Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Persistía la duda entre los fans más viejos, y era el hecho crucial si es que In Flames aún seguía conservando esa garra y esa energía que bien pudimos ver un lejano 2009, cuando los suecos se desenmarcaban del death metal más agresivo e ingresaban a un terreno más americanizado, pero aún con la rabia y la técnica derrochándose por sus extremidades.
Ese mismo cruce de generaciones lo atestiguamos en el respetable; algunos iban con gorras, chaquetas y pantalones deportivos, otros con jeans ajustados y poleras con el In Flames noventero; viejos y jóvenes, y toda esa dialéctica true/poser quedaba triturada y quemada ante un Teatro Cariola que minuto a minuto subía su temperatura. ¿Dieron el ancho los suecos? Sigue leyendo, que acá en Sonidos Ocultos te contamos la firme.
LOS TELONEROS: SOLIDEZ Y MAESTRÍA
Projector saltó a la pista a las 19:30 en punto, haciendo gala de un death melódico de viejo cuño, entre bombazos atronadores de rítmicas galopantes, remates con armónicos artificiales y una maquinaría percusiva que osciló entre ráfagas bestiales y pegada machacante al bombo y a la caja que hizo retumbar al Cariola.
El trabajo en las baquetas del máster Esteban Ponce destacó por su pegada agresiva, entre secciones de blast beat y gravity blast roll, decantándose por el golpe duro y seco, sin abandonar el buen sentido del ritmo entre los camios de velocidades que demandaba cada canción, y el variopinto uso de los platillos.
Ignacio Yáñez a la guitarra fue un gran baluarte, creando armonías veloces entre barridos y una coordinación milimétrica, funcionando como el guitarrista solista perfecto que cualquier banda de metal, de cualquier estilo, querría tener en sus filas.
Diametral llevó el poderío un piso más arriba, con un death metal groove contundente, jerarquía veterana que transmitió un desenvuelto frontman Osvaldo López; tiró la talla, invitó a cantar al público, y a integrarse en esta propuesta que descolló con temas retumbantes como «Artificial Euphoria», o la canción «Onlyfan», dedicada a los mirones profesionales fans de la paginita azul, de pago, esa que usted (no) debe conocer.
El concepto central de Diametral arrancó con una ambientación techno rota en mil pedazos con un gutural, demostrando una base sólida a los tarros con un Miguel Torres igual de flexible como rígido, con un trabajo de cuerdas soberbio que tuvo como gran énfasis darle una rítmica pegadiza y quebrada, con un sonido que bebió de Gotemburgo pero que además sirvió perfecto como nexo para la propuesta que se avecinaba: la que todo el mundo esperaba con ansias.
LOS SUECOS-ESTADOUNIDENSES EN LLAMAS
21:37 en punto y se oyeron los primeros ataques de «Pinball Map», caballo de batalla de la banda, más que correctamente interpretado, prueba de fuego sorteada por un In Flames que de la vieja guardia solo queda el vocalista Anders Fridén y el guitarra Björn Gelotte, pilares que sostuvieron con solvencia una maquinaria metalera que supo brillar como aceite hirviendo arriba del campo de batalla.
«The Great Deciver» fue el segundo bombazo, adrenalínico, con un Cariola a tope que se abalanzó con violencia sobre las vallas, desatando un mosh espontáneo que provocó mareas de fanáticos coreando el tema. El comienzo electrónico de «Deliver Us» desató, entre risas, la expresión de ¡se viene el tecno! Y… ¡Vaya que tecno! Un sonido pegadizo cercano al nu metal y al industrial que podría parecer poco apetecible al fan de primera hora, pero In Flames inflama todo lo que toca, y acá no faltaron esos ataques rítmicos espásticos y entrecortados, con cortes violentos y una voz de Fridén que cambiaba de gutural a limpia como si nada.
El sonido fue balanceado, incluso desde que salieron los teloneros; pero lo mejor es que con In Flames no reventaron los decibeles, si no que hicieron algo mejor: calibraron y aceitaron otro poco más la máquina y tuvimos un bajo mucho más audible, con tonos graves robustos y una impedancia exquisita que no reventó tímpanos, permitiendo escuchar los agudos y medios de las guitarras con soltura, con un sonido aéreo y agresivo, y un tándem bajo-batería que se llevó por delante el ataque demoledor de la banda.
La voz de Anders fue un capítulo aparte. Pudimos oír esos guturales de vieja escuela, ácidos y chirriantes, pero también sus tonos limpios, con cuerpo y calidez: su voz no solo está intacta, sino mejorada por el tiempo, comprobable en canciones de la última etapa como «In The Dark» o «Voices», pasando sin problemas de la putrefacción corrosiva del death, a la ingravidez etérea del alternativo y el rock alternativo.
La interpretación de «Trigger» y «Only for The Weak» patentizaron el sonido inflamado, con guitarras gemelas moviéndose entre los riffs con elegancia y maldad, los guturales puestos en medio de la armonía, entre verso y estribillo, y la batería marcando la rítmica con redobles veloces y compases ralentizados que aumentaban las marchas en los momentos de mayor dramatismo.
El trabajo en las seis cuerdas tuvo al estadounidense Chris Broderick (ex Megadeth), en un rol protagónico, más centrado en la rítmica, con patrones de ataques sólidos y musculados, pero también regalándonos parajes virtuosos de guitarra, que compartió con su colega Björn Gelotte, ambos poniendo la base y adornos a la arquitectura de In Flames, menos cargada al riff tradicional y mucho más abierta al groove, y a las notaciones melódicas que avanzan como cortaplumas por el mástil, entre líneas agudas y veloces.
Anders agradeció la energía y la locura del público chileno, y no es un misterio la gran calidad de nuestros compatriotas, fieros y fanáticos, cerrando con dos nuevos cañonazos, el alternativo «I am Above», y la violenta «Take This Life», una suerte de himno o manifiesto de la banda, esa de temática existencial que aúna desesperación con soledad y redención , quemándose por dentro para intentar alcanzar la luz.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA: ¿VALIÓ LA PENA?
Y entonces la respuesta cae por su propio peso: In Flames no solo dio el ancho, sino que entendió el juego mejor que muchos. No se trata de volver al pasado ni de traicionar sus mutaciones, sino de dominar ambas fuerzas y lanzarlas contra el público como una sola embestida. Lo que vimos en el Cariola fue precisamente eso: una banda que ya no necesita demostrar nada, pero que igual arrasó, equilibrando memoria y presente con una naturalidad casi insolente. Si esto es madurez, que siga ardiendo; porque mientras In Flames siga manejando el fuego con esta precisión, la discusión entre viejos y nuevos no tiene sentido: todo termina reducido a cenizas bajo el mismo calor.
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