Symphony X atado al mástil del destino: la odisea definitiva del metal progresivo
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.

“Odiseo regresará a través del rencoroso Neptuno, por oscuros mares, perdiendo todos sus hombres”.

Ezra Pound

Hay monumentos inmateriales que cantan la desgracia de un hombre y lo convierten en signo universal: La Odisea de Homero, más que el retorno a su Ítaca entre la peripecia y la desventura, simboliza la piedra angular del pensamiento occidental. Junto a La Odisea, otros portentos, como el Infierno de Dante o Don Quijote de la Mancha, se levantan como fuertes robles con raíces clavadas en la tierra por donde habrán de discurrir los caminos de la creación; si el Ingenioso Hidalgo representa el arranque de la novela moderna, y Dante la fusión de la teología cristiana con la pesadilla y la redención, La Odisea es el prototipo del viaje iniciático del héroe, con sus máscaras y terrores.

De ahí que digamos de una gran hazaña, que fue “una gran odisea”, olvidando que estamos mencionando a Odiseo (que del griego arcaico llegó al latín Ulises), y que en el campo sonoro del metal representa un hito dentro del progresivo, un álbum que parece contar mucho más de lo que parece en una primera escucha.

Es verdad que solo la canción homónima referencia directamente al poema de Homero, una canción de 24 minutos, que coincide con la duración del poema épico distribuido en 24 cantos. «The Odyssey» es una canción desbordante, inscrita en la tradición de pistas de largo aliento como «2112» de Rush o «Close to the Edge» de Yes, con introducción cinematográfica y densidades que operan con la misma potencia de una narración, arreglo de violines, pasajes melódicos con guitarras lentas, y la voz cantante del eximio Russell Allen, que progresa desde fragmentos narrados del poema, hasta una modulación que dialoga con el hard rock y el heavy metal de alto vuelo.

Michael Romeo entendió la monumentalidad del poema y leyó con claridad que tras la faceta luminosa de la aventura, irradia la cara oculta del mal; no es una simple sucesión de aventuras que incluye naufragios, asesinatos, enfrentamientos contra seres míticos -como el temible Cíclope-, o una batalla de ingenio contra la poderosa hechicera Circe. Es una lucha contra la fugacidad del tiempo, 20 años fuera de casa para regresar hasta la Ítaca anhelada, o 24 horas en la vida de Stephan Dedalus en el Ulysses de Joyce, obra ciclópea, odiada por su ilegibilidad y celebrada por su osadía.

The Odyssey de Symphony X es una prueba a la resistencia y a la precisión: la grabación en estudio incluye sintetizadores acompañados de teclado, y si bien aquello puede ser criticable, la apuesta de Symphony no iba por crear una canción con acabados perfectos, para llegar a los escenarios lleno de pistas envasadas (¡a ti te hablo, Rhapsody of Fire!), o con la obligación de ser apoyados por una orquesta: lo cinematográfico se va diluyendo entre las líneas de bajo y la percusión sincopada, para dar paso a punteos con notas sostenidas, ligados y armónicos, que buscan potenciar las líneas melódicas.

En el contexto del regreso de la banda a Sudamérica, el bajista Mike Lepond, al responder sobre qué le parecía la respuesta sudamericana a esta canción, afirmaba su sorpresa: “el público no solo cantaba las letras, sino que cantaban la música”. Y aquello jamás lo había visto ni oído antes.

Y DE ESO SE TRATA: DE NO HABERLO OÍDO ANTES

Hay una escena, muy breve, en el Canto XII de la Odisea, y que se ha convertido en una de las imágenes más icónicas del poema, en la cual el valiente héroe griego desafía el canto de las sirenas, pidiéndole a todos los marineros que se coloquen cera en sus oídos, pero a él no, pues quiere experimentar aquel ataque sonoro, y en cambio es atado al mástil. El dramatismo de estos versos fue retratado con mucho realismo por el pintor inglés Herbert James Draper, mostrando a las sirenas con sus pechos desnudos e intentando desconcentrar a los marineros. Ulises se ve extasiado, con un gesto de horror en el que transitan la exaltación, el temor y la locura.

A partir del minuto 15, la canción recoge aquella escena escabrosa, entre riffs ultra-pesados con una batería que va golpeando con violencia y polirritmia, y ahí ocurre la transformación: ahí donde el poema homérico pone su acento en el enfrentamiento del peligro “conocido”, en la versión de Symphony X el amor, el eros, se convierte en algo destructivo.

No en vano, sin analizamos el arte del disco, en la cual aparece la escena de Odiseo atado al mástil, las sirenas no son sirenas, son ahora harpías, y tres, tal como relata el mito, seres aladas y malignas, cuyo nombre significa “rapaces” o “ladronas”, y suelen dejarse caer del cielo volando de a tres: Aelo, que significa borrasca, Ocípete, la que vuela rápido, y Celeno, la oscura: simbolizan las pasiones viciosas y los remordimientos, y solo el viento las puede expulsar.

La canción reinterpreta el episodio homérico de las Sirenas no como triunfo por la astucia y el autocontrol, sino como una tragedia de rendición. Mientras en el poema Odiseo escucha el canto atado al mástil y sobrevive gracias a su disciplina, aquí el mismo gesto conduce a la caída: la advertencia de Circe no salva y la atadura no protege. El eje se desplaza del deseo de conocimiento hacia la seducción erótica y la pulsión de muerte, transformando el mito en una alegoría moderna del fracaso del héroe ante sus propias debilidades.

UN EPÍLOGO: LA MAESTRÍA DE ROMERO Y COMPAÑÍA

The Odyssey es más que una mera composición extensa o un ejercicio vacuo de virtuosismo; es una confrontación con el mito desde el lenguaje del metal progresivo, una traducción eléctrica del arquetipo heroico. Symphony X podría haber respetado al pie de la letra la intención homérica, pero como los grandes artistas, toman algunos elementos y lo llevan a su campo de juego.

Allí donde el poema consagra la astucia y el retorno, la banda subraya el desgaste, la erosión del tiempo, la violencia del deseo y la fragilidad del hombre frente a fuerzas que lo exceden. La escena de las sirenas, convertidas en harpías, en pasiones rapaces, no es mera ilustración, sino reinterpretación simbólica: el destino de los héroes es la muerte, pero también es el destino de todos, quienes apenas lidiamos con lo nuestro.

En esa tensión entre disciplina y abismo, entre técnica y emoción, el álbum erige su propio mástil y se ata a él sin red de seguridad. Como el Odiseo homérico, Symphony X atraviesa mares oscuros; pero a diferencia de tantos intentos grandilocuentes dentro del género, regresa con todos sus hombres: precisión instrumental, ambición compositiva y una épica que no depende del ornamento, sino del conflicto. Aquí la travesía no es nostalgia clásica: es metal en estado monumental.

 

 

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