KAMPFAR: HIPNÓTICO Y PAGANO BLACK METAL EN LA SALA RBX
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.
Fotos Rubén Garate.

Hay bandas que surgen del magma y del caos y siendo pioneras de un estilo, no logran posicionarse en el mainstream, desapareciendo y transformándose a la larga en bandas de culto que sólo pocos conocedores degustan.

En cambio, Kampfar, con más de tres décadas a cuestas, se creó en un momento en que la primera ola del black sucumbía entre asesinatos, arrestos, y quemas de iglesias, y sabiendo que cada escena surge con una energía vital diferente, ellos tomaron el elemento oscuro del metal y lo enraizaron con su pasado precristiano, aquel de tribus nórdicas que veneraban a Wotan y sus templos estaban construidos por bosques y la liturgia era susurrada por los vientos.

¿Fue realmente un evento que estuvo a la altura de la leyenda? Se trataba del debut de los noruegos en Chile y por ende las expectativas eran totales.

UN SOLO ACTO: UNA SOLA BANDA

Sin teloneros, a las 20:30 Kampfar, con una propuesta escénica sobria que solo tenía los logos de la banda como telones sobre los instrumentos, uno a uno de los miembros se apersonó en el escenario con una introducción de teclados, puro estilo dungeon synth, y un color azul que tiñó de un hielo gélido hasta la última partícula del escenario.

Llegaron los primeros acordes de «Ravenhart», espesos y abiertos, con una cadencia que imitaba al presagio y al destino. Más que corpsepaint, sus miembros iban con pintura de guerra mortuoria, minimalista pero marcada. De la formación original solo teníamos a Dolk en las vocales, a unos metros frente al respetable, emitiendo unos guturales rasposos, a medio camino entre lamentos y alaridos, que parecían la arenga de un anciano brujo que entremezclaba sus prédicas con una base rítmica poderosa que no necesitaba velocidad o brutalidad para hechizar a los presentes.

El pulso del baterista Ask se centró en generar patrones sólidos que ayudaban a que la guitarra y el bajo no cayeran al vacío, abandonando la mera ráfaga de doble pedal y poniendo énfasis en la sincronía del bombo con el bajo, dándole un aire ritual a los golpes que dio a los toms, crashes y rides, como ocurrió en «Skogens Dyp»: era como si las cuerdas recreasen a la bruma y él, atrás en su maquinaria percusiva, no fuera un simple baterista metalero, sino un maestro de ceremonias encargado de conducir el carro nórdico entre el campo de batalla y los parajes de una Noruega congelada y lúgubre.

Kampfar llegó con la idea clara de repasar todo su catálogo, sin centrarse en su último lanzamiento- como tantas bandas hacen-, redoblando la calidad del espectáculo. Lo que resultó fue una antología perfecta: las siguientes piezas fueron «Ophidian», del 2019, para seguir con «Trolldomspakt» del 2011, oscilando como un péndulo sobre sus álbumes, justamente como pensaban las antiguas tribus germánicas, un tiempo orgánico que no es una línea recta hacia adelante, más bien cíclico, que cuenta con repliegues fantasmales que se enroscan con el futuro.

Ole Hartvigsen comandó las seis cuerdas con firmeza, con la responsabilidad absoluta de otorgar los campos de electricidad a la sonoridad ancestral generada con pistas de teclados de apoyo. Su estilo, versátil y áspero, centrado principalmente en los ataques con la púa de su mano derecha, cruzaron con maestría los patrones clásicos del black, como esos arpegios agudos de muerte que alguna vez Mayhem popularizara, pero trazando puentes tan disimiles con el post rock e incluso el shoegaze, reduciendo a la nada el tremolo picking, y empujando la melodía hacia espacios de sombra, entre notas al aire y acordes arrastrados y lentos, como un death metal atrapado y humedecido en la neblina.

La calidad del sonido fue superlativa, y los que estuvimos ahí lo atestiguamos. La batería estuvo calibrada en el centro, y las cuerdas sonaron retumbantes y aceradas. En el bajo, Ese, pintado como con una araña en el rostro, nunca se salió del personaje, moviéndose de manera rígida en el escenario, quedando en trance con la boca abierta y los ojos en señal de posesión, unas cuatro cuerdas más que funcionales a la propuesta, que sin embargo no fueron pura rítmica, actuaron como fondo sólido sobre una guitarra área y malévola con graves más profundos que hachazo de vikingo sobre la tierra.

En «Dødens Aperitiff» escuchamos con todo su esplendor (y oscuridad) a un Dolk totalmente entregado, que usó voces limpias de tonos profundos, muy al estilo doom gothic, para acentuar la melodía, modificando las frecuencias sobre el escenario para adaptarse a lo que cada pieza nórdica demandaba, intercalando esos guturales brujeriles tan propios del black.

«Mylder», una pieza de calado más crudo, desató un mosh black metalero al medio del respetable, canalizando una energía ritual que partió solemne y de otro mundo, para llegar hasta nosotros de manera corpórea, con brazos y piernas que se movían de manera brutal: y ese que si hay algo característico del público chileno, es su capacidad casi espontánea de seguir el ritmo de la música, convirtiéndose por derecho propio en un segundo espectáculo debajo del escenario, o más bien como nuevas capas de significación añadidas al evento.

Micrófono en mano, Dolk manifestó que acá fluía una energía poderosa, y que en ningún momento se había sentido aburrido, quizá diciendo de manera indirecta que no todos los públicos desatan la misma mística, y agradeciendo a Santiago por el recibimiento, volvió a sumergirnos en una vorágine de metal.

En los cortes finales tuvimos «Hymne», del año 97, puro paganismo nórdico a las venas, con rítmicas que amalgamaron el frenesí con lo sagrado, y que escuchada ahora de manera retrospectiva, podemos entender mejor la herencia de Bathory en su sonido, y la importancia de esta composición para lo que actualmente se conoce como viking metal. «Det Sorte» fue el último tema, interpretado con el alma y con todos los huesos del cuerpo, promediando a Kampfar un total de una hora y quince minutos sobre las tablas.

VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA

Su líder y frontman no necesitó de efectos de neblina para traernos la neblina. La corporalidad de su propuesta, lindando con lo teatral e incluso operístico, sirvió como dardos para dar en el blanco: el músico noruego gesticuló y representó en el escenario todo el delirio místico de sus antepasados, bebiendo del cáliz sagrado de manera ritual, lanzando un polvo blanco al público para simbolizar la nieve, y luciendo, a torso desnudo, un tatuaje impreso debajo del plexo solar el nombre de Kampfar con una suerte de sátiro o Dios Pan a un costado. Era su obra, su vástago, su absoluta creación, con músicos comprometidos hasta el final, y como el orgullo de un padre enseñándonos a su hijo, dejó sobre las tablas de RBX, en Santiago de Chile una huella profunda de cómo se debe tocar e interpretar el metal noruego más oscuro, hipnótico y perturbador del mundo.

 

 

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