Rot: Pasado y presente sin futuro
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Escrito por: Equipo SO

Hablar de Rot es mucho más que referirnos a una institución del grindcore a nivel sudamericano y, porqué no, mundial. Formados en 1990, y tomando el relevo de sus compatriotas más aventajados Sepultura y Ratos de Porao, los de Sao Paulo grabaron a fuego su nombre como estandartes del hardcore extremo, proyectando en trabajos fundamentales como Cruel Face of Life (1994) y Sociopathic Behaviour (1998) una firma de ruido y ferocidad que se traspasaba al directo como un ritual doctrinario para una minoría que, hasta hoy, abraza la música extrema como una forma de vivir y pensar. Son 35 años de integridad y resistencia en todas sus líneas. Es música forjada a puro sentimiento y fuerza, donde la personalidad y la cochambre sónica se preservan desde la esencia. Es música que no se rige por pentatónicas ni por solos imposibles, sino por la pasión cruda que transmite, en este caso, una banda que adopta su nombre conjugando el verbo to rot. Así podemos definir, corto, lo que evoca Rot; el sonido podrido que proyecta una agrupación que rechaza las reglas del juego de la Primera División y, por ende, elige navegar a contracorriente.

El retorno de los brasileños a nuestro país, después de casi tres años, se concreta ante un público conformado por fans tan entendidos como apasionados. Lo primero es lo destacable si consideramos que Rot, con Mandinga en la guitarra como fundador y único sobreviviente, es el espejo de lo que implica la música extrema tanto como la energía desbordada. Se nota a kilómetros que provienen de un ecosistema donde la autogestión y la protesta a la cara del poder se traspasan como rasgos naturales ante el mercadeo y las tendencias impuestas por sellos. Un bestiario de honestidad que congrega a una minoría y echa fuego en una noche de invierno que, al menos por unas cuantas horas, sube la temperatura en favor de un mismo sentimiento de odio hacia el sistema imperante.

En un RBX lejos de agotarse pero que se encendería a medida que avanzaba la jornada, Carnosaurio dio el primer patadón gracias a su propuesta hardcore con imaginería de humor negro y referencias satíricas a la prehistoria. «Parcero», «Autodestrucción», «UFO», «Reptilian Boss» y la homónima «Carnosaurio» no suenan sino que golpean directo a la cara. Voz, guitarra y batería, lo justo y necesario para enrostrarle al mundo que lo suyo no es musical, sino ruidoso y molesto. Como se presentan en su sitio de Bandcamp, es una banda conformada para gente fea que toca para gente fea. Lo que va de la mano con la energía que Esteban dispone sus movimientos y despliegue vocal en favor de un caos donde la guitarra de Demain y la batería de Javier completan el cuadro a punta de riffs contundentes y traqueteo de locomotora a vapor. Se nota a kilómetros que no hay un recurso fácil, tampoco descansan en la etiqueta ni el cliché propio del género. Más bien, te recuerdan que el humor es hermano de la inteligencia.

En un cartel donde la variedad importa más que el decreto de un género, El Árbol de la Horca se encarga de poner la cuota de tiniebla death-doom. Puede ser todo un riesgo empezar una presentación con material aún inédito, pero «Sombras» sorprende y gusta de entrada. Por estos días, el quinteto se encuentra en un nuevo ciclo tras el lanzamiento del EP Abismo Inevitable (2025), del cual salen a marchar «Lonely Star», «Euforia» y «Susurros». Es verdad, podemos hablar de un cambio de aire bastante abrupto respecto al acto anterior, pero la versión rápida de «Susurros» denota una coherencia que va más allá de poner la diferencia en un cartel determinado. El doom, el death metal y el hardcore, por muy subdividida que se encuentre la escena en Chile y otras latitudes, tienen bastante en común. Y mucho más en un país que respira rabia y melancolía por temas tanto geográficos como sociopolíticos. My Dying Bride también puede ser Napalm Death cuando el propósito es más importante que cualquier frontera o etiqueta.

Las revoluciones vuelven a aumentar, ahora con el noisecore de Hellga Pataki. Con base en Curicó, los gritos de Agüita (también guitarra) y el golpe a golpe de Luis en los tarros se bastan por sí mismos para hacer temblar el suelo del RBX, ambos siempre entendiéndose telepáticamente en un océano de distorsión cacofónica. El ropaje lo-fi de sus producciones en estudio, en vivo es un aluvión de ruido y denuncia sin vueltas ni metáforas. «Podrida», «Condena#, «Errantes, «Parásitos», «Sicarios», «Somos Animales», «Dictadores No Queremos»… Una tras otra ‘in your face’ y restregadas con la misma mala onda que la guitarra de Agüita escupe en cada golpe. Hay una expresión de urgencia y furia que se traduce a un repertorio que domina las bases del género como una fuerza natural que asola todo a su paso. En algún pasaje del show, Agüita tiene problemas con el strap de su guitarra, y se basta de un par de minutos de pausa forzada para retomar la protesta hasta la médula. Ahí, donde otras propuestas con equipamiento más elaborado muchas veces naufragan dejan un sabor de extrañeza, Hellga Pataki se las arregla para plantarle el puño en la cara al poder de turno. «Ponen murallas y arman fronteras, consumen la vida hasta reventar», es el bramido de un sector marginado que se echa al bolsillo al status quo. Es lo que se permite en un esquema donde lo mínimo en aparataje impulsa a romper la voz cuando hay algo que decir.

Con más de 30 años siguiendo al sol, el arranque con «Epopeya» define todo lo que es Yajaira, ya sea ante un público que lo verá como novedad o una minoría que abraza la rectitud del rock pesado con huella ‘sabbathera’. Comegato y Sam al frente en la firmeza de las bajas frecuencias desenrollando su dominio ya probado en el espesor de las bajas frecuencias y el halo lisérgico de las guitarras, respectivamente. En la batería, Rocky es quien maneja los hilos en el andamiaje rítmico, mientras ejerce su labor golpe a golpe, verso a verso. Así es como «Escombros», «Las Pestes», «Muerte Astral» y «Las Cruces», por nombrar el material seleccionado para la ocasión, espejan la idea del sonido lento y real con la destreza y convicción forjadas desde los ’90s. Imposible no tentarse en recurrir a un antecedente tan lejano como elocuente: en 1993, Cannibal Corpse y Sleep compartieron algunas fechas en Europa. La brutalidad sanguinaria de los entonces ya radicados en Florida y el stoner-doom de los californianos, ambos tenían mucho en común más allá de las diferencias en forma. De alguna forma, ver a Yajaira haciendo lo propio con Rot es un momento a fotografiar cuando descubrimos que hay un fondo en el ecosistema donde dos subgéneros muy distintos convergen en una idea mucho más grande.

Sin preámbulos de ningún tipo, «Cynical Excuse» y «Your Negligence, Your Death» dieron el ‘vamos’ al regreso de Rot, todo a prueba de cualquier titubeo. El interior del RBX no tardó en arder hasta conformar la centrífuga humana tan propia en estas instancias. Ebullición absoluta de calor humano y voces unidas en torno a la misma rabia contra el sistema. Es la ley de la selva traspasada al ruido de la gente enojada. Entre Henrick y Borella, no solamente se comparten las voces; ambos relucen una presencia que exhala sudor y frustración visceral, a la vez que la guitarra de Mendigo ejerce como centro gravitatorio en una propuesta cruda y disonante. Por eso es que «Smile Stupidly», «Pathetic Whiteman», «Corja Maldita», «Past, Presente, No Future» y «Fatality?», a medida que avanza la noche, desatan explosiones de electricidad en plan de declaración. Hay un manifiesto de autonomía a prueba de balas, donde la rabia es una expresión inherente a la condición humana. De ahí el efecto de catarsis total en un público que, hacia el final del show, se convierte en protagonista con algunos fans subiéndose al escenario para el stage-diving correspondiente.

Lo que se mandan Diego en el bajo y Emiliano en la batería como responsables de la base rítmica. «Postmortal Promisses», «Bastard Politicians», «Beyond the Evidence», «Fanatical Monstrosity» y «Eternal Sunday»... El fiato entre ambos trasciende la destreza instrumental, y tiene que ver con la disposición de la habilidad técnica en favor de una sintaxis avernal en vivo que hace del show un baño purificador. Es el caos que conlleva una banda entre el remolino humano y el puñado de cuerpos subiendo al escenario en plena euforia. Incluso el propio Borella, hacia el tramo final entre «War Business», «Learn Some Respect» y «Under the Black Clouds», baja hacia el público con micrófono en mano y comparte la misma entrega por quienes sabemos lo que significa llevar décadas tocando música cuya última intención será ‘agradar al otro’. Y con un repertorio que supera la treintena de canciones en poco más de 50 minutos, queda la impresión de no faltar ni sobrar nada durante un recorrido donde ‘la ley del más brutal’ responde a la humanidad que Rot le brinda a su estilo como rasgo natural.

Está claro que Rot es una banda que no encandila como otras luminarias de mayor renombre. Hablar de ellos es referirse a un nombre para entendidos en la materia y fanáticos hasta el sudor con cassette en mano. No apto para curiosos, y un puñetazo a la cara de quienes hablan de ‘vivir la experiencia’ con la selfie en sus redes sociales. Rot es, ante todo, un nombre distinto y necesario, mucho más en estos tiempos donde el pasado y el presente se confrontan entre sí cerrando toda posibilidad de futuro.

 

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Equipo SO
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