo que está bien. Una fiesta donde nos reímos del establishment y los ‘influencers’, porque esta música está hecha para eso. El contraste viene de la mano con «Love Rears Its Ugly Head», el soul-funk sabrosón que Cotrey Glover usa como canal de expresión para hablarnos sobre el infortunio del desamor en una relación a punto de colapsar. Único en su estirpe. Y nos quedamos igual de faltos en recursos literarios para describir la categoría de Glover en el escenario. Imposible ser más gráficos ante lo que proyecta y explota Living Colour en el directo. Cuántas veces los hayas visto en vivo, siempre se sentirá como la primera.
«Type» es intensa. Un favorito para los devotos más duros, y su coro exquisito basta para entender hacia dónde va todo el asunto. La pieza hardcore-punk que titula la bestia del ’90s, llega como un monstruo grande que pisa fuerte, poniendo a prueba la resistencia física en modo Test de Cooper. El único ‘pero’ de ambas es que les sigue… ¡«Cult of Personality»! La intro con el discurso de Malcolm X, y uno de los riffs más gancheros y efectivos en la historia del rock y, quién dice que no, de la música popular. «Like Mussolini and Kennedy…». En un Chile polarizado, sumido bajo la angustia del próximo cambio de mando presidencial, ¿cómo sonaría si fuera «Like Allende and Pinochet»? Tenemos, por suerte, a una banda que no necesita ser tan gráfica para hablar de algo que ocurre en todos los países donde los extremos mandan sobre el bien común. ¿Mucha política en esta reseña? Bien por ti, pero si nos quedáramos solamente en la pulcritud instrumental, sería quedarnos en la cáscara. Y de eso, en la música sobretodo, tenemos demasiado. Por cierto, «I’m the cult of… I’m the cult of… I’m the cult of… PERSONALITY!». La parte donde Glover deja la vida en el estudio, hay una fanaticada que se la adueña con todo derecho. La música es de para y por la gente. Y de eso se trata.
Si nos quedáramos en la velocidad con los dedos, sería injusto. Vernon Reid también tomó clases con Robert Fripp sobre hacer cosas impensadas. Entre ellas, el uso del delay con loop en la intro de «Solace of You». Una pieza de jazz y reggae más relajada en apariencia, pero no por ello menos potente. Una que llega en el momento indicado del repertorio, el cual cerrará con una versión magistral y electrizante de «Should I Stay or Should I Go», el mega-éxito de The Clash. Un cierre a la altura de un legado que se mantiene joven y rupturista, todo sin necesidad de caer en el mercadeo impuesto por una industria cada vez más deshumanizada e impersonal.
Podríamos dejarlo hasta aquí, y reparar en la ausencia de bombazos como «Auslander», una que estuvo presente en la visita anterior (2024, Club Chocolate). Por otro lado, sabemos que el panorama actual en USA es poco alentador. En la interna de la banda, se asume que hay que ser inteligentes, sobretodo si se viene la mano dura y pesada con un matón de poca monta manejando los hilos de la potencia más grande del planeta. Y eso es lo que le da a Living Colour un temple como institución de la música combativa en su esencia. Mucho más en estos tiempos. «Puedes derribar un edificio, pero no puedes borrar un recuerdo», proclama con firmeza el coro de «Open Letter (To a Landlord)». Y eso es lo que representa la ‘otra música’ como símbolo de resistencia y humanidad en un mundo inhóspito.
Obituary: Podredumbre de almas
Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
El distintivo de Obituary no es solamente un tema de sonido y estilo. Originarios de Tampa, Florida, la banda liderada por los hermanos John y Donald Tardy siempre navegó contra la corriente. Mientras sus colegas de escena y género competían entre ellos en términos de brutalidad y destreza técnica, Slowly We Rot (1989) y el fundamental Cause of Death (1990) denotaban el énfasis en el ‘death’ como una proyección de la muerte en su forma más dolorosa y desgarradora. La voz de John Tardy, el componente humano, te da una idea de aquella huella dactilar impregnada en el grito desgarrador que lo emparentaba casi directamente con el espíritu del thrash en su forma más primitiva.
¿Cómo resumir en pocas palabras la importancia de Cause of Death? De todo lo que se ha dicho al respecto en poco más de tres décadas, ninguna definición será tan acertada como la del prestigio sitio Loudwire, el cual sitúa al redondo como el mejor trabajo del género en 1990: «Al prescindir por completo de los blast beats, Cause of Death se basó en riffs desbordantes, estructuras erráticas y el gutural eructo pantanoso de John Tardy«. Evidencia suficiente para entender la trascendencia de una propuesta que sigue maravillando a generaciones que se dejan sucumbir por el aluvión de riffs y groove comandado por la figura central de los Tardy y el guitarrista Trevor Peres.
Si bien la bajada a última hora de la banda Nox Terror –problemas de salud de uno de sus integrantes- significó reducir el cartel a dos nombres, es justo y necesario remarcar la presencia de Cerberus como prueba irrefutable de la vigencia del death metal como el constante impulso desde la tripa. El cuarteto liderado y fundado por Juan Pablo Baquedano aprovecha su minutaje en el escenario para exponer sus credenciales de nombre prócer en el auge del estilo en nuestro país, allá en el ecuador de los ’90s. «Decimation», «Brutalized» y «Redemption of Demigod» se dejan caer como misiles en un Cariola próximo a abarrotar la cancha. La imagen de Juan Pablo regalando al público una polera de la banda, también habla mucho de la cercanía entablada con una minoría que trasciende la barrera generacional.
Qué importante, tanto como el liderazgo de Baquedano,es la labor de Miguel Neira en bajo y voces, lo que le da a Cerberus una musculatura sónica con la cual su catálogo se mantiene igual de lozano y enérgico en el directo. «Repulsive LIfe-Forms», la que titula su EP debut (1996), corrobora dicha virtud al punto de unir generaciones de ‘bangers’ en un mismo sentimiento, tanto para quienes eran adolescentes en los días del Manuel Plaza y la Laberinto, como para los iniciados que ven en un nombre angular a sus héroes locales de ayer y hoy. Cuando llegamos al final con las fundamentales «Ebola» e «Immortal Hate», la postal de la centrífuga humana en el centro de la cancha resume la ferocidad que Cerberus ha esparcido y cosechado en poco más de tres décadas. No es casualidad la relación entre el death metal como género musical y el fondo de infección y muerte que el estilo proyecta en base a su naturaleza como espejo de un mundo condenado.
Tras una espera acompañada de una playlist orientada al rock clásico, con nombres de la talla de Michael Schenker Group sonando en los parlantes, llegaría la alerta con «Snortin’ Whiskey», del legendario guitarrista canadiense Pat Travers. Y con el primer bombazo a cargo de la instrumental «Redneck Stomp», es cosa de que la siguiente «Sentence Day» termine por echar todo abajo. El recinto de calle San Diego no tardó en venirse abajo, y qué otra cosa podría pasar con una banda en plena forma y desbordando energía desde el primer golpe. A destacar en marco dorado lo que se manda Trevor Peres como el hombre de los riffs durante casi 40 años, mientras Kenny Andrews dispone su destreza en las seis cuerdas a lo que realmente importa.
A medida que pasan raudas «A Lesson in Vengeance» y «The Wrong Time», reparamos en el desempeño de Donald Tardy en el manejo de dinámicas desde los tarros. Un baterista que, digámoslo, castiga su instrumento sin necesidad de caer en la clínica de blast-beat que más resta de lo que suma. Y es que Don entiende a la perfección la importancia de la expresión en cada golpe y patrón rítmico. Un baterista cuya pegada y habilidad técnica se hermanan en una misma firma de devastación animal, siempre dominada a punta de maestría y convicción. Su complemento con el experimentado bajista Terry Butler deja en claro que Obituary es una banda que va a lo suyo y se aferra a su ADN sin importar lo que dicte la industria respecto al desarrollo del estilo durante estos días.
A lo que venimos. Cause of Death, de inicio a fin en su (casi) totalidad. «Infected» y «Body Bag», seguidas y casi unidas como en el estudio. Lo sabemos y lo hemos mencionado más de una vez; la voz de John Tardy es única en su estirpe. No necesita recurrir al gutural ridículamente ilegible de sus colegas, pues la virtud de John en la voz radica en la expresión del dolor más desgarrador. En la misma liga de voces podridas como John Altman, Karl Willetts, Martin Van Drunen y Chris Reifert. Todas voces que pulieron sus identidades durante los tiempos de cassette-demo y fanzine fotocopiado en blanco y negro. Metaleros viejos, dueños de voces que no buscan la pulcritud técnica, sino reflejar la decadencia humana en toda su carne.
Así como la instrumental «Dying» transforma el mar de gente en un oleaje implacable, al mismo tiempo nos permite apreciar en pleno la destreza instrumental de una banda que utiliza de manera acertada el mid-tempo y los quiebres de ritmo. Es lo que nos deja a la luz un trabajo creativo orientado hacia las estructuras de escritura mucho más libres, pero siempre resguardando su naturaleza de espesor y tiniebla. Y tal como en el disco, incluso sin seguir el mismo orden que en el estudio, la pieza titular nos muestra en toda su anatomía lo que evoca Obituary desde su esencia.
La huella de Celtic Frost, tanto como en la demoledora versión de «Circle of the Tyrants», está latente en la integridad de una agrupación que se toma su tiempo y, a la vez, recalca la lucidez que permitió concebir un trabajo bisagra para el death metal desde lo que busca evocar. Y llegando al final de la sección dedicada a Cause of Death, «Chopped in Half» y «Turned Inside Out» parecen habernos quitado todo residuo de aliento. Inevitable asombrarnos con el estado de gracia y confianza que tiene Obituary extendiendo su catálogo y celebrando triunfos pasados con todo el derecho del mundo.
Para abrochar una jornada gloriosa de camisetas sudadas y uno que otro artefacto volando hacia el escenario, «I’m in Pain«, del más complejo The End Complete (1992) asoma abriendo la puerta a patadas. El momento ideal para que Don Tardy nos refriegue en la cara sus dotes como baterista insigne. Es la escuela de John Bonham y Bill Ward llevada hacia lugares quizás impensados en su momento, pero que van de la mano con un objetivo mucho más importante que la exhibición de habilidad y pirotecnia hoy tan común. Y el golpe final con «Slowly We Rot», la que titula su Opera Prima (1989), no hace más que refrendar un espectáculo en que la devastación supera el cliché y se vuelve un hecho a constatar en el acto.
Lo que le da a Obituary como nombre de peso en la élite del death metal, es lo que evoca como reflejo de un mundo donde la belleza y la felicidad están ausentes. La propuesta de los de Tampa se inclina por la protesta y el lamento ante la inminente extinción. Es un grito de furia de quien se siente rodeado por un entorno donde impera lo peor de lo peor. Si un trabajo con la estatura de Cause of Death hoy es una obra suprema, es porque fue concebido en el momento y lugar indicados para una banda que buscaba traspasar la frustración a la música, para llevar todo eso después a un show atronador con efecto de catarsis y purificación hasta la médula.
Tanto como lo que diga la reseña especializada de turno, es necesario asumir que Obituary, como nombre referencial de un estilo que busca de todo menos agradar al resto, es de esas bandas que te recuerda lo básico en todo ámbito de la vida: te gusta mucho o no te gusta nada. Quienes buscan ‘excelencia musical’ o ‘vivir la experiencia’, es probable que se decepcionen o arruguen la nariz. No todos los lugares son aptos para la curiosidad o el turismo, mucho menos ante el hedor que expele la podredumbre de almas durante cada visita del clan Tardy a tu ciudad. Y eso es lo que los hace una banda tan distinta, incluso dentro de sus pares.
ELLEFSON EN LA RBX: LA PREVIA DEFINITIVA Y NO OFICIAL AL ÚLTIMO SHOW DE MEGADETH
Por Pablo Rumel
Fotos Rubén Garate.
La primera semana de febrero de 2026 será recordada como la semana más thrashera en décadas por estos pagos. Por un día de diferencia, tocaron Forbidden, Vio-Lence y Venom Inc, y el mismo día de Ellefson, en el MIBAR atronaron la sala los nacionales de Demoniac y Ripper.
La Sala RBX fue el escenario, y pese a que no fue un sold out, se congregaron unos 200 bangers ataviados con poleras de Megadeth. Y sí, se respiraba en el ambiente algo así como la previa de la llegada del colorado a Chile, un calentamiento para la gran cita que nos reunirá en mayo del presente y que nos tiene a todos en estado de combustión orgiástica.
Terror Society se encargó de ajustar los decibeles y dejar lista la maquinara, servida y en bandeja de metal, a Ellefson y compañía. Con las luces apagadas, y oyendo el ruido de sirenas, cayeron sobre la Sala RBX los primeros acordes de Powerfull Killer, una descarga frontal y directa, sin concesiones, de un buen thrash que bebe de los clásicos de Destruction y Kreator, pero que también conserva muy bien ese fraseo desgarrado y filoso de actos chilenos como Necrosis o Massacre.
Alex Leunam comandó la invasión terrorífica: en las voces y haciendo las guitarras, vocalizó con esa rabia oxidada que demanda el thrash, atronando las cuerdas en los parajes rítmicos más intensos, e incluso intercalando solos con el otro guitarra Rolo Wav, shreedings salpicados de legatos, tappings ultraveloces y uso de tremolo, cogoteando las notas para hacerlas aullar cuáles míseras bestias sacrificadas.
La presentación fue intensa, duró poco más de treinta minutos, por lo que Terror Society optó por temas furiosos y cañeros, como «Insane Holocaust» o « Ashes of the Cosmos ». Cada músico destacó en su instrumento, pero debemos hacer una mención especial a su batero Víctor Carmona, y es que pocas veces se ve tanta brutalidad y velocidad aunada con técnica. La caja sonó cañón, como la tabla de un verdugo listo para picanear a su víctima, dejando huellas sonoras entre cada aporreo, y si bien la esencia del thrash es el tuca tuca, el hombre aportó polirritmia en algunos parajes y un variado juego de platillos, convirtiendo su labor en un espectáculo aparte del espectáculo central. ¿No son estos los shows donde el baterista debería estar al frente del escenario o colgado en una jaula sobre las cabezas de los asistentes?
Miguel Cuevas, que ya pudimos verlo actuar con la banda cuando abrieron a Exodus el año pasado, no hizo más que reafirmar su particular estilo, a puro dedo, metrallando el bajo con una velocidad supersónica, e incluso tocando acordes en las secciones de los solos, dejando de ser mero puente entre el ritmo y la melodía, sumando más vértigo y peso a la propuesta de los santiaguinos. Gran bajista para una agrupación que se consolida show a show.
«Perpetual Death» fue el tema escogido en el cierre y como balance general podemos decir que Terror sumó una presentación breve, que no se centró en su último álbum sino que incorporó sus trece años de carrera, tuvo una percusión mortífera que entregó la oxigenación asesina y que obtuvo una respuesta positiva del público, sorprendido gratamente por la habilidad de sus músicos.
ELLEFSON Y COMPAÑÍA
Veríamos un conjunto chileno-argentino-ítalo-estadounidense, pues junto a Ellefson y su Basstory vienen ya años trabajando los guitarristas Andrea Martongelli con Arthemis, un acto power thrash italiano interesantísimo; de Argentina Emmanuel López, integrante de la banda argentina Watchmen y a los tarros Adrián Espósito, batero de amplia trayectoria y de reciente incorporación en Nepal, banda thrashera argenta mítica de los ochenta. De Chile, Nasson a las voces, guitarrista y productor de la banda de metal sinfónico Chaos Magic, y ex integrante de bandas señeras como Inferis o Resilience.
Sí, parecía una Liga de la Justicia, y estaríamos de cuerpo presente para oír si esta encarnación de Basstory le haría o no justicia a Ellefson, y en particular a Megadeth. La última setlist conocida de 2025 abría con «Skin o’ My Teeth» y seguía con «Train of Consequences», intercalando temas de propio cuño de Ellefson, para mandarse una selección antológica del Rust in Peace.
¿Superó, igualó o empeoró la selección de esta nueva noche? Visto en retrospectiva, este listado de temas puso la vara más en alto, pues dejó de lado las canciones de Ellefson, que siendo buenas aún no han ahondado entre el público con el mismo vigor de un clásico, y la apuesta se redobló incorporando solo canciones de Megadeth y covers de Black Sabbath y los Sex Pistols, cerrando con las inmortales «Symphony of Destruction» y «Peace Sells».
LA PERFORMANCE: AGUERRIDA Y FRONTAL
Siendo las 22:20, pudimos oír esa introducción tribal, a golpes de toms y caja, de la emotiva y poderosa «Trust». Oh sí, tendríamos a Ellefson para contarnos su verdad: acompasando la batería y sumando las retumbantes líneas de bajo de arranque, esas aceradas por la púa, Ellefson encaró al público entre cánticos y los primeros versos cantados por Nasson, quien imitando el estilo nasal de Mustaine, creó esa atmósfera de Megadeth en formato íntimo.
Ellefson, ni colérico ni alumbrado, se mantuvo fiel a su estilo discreto, pero sumándole varios decibeles a su actuación, con mayor protagonismo en las backing vocals, y aportando con el peso rítmico de temazos indiscutidos de la vertiente menos trhashera de Megadeth como «Hangar 18», «Angry Again» o «Sweating Bullets», pero evidenciando un excelente estado físico en temas más demandantes y veloces como «Tornado of Souls» o «Wake Up Dead».
Hubo su momento punketa con «Anarchy in the U.K», temazo que atronó la Sala RBX, entre coreos y saltos, y protagonismo indiscutible de Ellefson en «Dawn Patrol» o «Peace Sells» al cierre, una canción que fue tocada con el golpeteo rítmico y vibrante de una encarnación joven que versionó a Megadeth sin faltar el respeto: con energía y técnica.
El sonido estuvo a la altura. Con una mezcla que potenció los bajos y la batería (ya lo pudimos oír con Terror Society), no se descuidó la estridencia guitarrera, afiladas y sangrantes en los solos, y movediza y reptante de los riffs ingeniados por el arquitecto sónico de la destrucción, mister Dave Mustaine, con un dueto a seis cuerdas que puso malicia en los solos, reinterpretó con astucia los parajes apocalípticos de la megamuerte, y que calibró con habilidad quirúrgica su protagonismo, redundando en una interpretación en la que se primó por el conjunto más que por el virtuosismo de un solo músico.
PALABRAS AL CIERRE
Un aplauso estridente en primer lugar para los Terror Society, que han renovado su repertorio con su álbum de 2025, sin olvidarse de sus primeros discos, y más aún, sin caer en la tentación de interpretar covers para caer bien al público: mostraron su arte, su potencia y energía, y estamos seguros que si siguen con garra seguirán consolidando su propuesta. Lo fundamental es evitar el desangre entre nuevas reformaciones y formar una base sólida, de acero y hormigón, con este grupo de músicos que capitaneados por Leunman mostraron alta-calidad-y-metralla con su thrash old-school.
Por otra parte, la Liga de la Justicia Ellefsoniana parecía un grupo de hermanos: encararon con fortaleza la tarea titánica de tocar los clásicos de Megadeth y sonaron como si se hubieran conocido desde kindergarten. Una banda puede ser muy talentosa, pero sin dirección ni sinergia hará aguas por todas partes, y se notó la mano de Ellefson, quien entre cada canción se acercaba a los músicos y con esos movimientos de cabeza y gestos secretos que solo entre músicos avezados conocen- casi como miembros de una cofradía de asesinos- el show resultó impecable y a nadie le importó que Nasson, por ejemplo, tuviera un atril con las letras como torpedo, ni que la Sala RBX no estuviera repleta ni destruida por el mosh y la amplificación atronadora.
En una semana absurda y bendita, Santiago recordó que el metal no vive de efemérides sino de cuerpos sudados, cuerdas tensas y canciones que todavía muerden. Un audiófilo puede gastar miles de millones de pesos en equipos caros para la máxima fidelidad, pero la verdad es que un disco de estudio no es más que un ensayo grabado y regrabado, pulido en sus últimas aristas, para sonar profesional y llegar a los fans, pero carece de esa veta humana que es corporeizar la música con el músculo vibrante y sudado, permitiendo incluso reescribir sobre el escenario el mismo material, pero sumándole esteroides, pulso orgánico al latido de la rítmica, y maldad y violencia en las secciones de mayor arrastre.
El resto es anécdota: esa noche la Sala RBX fue un refugio breve pero real, un recordatorio brutal de que el thrash no murió, no envejeció y no necesita excusas. Solo volumen, convicción y verdad.
Weather Systems: En las profundidades del océano
Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
En algún pasaje de la noche, Danny Cavanagh lo dice de manera simple y clara: «Esto es lo más cercano a Anathema que tendrán hoy acá». Puede sonar quizás obvio, pero Weather Systems, el proyecto liderado por el veterano músico nacido en Liverpool, responde a una naturaleza reconocible y cuya trascendencia se explica solamente al factor emocional que se potencia con buenas canciones. Y es cosa de ponerle play a Ocean Without a Shore (2025) para reparar en la extensión que Cavanagh, al frente de Weather Systems -nombre tomado del noveno LP de Anathema (2012), ha forjado una rúbrica que ha sabido extenderse con lozanía y convicción propias de quienes han sabido aferrarse a su pensamiento, siempre al margen de los recurrentes vicios impuestos por la industria musical.
A diferencia del lado más experimental y cinemático que desarrolla su hermano Vincent a través de proyectos como The Radicant, la prioridad de Danny traspasada a su trabajo en Weather Systems radica en la emoción y la comunicación. Quienes han revisado el catálogo discográfico de Anathema y han reparado en los créditos de Danny como escritor principal, es probable que vean en Weather Systems una extensión de su inagotable manantial creativo. Una visión totalmente coherente con lo que el Cavanagh mayor profesa con el mínimo en recursos de producción y el máximo en una idea que se renueva de manera natural. Y eso es lo que Weather Systems traspasa al directo; una fuerza natural que conquista y encanta a una minoría que se siente en varios pasajes como una mayoría entregada a una liturgia de entrega absoluta.
En una jornada que congrega a los amantes del prog y la herencia floydiana, la apertura a cargo de Crisálida era la adecuada en todo sentido. Por lejos, la banda más importante del género a nivel local, lo que se traduce en la enormidad de sus últimas dos producciones en estudio, Terra Anscestral (2015) y Niños Dioses (2024), Sur y norte de esta franja larga y angosta de tierra, ambos trabajos se distribuyen el protagonismo aprovechando el ajustado tiempo en el escenario. Y la recepción por el público, quienes ven en esta banda una comunión necesaria, responde a la mística que Crisálida ha generado como una institución fundamental en el auge del rock progresivo durante las últimas dos décadas.
Desde el arranque con el espesor de «Cabo de Hornos», pasando por la intensidad de «Destino», «Kuntur» y «El Niño de El Plomo», tenemos una banda en pleno dominio de sus facultades a nivel de ejecución y desplante. Lo que se manda Cinthia Santibañez como una de las voces más distintivas y prodigiosas en el circuito local, se potencia con un despliegue escénico donde el dominio del público y el carisma van de la mano. En las guitarras, Damián Agurto y Augusto Maldonado Sudy -este último, ovacionado por su cumpleaños durante la fecha de ayer- se entienden como generadores de armonía y cumplen su tarea moviéndose entre la intensidad y la sutileza con la maestría que los destaca. Una apreciación similar es la que nos evoca Braulio Aspé, un bajista con ‘voz’ propia que se entiende de memoria en la base rítmica con el baterista Pablo Stagnaro. Lo que te da una idea en cuerpo completo de lo que evoca Crisálida desde el trabajo creativo en el estudio hasta la atmósfera que expande en vivo. La grandeza de «Morir Aquí», la explosión de «Volcano», la forma en que la neblina de tristeza en el sur y los misterios del desierto en el norte convergen en un mismo sentimiento de pertenencia. Y eso es lo que habla por bandas como Crisálida: la honestidad transmitida en cada patrón de ritmo y melodía. Lo que basta para tocar corazones y recordarnos que lo mejor de nuestra tierra puede atravesar generaciones, al punto de convertir cada espectáculo -incluso en contexto de teloneo- en un acto de liberación ancestral.
A eso de las 22 horas, y precedido de «All Eyes on Me» del comediante Bo Burnham, un Cariola repleto se deja caer en el trance que Weather Systems detona con «Deep», el mega-hit de Anathema en el atardecer de los ’90s. No es Anathema, lo asumimos hace rato. Pero poco importa ante lo que proyecta Danny Cavanagh al frente de un proyecto que rescata los mejores pasajes de una institución del rock de vanguardia con atmósferas de tristeza hasta la médula. Lo secundan el baterista Daniel Cardoso, colaborador histórico y dueño de un rol fundamental en la producción de los últimos trabajos editados por Anathema, el bajista André Marinho y la cantante Soraia Silva. A la explosión inicial le sigue una brillante «Still Lake», la primera embajadora de Ocean Without a Shore en el repertorio.
Tal como lo comentábamos acá, Ocean Without a Shore es un trabajo que no tiene porqué inhibirse al momento de recrear lo mejor de Anathema con ideas frescas. La trilogía compuesta por «Synaesthesia», «Do Angels Sing Like Rain?» y «Ghost in the Machine», en vivo corrobora todas las certezas de un estilo que puedes reconocer más allá de cualquier cliché. Y es lo que Danny Cavanagh busca transmitir a través de Weather Systems. Hay un objetivo artístico, un contenido al que los seguidores más acérrimos se entregan inmediatamente. No quepa duda de que Ocean… ofrece momentos creativos que en el directo cunden de manera atrapante, en gran parte por el despliegue escénico que Soraia Silva se manda hasta entablar un enlace emocional con un público que la sitúa en el mismo sitial que Lee Douglas. Y es que a nivel de voz y presencia, Soraia expone un sello personal que encaja a la perfección con el ideal que Weather Systems traza desde el lugar común con un lenguaje propio.
Como una de las cumbres de The Optimist (2017), «Springfield» se deja caer como un rocío fluvial en pleno verano. Tanto como el brillo sonoro o la destreza ya probada de sus ejecutantes, su lugar en el repertorio es lo que habla de una propuesta que celebra su pasado (no tan) lejano. La intensidad que Danny exuda en las seis cuerdas, un deleite para los fanáticos que abrazan aquella última etapa de Anathema. Cuando tanto como la pulcritud o la habilidad técnica, lo que importa es el mensaje a entregar. En el mismo plan, la mención de Danny a su banda madre al presentar «Are You There? Part 2», se traduce a la revitalización de un catálogo donde lo nuevo -bajo otro nombre, claramente- y lo clásico se hermanan en un mismo sentimiento. Ese sentimiento que aflora a través de «A Simple Mistake» y «Closer», ambas revistiendo con su ropaje de duelo y pérdida una noche dedicada a la vanguardia con brochazos de expresividad hasta las lágrimas.
Si en el estudio llama la atención la vestimenta electrónica de «Ocean Without a Shore», en vivo sus rasgos orgánicos reflejan la anatomía de Weather Systems como un proyecto que va a lo que sabemos, sin dobles intenciones y con una idea que responde a las necesidades de su mente y voz. Al mismo tiempo, se genera ahí el preludio para lo que ocurrirá en «Flying», cantada primero a capella por un Cariola a tablero vuelto. Literalmente, la postal del recinto flotando en el aire mientras se adueña del coro, dice más que cualquier análisis de índole técnica. Y eso es lo que le gusta a Danny en estas instancias. Por algo su apreciación al público chileno, por mucho que se acerque al recurso de cortesía, en realidad no hace más que constatar la devoción que Anathema despierta en el país más austral del Globo Terráqueo. Cómo nos gusta acá estos estilos donde la tristeza en la música se vuelve luz y alimento para quienes la respiramos en el diario vivir.
Tras una primera parte magistral, empezamos la siguiente sección con Danny en el piano. Un problema técnico derivó en una inesperada y sublime versión de la sonata para piano Claro de Luna, del eterno compositor y genio alemán Ludwig van Beethoven. Desde la urgencia nos cayó un lujo desde el cielo, una introducción magnánima para «Untouchable», completa en sus tres partes. El recinto de calle San Diego no solamente se viene abajo, sino que se entrega a todo lo que se espera de Weather Systems en su esencia. Y si Danny nos habla de su proyecto actual como lo más cercano que tenemos a Anathema hoy, dicha sección del show lo confirma a su manera. Si las dos partes surten el efecto propio de un concierto de Anathema desde parte de su corazón y centro neurálgico, la tercera parte se adapta de manera natural al esquema de sus hermanas mayores. Cambia la percepción respecto a su versión en estudio, al menos en gran parte. Resquemores más o menos, su efecto catártico es lo que le da a Weather Systems su razón de ser.
Tras una correcta e intensa versión del clásico de Metallica «Wherever I May Roam» -el bajista Daniel Marinho se maneja en las voces más bravas-, Weather Systems nos ofrece un regalo y de los más impensados. ¿Cuántos de quienes estuvimos anoche en el Cariola esperábamos escuchar «A Natural Disaster» en vivo? Nos ganaste con tamaña sorpresa, Danny. La que titula su placa editada en 2003, la cual, a su vez, marca el punto bisagra en la evolución de un distintivo que abandonó el metal de los inicios para centrarse en la emoción más honda. A todo esto, fíjense en el protagonismo que dicho álbum se adjudica en el set. Un álbum de vital importancia en la identidad que Anathema pulió en favor de su propia matriz de afecto. El papel que desempeña Soraia, tal como en el estudio, nos impulsa a sumirnos por completo en la cura ensoñadora que Weather Systems nos proporciona desde la visión de mundo que nos habla con fluidez de maestros. Y culminando cerca de dos horas y media de melancolía musical, «Fragile Dreams» cierra la misa empezando con las luces de los celulares bañando el interior del Cariola. Una descarga final que nos recuerda en cada surco que Anathema no murió, sino que adoptó otra forma y se expande como una galaxia. Lo que es posible mientras Danny Cavanagh disponga de sus ideas y esfuerzos cuando hay algo que decir todavía.
Complicado describir exactamente lo que despierta Weather Systems en vivo. Más aún sin caer en el cliché del género cuando el recurso literario no alcanza para dimensionar una experiencia de tamañas magnitudes. Lo más sencillo sería apelar a las visitas de Anathema a nuestro país y lo que dejó en su fanaticada local. La realidad es que para Danny Cavanagh, el legado de Anathema es capaz de pervivir en otras formas. Es su esencia la que nos permite bucear en las profundidades de un océano de posibilidades. Un océano que el Cavanagh mayor persiste en navegar y explorar entre la calma y la tormenta.
Metal Beer 2026: Símbolos de destrucción
Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Con las altas temperaturas imperando en la capital y el astro rey quemando la zona central a ráfagas, la elección del Teatro Caupolicán para la tercera edición del festival Metal Beer no pudo ser más acertada. Lo que nos lleva, además a la altísima convocatoria registrada, con el recinto de calle San Diego colmándose hasta la bandera, al menos con el transcurso de la jornada. Es lo que nos motiva a empezar esta crónica, tanto por el nivel de la organización -accesos, los tiempos de cada banda, disponibilidad de patio de comidas y puestos para hidratación- como lo que ya es un hecho ante nuestros ojos: un festival metalero que con tres ediciones se ha consolidado dentro de los más importantes a nivel local y, quién dice que no, sudamericano.
A nivel de cartel, lo que nos convoca tanto como los bebestibles, los platos de fondo respondieron como debe ser, a la altura de sus respectivas leyendas. Empezando por Death To All, una agrupación que va más allá del tributo-homenaje, sino que celebra el legado y la vida del eterno Charles Michael Schuldiner. Y lo hace con una mezcla entre componentes históricos de Death y músicos invitados que se integran al ensamblaje como si entre todos respiraran el mismo sentimiento o se graduaran en la misma facultad. No pasó más de dos años para una nueva liturgia en nuestro país -también cerraron la edición inaugural del festival en cuestión (2024, Hipódromo Chile)- y en esta ocasión lo hicieron en el Caupolicán. El escenario de la primera vez como Death To All en un (no tan) lejano 2014. El que se llamaba teatro Monumental en 1998, el año del primer y único cara a cara de Chuck Schuldiner con el público chileno. Y los 30 años del fundamental Symbolic (1995) quedaron grabados a fuego en una presentación gloriosa, quizás la más fulgurante y redonda de las tres misas de Death To All en estos andurriales.
En el caso de Destruction, la promoción de su más reciente lanzamiento Birth of Malice (2025) también fue de la mano con un repertorio diseñado especialmente para los devotos del thrash metal de la vieja escuela. Y es que los germanos, con el inefable Schmier al frente, van a lo que nos gusta de esta música en su forma químicamente pura. Son cuatro décadas de un estilo devastador desde la tripa, con un catálogo que se traspasa desde el momento creativo en el estudio hacia la paliza atronadora en el directo. Descontando la confusión durante los años ’90s, es apropiado señalar la coherencia de Destruction con su propósito de agresividad y devastación sin sutilezas, lo que tanto la solidez de su discografía como el aluvión sónico en vivo convergen en una identidad a prueba de cualquier agente externo. Thrash hasta la muerte, y la jornada del sábado 17 de enero no sería la excepción en lo absoluto.
Empezando con la escuadra nacional, Amnessia Eterna no solamente justificó el anuncio de su ingreso al cartel -vía concurso por votación en RRSS-, sino que salió al escenario a exponer sus credenciales como revelación local durante la última década. Cultivando un estilo arraigado en el thrash metal cargado a la melodía y la potencia de las guitarras, tienes en Rudy y Camilo un tándem de seis cuerdas que va de la mano con la intensidad y la sofisticación en su justa medida. El Caupolicán registraba una asistencia bastante baja a esa hora, pasadas las 15 horas, pero para los muy pocos que nos movíamos en cancha, «Insomnio», «Sin dolor, no hay perdón» y la instrumental «Initium» cayeron como bocanadas de metal intenso con una idea tan enorme como su efecto en vivo.
Si bien su propuesta arraigada en el black metal más ritualista es interesante, Kythrone tuvo un comienzo accidentado en su show. Un imprevisto técnico al inicio obligó a comenzar nuevamente la presentación, sumando un sonido con volumen muy saturado. Con todos los ripios en cuestión, «Churchburner», «Waiting for Thy Holocaust» y «Destroy the Insipid Nation» desfilaron como muestras de una firma que llamaron la atención, en gran parte, de un público que jamás los había visto, al menos, en un escenario con las dimensiones del Caupolicán. El gran mérito de Kythrone, por otro lado, es sacar la tarea adelante sin perder un ápice de su coherencia en lo que representan más allá del aspecto musical. De discreto a correcto, es lo que importa y se nota cuando el oficio prima sobre la adversidad.
¿Cómo definir la huella dactilar de Metakiase? Es la pregunta que uno se hace ante una agrupación que engloba el thrash, el heavy clásico y el stoner -sí, leíste bien- en un distintivo que defiende y ataca muy bien en vivo. Desde la Araucanía, el power-trío comandado por Vipe Schindler (guitarra y voz) aprovecha el tiempo en el escenario para desplegar su torrente de rock puñetero. «Life», «Temor» y «Cañón», por mencionar un puñado de su repertorio, resumen lo que evoca Metakiase apunta de octanaje y solidez en sus riffs. Preciso, compacto, yendo a lo que saben hacer: traspasar el misterio de las rutas de una región histórica a un despliegue sónico sin fisuras.
Poco que decir respecto a Dorso, un nombre histórico y angular en la música nacional. Y, por supuesto, único en su especie. Con nuestro ´Pera´Cuadra al frente, y un repertorio que se basta por sí solo en cualquier ecosistema musical, hay que justificar su presencia en el evento como durante su edición inaugural en 2024. Y es cosa de que «Vampire of the Night», «Deadly Pajarraco», «En los alrededores del templo» y la más escondida «Abducción» -¡justicia para Disco Blood, por favor!- surjan en el escenario como las mismas criaturas que el ‘Pera’ traspasó desde su imaginación hacia el repertorio que tiene hoy a Dorso como un referente de nuestra cultura local, y cuya trascendencia sobrepasa cualquier etiqueta.
Momento sublime el de «El Espanto Surge de la Tumba», precedida de las palabras precisas de un ‘Pera’ que le basta con hablar poco para imponer su jerarquía cuando ‘algunos’ chistosos en el público empezaron a recordar un singular episodio de hace unos meses -«menos palabras, más música»… ¡nada más!-. Ahí se ve de qué están hechos nuestros próceres ante la banana disfrazada de ‘humor’. Y nos da gusto que dicha gradación prevalezca incluso después de más de cuarenta años. Lo que realmente importa y de verdad nos llega a la tripa. ¡Salve Dorsalia!
El arranque con «Curse the Gods» e «Invincible Force» convirtió de inmediato la cancha del Caupolicán en una centrífuga humana hasta el sudor, literalmente. Un repertorio con protagonismo compartido entre el catálogo de la era dorada del thrash y el resurgir desde los 2000 hasta hoy. Así se entiende y se digiere la paliza troglodita que Destruction nos propina en cada visita. Por algo «Nailed to the Cross» y la más reciente «Scumbag Human Race» triunfan casi por igual y dejando en claro que la evolución, contra lo que digan los fariseos de la ‘innovación musical’, va de la mano con un sentido de convicción que solamente los nombres imperiales del calibre de Destruction preservan de manera natural. Y a medida que transcurre el show, podemos notar que tanto la violencia enferma de «Mad Butcher» como la enormidad de «Life Without Sense» satisfacen la sed de metal de un público donde la mayoría compuesta por adolescentes de 15-20 años comparte el mismo sentimiento que algunos seguidores más entrados en años pero igual de devotos por esta música que se resiste ferozmente al mercadeo impuesto por la industria.
A medida que pasan clásicos de la magnitud de «Total Desaster» y «Eternal Ban», al mismo tiempo que «No Kings, No Masters» y la homónima «Destruction» son estrenadas en sociedad por estos rumbos, destacamos la plena forma de una agrupación comandada por un Schmier pletórico a sus casi 60 años. En las guitarras, Damir Eskic y el argentino radicado en Bélgica Martín Furia, disponen sus respectivas habilidades al brío indomable de un estilo que le da cara y hombro al paso del tiempo. Completando el cuadro, el aporte de Randy Black en la batería habla mucho del buen ojo -y oído- que Schmier ha forjado cuando se trata de reclutar y disponer una alineación que responde a la exigencia propia de un género que no da tregua a nada que no sea aplastar cuerpos y cabezas. En la cancha, en tanto, entre el torbellino de cuerpos sudorosos, los artefactos volando en plena zona de desastre, y la bengala en el cierre con «Thrash ‘Til Death», basta para hacerse una idea del efecto catártico que Destruction genera durante poco más de 90 minutos de devastación bestial, mientras nos habla de un mundo donde lo peor de nuestra condición humana se transforma en música.
Un Caupolicán colmado recibe nuevamente a Hoglan y DiGiorgio, acompañados de Max Phelps y Bobby Koelble en guitarras, inaugurando el nuevo retorno de Death To All con una primera parte compuesta por lo mejor de su catálogo entre 1987 y 1993. La sola intro de «Infernal death» le da paso a «Living Monstrosity», la que a su vez abre Spiritual Healing (1990), el trabajo protagonista en esta primera manga. Y ojo con esto porque aquí hay un buen ejemplo de la sintaxis que le da al repertorio una distribución equilibrada y atrapante de momentos creativos que se reparten sus espacios alrededor de la bestia del ’90. Lo que provocan las siguientes «Defensive Personalities», «Altering the Future» y la titular «Spiritual Healing», con las orbitantes «Lack of Comprehension», «Zombie Ritual» -esas armonías en la intro, transformando el Caupolicán en un verdadero ritual metalero-, y «The Philosopher», es un baño de purificación y sorpresa, mucho más para un público que disfrutaba de estas gemas por primera vez o, mejor dicho, nunca pudieron ver a Death en vivo. ¿Cuántas bandas, incluso tras disolverse o perder a su líder e ideólogo, mantienen su legado igual de enérgicos y supremos en vivo?
No vamos a descubrir el fuego analizando el desempeño de una banda compuesta por históricos y músicos excepcionales. Pero es imposible abstraerse de lo que se manda Steve DiGiorgio, un bajista con voz distintiva dentro y fuera del metal. Ni hablar del despliegue de Gene Hoglan en los tarros. ‘The Atomic Clock’ es un baterista tan preciso como feroz en su pegada. Una máquina que se entiende con DiGiorgio casi jugando de memoria. En las guitarras, Bobby Koelble y Max Phelps ejecutan su tarea de intérpretes generando la sensación de haberse impregnado de lo que es la música de Death desde la ejecución compleja hasta lo que debe transmitir hacia un público transversal dentro de un mismo estilo. En especial Phelps, a quien la ‘mochila’ que implica ponerse en las voces y licks del eterno Chuck no le pesa en lo absoluto. Más bien, lo disfruta sin descuidar un ápice de su labor.
Tras las palabras de un DiGiorgio muy cercano con los fans, la segunda parte del show estará marcado por el repaso de Symbolic en su cuasi totalidad. Las dos bengalas en cancha tras la intro con el riff principal, será la postal de un sueño hecho realidad para generaciones de bangers que esperaron años y décadas por tamaño premio a la larga espera. «Zero Tolerance», «Empty Words», «1000 Eyes» -«Privacy and intimacy as we know it, will be a memory»… una premonición de la masiva sobreexposición en las redes sociales-, «Without Judgement»… todas marchando con la misma estampa de transgresión y belleza que cambió las reglas del juego durante el ecuador de los ’90s. «Crystal Mountain», como todo clásico, echando abajo un Caupolicán donde no cabe siquiera un alfiler. Esa gema oculta que es «Misanthrope», un bombazo de death-thrash que le probó a muchos que el metal puede reinventarse sin transar su esencia. Para el cierre, una monumental «Perennial Quest» llevándonos hacia una cordillera de emociones que hoy adquieren todo el sentido del mundo cuando se trata de celebrar el legado de un talento único y prócer que, pese a su ausencia en el mundo material durante casi un cuarto de siglo, vivirá por siempre a través de lo que realmente lo hizo grande y eterno. «From rivers of sorrow, to oceans deep with hope»… Belleza y emotividad hasta las lágrimas, sosteniendo al máximo la atmósfera de recuerdo y gloria que debe ser siempre la mejor música en vivo.
Para el bis, un par de clásicos que no necesitan mucho análisis ni requiere presentación a estas alturas. «Spirit Crusher», la principal embajadora de The Sound of Perseverance (1998), una que se extiende como un mundo en sí mismo. Y pegada, como broche de oro, le sigue «Pull the Plug», cantada a todo pulmón por un recinto en llamas, literalmente. Un cierre pletórico para un festival que, digámoslo, subió de pelo en su tercera edición y llegó hace un par de años para hoy consagrarse como un habitual en la cartelera anual. Quizás en una siguiente edición apele a la variedad más allá del death o el thrash metal. Al mismo tiempo, y mucho más durante estos días de alta turbulencia en la contingencia mundial, debemos asumir que los símbolos de la destrucción cobran forma real ante la locura de unos pocos que controlan el globo. Y mientras no haya una solución definitiva, debemos seguir aferrándonos al escape que nos proporciona la música que oscila entre la belleza y la violencia.
IMPERIAL TRIUMPHANT Y CYNIC: DEL IMPERIO AL ESPÍRITU EN LA BLONDIE
Por Pablo Rumel.
Fotos Producción.
La Blondie fue, una vez más, el escenario perfecto que fusionó death metal técnico de la vieja guarda con la imaginería hermética en un mismo pulso: vivimos la noche del jueves 15 de enero dos propuestas contrastadas, Imperial Triumphant y Cynic, quienes desfilaron con la seguridad de quienes conocen su propio linaje. Desde el primer apagón de luces, el recinto quedó atrapado en esa dialéctica entre seducción y sometimiento que marcó los gestos, las disonancias y las síncopas, en una fusión que estremeció y liberó energía a raudales.
LA LÓGICA DEL IMPERIO: SEDUCIR-SOMETER
Eran las 20:00 cuando las luces de la Blondie se apagaron y en la pantalla central vimos una caricatura en blanco y negro al compás de un anuncio de Smokes Goldstar cigarettes, un jingle cayéndose a pedazos entre una melodía fracturada y un coro que nos mandaba a consumir ese tabaco, aunque el mundo estuviera colapsando.
Tres figuras enmascaradas, con ese estilo art decó diabólico como salido de una pesadilla del Dark Souls o del Blasphemous, aterrizaron a la sala, y con el arpegio mugroso y moribundo de «Lexington Delirium», la trinidad tétrica nos introdujo a su atmosfera de pesadilla.
Todo saltó en pedazos con «Gomorrah Nouveaux», o mejor dicho, se inundó en un abismo venéreo, con unos Imperial que como ilustres embajadores, se tomaron el escenario por la fuerza, porque eso hacen los imperios, depredan, aniquilan y destruyen todo a su paso, entre la lujuria y el lujo.
El sonido se oyó balanceado, excelentemente ecualizado, con una batería crepitante que asaltó cada tema con la furia de un huracán, entre fills espásticos y golpes endemoniados a la caja, Kenny Grohowski, o la máscara que lo representa, estuvo reconcentrado, lanzando ráfagas a doble pedal, bajando las velocidades entre esos acordes abiertos y rasgados, castigando con crudeza los rides y los crashes, todo envuelto en una sinfonía macabra que centró su disonancia atonal en el trabajo de las cuerdas.
Steve Blanco, quien salió a escena con un vistoso bajo rojo, pasó de las convencionales líneas, a acordes disonantes, slaps atronadores, e incluso el puro aporreo, profanando a su instrumento como si fuera parte de un ritual surgido de una secta masónica-illuminati o de un grupo de facinerosos que controlan al imperio desde las sombras. Pura ficción. Claro.
Finalizando la interpretación de la epiléptica «Hotel Spynhx», entre imágenes del clásico film de Kubrick, Barry Lindon, Zachary Ezrin batió la botella de un espumante, y sellando esa homilía llena de referencias herméticas y más negras que la cueva del lobo, la destapó frente al respetable, mandando un champañazo antológico que sería la antesala de un nuevo ritual.
En «Eye of Mars» apreciamos en primerísimo primer plano la técnica desbordante de Zachary en la guitarra, entre palancazos de su trémolo, estirando las cuerdas con esa expresividad entre cada nota que ya es marca característica de los Imperial, sumado a los borbotones de una base jazzística, notas de piano atonales, y esos fraseos rápidos que impiden reconocer cualquier atisbo de riff convencional ¿pura bulla y ruido? Sí, pero amartillados a la fuerza sobre un friso reptante, que cual culebra asesina, nos muestra sus escamas y sus ojos inyectados en sangre.
El setlist de la banda se concentró en su última placa, mundialmente celebrada, aunque también se repasaron algunas canciones del Vile Luxury, como «Chernobyl Blues» y «Swarming Opulence». No faltó ese ritual dorado de decadencia y esclavitud, en las que unos Imperial literalmente en llamas, introdujeron una trompeta adosada con fuegos artificiales: hubo más de alguno que, temeroso de morir quemado, se agazapó cual criatura de la noche, y se refugió entre las sombras más negras de la Blondie.
La banda fue despedida con una ovación, y entre unos cánticos que clamaban “Imperial” las luces nuevamente se apagaron.
CYNIC: ENERGÍA, QUIETUD, FUERZA
El debut de los neoyorquinos puso la vara alta a la presentación de los floridanos liderados por Paul Masvidal; no obstante, el arraigo con el público chileno estaba probado, pues en 2023 ya habían estado los cínicos, con mucha fortuna, y en 2024 el señor Masvidal hizo una contundente presentación en solitario en la sala RBX https://www.sonidosocultos.com/conciertos/paul-masvidal-liturgia-de-integridad/ que Sonidos Ocultos cubrió en su momento.
El show estaba cocinado: Cynic centraría su setlist en sus dos discos clave, El Focus y el Traced in Air, buques insignes de una carrera accidentada que empezó con mucho hater, pero se consolidó como un referente absoluto del death metal técnico. Las vocales guturales estarían a cargo de un jovencísimo Derek Rydquist y a las baquetas otro mozo, Jacob Wehn, quien pese a sus pocos años en escena, ya lleva sobre sus hombros y piernas una participación activa en la escena thrash y death con más de 4 agrupaciones, como Carrion o Relapsed, por mencionar dos al voleo.
«Sentiment» fue el arranque, con una puesta en escena sobria, cargada a los matices azules y la gran pantalla oficiando de telón de fondo, con el emblema de un hermoso lepidóptero (mariposa) que simboliza la transformación, la fuerza, el alma vital para las antiguas cosmogonías.
Si bien la maquinaria sónica se desplegó con fuerzas, se notó en un comienzo que la ecualización de más instrumentos en escena que los Imperial, produjo algún desbalance, como el bajo sonido del vocalista dos, el señor Derek, quien tuvo que pedir que subieran los parámetros. El asunto se solucionó con premura, y ya en la segunda canción se oyó con solvencia.
Hubo más fallos, sí, como por ejemplo algunas frecuencias que alteraron la guitarra del señor Masvidal, algún acople infame, pero todo aquello quedó relegado a un segundo plano, pues las texturas y las capas de guitarras, junto a un soberbio bajo ejecutado por Brandon Giffin, recrearon el milagro de unos Cynic que sonaban como mozalbetes: parecía que estuviésemos viendo a una jazz band con base de hormigón y metal; los duetos guitarrísticos se oyeron soberbios, entre pasajes limpios y abiertos, con esa tensión de cuerdas en los parajes dramáticos que solo miles de horas de ensayo pueden dar a luz.
Otro dueto inevitable: la voz del señor Masvidal, que sonó limpia y divina, junto a los guturales de Derek, crearon esa atmósfera de sombra y luz, de matices sonoros que fueron elevados y llevados a la gloria, gracias al trabajo soberbio de Jacob Wehn, quien abandonó para siempre esa matriz del baterista pasivo que se limita a acompañar, para saltar a primer plano con fraseos, quiebres, con mucho pulso y fuerza, pasando de golpeteos inmisericordes a la caja y platillos, para regular sus pulsaciones, cual respiración interna, con toques suaves, casi acariciando la estructura percusiva, otorgándole todos esos recovecos y matices que Cynic aporta con su música.
Momentos más altos del show: la interpretación de «Veil of Maya», coreada a todo pulmón por el respetable, o cuando sonaron los primeros acordes de «The Unknow Guest», tocada con ese pulso filoso al borde de los silencios y la síncopa, con esas bases percusivas a medio camino entre el bossa nova y el progresivo de primera hora.
Sí, debemos reconocer alguna caída en la energía de la banda, y es que pasada la primera mitad del show, el señor Masvidal quedó solo en el escenario para interpretar «Cosmos» (cover de Portal) en versión limpia. Entre risas, dijo al público que habría preferido tocarla con su guitarra acústica, pero ahí, valiéndose de unas pistas sintetizadas, encaró el show en solitario, y aquello tuvo sus bemoles. En primer lugar, sabemos que el death metal nunca ha sido teatrero, menos en su versión técnica, pero teniendo una pantalla a todo color podría haber sido utilizada como soporte, no costaba nada.
En segundo lugar, y lo más grave, es que hubo problemas técnicos en esta performance, su micrófono y su guitarra no se oyeron del todo limpias, con mucha suciedad en los tonos bajos, y aquello redundó en un bajón en la energía desplegada en el show, que partió arriba, pero que esa suerte de interludio enfrió la presentación.
Masvidal, viejo crack en estas ligas, salió del paso bromeando con el público, levantando ambos brazos y conminando al público a una breve clase de yoga, y entre risas, terminó su intervención en solitario para volver a la carga con el setlist que se completó con «Textures», «Uroboric Forms» (¡temazos absolutos!)y terminando con un «How Could I», demostrando con creces su valía en el escenario, de unos Cynic que estando lejos de la formación original, han inyectado sangre joven en su proyecto, y sin vampirizar, sino que ofreciendo fuerza, amor e integridad, permiten que esa versión más profunda y técnica del death siga avanzando en los espacios siderales.
Al final, lo que quedó flotando en la sala fue esa extraña huella que solo dejan los actos realmente singulares: la sensación de haber asistido no a un concierto, sino a dos manifiestos antagónicos que, por contraste, se potenciaron mutuamente. Imperial y Cynic recordaron que el metal, cuando opera desde sus extremos más radicales, interpela, exige y transforma.
PRONOIAS Y LOUD SOLUTION: METAL INSTROSPECTIVO Y FURIA OCHENTERA EN EL BAR DE RENÉ
Por Pablo Rumel.
Miércoles 7 de enero y el Pronoias ofrecía en el Bar de René lo que sería su último show en la capital antes de entrar en receso, una despedida cargada de expectación que coincidía con la preparación de su desembarco en Finlandia para iniciar una gira por Helsinki.
En paralelo, el acto heavy ochentero de Loud Solution llegaba en pleno proceso de consolidación sonora tras cambios de formación y el lanzamiento de nuevos sencillos, encendiendo aún más la curiosidad del público por ver esta nueva encarnación en vivo.
Por lo demás, un inesperado anuncio se hizo público en el intermedio, pues se daría a conocer la primera tanda de seis bandas seleccionadas para asistir el Hellsinki ya mencionado ¿qué ocurrió? Sigue leyendo que acá en Sonidos Ocultos te contamos hasta el último detalle.
PRONOIAS: SHOW ÍNTIMO CARGADO DE EMOTIVIDAD
Tras una breve introducción de teclados, siendo las 22:00 en punto, Pronoias dio el vamos con «Prisionera», una canción potente de factura progresiva, que recuerda a otras bandas nacionales como Matraz, Slaverty o Anachronos, una in/fusión rock-metalera introspectiva y melódica con vocales femeninas, teniendo como elemento novedoso la inclusión de un violín a cargo de Danitza Villarroel.
El sonido del show fue impecable, aunque el violín se oyó unos decibeles más abajo que los otros instrumentos, ganando más fuerza en la segunda mitad: la arquitectura sónica descansó principalmente en su líder y fundador, Félix Barros, quien atacó con solvencia las seis cuerdas, regalándonos hermosas figuras melódicas entre tappings veloces, quiebres en la rítmica, y secciones pesadas con palm-mute. En algún momento, por un movimiento brusco, el plug de su guitarra salió volando, pero más que un par de risas, la performance ni siquiera se vio interrumpida.
En la percusión, Joaquín Ramírez hizo gala de un estilo sobrio y concentrado, con secuencias rítmicas a doble bombo sin agotar el recurso y excelentes fills con fuertes redobles a la caja, siendo esta pegada característica en su estilo. La frontwoman Elizabeth Villegas demostró solvencia, con un estilo de canto que osciló entre lo popular y lo lírico, con un tono de voz dulce y notas altas muy bien entonadas, con buen cuerpo y vibrato, regalándonos inflexiones que nos hizo recordar a otras grandes vocalistas de la escena chilena, como Caterina Nix o Loreto Chaparro, virtuosas de larga trayectoria.
Puntos bajos no hubo, salvo quizá la rigidez de Danitza al violín, no interpretativa, sino performativa, y la poca soltura escénica de la vocalista Elizabeth, que sin embargo remedió en el último tramo, invitando a poner atención a las letras y decorando además sus sienes con un velo negro durante la interpretación de «Infinito»; o en «Viento», donde bajó al escenario para cantar junto al público portando una corona de largos visos tornasolados, como una reina solar brillando en la penumbra.
Pronoias ofreció un show íntimo y de formato reducido, prescindiendo de bajo y teclados en vivo, ambos disparados por pista, pero sin perder profundidad ni carácter. El set, coronado con «Quiero Oírte», desplegó ocho composiciones de marcado pulso introspectivo y teatralidad cuidada, sostenidas por una factura musical de altísimo nivel.
ATENCIÓN BANDAS: ¡UN ANUNCIO INESPERADO!
Tras la presentación de Pronoias, la productora y manager Emelina Fuentes a cargo del Vamos al Hellsinki, subió al escenario para anunciar el resultado, un cupo en Finlandia para tocar en el showcase de la conferencia Capital of Metal: recibieron la postulación de más de cien bandas, quedando sólo seis bandas preseleccionadas, las cuales entrarán en una fase final pronto a anunciar. Los nombres: Intrascendence, Delta, Overtoun, Nox terror, Projector y Before Breathing, bandas conocidas por nuestra página, y que si no conoces, desde ya invitamos a seguir y disfrutar.
LOUD SOLUTION: HARD ROCK EN FORMATO NWOTHM
Cerca de las 23:00 pm, los muchachos de Loud Solution arribaron al escenario con una estética que nos hizo viajar a la era de los jeans, las zapatillas blancas y el cuero: luces de neón, fosforescencia y una actitud rocker a prueba de balas inundó como una marea sónica las tablas del Bar de René, y tras oír unas guitarras aéreas y afiladas que dieron el vamos a «The Last Time», último sencillo de la banda, se dio inicio a la clase magistral de hard rock que Loud se traía bajo el brazo, con puro espíritu heavy metalero.
«Face to Face» nos transportó al Londres de fines de los 70, con rítmicas galopantes, ataque de guitarras gemelas y baterías más dura que el acero: sí, a esos años donde brillaban los primeros Maiden junto a UFO, Tokyo Blade y tantos otros portentos. Tavo Escudero, a las voces, entonó tonos altos, con mucho cuerpo y vibra, afilados y afinados, y pese a la brevedad del escenario, se movió con agilidad felina, como una pantera husmeando al enemigo entre acordes y redobles.
El setlist de la joven banda estuvo muy bien elegido: «City of Pride» se desarrolló a través de una sucesión espiralada de acordes de quinta, con líneas de bajo a cargo de Danny Rehsals y una rítmica cuadrada y rock and rollera puesta ahí para corear y cabecear al compás de la música.
El tándem guitarrero compuesto por Ignacio Ruiz y Cristóbal Morales dejó en claro porqué son los fundadores y pilares de la banda: química pura con solos alternados, rítmicas rápidas con pulso de acero y emotividad en estado sólido, como vimos y oímos con la power ballad «Amid My Heart» evidenciaron el lado sensible, que no sensiblero, de unos músicos experimentados que no fueron a improvisar, sino a mostrar que tras cada riff y pulso se acumulan años de práctica.
«Guilty Again» (con un estupendo video musical), y «Not Provided» fueron las piezas de cierre, con un Loud Solution en estado de gracia, en completo dominio de sus medios, con una pegada heavy y afilada que debe catarse en vivo, como se debe hacer con un buen vino.
Pronoias y Loud Solution entregaron en el Bar de René una noche marcada por el contraste entre la introspección progresiva y la furia ochentera. Mientras Pronoias ofrecía su último ritual capitalino antes del receso y de su viaje a Finlandia, Loud Solution llegaba afilado tras cambios internos y nuevos sencillos, dispuesto a validar en vivo su renovado músculo heavy. En medio de ambos actos, un anuncio inesperado encendió aún más la jornada: las seis bandas seleccionadas para avanzar rumbo al Hellsinki. Una fecha clave, cargada de atmósfera, expectativa y definiciones.
Pentagram Chile: Desterrados a una oscuridad sin fín
Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Si hacer rock pesado o metal en Chile parece un acto ingenuo y descriteriado, curtir una propuesta arriagada en el metal desde la misma tripa, y sostener dichas raíces en el underground más puro, todo aquello puede conllevar un maleficio con el cual sólo queda lidiar. Pentagram, nuestros Pentagram viene transitando dicho camino durante cuatro décadas. Un catálogo que abarca desde los dos cassettes-demo y el EP compuesto por «Fatal Prediction» y «Demoniac Possession» en el corazón de los ’80s. Un compilado homónimo en el 2000 que fue de la mano con un regreso puntual a los escenarios, como lo recordamos quienes estuvimos presentes en ese mítico -y muy breve- show en el entonces teatro Providencia en 2001, registrado para después ser editado ese mismo año bajo el título Reborn 2001. Un regreso definitivo, coronado primero con el lanzamiento de The Malefice (2013) -el sueño del LP cumplido después de casi tres décadas de espera- y confirmando la solidez del proyecto con el más reciente Eternal Life of Madness (2024). Algo impensado en 1985, un año antes de que Metallica, Slayer y Kreator editaran sus respectivas obras capitales. Y para entonces, desde los primeros ensayos, queda la impresión de que Pentagram, cuyo líder y fundador ya se encontraba en plena búsqueda de sonidos más extremos a sus 16 años, podía aspirar al mismo sitial que Sepultura en Brasil ya lograba desde sus primeros lanzamientos.
Curiosamente, y viéndolo al menos con la perspectiva que nos da el tiempo, la disolución de Pentagram a finales de los ’80s terminó jugando un papel clave en la difusión de la leyenda. La amistad de Anton con los hermanos Cavalera durante el ciclo de Morbid Visions (1986). Napalm Death y Benediction en Inglaterra y Nihilist en Suecia -de ahí saldrán nombres ilustres como Entombed, Dismember y Unleashed- serán algunos nombres que acusarán la huella de los chilenos en todas sus formas. El logo de la banda , diseñado por Fernando Mujica, lo puedes ver en las fotos de sesión de los propios Napalm Death allá en 1990, en la camiseta que viste Mitch Harris. Una década más tarde, los ingleses versionan «Demoniac Possession» y la incluyen en el EP de covers Leaders Not Followers (1999). Una muestra inapelable de las semillas esparcidas por Pentagram desde el sur del mundo hacia el resto del orbe, y en una época donde el intercambio de cintas vía correo, pese a las bondades tecnológicas y digitales de hoy, fue determinante para construir lazos de comunicación y hermandad en un mismo ecosistema cultural.
Vamos a lo que nos convoca, primero con los invitados ilustres en un Cariola que ya daba señales de una cancha próxima a repletarse a medida que avanza la jornada. Y el death metal de los porteños Infernal Thorns. Desde Valparaíso, tenemos un cuadro que debe su propuesta al género desde el impulso y proyectando una narrativa artística que reluce en vivo con un sonido potente y claro. Y es que en pasajes del calibre de «Forsaken», «Black Flesh», «Distressed» y «A Death to Celebrate», distinguimos en cuerpo completo las virtudes de una agrupación que ha coronado un tremendo 2025 con el lanzamiento de su más reciente LP Christus Venaris. Da gusto una jornada de metal extremo, con las altas temperaturas reinando dentro y fuera del recinto, y con el primer acto de una jornada maratónica que siempre irá de más a más.
A nivel de sonido, el contraste entre el acto inaugural y Necrodemon es notorio. Un sonido más saturado y, por ende, con menos claridad en las iniciales «Spiral of Madness» y «The Return». Pero sería injusto quedarnos en dichos ripios técnicos si hablamos de una banda que ofrece uno de los shows más atronadores de toda la escena local. Por algo «Burn you Christians, Burn!!!», «The Lost Kind of Magic», «Heaven’s Disdain» y «Through Infinite Grief» se afirman en vivo con una autoridad que solamente se adquiere desde la convicción. Todo lo que se traspasa a la destreza instrumental de un conjunto ajustado en cada línea, mientras Cristian Gallegos, cuál frontman y veterano de mil batallas, expone toda su jerarquía en presencia y despliegue vocal. Y eso, tanto como la última descarga en «Que muera el perro Jesús!!!», es lo que hace de Necrodemon una banda tan querida como importante para quienes respiran el metal de la muerte apuntando contra todo lo sagrado.
Todo amante del metal chileno en los ’90s debe saber de la existencia de Execrator. Quizás la más icónica y querida de aquella camada que abrazó el death metal predominante con lenguaje propio. Desde el saludo inicial del eterno Álvaro Lillo y la primera metralla con «…by Sorcery», se detona la primera centrífuga humana en un Cariola próximo a colmarse tanto en cancha como en sus palcos laterales. Puede que llame la atención, incluso, del encuentro generacional entre bangers adolescentes de ayer y hoy, pero es el fruto de lo que cosechó una banda que encarnó los valores del género desde la médula y sin medias tintas. Nos debían hace rato «Surprise! You’re Dead», el clásico de Faith No More donde un Lillo pletórico brilla hasta en las risas demenciales. La disfrutamos igual que las siguientes «Reprisal», «De Sangre y Fuego», «Hate» y la fundamental «Silent Murder», todas echando abajo el Cariola con la magnitud de un terremoto. Es cierto, Pentagram son los anfitriones, pero el lugar que se ganó Execrator como nombre estandarte a nivel local, se distingue a kilómetros por la forma en que se encuentran hoy estos señores que promedian los 50 años, expandiendo la misma voracidad sónica que hace tres décadas.
Guardando las numerosas distancias, Cerberus tiene algo en común con Pentagram: el año de su fundación (1993) versus el año del primer LP (Ebola, 2002). Casi una década de recorrido que por fin se materializó en uno de los trabajos más importantes del death metal en la escena criolla. Y eso en vivo se traspasa a un despliegue de contundencia que se logra a punta de madurez e ideas frescas. Lo notamos en lo que provocan «Brutalized», «Redemption of Demigod», «Scream from the Darkness» e «Immortal Hate», solo unas muestras de death metal puro e incorruptible que en vivo preservan la ferocidad de una agrupación angular en el desarrollo del género desde los 2000 hasta hoy. Es increíble lo que se manda Juan Pablo Baquedano, ya sea en el tándem de guitarras junto a Alejandro Mejías o en la voces turnadas junto al bajista Miguel Neira. El resultado del esquema elaborado en el grupo humano es vital en la extensión del metal infeccioso y mortífero que Cerberus lleva en el directo, logrando el punto más alto en la clásica «Ébola». Poco que agregar respecto a una banda presente en las poleras de muchos bangers nacionales, lo que da cuenta de la importancia que le da Cerberus a las viejas y nuevas formas.
Si uno se fija en los nombres que componen el cartel, el viaje en el tiempo es una constante. Lo notamos en un Cariola ya atiborrado que sucumbe a «Arachnophobia» e «Evil Confession», los primeros misilazos que se manda Torturer en una presentación que fácil llegó a los 40 minutos. Con el bajista y vocal Francisco Cautín al frente como desde hace más de 30 años, y secundado por el baterista Chris Oros y el guitarrista JT García, el trío nacional nos devuelve inmediatamente a los días del Manuel Plaza con un despliegue extraordinario. No es solamente la habilidad técnica, sino la forma en que Cautín y García aprovechan los espacios en cada punto del escenario, mientras Oros refulge su experticia en los tarros con clase y energía suficientes para mantener en lo alto el funcionamiento de una banda que ha sabido mover sus fichas y mantenerse en forma óptima. Por eso es que «Prince of Darkness«, «Guerras» y las clásicas «Oppressed by the Force» y «Kingdom of the Dark» desfilan con un aire de triunfo y revolución, siempre ante un público que abraza el metal como el impulso original antes de lo genérico en su actualidad. Reiteramos, igual que con los actos anteriores, la importancia de los invitados cuando hay una biósfera que los une, no solamente en la época sino en la naturaleza traspasada desde la escritura hasta el efecto generado tanto en el estudio como en vivo. Torturer logra todo aquello porque están conscientes, al menos después de casi cuatro décadas de recorrido, de lo que se generó en una época lejana en cuanto a recursos y difusión.
Con los tiempos avanzando de manera precisa, y en un Cariola hecho un volcán a punto de hacer erupción, bastará una intro con fondo proyectado y las explosiones de «Imbunche» y «The Death of Satan» para que el todo ahora sí se venga abajo. En pleno fragor, podemos reconocer la apuesta por ciertas ideas que se mantienen igual de lozanas que hace cuatro décadas. Y si bien el ascenso de Pentagram se dio en circunstancias muy distintas a las que lograron sus contemporáneos de Sepultura, nada de aquello empaña su importancia para quienes desde el viejo continente dirigieron su mirada a Sudamérica. Si enfocamos dicha mirada hacia el desempeño en vivo en pleno 2025, queda claro la riqueza de ideas que Pentagram extiende con una maestría de clase mundial.
Es cosa de reparar en el setlist y darse cuenta de cuán especial será esta presentación. «Horror Vacui», «The Portal», «La Fiura» -¡cuántas ideas y conceptos han nutrido los mitos y tradiciones locales al metal chileno!- y «Possessor» completan una primera parte donde The Malefice y Eternal Life of Madness se distribuyen el protagonismo por raciones iguales. Conceptos frescos, plasmados en una discografía que compensa la baja cantidad con una jerarquía propia de un grande en Chile y donde sea. Como el propio Anton lo declara sin tapujos, jamás pensaron hace cuarenta años una celebración con semejante atmósfera y presente. Y es ahí donde hablan tanto la discografía como la forma en que, en este caso, Pentagram traspasa el material en estudio a un espectáculo demoledor y sin puntos bajos.
Una primera parte enfocada en los trabajos que vieron la luz en el presente milenio. De ahí, y en un intermedio con proyección de imágenes de archivo, «Fatal Prediction» inaugura la segunda tanda, esta vez de lleno en el material de esos demos que hoy son un tesoro de valor incalculable. La paliza avernal de «Demoniac Possession» -quizás pieza más grande y rutilante que haya parido el metal chileno-, «Spell of the Pentagram», la bruma sofocante de «Ritual Human Sacrifice», la sentida dedicatoria a Alfredo «Bey» Peña en «Temple of Perdition» -con Juan Francisco Cueto recreando esa icónica línea de bajo en la intro-, el descenso atrapante de «Profaner». Todos pasajes memorables, donde los 40 años se diluyen en medio de un despliegue sónico con efecto de catarsis en un público que va desde los 15 hasta pasados los 50 años. Todos dejando la vida -y el sudor- en un hábitat que responde tanto a una época como a una forma de ver y hacer las cosas.
Hacia el final, y ante un público en llamas, «Evil Incarnate» y «Demented» le dan el broche de oro a una jornada tan descollante como histórica. Impensable hace cuarenta años, ni hablar de su separación, el destierro definitivo hacia una oscuridad sin fin. Mirándolo en retrospectiva, es lo mejor que le puede pasar al metal en muchos casos. Un género cuya naturaleza se encuentra en un lugar bien abajo. Es en esos casos donde el maleficio se vuelve un rasgo para aprovechar a su favor y hacer de su propuesta un lugar inaccesible para curiosos, y familiar para quienes respiran la podredumbre sónica del género durante años y décadas. Y eso es lo que hace de Pentagram una banda distinta y una institución suprema en Chile, Sudamérica y donde quiera que se esparza su hechizo.
¡Aún hay patria metaleros! Húsar en el Chocolate arrasó con su ejército libertador
Texto por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
A quince años de la obra épica-histórica, y a ocho años de su última presentación, la avanzada patriota de Húsar tenía listas las bayonetas y las charreteras adosadas a los hombros, estiradas las cuerdas de acero, y las voces calibradas, para esta nueva reunión en el Club Chocolate, un 21 de diciembre de 2025 que pasará a la historia. Cundía la duda entre los asistentes ¿sonarían tan bien como en el pasado? ¿La acústica y la mezcla estaría a la altura de la puesta en escena? Vamos al detalle.
LOS TELONEROS: DOLEZALL AL ATAQUE
A las 20:15 comenzaron los primeros acordes de «The Oaken Shileds», un tema con ataques a medio tiempo, contundentes golpes en la batería, y mucha vibra heavymetalera que aspira a convertirse en un clásico. Ray Hemmelmann, ataviado con una correcta falda escocesa y pintura guerrera en el rostro, atronó el recinto con líneas de bajo, afiladas y profundas, aplicando excelentes adornos entre los riffs, y sintonizando con esa descarga energética que asumió la banda desde el arranque.
Nicolás Arce a la guitarra se apoderó de las rítmicas y los solos, con el singular detalle de que no saturó a los canales con su distorsión, sino que la pulió al grado tal de que se oía potente, con buen cuerpo y ganancia, sin la necesidad de destruir los tímpanos del respetable, intercalando sus clásicos acordes de quinta y sus solos “a la agachadita”, con su particular manera de tocar.
Tras la movida «Scourge of God» llegó la ultra medieval «Heir Of The Cross». Felipe del Valle, a la voz, demostró por qué es un titán de los agudos y de la interpretación en vivo, moviéndose en el escenario con total libertad, arengando a los presentes, y convirtiendo al acto metalero en una performance operística, que ya luego veríamos desplegada en todo su esplendor con Húsar.
«Blodbath Feast», con un escenario teñido de luz rojo sangre, fue comandada sólidamente por el capitán Carlos Dolezal a la batería, quien visiblemente concentrando, aporreó sabiamente a baquetazo limpio la caja, toms y platillos, demostrando fuerza en su desempeño, con excelentes patrones combinados a doble pedal, que apreciamos en el arranque, y en particular con «Jack The Ripper», el cierre con broche de oro, con casi cuarenta minutos perfectos que señalaron dos cosas: Dolezall, que la redacción de SO ha visto en contadas ocasiones durante el año, ha crecido exponencialmente por lo cual todo el trabajo y esfuerzo detrás de la banda se nota con creces; y segundo, que el campo de batalla estaba dispuesto para que el Húsar, a sablazo limpio, lo dispusiera todo para una gran performance.
DUEÑO DE CASA: HÚSAR Y SU EPOPEYA TRÁGICA
No es común ver a una banda jugando de local con un entusiasmo tan grande del respetable, quienes avanzaron en oleada apenas oímos la pista de «Retirada», y esa sensación que pone la piel de gallina cuando se descargó la primera artillería, con «Condena», teniendo a un Húsar que del acto anterior sumaba a Nicolás Arce a la guitarra rítmica, y al mismísimo Felipe del Valle, ataviado con el traje negro de José Miguel Carrera libertador.
Por supuesto que el gran señor de la noche fue Ives Gullé, que nos regaló una performance mayestática engalanado como Rodríguez: saltó a la primera línea, delante de los músicos, coordinó las entradas de los siete cantantes que se fueron sumando y restando en escena, dialogó con los asistentes y los arengó con consignas patrióticas, e incluso bajó del escenario y entonó a todo pulmón «Libertad» junto al cantante Rodrigo Varela, quienes se pasearon junto al respetable para darle un acento más glorioso al acto.
La presentación se centró en el disco I de Húsar, interpretado de manera íntegra, con un interludio acústico que nos regaló «Can’t Help Falling In Love», del otro rey, Elvis Presley, para continuar con piezas selectas de la discografía de Ives, interpretando «Legado» del disco Invasión, y «La Luna y La Sol» de Kawésqar, para rematar en un encore final con «A Francisca, «Unión» y «Triunfo».
«Humillación» mostró el punto más alto de la noche, pero un punto que rompió la curvatura ascendente porque no hubo caída ni meseta, sino que en cada canción la explosión aumentó. La puesta en escena mostraba una pantalla gigante y un juego de luces, más efectos de humo que sirvieron para darle mayor dramatismo al acto. La vocalista y bajista América Paz, de negro y con un vistoso abanico como las malas del animé, salió junto a Del Valle y Varela, y fuera de algún micrófono que se fue a negro, la coordinación sobre las tablas fue soberbia, evidenciando el profesionalismo en escena de músicos que sobrepasan la década ejerciendo la labor más noble de todas: convertir en música una historia compuesta por lágrimas, sudor y sangre.
La base rítmica fue llevada de manera soberbia por el baterista Fran Muñoz, ex Dorso, y Ery López, bajista de Alto Voltaje, quienes tuvieron la dura misión de levantar a las guitarras y amoldar la rítmica a las pistas que se lanzaron en vivo, pocas, las justas, para recrear con precisión y potencia el trabajo, ajustando con velocidad y polirritmia esta propuesta operística que cruza el hard-rock con el heavy y el power metal progresivo.
La intervención de Fox-Lin Torres de Battlerage en «Guerra» fue otra estrella explosionando en el firmamento: el cantante, con outfit de bucanero, entregó el peso más oscuro de la noche, con una voz desgarrada y gesticulaciones obscenas, acompañado por riffs arrastrados en bajas tonalidades, porque más allá de la poesía y de la gloria, se nos recordó que la guerra deja mutilaciones, sangre y sufrimiento por doquier. La guerra, más que higiene del mundo, es el desgarro en la carne que como precio se paga por la libertad.
Ricardo Susarte de Polímetro entró en dialéctica feroz con Jaime Contreras de Steelrage, ambos titanes de la oleada anterior, y aún vigente, del metal nacional, proyectando en escena toda la teatralidad y la potencia operística que demandaba una obra tan arriesgada como original, sumado a un Víctor Escobar de Alto Voltaje, llevando el andamiaje coral a una nueva dimensión representativa.
ESTAMOS LISTOS PARA LO GRANDE
Más que una constelación o cascada de nombres, lo que se vio anoche fue la constatación de que en Chile se está listo para cosas grandes, sin titubeos ni apellidos. Cuesta testimoniar por escrito lo vivido, pero lo que sí debemos precisar, es que lo que sucedió sobre ese escenario no fue nostalgia ni simple reunión de talentos, sino una demostración de oficio, rigor y convicción artística que se empinó sobre la hora y media.
Ya podemos pensar en grande y soñar con un futuro Húsar que reúna mayores ensambles, con orquestas de cámara, pianos y una escenografía teatral barroca que atraviese los momentos más estelares, determinantes y peligrosos de nuestra historia. En base a lo vivido anoche, concluimos que el metal chileno, cuando se articula con ambición y disciplina, no solo está a la altura de su historia, sino preparado para escribir capítulos mayores. Y en Sonidos Ocultos damos la nota más alta, con un show que estuvo entre lo más selecto y granado de un año con centenares de eventos, incluyendo, claro está, a las visitas internacionales que recibimos.


















































































