ENTRE BRUJOS Y TORMENTAS: HISTORIA DEL METAL CHILOTE (PARTE I)
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.

¿Cómo encaja el metal en este punto del planeta? ¿Qué bandas existen -o existieron- y de dónde partieron? ¿Tocan igual que las del continente y resto del mundo? ¿Hubo bandas foráneas que se inspiraron en Chiloé? Son algunas de las preguntas que vamos a responder en esta nueva serie.

Durante 40 días y 40 noches los aprendices a brujos debían sumergir sus cabezas en torrentosas cascadas para desbautizarse y así ingresar a la Cofradía; existió un escuadrón militar indígena williche llamada «Compañía de Volteadores», quienes pelearon a favor de la corona española y a pata pelá, lucharon con garrotes de luma (una madera más dura que el acero); una expedición de navegantes, en 1843, salió en una pequeña goleta desde Ancud para reclamar soberanía en el Estrecho de Magallanes, fueron 23 marinos quienes protagonizaron esta épica gesta.

Todas estas hazañas han sido recogidas por la tradición oral, por el folclor con su música popular y valses, y más actualmente también por la estridencia del metal; hay algunos eventos que rayan con lo surreal, como el juicio verídico contra los brujos de La Recta Provincia, o la historia del Robin Hood chilote, Pedro María Ñancupel, un choro que saqueaba para ayudar a los más pobres, o la misma santería chilota, que por sincretismo guarda un panteón de santos que se entremezclan con las creencias isleñas.

LOS INICIOS: PIONEROS ROCKEROS Y HIPPIES COME-PERROS

El primer disco chilote con una intención lisa y llanamente rockera, vino de la mano de Luna Llena, una agrupación comandada por Manuel Loaiza, quienes el año 83 dieron a luz su disco Pulpos Voraces, que abre con un tema titulado “Metal Pesado”, y no, no se trata de una composición proto-thrash o heavy, va por una línea entre el blues progresivo, con movidas líneas de bajo, una percusión firme e hipnótica al estilo The Doors, con una guitarras solistas que se mueven entre el sonido de Grand Funk y punteos a lo The Yardbirds.

Escucharlos hoy en día es casi arqueología: el registro no es el más limpio, pero en efecto se puede encuadrar con el famoso “rock latino”, caballo de batalla que traerá a tantos próceres por estos pagos, como Los Prisioneros, Aparato Raro o UPA. No obstante, esa temática dark, similar a los Coven que precedieron a los Sabbath, fronteriza con el ocultismo y el misterio, sembrarían la llegada de un nuevo estilo que se estaba fraguando en la Bay Area de San Francisco y en las calles londinenses, un metal candente forjado a fuego llamado thrash metal.

El año clave es 1988: mochileros santiaguinos en busca de aventuras desembarcan en tierras chilotas trayendo consigo casetes, originales o piratas, de álbumes fundamentales, que luego serían canónicos, todo con el son de atestiguar la palabra metalera: Judas Priest, Iron Maiden o Whitesnake, se llamaron estas primeras deidades. Cual evangelizadores de un nuevo credo, los chilotes atesorarían estas joyas, aún hoy recordadas, con álbumes claves de la escena mundial, como el And Justice de Metallica o el Seventh Son de Maiden.

Pero el disco que lo rompió databa de 1986, el famosísimo Reign in Blood, firmado por Slayer, y que entre sus filas tenía al chileno Tom Araya. No podía ser casualidad que en la vanguardia metalera estuviera un connacional entre sus filas, y aquello desató la locura thrasher y death que empujó a las primeras bandas, principalmente concentradas en la zona central de Chile.

¿y Chiloé? Terminaban los años 80 y aún la escena no despegaba: circulaban copias piratas, o se obtenían a través del tape trading -o intercambio de casetes- gracias al correo, semillas sónicas que pronto germinarían con todo el sonido y la estética metalera: violenta, cadavérica, a veces satánica. Marcelo Oyarzún -vocalista de Volteadores-, cuenta que por esos años un amigo le pintó al torturado de Sadism, del Perdition of Soul, en un parche grande, que no dudó en ponerlo en la espaldera de su chaqueta, a lo cual los lugareños se extrañaban por esa pintura, creyendo que era nada más y nada menos que el mismísimo Cristo que llevaba a cuestas.

Pero lo peor vino cuando una agrupación de mochileros hippies, en una volada a base de pura hierba, sin tener que comer, fueron hasta un cementerio y faenaron a un perro, al cual asaron y degustaron cual plato gourmet. El escándalo se supo en la isla, y corrió la noticia que “unos chascones” adoradores del demonio, hacían sacrificios de animales. La respuesta fue enérgica: creyendo que se trataba de los nacientes bangers, el movimiento fue estigmatizado y muchos padres, con el afán de proteger a sus hijos, quemaron discos y posters, para alejarlos de tan nefasta influencia.

SE CONFIGURA LA ESCENA CHILOTA

Estaban los discos, y gracias a las revistas, fanzines y cartas entre los bangers, se creó una incipiente escena. Circulaban las novedades, en especial lo que hacía Death, con su descarga de obras maestras como el Scream Blooody Gore, el Leprosy o el Spiritual Healing: llegaban originales o a veces grabados del programa “Música a otro nivel” que transmitía Radio Tiempo.

A comienzos de los 90 las primeras tocatas se realizaban en Puerto Montt, por lo cual los bangers chilotes tenían que cruzar el canal del Chacao para experimentar los shows en vivo. Aquello contribuyó a generar una incipiente escena. Registrarlas puede ser una tarea titánica, considerando que muchas de ellas no llegaron a grabar ni siquiera un demo, y solo tocaron un par de canciones o covers de otras bandas. Las dificultades, todas: falta de sala de ensayos, falta de estudios de grabación, dificultad en conseguir buenos instrumentos y amplificación.

Las bandas chilenas de la zona central que circularon en aquellos años en la isla estaban cargadas a lo extremo: Torturer, Belial, Atomic Agressor, Tottem Korps, Bloody Cross o Bewitched, fueron algunas de las influyentes, sumándose discos clásicos como el Bajo Una Luna Cámbrica de Dorso o el demo de Pentagram. Aquello influenció en la primera oleada, compuesta por bandas cercanas al thrash y al death, como los Falsa Promesa de 1994, quienes compusieron canciones como «Destruyendo Fetos» o «Hipótesis de Muerte», o incluso versionaron «Wratchild» de Iron Maiden pero en versión extrema.

Si de covers se trata, hubo una banda que tocaba temas de Sepultura y algunos propios, llamado los «Nosépos», así tal cual, porque no sabían cómo ponerse, como no era muy serio el nombre pasaron a llamarse como los Apócrifo.

Damper fue otro ejemplo de metal pesado, formados en 1999, con un sonido más groove en sus inicios y velocidades rápidas, en una línea similar a Pantera, siguen activos, y han transitado a una propuesta death metalera con tintes melódicos.

En el ámbito del heavy, también existe una tradición metálica que se remonta a los primeros Crystal, una banda marcada por el sonido de la NWOBHM, con pasajes melódicos, vibra ochentera y una cantante mujer, Varinia Pardo; musicalmente similar a otras propuestas como los españoles de Santa, o las británicas Girlschool.

Tanto Damper como Crystal no registran trabajos independientes de estudio, pero sí se les puede oír en la Internet o en el recopilatorio del año 2000 Chilhue Rock, Ancud Nos Pertenece, invaluable material para conocer cómo era el sonido de aquellos años.

UNA APROXIMACIÓN Y LO QUE VENDRÍA DESPUÉS

En los años ochenta se plantó la semilla y en los noventa germinó: aparecieron programas radiales en la zona como Sinfonía de Hierro en Castro, o Cultura Extrema en Ancud. La primera revista que pudo llegar a la zona era la revista argentina metal, fotocopiada, pero con tapa y poster a todo color: era el Internet prehistórico de los bangers, donde podían informarse de las novedades de las bandas que escuchaban. El primer festival que se organizó se llamó Bestial of Metal, con bandas de la isla e invitadas del continente, en especial de Puerto Montt.

Bandas tocaron en vivo, desaparecieron tras años y luego volvieron. Era común que las agrupaciones grabaran demos o precarios ensayos, salieran formaciones nuevas y luego desaparecieran reconstruidas. Algunos llegaban del continente o se iban a otros puntos del país.

Metaleramente hablando, aún no se abordaban en las letras el sentir ni la historia de Chiloé. Las temáticas eran sociales, más o menos genéricas y abstractas. Pero esta primera camada de bandas sentó las bases de lo que estaba por venir: una era que comenzaría a inicios de los dos mil y que sigue viva hasta hoy, una zona austral metalera que desbordó el archipiélago para alcanzar otras latitudes, desde Punta Arenas hasta Concepción. Y lo hizo rugiendo como una bestia, con una estridencia brutal, inconfundible.

*Agradecimientos especiales a Mauricio Oyarzún, cantante de Volteadores, quien otorgó datos fundamentales para esta investigación. También a Alejandro Igor de KDC Records, por los contactos y la confianza. Si fuiste parte de una banda chilota de los años 80 o 90 y no se menciona en este capítulo, agradecerías escribir a agrafotragico @gmail.com o directamente a Sonidos Ocultos.

MÚSICA DE BANDAS MENCIONADAS

LUNA LLENA

TURVIO

FALSA PROMESA

CRYSTAL

DAMPER

 

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