ANGRA EN CHILE: 30 AÑOS DE HOLY LAND Y UN REINADO QUE SE NIEGA A MORIR
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @sonidosocultos

Se celebraban treinta años de un disco que transformó para siempre el canon del power metal. Holy Land, junto a Temple of Shadows, siguen siendo para críticos y fans una de las cumbres absolutas de esa corona llamada Angra. Y la ocasión venía cargada de novedades: el debut de Alirio Netto al frente de la banda en un Teatro Teletón repleto, un vocalista de calibre probado en formaciones como Avalanch y Shaman, sumando además su talento al piano. Todo estaba dispuesto para una noche de alto voltaje, virtuosismo y memoria. ¿Podía una banda reproducir treinta años después la grandeza de un disco que cambió las reglas del power metal?

HOLY LAND, DE COMIENZO A FIN

Puntuales, los brasileños dieron arranque con la suite de «Crossing», con una cinemática hermosa que mostraba la floración del Paraíso bajo una lluvia y un oscuro presagio; y aprovechando esa misma atmosfera, Bruno Valverde en la batería junto a Guga Machado en la percusión, se encargaron de atronar el arranque de «Nothing to Say».

Era un comienzo difícil, porque se trata de una canción con mucha dinámica, con diversos cambios y matices, y un fallo en la ejecución se notaría de inmediato. De hecho, el riff característico de arranque se oyó débil, principalmente porque la gran baza de la banda fueron las tonalidades graves y la percusión.

En ese muro sonoro, la voz de Alirio se oyó con su característica tesitura: la comparación con Matos, Falaschi o Lione se dio por añadidura, y quizá lo fundamental de la actitud de Netto fue mantener sus falsettos en alto y afinados; no tuvimos esa voz retumbante de pecho de Lione ni esas piruetas imposibles que hacía Matos, como desgarrar una nota en microsegundos, volviéndola áspera y suave al mismo tiempo.

Y seguramente una canción como «Silence and Distance» le vino como anillo al dedo, pues pudimos oír su habilidad al piano y su destreza vocal en las tonalidades altas; por mala fortuna, el bajo al mando de Andreoli retumbó más de lo necesario debido a que el volumen estaba muy alto, creando acoples incómodos que derribaron las notas altas del piano y de la misma voz de Netto.

Esto último tuvo que haberse mejorado en el acto, pero volvió ese retumbar en las interpretaciones lentas, y aún así, fueron pequeñas secciones que no empañaron la presentación, probablemente se dio por un desajuste en los graves, y es que los agudos tampoco terminaron de afilarse del todo cuando llegó la poderosa «Carolina IV».

Los acordes característicos del comienzo se oyeron todavía un poco abajo en la mezcla, con algunas notas incluso desafinadas; al contrario, el gran portento de la noche fue la percusión manejada con una soltura y una fuerza sostenida por el tándem Valverde-Machado, quienes entregaron esa base tribal con una magnífica respuesta en el público, quienes corearon e incluso añadieron de su cosecha en algunas secciones.


Y ese mismo impulso percusivo lo oímos con claridad en el comienzo de «Holy Land», con uso del birimbao, pandero y maracas, y también el efecto batucada de «The Shaman».

«Make Believe» fue otra balada de factura probada, lo que confirmó un hecho central en la interpretación de Netto: se mueve con mucha soltura en las canciones suaves, pero aún le falta vigor en las canciones más ásperas como «Z.I.T.O»; y es que atacar las notas altas con la precisión y el ataque frontal que demandan las canciones de Angra cercanas al speed y al progresivo, le hizo oír endeble, casi un hilo de voz.

La interpretación de «Deep Blue» fue harina de otro costal: pudimos escuchar al Netto más angelical, muy lejano a las canciones que demandaban agresividad áspera, precisión que se repitió en su magnífica interpretación de «Wuthering Heights», la canción de Kate Bush que Angra inmortalizó en el Angels Cry.

EL ENCORE DEL ANGRA LEGENDARIO

Y es que Angra no se ciñó solo al Holy Land; sabedores de que el público chileno disfruta de los shows intensos: el cierre llegó con una muy lograda «Lullabay for Lucifer», a pura guitarra de palo y cantada por un afinado Rafael Bittencourt, quien además junto a Andreoli, a lo largo del resto del show matizaron la interpretación de Netto en los coros.

Tuvimos ahí otras joyas del Angels Cry, como el «Stand Away» cantada con plenitud, pero un «Carry On» más débil. Hubo un momento de gran virtuosismo en las seis cuerdas con el «Angels and Demons»; y ya para ese entonces la maquinaria estaba totalmente engrasada, teniendo a un Angra contundente y aplicado.

El cierre final estuvo reservado para la trilogía del Rebirth que partió con el homónimo y cerró con «In Excelsis» y «Nova Era». La selección de temas fue antológica, porque recogió lo mejor de cada época, incluso de la etapa de Lione, y quizá habría sido bello escuchar canciones un poco más relegadas del canon de Angra, pero igual de poderosas y emotivas como «Time» o «Never Undestand» que ya prefigura lo sería el Holy Land.

VEREDICTO SÓNICO-SHAMÁNICO-OCULTISTA

No vamos a mentir, Angra no ofreció un concierto perfecto, y Holy Land tampoco salió indemne de los problemas de sonido ni de las exigencias vocales que algunas de sus composiciones imponen. Pero cuando la maquinaria encontró su punto de combustión, quedó claro por qué estamos hablando de una de las bandas fundamentales del metal mundial.

Treinta años después, Holy Land sigue siendo una obra poderosa, más grande que la vida, con sus rítmicas tribales y su ambición conceptual y progresiva, uniendo el imaginario del Brasil con la fantasía del power metal; y es verdad, el público sabe que el Angra de hoy dista mucho de ese momento exacto en que convergieron diferentes talentos, teniendo solo como protagonista a Bittencourt.

Pero cuando sonó Nova Era, con el público entregado y la banda convertida en una sola maquinaria, la celebración encontró su sentido. No se trataba sólo de mirar hacia atrás y rendir homenaje a un disco legendario. Se trataba de comprobar que, tres décadas después, aquella tierra sagrada todavía tiene pulso y vibra. Y aunque el viaje no estuvo exento de tropiezos, Angra demostró en Santiago que su reino sigue en pie.

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