Por Pablo Rumel.
Chemical Invasion, publicado en 1987. Son casi 40 minutos de destrucción asegurada. Tankard se levanta como uno de los cuatro grandes del thrash alemán, junto a Sodom, Destruction y Kreator, banda pioneras en un estilo que partió en Gringolandia, pero que tuvo a tremendos exponentes teutones.
La cerveza para los alemanes es como el agua. O mejor: como la bebida espirituosa por antonomasia. Si hasta hay santos consagrados a este nutritivo brebaje, como San Arnulfo, quien predicó las ventajas de este líquido, argumentando que “del sudor del hombre y el amor de Dios, la cerveza vino al mundo».
Y si hubo un santo y en la Edad Media se produjo en varios monasterios germanos la mejor cerveza del mundo ¿cómo no iban a crear una de las mejores bandas de thrash que le rindieran tributo a este líquido espumante?
¿QUÉ ES UN TANKARD?
Hace más de dos mil años, algún artesano de nombre desconocido, harto de que al beber cerveza el líquido se le escurriera por la comisura de los labios, se le ocurrió crear una jarra alta y consistente, perfecta para probar estos manjares, y así fue como nació el tankard, jarra de una sola asa, generalmente de metal, madera o cerámica, con tapa con bisagra, jarra que a estos muchachos alemanes les llamó la atención, más aún porque eran considerados por una banda de borrachos, y así cambiaron su primer nombre Avenger, para llamarse Tankard.
EL DISCO: ODA A LA CERVEZA
Chemical Invasion tiene todo lo que un buen amante del thrash busca en un disco: quiebres espiralados con remates biónicos, baterías aceleradas que no descansan ni un segundo, voces agudísimas y desgarradas, guitarras perras que muerden los acordes como longanizas, solos disonantes y destructores, y una rítmica punketa puesta ahí para molerse a combos y moshear a toda máquina.
Si los grandes referentes de la Bay Area con Metallica, Slayer y Megadeth a la cabeza, la respuesta alemana fue casi simultánea. «Total Addiction» habla de la droga y las píldoras, y literalmente manda a los drogos a tomar por culo: “Don’t need your drugs, just drink some beer and mosh”, o en buen chileno, paren su hueá y tomen un poco de chela y salgan a moshear.
Otro temazo, «Tantrum» narra la historia de un compadre entero de brígido, quien llega a una fiesta a tomarse una chela piola, pero malamente se la chorean, y en vez de poner la otra mejilla, el socio se va en mala y amenaza de muerte a quien se atrevió a robarle su brebaje, todo narrado con una rítmica reventada y espástica, con solos ultrarrápidos y un bajo más aporreado que parachoques de borracho.
«Dont Panic» deja de lado al jugo de cebada, y esta vez habla de los poderes fácticos, esos que de “seguro” no existen y que tienen al mundo patas para arriba: invasiones, enfermedades letales, conflictos armados en Nicaragua y en Afganistán, todo narrado con esas ráfagas cromatizadas punzantes clásicas del thrash, entre líneas melódicas aplastantes y al borde de la disonancia.
«Puke», en jerga callejera vendría a significar algo así como “güitrear”, o “irse en pálida”, y es que Tankard en plan educativo nos enseña a que no hay que tomar en demasía, a menos que queramos protagonizar esta hermosa canción de excesos y vómitos…
El fin del lado A cierra con «For a Thousand Beers», un bello instrumental con cuerdas acústicas, que va progresando hacia secciones con distorsión, pesadas y lentas, para luego acelerar las marchas y recordarnos que estamos ante un disco de thrash, de esos históricos y agresivos.
Y llegamos a la invasión química, con «Chemical Invasion», canción que titula este discazo, la cual abre con una sección blusera a lo Chuck Berry, una defensa a puño cerrado por la cerveza artesanal hecha con ley de pureza, para romper la cadencia rock and rollera y entrar a las regiones violentas del thrash.
«Farewell to a Slut» sigue la misma senda cervecera que el tema anterior, pero con «Traitor» llegamos a una temática muy diferente: se ataca en ella a cierto estilo de metal centrado en los pantalones apretados de licra y peinados exuberantes, considerados por los Tankard como traidores y seguidores de las lucas, y la única forma de vencerlos, según estos teutones, es a punta de riffs, más afilados que cuchilla de mono, y velocidades endiabladas con el acelerador a fondo.
Y llegamos a «Alcohol», tema cortito, cover de Gang Green, banda estadounidense de culto, que al ritmo del hardcore punk y el crossover thrash forjó su leyenda en los lejanos ochenta (sigue activa, y es más que recomendable), dejando en claro que las influencias de los Tankard, como toda banda thrashera de la época, cabalgaba entre el frenetismo del punk y la violencia del hardcore.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
Chemical Invasion no es solo un disco de thrash; es una declaración de identidad. Mientras la escena internacional se sofisticaba con obras como Master of Puppets de Metallica o Peace Sells… but Who’s Buying? de Megadeth, Tankard opta por lo contrario: bajar el discurso a la calle, al bar, al vómito y al descontrol, sin perder filo político ni conciencia de escena. El resultado es un thrash menos cerebral pero más visceral, donde la cerveza funciona como símbolo total: placer, exceso, identidad y resistencia, frente a las drogas, el sistema y la comercialización del metal. En ese equilibrio, entre caricatura alcohólica y autenticidad brutal, Tankard, en vez de competir con sus pares, ocupa su propio territorio y lo defiende a punta de velocidad, humor y caos.
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