IN FLAMES: EL FUEGO QUE ENCENDIÓ LA LLAMA
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Escrito por: Equipo SO

Pablo Rumel.

Cuentan que una vez Buda rechazó el fuego del sacrificio con la quema de animales, por considerarlos inútiles al traer más sufrimiento, y lo sustituyó por la llama interior, como metáfora de conocimiento profundo, iluminación y destrucción de lo superficial: “Activó en mí una llama, mi corazón es el hogar, la llama es el yo domado”.

Hay algo de búdico en In Flames. Y no es por las líricas o porque profesen el credo, ni siquiera por el hecho de ser una banda que malamente podríamos calificar de inquieta o experimental, sino más bien porque en su código genético hay mucho de transformación y vacío, de abrirse hacia otras zonas incómodas, de aventurarse a lo desconocido, dejando todo atrás.

Y cada golpe de timón lo hicieron a costa de las críticas, quemando a su primera generación de fans, esa que, como el que suscribe, alucinamos en su momento con placas como The Jester Race, de 1996, donde comprobamos que en el death se podían meter guitarras acústicas entre guturales, o de comprobar cómo las marchas se aceleraban al ritmo de fraseos powermetaleros y duelos contrapuntísticos, sin dejar de ser death.

In Flames pudo haber fallecido perfectamente con su Clayman del año 2000, porque es innegable que el Reroute To Remain de 2002 fue un golpe de timón y marcó una nueva era: la del estrellato, la de la banda que ajusta su sonido y explora otras audiencias. Y para muchos fue imperdonable que In Flames hubiera abrazado (¿o abrasado?) todas aquellas corrientes que la primera camada de metaleros rechazaba, como el metalcore, el nu-metal y el rock alternativo, y que de un día para otro perdía esa arquitectura afilada de la vieja escuela, aceitada por ellos mismos, para ponerla en circulación y luego aniquilarla.

PERO LA TRANSICIÓN NO FUE VIOLENTA

Y el hecho central es que el death metal melódico no nació como un mero apéndice o continuación del death original, ni siquiera se configuró como una mutación pura, su nacimiento se debió a un puñado de bandas pioneras, compuesta por quinceañeros y veinteañeros, bandas At The Gates, Nihilist o Dark Tranquility, y los mismos In Flames, que desataron una reacción en cadena por accidente: fue más fruto de la improvisación y de querer sonar más pesados probando cosas nuevas, que el ensayo calculado de un experimento milimétrico llevado a cabo en un laboratorio.

El death sueco fue más parecido al engendro de Frankenstein que a un androide de diseño, y que como toda criatura deforme y contrahecha, fue alimentada a base de las bandas más brutales de la época, desde el crust punk, pasando por el noise y el metal más pesado, con cucharadas de Slayer, Possesed y Death, e incluso Pentagram, como lo atestigua una foto de época, donde posa Anders Schultz, batero de Unleashed, con la polera de los chilenos.

La idea siempre fue sonar chacales, destructivos y demoledores: y visto en retrospectiva hay algo de meme, pues cuando se indagó en cómo se creó ese sonido aserrado de guitarras profundas que lucieron bandas como Dismember o Entombed, el sonido lo sacaron a lo Homero Simpsons: tomando un pedal Boss HM-2 y subiendo a tope toda la ganancia ¿qué pensaban? ¿Qué harían cálculos de matemáticas diferenciales para llegar a la curva perfecta distorsiva?

Lunar Strain, primer larga duración de los inflamados, ya contiene secciones de guitarras limpias y clásicas; y si bien el golpe rítmico y el fraseo quebrado estaba más cercano al black metal, las líneas melódicas de las guitarras solistas ya eran voladoras, sin perder el filo de la agresividad ni la elegancia de la forma: canciones tan tempranas como «Ever Dyng», lo atestiguan; ahí están esas zonas abiertamente melódicas con líneas de bajo espiraladas que rompían la estructura clásica del death.

IN FLAMES: LA GENÉTICA DE UN HORNO CANDENTE

Y es que para cuando salió The Jester Race en 1996, por In Flames habían desfilado una caterva de futuras celebridades de la escena: Mikael Stanne había hecho las voces para pasarse a Dark Tranquility, y Fridén abandonaba esta última para incorporarse al proyecto naciente.

En el primer In Flames hubo de todo, pasando por sus filas lo más selecto de la escena extrema, con músicos que integrarían Marduk, Tiamat, Cemetary e incluso Hammerfall, lo que explica muy bien el ADN original de los suecos: nutrido, variado y movedizo.

Y aquello mutabilidad fue parte de la escena sueca; bandas como Entombed, de firme base deathmetalera, no tuvo problemas con saltar al punk, al blues y al rock and roll; y ni qué decir de Therion, que pasó de un death metal agresivo casi low fi, a un metal operístico de alto vuelo, o los mismos Opeth, que llegaron a consolidarse como un pilar del rock progresivo a secas.

Y desde estas mismas coordenadas es que In Flames llama al fuego, porque está en la esencia del fuego, el quemar y la transformación: no en vano los antiguos teólogos afirmaban que la mejor imagen para representar a Dios era el fuego, porque personificaba múltiples atributos divinos como presencia, santidad, poder purificador y amor transformador: desde la forja para crear armas, hasta los estados fulgurantes de los santos con sus aureolas radiantes y la quemazón del amor, que todo lo puede, traspasando al polvo y la ceniza: el fuego como purificación y destrucción. Y todo eso está en In Flames, a quien tendremos el placer de recibir una vez más este 21 de abril.

FUEGO AL CIERRE

Foregone de 2023 probablemente no represente un retorno a las raíces de la banda: pero tampoco es un nuevo salto al vacío ni un paso hacia la nada. Están esas estructuras espiraladas salpicadas de cortes y baterías machacantes, con esos remates veloces al final de cada fraseo, como «Bleeding Out» y la mucho mejor «The Great Deceiver», con guitarras serpenteantes que van acordonando las frases como si fuera un telar rústico hecho a partir de un hilado elegante.

No vamos a negar que están ahí también esos acordes secos y golpeados con mucho groove, propios del metalcore, con riffs arrastrados, como «In The Dark» o «Cynosure», pero en esta amalgama de influencias, de voces limpias y melodiosas, se cuela ese fuego quemante de los primeros In Flames. esos que nos legaron cinco discos, probablemente dos sean obras maestras, y el resto… bien sabe el viejo herrero que para crear una pieza preciosa se necesita mucha leña para combustión, o como el bueno de Buda, que desplazó el sacrificio hacia adentro, donde el fuego aniquila las ilusiones para domar al yo.

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