PEÑABULL -AGONÍA DE VIDAS PASADAS (2026)
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Escrito por: Equipo SO
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Por Pablo Rumel

Originaria de Chillán, Peñabull es una banda chilena que rescata la esencia más cruda y pesada del stoner y el hard rock setentero. Con más de una década en la escena independiente, el trío destaca por su propuesta de «honestidad sonora», rechazando la sobre-digitalización para priorizar grabaciones de corte clásico, estructuras densas y atmósferas psicodélicas.

Resonancias cavernosas, patrones más lentos que el movimiento de los continentes, y una calma que se arrastra entre cada golpe y cadencia, es lo que ofrecen los chillanejos de Peñabull con su nuevo LP, Agonía de vidas pasadas, un trabajo que se aleja de esas propuestas eclécticas que buscan aspirar al todo metiendo cientos de influencias dentro de una batidora, y que sin ser una banda ortodoxa, en los Peñabull oíremos un sonido fresco y propio con cruces de stoner, psicodelia y metal en una producción impecable e implacable, por su cohesión, fuerza y estilo.

Si hay una vibra que atraviesa al disco acá tenemos al frío: se transmite desde el arranque con «Agonía+Neftalina» una pieza que funciona como mantra con aires marciales, escenificada en colinas nevadas, para ser rota por un fraseo de cuerdas, punzante y dinámico, sin romper la lentitud que propone. Porque el frío congela y paraliza, y aquello se trasluce en su armazón hipnótico y repetitivo, y al igual que esos animales raros e indómitos que atraviesan los hielos, la música de los Peña se repliega y avanza de manera serpenteante entre escombros.

La voz cantante la lleva el guitarrista Javier Toro, una voz en tonos bajos y con resonancia de pecho, mortuoria, raspada y lenta, apoyada en el estribillo por Cristián Peña a los tarros y Gonzalo Soto en las cuatro cuerdas, creando una densidad que no es cántico de estadio, más bien se apoya en vocales guturales suaves pero graves, entre bajos y barítonos, creando secciones contrapuntísticas y solemnes que potencian el feedback de la banda.

«Ruido de las cavernas» bien puede ser una pieza para adentrarse a la banda. Hay ecos innegables de Yajaira o Hielo Negro, bandas insignes de la movida stoner; pero los Peñabull han sabido recoger esas pútridas cosechas para armar su propia casa sonora. La canción muestra una construcción espástica y primitiva que potencia esa bestialidad acentuada en los crashes y rides, con una percusión lenta pero jamás estática, añadiendo la fuerza que las cuerdas demandan, sobre todo en esas secciones de acordes al aire, espaciados e hipnóticos.

La banda, qué duda cabe, refuerza la psicodelia con patrones “pegados”, lentos, para representar lo más primitivo del ser humano, con una distorsión que está a un decibel de saturar el parlante. Y ese es un logro técnico, porque sonar pesado no es tocar simplemente tonalidades graves o usando afinaciones bajas, o ir más rápido a puro “tuca-tuca”: sonar heavy es crear una cadencia y un ritmo. Y más encima ponerle una firma distintiva, para destacar de la gran marea de influencias  y bandas.  

«Almas mecánicas» muestra una faceta más groovera, sin escapar de la base sólida y gélida que los Peña patentan en cada canción y que tiene como principal sello el edificar su sonido “en conjunto” ¿qué queremos decir con esto? Que ahí donde muchas bandas apuestan por masas de sonido o texturas que sirven de soporte a la melodía o a la voz, acá ocurre que cada elemento se potencia junto al otro, creando una sensación mucho más cohesionada y orgánica que una sonoridad hecha a partir de un millón de pistas y arreglos.

Otra faceta para destacar de los Peñabull, es que en cada canción se la juegan por la densidad de las capas rematándolas en secuencias frenéticas, pero también apuestan por acordes espaciados, bien sabbathianos como en «Sangre y cemento», creando silencios minúsculos que dramatizan y potencian más con el estribillo, entregando una vibra maliciosa y acusatoria.

«Aguila Sur» es de otro calado: la impronta negra y pesada no desaparece, pero acá se transmuta a un arranque de arpegios lentos y narcóticos, adosada con texturas y armónicos más propios del progresivo, todo envuelto en un fraseo lírico declamatorio y poético: sí, la imagen del anciano sabio frente a la hoguera, solo que acá pareciera estar entre capas heladas de hielo petrificado frente a una hoguera de granizo, y el viejo ya no le habla a la tribu, sino que son sus últimas palabras antes de estirar la pata.

Algo similar oímos en «Ta Pasao a Mierda», pero con secuencias rítmicas frenéticas (hay un dejo de Boris en el fraseo rítmico y a los Budgie que inmortalizaron la canción Breadfan) que de un momento a otro se detienen en densidades lentas y monocromas, para rematar con cortes afilados que transitan desde un blues mala leche, pasando por rítmicas golpeadoras herederas del doom hasta patrones hipnóticos clásicos del shoegaze y el postrock, como salidos de una jam sesión practicada en el infierno. En un infierno de hielo, no olvidemos el símil gélido.

Veredicto sónico-ocultista

Agonías de vidas pasadas no va por impresionar con virtuosismos vacuos ni con ser una suma enciclopédica de influencias. Su apuesta se debate en otro nicho, en otro espacio: hacer del tiempo un instrumento, del silencio una virtud sonora, y de la distorsión una masa geológica que avanza con la lentitud de un bicho extraño que habita lo inhóspito.

Estamos ante un disco cuya magnitud conversa sin tregua con los páramos helados de Chillán, ahí donde el hielo congela y paraliza hasta la voluntad. ¿Cuánto influye el espacio geográfico en la construcción de una identidad sonora? Eso queda para tesis, pero acá podemos aseverar que la experiencia de escucha es similar a internarse en un paisaje anterior a la historia, como si uno compartiera el fuego con aquellos cavernarios del Pleistoceno que, entre el humo de sus pipas alucinogenas, creían distinguir dioses y monstruos emergiendo desde los abismos del tiempo. Peñabull ha encontrado una identidad ahí, en esos abismos, en esa lentitud mineral, en la cual cada golpe y silencio son un pedazo de los mismos océanos de mierda y lava.

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Director/Columnista
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