MASTER OF VOICES: TETRARQUÍA DE ROCK Y METAL LLEGA A CHILE
Por Pablo Rumel
Hay músicos que fundan bandas, otros que levantan imperios y unos pocos que terminan convirtiéndose en capítulos enteros de la historia del rock y el metal. Tras décadas de carreras, discos y giras, muchos acaban en un territorio distinto: ya no necesitan demostrar que pertenecen a una escena, porque son parte del paisaje mismo. Masters of Voices, el proyecto que llegará por primera vez a Chile el 5 de julio en el Teatro Teletón, nace de esa idea.
La reunión de Eric Martin (Mr. Big), Edu Falaschi (Angra/Almah), Tim “Ripper” Owens (Judas Priest, Iced Earth, KK’s Priest) y Jeff Scott Soto (Talisman, Journey, Yngwie Malmsteen) no responde a la lógica tradicional de una banda nueva que busca abrirse camino. Aquí ocurre lo contrario: son cuatro trayectorias consolidadas que convergen para interpretar las canciones que ayudaron a definir distintas generaciones del hard rock y el heavy metal.
Y eso tiene algo de extraño y fascinante, pues los supergrupos suelen nacer desde la promesa de “juntar estrellas” para crear algo más grande, Cream, con Clapton, Jack Bruce y Ginger Baker, suele citarse como el primer gran supergrupo de la historia; Asia logró convertir la suma de virtuosos en éxito masivo; Traveling Wilburys, con Dylan y Harrison a la cabeza, transformó una reunión de leyendas en una obra entrañable e irrepetible. Pero también existen proyectos cuya verdadera gracia no está en inventar un nuevo sonido, sino en colisionar mundos separados para ver qué nace de esa colisión.
LA FORJA Y EL REINO DE LAS CUATRO VOCES
Masters of Voices tiene más vocación de selección que de meras super estrellas: no se reúnen cuatro cantantes al azar, sino cuatro maneras distintas de entender el oficio. Y cual maestros de sus disciplinas, coloquemos la lupa y hagamos zoom sobre cada carrera:
–Eric Martin representa esa escuela del hard rock melódico donde la técnica nunca eclipsa a la canción. Mr. Big pudo exhibir a músicos descomunales como Paul Gilbert y Billy Sheehan, pero el puente con el público siempre fue la voz cálida y cercana de Martin, capaz de convertir una balada en himno sin perder elegancia.
–Edu Falaschi, en cambio, encarna la tradición épica y progresiva de Angra, una banda que demostró que el metal sudamericano podía dialogar de igual a igual con Europa y Japón. Con él aparece el virtuosismo, las armonías grandilocuentes y esa mezcla de técnica y emoción que convirtió discos como Temple of Shadows en referencia obligada del power metal.
–Tim “Ripper” Owens es otra historia. Pocos cantantes han vivido un relato tan improbable: pasar de cantar en una banda tributo a convertirse en la voz de Judas Priest, ocupando el lugar que dejó Rob Halford. Su trayectoria recuerda que el heavy metal también se alimenta de accidentes, riesgos y reemplazos imposibles. Owens no llegó a sentarse a un trono para dirigir con corona puesta y cetro en mano; tuvo que sobrevivir dentro de una de las instituciones más exigentes del género.
-Y finalmente Jeff Scott Soto, el gran puente entre todos los mundos. Ha transitado por el AOR, el hard rock, el metal neoclásico y el rock melódico con una naturalidad poco común. Su nombre conecta con Journey, con Yngwie Malmsteen y con una larga lista de proyectos donde la versatilidad fue siempre más importante que la etiqueta.
LOS HEREDEROS DE UNA TRADICIÓN
Lo interesante es que el rock ya conoció reuniones similares. Desde Hear ’n Aid en los años ochenta hasta proyectos modernos como Avantasia, la idea de juntar grandes voces siempre tuvo algo de celebración colectiva, casi como un consejo de veteranos alrededor del fuego. Sin embargo, pocas veces coinciden sobre un mismo escenario representantes tan claros de cuatro tradiciones distintas: el hard rock americano, el power metal brasileño, el heavy metal británico y el rock melódico de estadio.
Por eso este concierto sube un peldaño la apuesta y lo acerca a la excelencia: no es escuchar canciones de Mr. Big, Angra, Judas Priest o Journey, así nada más; se trata de observar y oír cómo dialogan cuatro historias que, durante décadas, pertenecieron a mundos paralelos.
Y ahí reside la verdadera gracia de Masters of Voices.
Los supergrupos clásicos intentaban responder una pregunta: ¿qué pasa cuando juntamos músicos famosos para crear algo nuevo? Este proyecto formula otra, mucho más al hueso y brutal: ¿qué ocurre cuando se reúnen cuatro voces que ya forman parte de la memoria del rock y el metal, no para competir entre sí, sino para recordar por qué estas canciones sobrevivieron al tiempo?
La respuesta comenzará a escucharse en Santiago el próximo 5 de julio, cuando el Teatro Teletón reúna, por una noche, a cuatro hombres que representan décadas de escenarios, discos y batallas musicales. Y en una época donde todo parece durar apenas unos segundos, no deja de ser significativo que todavía existan voces capaces de convocar historias enteras con solo abrir la boca.
GRAHAM BONNET: UNA MEDITACIÓN SOBRE EL RESPLANDOR DE UNA ESTRELLA IGNORADA
Por Pablo Rumel
Hay cantantes que sabiendo el rigor de la profesión, buscan posicionarse en un nicho y explotarlo al máximo para dominar la técnica, trabajando en un repertorio que mínimamente incluye; dicción clara, control de aire, afinación precisa, proyección de la voz, control de dinámicos, habilidades performativas y un largo etcétera que solo los cultores del instrumento más delicado e irremplazable del mundo comprenden su real alcance.
Lo normal es desarrollar un estilo y avanzar y morir con él hasta que las velas no ardan. La vida no entrega una paleta de colores tan variadas como para que alguien pueda moverse con soltura entre tantos registros, porque la vida, o bien es corta, o es mezquina, o la misma velocidad del tiempo nos araña y constriñe hasta el tuétano las posibilidades de hacerlo bien; porque sí, si es por cantar y querer asumir una decena de registro, cualquiera puede; hacerlo con maestría y solvencia, son muchos los llamados, pero pocos los elegidos.
Graham Bonnet no suele estar en la lista de los diez mejores cantantes de metal o el hard-rock: y es que prácticamente podría liderar cualquier top ten, o top five, pero es que su figura ecléctica, tipo cometa Halley, hace difícil de fijarlo en una sola trayectoria, que cual meteoro o estrella fugaz, pueda iluminar por un momento su rastro y hacerlo identificable a la primera. Como el destemplado Tony Martin (ex Black Sabbath), como el virtuoso Michael Vescera (ex Yngwie Malmsteen), como el poderoso Ray Alder (Fates Warning), o el agresivo Harry Conklin (Jag Panzer), ellos no basaron su reputación en conformar super bandas, sino en el mismo oficio.
Maestros cantores, trovadores del fuego y del acero, la vida suele premiar a las leyendas y al mito, por sobre las meras credenciales. La conversación sobre otros lumbreras del rock, suele comenzar así “qué personajes que son”, en cambio los del bando de Bonnet arrancan de inmediato “qué bien que cantan”, y en efecto, sus nombres suelen desfilar más entre músicos, productores y los más selectos conocedores del arte, que en el público general.
NACIDO UN 23 DE DICIEMBRE DEL 47 PARA BRILLAR
Nacido en Inglaterra, Lincolnshire, llegó al rock y al metal por ese mismo azar y caos que la vida impone. Año 68, y su voz llega a lo más alto con el hit «Only One Woman» con The Marbles, un conjunto de pop rock más cercano a Bee Gees que a Genesis, más del lado de Sinatra que de Mercury. Y es que la formación de Bonnet fue autodidacta desde el comienzo; sin clases formales ni asistencia al conservatorio, confesó más tarde que el hard rock jamás estuvo en su radar.
Tras la salida del otro virtuoso, Ronnie James Dio de Rainbow, el mismo Bonnet cuenta que no lo pensó ni dos veces e ingresó a ese grupo de chascones comandados por Ritchie Blackmore, y si bien su estilo de vestimenta tipo crooner desencajaba con la estética del grupo, desde «All Night Long» sabemos que la química es imparable.
¿Chancho en misa? Jamás. Y es que la elección de Blackmore no fue producto del mero capricho. Recordemos que Dio antes de ser el insigne cantante de Elf, hizo sus numeritos desde el rock and roll más ortodoxo con los Red Carps, una agrupación tributaria del sonido de The Beatles y de Elvis Presley; y si bien Ritchie podrá ser más pesado que maleta de gasfíter, es un grande por su habilidad compositiva y su tremendo buen oído.
Una serie de problemas internos, y el hecho de que tras el vitoreado Down to Earth la agrupación entrase en un receso que para Bonnet siempre fue extraño, pues no había composiciones que cantar, y en cierta ocasión un productor le dijo que la banda estaba barajando poner a un segundo cantante, Bonnet tomó su maleta y se largó. “Nunca más volví a conversar con Blackmore, la última vez fue hace más de cuarenta años cuando tocamos en Castle Donington”.
EL ARCOIRIS TENSADO Y LA CÁRCEL METÁLICA DE ALCATRAZZ
Pero Bonnet no se largó de Rainbow saltando al vacío: el ex guitarra de UFO Michael Schenker lo llevó a su Michael Schenker Group creando el Assault Attack de 1982, considerado por los especialistas como el mejor disco de la agrupación, junto a MSG y el disco homónimo de 1980: ahí está la galopante «Samurai» con estribillos raspados y atronadores, la «Desert Song», de riffs pesados y arenosos o la emotiva y blusera «Searching for a Reason» que demuestran el estado vocal de Bonnet: con tonos contundentes, desprovistos de falsetes para alcanzar las notas altas, oscilando en una voz de cuerpo suave y cálido, hacia una mucho más rasposa y estrambótica que dialogaba a la perfección con el naciente glam y el heavy metal de la época.
Y así como hay cantantes que miran un horizonte y abandonan todo quemando sus naves en pos de alcanzar esa cima, en una vida de todo o nada, Bonnet más se parece a los de otro tipo, al de los cantantes que disfrutan el proceso, más táctico que estratégico, ajustándose a lo que la adversidad mande. Donde los primeros buscan la fama y la gloria de manera heroica (y recordemos que los héroes suelen morir jóvenes y de manera trágica) Bonnet responde más al tipo aventurero, a los que exploran lo que tiene más cerca y se lanza con todo en pos de ese ideal.
Alcatrazz no fue un paréntesis, más bien fue la culminación de una carrera al servicio de otros músicos, un final que era un nuevo comienzo, y si se mira en retrospectiva, fue un semillero de talentos por los que pasaron unos jóvenes Yngwie Malmsteen y Steve Vai, por una breve semana el recién despedido Clive Burr de Maiden, o un Jan Uvena, que venía saliendo de Iron Butterfly y Alice Cooper.
Alcatrazz fue la demostración definitiva de que Bonnet no necesitaba esconderse detrás de ningún nombre ilustre. Si Rainbow fue la prueba de fuego y MSG la confirmación de su valía, aquí asumía por primera vez el papel de eje gravitacional. No oficiaba como invitado de lujo ni era el reemplazante de una leyenda: era el rostro visible de una banda construida alrededor de su voz. El resultado quedó inmortalizado en No Parole from Rock ‘n’ Roll (1983), un disco donde la exuberancia neoclásica de Malmsteen encontró un contrapunto perfecto en un Bonnet que trabajaba desde la potencia y la melodía, y que la técnica debía ir al servicio de la emoción.
Lo curioso es que Alcatrazz terminó siendo recordada más por los guitarristas que pasaron por sus filas que por el hombre que le dio identidad. Como ocurre con frecuencia en el rock, los reflectores siguieron a los virtuosos de seis cuerdas mientras Bonnet permanecía en segundo plano, ejecutando con tesón un trabajo vocal que pocos podían igualar.
Sin embargo, basta volver a escuchar aquellas grabaciones para advertir algo fundamental: sin Graham Bonnet, Alcatrazz habría sido otra banda más de guitarristas prodigiosos; con él, alcanzó una personalidad irrepetible.
¿QUÉ ESTRELLA CAE SIN QUE NADIE LA MIRE?
La historia del rock suele escribirse como una sucesión de conquistadores. Recordamos a quienes levantaron imperios, llenaron estadios o se transformaron en símbolos de una época. Pero existen otras trayectorias, menos visibles y acaso más fascinantes: las de aquellos artistas cuya grandeza no descansa en la leyenda, sino en el puro oficio.
Bonnet pertenece a esa estirpe. No construyó una mitología comparable a la de Ozzy Osbourne, Ronnie James Dio o Robert Plant. No fue el protagonista de una tragedia generacional ni el rostro de una revolución cultural. Fue algo mucho más difícil de clasificar: un maestro cantor, un trovador de acero, un espadachín que podía ser puesto a pelear solo contra un ejército completo, y al día siguiente volvía a sus andanzas en otras tierras, en otros reinos.
Tal vez por eso su figura resulta esquiva. Los mitos son fáciles de recordar porque simplifican a las personas; los artesanos consumados, en cambio, desafían las etiquetas. Bonnet transitó entre el pop, el hard rock, el heavy metal y el AOR con la misma naturalidad con que otros apenas consiguen habitar un solo territorio. Nunca pareció obsesionado con la inmortalidad. Se limitó a cantar. Y lo hizo de puta madre.
Y quizás ahí resida la respuesta a la pregunta que sobrevuela este artículo. Algunas estrellas no dejan de brillar porque sean pequeñas, sino porque su luz no encaja en las constelaciones que acostumbramos a observar. Siguen allí, atravesando la noche con la misma intensidad de siempre, aunque la mayoría de nosotros mire hacia cualquier otra parte; hacia los reflectores, y no al infinito.
Tygers of Pan Tang: los guerreros olvidados de la NWOBHM
Por Pablo Rumel.
El tigre es una imagen de poder que inmediatamente evoca ferocidad y destreza: es un animal cazador y por lo mismo símbolo de la casta guerrera. Admirado en oriente, se relaciona con el solsticio de invierno, el devorador de las influencias maléficas. Su figura rayada también ha sido motivo de adoración, sobre todo en la India, al ser representado como montura de la Shakti, de la energía de la naturaleza capaz de dominar al mismo Shiva.
Apaciguador de la energía vital del mundo, guerrero fronterizo entre el caos y el orden, el sonido de sus garras afiladas sobre planchas de acero, no debería ser muy diferente al de una guitarra distorsionada y estruendosa que busca morder y afilar en cada acorde y golpe de platillo.
Y es que cuando se habla de la New Wave of British Heavy Metal (NWOBHM), los nombres que suelen ocupar el centro del escenario son ocupados por otras bestias: Iron Maiden con el cetro, Saxon a un costado del trono, y Def Leppard, saltando de una habitación a otra.
Y pese al reinado de estas bandas, toda revolución tiene sus arquitectos visibles y sus guerreros de choque. Entre estos últimos, pocos fueron tan decisivos como los Tygers of Pan Tang, banda que encarnó el espíritu de la nueva ola británica y la ayudó a empujarla hacia territorios más rápidos, afilados y peligrosos.
Partiendo por su nombre, tan peculiar ¿qué demonios significa Pan Tang? Se refiere a una isla ficticia, un tributo involuntario a otro gran marginado de la cultura popular, el escritor Michael Moorcock. Los Tygers extrajeron su emblema de Pang Tang, la isla de hechiceros crueles y adoradores del Caos que aparece en las crónicas de Elric de Melniboné. No deja de ser una elección reveladora: mientras la fantasía heroica celebraba guerreros musculosos y reyes invencibles, Moorcock imaginaba un monarca enfermizo, albino y nihilista. Del mismo modo, los Tygers emergieron en un momento en que el heavy metal comenzaba a desprenderse de los moldes heredados para buscar nuevas formas de violencia, velocidad y belleza, todo al son de guitarras virtuosas y ataques frenéticos en un Londres azotado por el punk rock.
Contexto histórico
Formados en Whitley Bay en 1978, aparecieron en una Inglaterra convulsa. El rock progresivo, que durante años había dominado la imaginación de los músicos más ambiciosos, comenzaba a mostrar signos de agotamiento. Al mismo tiempo, el punk convertía las calles de Londres en un campo de batalla cultural. Entre ambos mundos nació la NWOBHM: demasiado agresiva para el establishment del rock clásico y demasiado virtuosa para el dogmatismo punk.
Pero lejos de ser ni chicha ni limonada, Tygers actuó como una fuerza de aceleración en un campo gravitatorio metalero que si no era alimentado pronto con nueva energía, corría el peligro de disolverse en la nada. Allí donde otros grupos todavía conservaban un pie en el blues eléctrico o en las formas tradicionales del hard rock, los británicos tensaron las costuras del género hasta llevarlo al límite, abriéndolo a terrenos aún inexplortados
Sobre el sonido
Escuchar Wild Cat (1980) o Spellbound (1981) es asistir al instante exacto en que el heavy metal descubre una nueva velocidad de crucero. Los riffs ya no avanzan con el paso firme del hard rock setentero; sensual y abacanado, para mover la pelvis, sino que ahora salta a la cabeza y a los puños: es una nueva fuerza de ataque. La batería deja los patrones cuadrados llenos de swing y se vuelve marcial y combativa, una maquinaria lista para embestir, ariete en mano. Las guitarras ya no son meras empuñaduras de elegancia o pura rabia, pasando ser de finos estiletes a espadones acerados, cortando el aire como hojas recién afiladas.
Lo notable es que esa agresividad nunca sacrifica la melodía. Allí reside buena parte de la importancia histórica de Tygers of Pan Tang. Demostraron que el heavy metal podía correr sin desintegrarse, podía endurecerse sin perder gancho y podía abrazar una estética más extrema sin renunciar a la composición. En muchos sentidos, estaban ayudando a construir el lenguaje que el speed metal y buena parte del metal tradicional desarrollarían durante la década siguiente, a punta de tralla y machaca.
John Sykes
La llegada de John Sykes terminó de convertir a los Tygers en algo más que una prometedora banda de la NWOBHM. Su aparición fue breve, casi fugaz, pero dejó una marca profunda. Sykes tocaba con una combinación extraña de elegancia y ferocidad: sus solos parecían surgir de una tradición melódica refinada para luego transformarse en descargas eléctricas como empuñadas por un diestro médico, bisturí en mano, rajando paños y haciendo incisiones a lo loco.
Discos en los que trabajo Skykes como Spellbound y Crazy Nights elevaron el estándar guitarrístico de toda la banda. No resulta extraño que posteriormente encontrara su lugar en Thin Lizzy y Whitesnake. Su paso por Tygers of Pan Tang fue corto, pero bastó para convertir aquellos registros en algunos de los documentos más influyentes de la primera etapa de la NWOBHM.
Una cita única e irrepetible: para anotar
La historia suele recordar a los vencedores comerciales, pero los movimientos culturales rara vez son obra exclusiva de sus figuras más exitosas. Tygers of Pan Tang pertenece a esa categoría de bandas cuya influencia supera ampliamente sus cifras de ventas. Fueron exploradores. Ensancharon los límites del heavy metal británico cuando el mapa todavía estaba incompleto y ahora los tendremos por primera vez en Chile.
No ir a verlos es dejar una pieza, gran pieza, incompleta de la figura de la NWOBHM. Y no nos engañemos, nunca alcanzaron la proyección planetaria de Iron Maiden o Def Leppard, pero su legado permanece incrustado en el ADN del género. Cada riff acelerado, cada armonía gemela lanzada a toda velocidad y cada banda que entendió que la melodía y la agresión podían convivir en un mismo lenguaje le debe algo a aquellos tigres surgidos desde una isla imaginaria gobernada por el Caos. Porque, a veces, son los nombres escritos en los márgenes los que terminan cambiando la historia.
Tankard y su Chemical Invasion: Thrash Metal ochentero pasao a chela
Por Pablo Rumel.
Chemical Invasion, publicado en 1987. Son casi 40 minutos de destrucción asegurada. Tankard se levanta como uno de los cuatro grandes del thrash alemán, junto a Sodom, Destruction y Kreator, banda pioneras en un estilo que partió en Gringolandia, pero que tuvo a tremendos exponentes teutones.
La cerveza para los alemanes es como el agua. O mejor: como la bebida espirituosa por antonomasia. Si hasta hay santos consagrados a este nutritivo brebaje, como San Arnulfo, quien predicó las ventajas de este líquido, argumentando que “del sudor del hombre y el amor de Dios, la cerveza vino al mundo».
Y si hubo un santo y en la Edad Media se produjo en varios monasterios germanos la mejor cerveza del mundo ¿cómo no iban a crear una de las mejores bandas de thrash que le rindieran tributo a este líquido espumante?
¿QUÉ ES UN TANKARD?
Hace más de dos mil años, algún artesano de nombre desconocido, harto de que al beber cerveza el líquido se le escurriera por la comisura de los labios, se le ocurrió crear una jarra alta y consistente, perfecta para probar estos manjares, y así fue como nació el tankard, jarra de una sola asa, generalmente de metal, madera o cerámica, con tapa con bisagra, jarra que a estos muchachos alemanes les llamó la atención, más aún porque eran considerados por una banda de borrachos, y así cambiaron su primer nombre Avenger, para llamarse Tankard.
EL DISCO: ODA A LA CERVEZA
Chemical Invasion tiene todo lo que un buen amante del thrash busca en un disco: quiebres espiralados con remates biónicos, baterías aceleradas que no descansan ni un segundo, voces agudísimas y desgarradas, guitarras perras que muerden los acordes como longanizas, solos disonantes y destructores, y una rítmica punketa puesta ahí para molerse a combos y moshear a toda máquina.
Si los grandes referentes de la Bay Area con Metallica, Slayer y Megadeth a la cabeza, la respuesta alemana fue casi simultánea. «Total Addiction» habla de la droga y las píldoras, y literalmente manda a los drogos a tomar por culo: “Don’t need your drugs, just drink some beer and mosh”, o en buen chileno, paren su hueá y tomen un poco de chela y salgan a moshear.
Otro temazo, «Tantrum» narra la historia de un compadre entero de brígido, quien llega a una fiesta a tomarse una chela piola, pero malamente se la chorean, y en vez de poner la otra mejilla, el socio se va en mala y amenaza de muerte a quien se atrevió a robarle su brebaje, todo narrado con una rítmica reventada y espástica, con solos ultrarrápidos y un bajo más aporreado que parachoques de borracho.
«Dont Panic» deja de lado al jugo de cebada, y esta vez habla de los poderes fácticos, esos que de “seguro” no existen y que tienen al mundo patas para arriba: invasiones, enfermedades letales, conflictos armados en Nicaragua y en Afganistán, todo narrado con esas ráfagas cromatizadas punzantes clásicas del thrash, entre líneas melódicas aplastantes y al borde de la disonancia.
«Puke», en jerga callejera vendría a significar algo así como “güitrear”, o “irse en pálida”, y es que Tankard en plan educativo nos enseña a que no hay que tomar en demasía, a menos que queramos protagonizar esta hermosa canción de excesos y vómitos…
El fin del lado A cierra con «For a Thousand Beers», un bello instrumental con cuerdas acústicas, que va progresando hacia secciones con distorsión, pesadas y lentas, para luego acelerar las marchas y recordarnos que estamos ante un disco de thrash, de esos históricos y agresivos.
Y llegamos a la invasión química, con «Chemical Invasion», canción que titula este discazo, la cual abre con una sección blusera a lo Chuck Berry, una defensa a puño cerrado por la cerveza artesanal hecha con ley de pureza, para romper la cadencia rock and rollera y entrar a las regiones violentas del thrash.
«Farewell to a Slut» sigue la misma senda cervecera que el tema anterior, pero con «Traitor» llegamos a una temática muy diferente: se ataca en ella a cierto estilo de metal centrado en los pantalones apretados de licra y peinados exuberantes, considerados por los Tankard como traidores y seguidores de las lucas, y la única forma de vencerlos, según estos teutones, es a punta de riffs, más afilados que cuchilla de mono, y velocidades endiabladas con el acelerador a fondo.
Y llegamos a «Alcohol», tema cortito, cover de Gang Green, banda estadounidense de culto, que al ritmo del hardcore punk y el crossover thrash forjó su leyenda en los lejanos ochenta (sigue activa, y es más que recomendable), dejando en claro que las influencias de los Tankard, como toda banda thrashera de la época, cabalgaba entre el frenetismo del punk y la violencia del hardcore.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
Chemical Invasion no es solo un disco de thrash; es una declaración de identidad. Mientras la escena internacional se sofisticaba con obras como Master of Puppets de Metallica o Peace Sells… but Who’s Buying? de Megadeth, Tankard opta por lo contrario: bajar el discurso a la calle, al bar, al vómito y al descontrol, sin perder filo político ni conciencia de escena. El resultado es un thrash menos cerebral pero más visceral, donde la cerveza funciona como símbolo total: placer, exceso, identidad y resistencia, frente a las drogas, el sistema y la comercialización del metal. En ese equilibrio, entre caricatura alcohólica y autenticidad brutal, Tankard, en vez de competir con sus pares, ocupa su propio territorio y lo defiende a punta de velocidad, humor y caos.
IN FLAMES: EL FUEGO QUE ENCENDIÓ LA LLAMA
Pablo Rumel.
Cuentan que una vez Buda rechazó el fuego del sacrificio con la quema de animales, por considerarlos inútiles al traer más sufrimiento, y lo sustituyó por la llama interior, como metáfora de conocimiento profundo, iluminación y destrucción de lo superficial: “Activó en mí una llama, mi corazón es el hogar, la llama es el yo domado”.
Hay algo de búdico en In Flames. Y no es por las líricas o porque profesen el credo, ni siquiera por el hecho de ser una banda que malamente podríamos calificar de inquieta o experimental, sino más bien porque en su código genético hay mucho de transformación y vacío, de abrirse hacia otras zonas incómodas, de aventurarse a lo desconocido, dejando todo atrás.
Y cada golpe de timón lo hicieron a costa de las críticas, quemando a su primera generación de fans, esa que, como el que suscribe, alucinamos en su momento con placas como The Jester Race, de 1996, donde comprobamos que en el death se podían meter guitarras acústicas entre guturales, o de comprobar cómo las marchas se aceleraban al ritmo de fraseos powermetaleros y duelos contrapuntísticos, sin dejar de ser death.
In Flames pudo haber fallecido perfectamente con su Clayman del año 2000, porque es innegable que el Reroute To Remain de 2002 fue un golpe de timón y marcó una nueva era: la del estrellato, la de la banda que ajusta su sonido y explora otras audiencias. Y para muchos fue imperdonable que In Flames hubiera abrazado (¿o abrasado?) todas aquellas corrientes que la primera camada de metaleros rechazaba, como el metalcore, el nu-metal y el rock alternativo, y que de un día para otro perdía esa arquitectura afilada de la vieja escuela, aceitada por ellos mismos, para ponerla en circulación y luego aniquilarla.
PERO LA TRANSICIÓN NO FUE VIOLENTA
Y el hecho central es que el death metal melódico no nació como un mero apéndice o continuación del death original, ni siquiera se configuró como una mutación pura, su nacimiento se debió a un puñado de bandas pioneras, compuesta por quinceañeros y veinteañeros, bandas At The Gates, Nihilist o Dark Tranquility, y los mismos In Flames, que desataron una reacción en cadena por accidente: fue más fruto de la improvisación y de querer sonar más pesados probando cosas nuevas, que el ensayo calculado de un experimento milimétrico llevado a cabo en un laboratorio.
El death sueco fue más parecido al engendro de Frankenstein que a un androide de diseño, y que como toda criatura deforme y contrahecha, fue alimentada a base de las bandas más brutales de la época, desde el crust punk, pasando por el noise y el metal más pesado, con cucharadas de Slayer, Possesed y Death, e incluso Pentagram, como lo atestigua una foto de época, donde posa Anders Schultz, batero de Unleashed, con la polera de los chilenos.
La idea siempre fue sonar chacales, destructivos y demoledores: y visto en retrospectiva hay algo de meme, pues cuando se indagó en cómo se creó ese sonido aserrado de guitarras profundas que lucieron bandas como Dismember o Entombed, el sonido lo sacaron a lo Homero Simpsons: tomando un pedal Boss HM-2 y subiendo a tope toda la ganancia ¿qué pensaban? ¿Qué harían cálculos de matemáticas diferenciales para llegar a la curva perfecta distorsiva?
Lunar Strain, primer larga duración de los inflamados, ya contiene secciones de guitarras limpias y clásicas; y si bien el golpe rítmico y el fraseo quebrado estaba más cercano al black metal, las líneas melódicas de las guitarras solistas ya eran voladoras, sin perder el filo de la agresividad ni la elegancia de la forma: canciones tan tempranas como «Ever Dyng», lo atestiguan; ahí están esas zonas abiertamente melódicas con líneas de bajo espiraladas que rompían la estructura clásica del death.
IN FLAMES: LA GENÉTICA DE UN HORNO CANDENTE
Y es que para cuando salió The Jester Race en 1996, por In Flames habían desfilado una caterva de futuras celebridades de la escena: Mikael Stanne había hecho las voces para pasarse a Dark Tranquility, y Fridén abandonaba esta última para incorporarse al proyecto naciente.
En el primer In Flames hubo de todo, pasando por sus filas lo más selecto de la escena extrema, con músicos que integrarían Marduk, Tiamat, Cemetary e incluso Hammerfall, lo que explica muy bien el ADN original de los suecos: nutrido, variado y movedizo.
Y aquello mutabilidad fue parte de la escena sueca; bandas como Entombed, de firme base deathmetalera, no tuvo problemas con saltar al punk, al blues y al rock and roll; y ni qué decir de Therion, que pasó de un death metal agresivo casi low fi, a un metal operístico de alto vuelo, o los mismos Opeth, que llegaron a consolidarse como un pilar del rock progresivo a secas.
Y desde estas mismas coordenadas es que In Flames llama al fuego, porque está en la esencia del fuego, el quemar y la transformación: no en vano los antiguos teólogos afirmaban que la mejor imagen para representar a Dios era el fuego, porque personificaba múltiples atributos divinos como presencia, santidad, poder purificador y amor transformador: desde la forja para crear armas, hasta los estados fulgurantes de los santos con sus aureolas radiantes y la quemazón del amor, que todo lo puede, traspasando al polvo y la ceniza: el fuego como purificación y destrucción. Y todo eso está en In Flames, a quien tendremos el placer de recibir una vez más este 21 de abril.
FUEGO AL CIERRE
Foregone de 2023 probablemente no represente un retorno a las raíces de la banda: pero tampoco es un nuevo salto al vacío ni un paso hacia la nada. Están esas estructuras espiraladas salpicadas de cortes y baterías machacantes, con esos remates veloces al final de cada fraseo, como «Bleeding Out» y la mucho mejor «The Great Deceiver», con guitarras serpenteantes que van acordonando las frases como si fuera un telar rústico hecho a partir de un hilado elegante.
No vamos a negar que están ahí también esos acordes secos y golpeados con mucho groove, propios del metalcore, con riffs arrastrados, como «In The Dark» o «Cynosure», pero en esta amalgama de influencias, de voces limpias y melodiosas, se cuela ese fuego quemante de los primeros In Flames. esos que nos legaron cinco discos, probablemente dos sean obras maestras, y el resto… bien sabe el viejo herrero que para crear una pieza preciosa se necesita mucha leña para combustión, o como el bueno de Buda, que desplazó el sacrificio hacia adentro, donde el fuego aniquila las ilusiones para domar al yo.
Posible Setlist
Jinjer en Chile: Técnica, identidad y emoción
Por Jaime González.
Jinjer es una de las propuestas más intensas, técnicas y emocionalmente crudas que ha dado el metal moderno en los últimos años. Es una banda que canaliza tensión, conflicto y humanidad en su música. Este 23 de abril, ese lenguaje vuelve a desplegarse en Chile con su presentación en el Teatro Caupolicán, en el marco de su Latin American Tour 2026, gira que los trae de regreso por cuarta vez a nuestro país, esta vez con el foco puesto en su más reciente trabajo “Duél”.
Formados en el 2009 en Donetsk, Ucrania, Jinjer emerge desde un contexto marcado por la inestabilidad y la transformación constante. Ese origen es un elemento clave para entender la carga emocional de su música. Construyeron un sonido combinando groove metal progresivo con elementos de djent, metalcore y pasajes atmosféricos. Pero más allá de lo técnico, lo que define su identidad es la capacidad de traducir experiencias reales en composiciones conceptuales y musicales.
El punto de inflexión llegó con “King of Everything” (2016), un álbum que los posicionó a nivel global e instaló una nueva forma de entender la dinámica vocal dentro del metal contemporáneo. Canciones como “Pisces” se vuelven virales precisamente por ese contraste radical entre lo limpio y lo extremo, una dualidad que se transformó en su sello distintivo.
Ese lenguaje se expande con “Macro” (2019), donde profundizaron en una propuesta más conceptual, abordando temáticas como la identidad, la alienación y la relación del individuo con sistemas más amplios. Es un disco más introspectivo, donde se mantiene la agresividad, pero se canaliza desde una perspectiva más reflexiva, reforzando su capacidad narrativa.
La nueva etapa llega con “Duél” (2026), un trabajo que la propia banda ha definido como el más dinámico de su carrera. Aquí, buscan consolidar todo lo explorado, llevando su sonido a un punto de equilibrio entre técnica, emoción y versatilidad. Los adelantos como “Someone’s Daughter”,“Fast Draw”, “Green Serpent”, “Rogue” y “Kafka” dejan en evidencia un enfoque más directo en algunos pasajes, pero sin perder complejidad estructural. Es un disco que se mueve constantemente, que no se queda en un solo estado, reflejando precisamente la inestabilidad emocional que ha sido parte de su identidad desde el inicio.
El elemento más determinante en este proceso es Tatiana Shmayluk, una de las vocalistas más impactantes del metal actual. Su capacidad de alternar entre voces limpias cargadas de sensibilidad y guturales profundos, agresivos y controlados, no solo es técnicamente impresionante, sino que cumple un rol narrativo fundamental. Cada cambio vocal es una transición emocional.
En lo lírico, Jinjer se ha caracterizado por abordar temáticas que van desde lo social hasta lo existencial, muchas veces con una mirada crítica y directa. Hay una constante reflexión sobre el entorno, la condición humana y las tensiones internas que atraviesan al individuo. Con una honestidad que justamente es lo que ha permitido su música conecte de forma tan transversal.
La formación actual, compuesta además por Roman Ibramkhalilov en guitarra, Eugene Abdukhanov en bajo y Vlad Ulasevich en batería, ha logrado consolidar una tremenda química en vivo.
Este 23 de abril en el Teatro Caupolicán habrá una descarga completa de todo lo que Jinjer representa hoy, técnica, evolución, identidad y emoción. Una banda que no teme explorar sus límites, y un público que está listo para recibirlos por cuarta vez.
Jinjer
Jueves 23 de abril de 2026
Teatro Caupolicán, Santiago
Entradas: Puntoticket
Latin American Tour 2026
Produce: ChargolaProd y PowerProds
Wolfheart: La alquimia licantrópica de Moonspell
Por Claudio Miranda.
El corazón de la década del ’90 se tiñó de velo mortuorio y psicodelia cuando el doom metal abrazó la bruma gótica. En el mismo plan, menguó la brutalidad y se le dio prioridad a la melodía. Donde la fuerza iba de la mano con la distorsión y la habilidad instrumental apelaba al monstruismo, la honestidad y la fragilidad de nuestra condición humana marcaron el impulso de expresión. La atmósfera y el mensaje directo al corazón se volvieron un rasgo inherente a la música extrema cuando hubo que buscar nuevas rutas de navegación. Como el grunge y el shoegaze, el metal también tenía algo que decir, una idea a expresar.
Nos situamos en 1995, un año nutrido de lanzamientos que hasta hoy mantienen su enormidad. Paradise Lost terminaba por grabar a fuego su nombre con Draconian Times. My Dying Bride hizo lo propio en The Angel and the Dark River, una placa radicalmente alejada de las raíces death metal y dotada de arreglos con violín y teclado dispuestos a la construcción de atmósferas. Completando el cuadro en Inglaterra, Anathema se abre en el camino una nueva ruta de posibilidades con «The Silent Enigma». Un año atrás, los suecos de Tiamat editan el fundamental Wildhoney, un trabajo bañado en psicodelia floydiana y sentimiento gótico desde la vena.
En comparación a potencias del calibre de Inglaterra, Suecia, Alemania o Suiza, Portugal raramente puede jactarse de brindarnos nombres de estatura considerable y, por ende, se ganen un lugar honorífico en el circuito mundial. Y fue durante abril de 1995 que una banda con raíces black metal, que empezó unos años antes bajo el nombre Morbid God, editara un LP debut cuyas referencias a hombres lobo, vampiros e historias empapadas de romanticismo se traspasaban a un despliegue de música oscura con tintes de folk y dark-wave a la usanza ochentera. Y es que Moonspell, por lejos la banda lusitana más importante en el metal a nivel europeo y en todo el orbe, se despachó una placa debut que más bien refleja la enorme lucidez creativa que daría que hablar a toda una escena. Porque si haya algo que desborda Wolfheart, dentro y fuera de su hábitat estilístico, es una jerarquía de primera división.
Un año antes (1994), el EP titulado Under the Moonspell nos mostraba una propuesta tenebrosa y muy, muy espesa. El fondo arraigado en el satanismo y sus títulos escritos en latín, así como la portada, proyectaban a otra banda de black metal, una más en un circuito saturado a esas alturas. La optimización a nivel de destreza y conocimientos fue notoria en Wolfheart, lo que permitió abarcar terrenos impensados respecto al año anterior. Un paso hacia adelante, hacia un terreno desconocido y, a la vez, coherente con una naturaleza exploradora. Y todo aquello resulta más llamativo si consideramos la juventud de sus integrantes, apenas frisando los 20 años de edad en promedio. En simple, jóvenes -y adolescentes- con experiencia de veteranos curtidos en mil batallas.
Desde el arranque con Wolfshade (A Werewolf Masquerade)», notamos de inmediato las ambiciones de una agrupación que traza la metáfora con pinceladas de textura y densidad, y se sumerge en arboledas de melodía con espasmos de brutalidad. A medida que transcurre y se desarrolla la pieza, los momentos en una misma atmósfera de misterio se distribuyen hasta desembocar en un relato atrapante. Gran mérito corre por el despliegue vocal de Fernando Ribeiro, una voz que inhala y exhala sonidos de ultratumba con elegancia de capitán. Y la labor de Pedro Paixao en los arreglos con base de teclado y samples, es angular cuando hay una idea a transmitir mucho más allá de las palabras.
Si la apertura del disco parece curtirse a fuego lento, «Love Crimes» les recordó a los fans más duros que la intensidad es un rasgo inherente en el ADN expresivo de Moonspell. Y es que, a pesar del contraste, la variedad que destaca a Wolfheart como un trabajo de alta envergadura contribuye a darle a la música una grandeza que trasciende toda etiqueta. Voces limpias intercalando lugares con guturales en una misma narración, una base rítmica que cede protagonismo en favor del todo. Y a medida que «Of Dream and Drama (Midnight Ride)» avanza con pisadas fuertes, notamos el aspecto orgánico de una banda que en su tiempo ya extendía un concepto sin necesidad de forzar la escritura. Tal como en el siguiente Irreligious (1996) y los trabajos que le han sucedido durante poco más de tres décadas, Wolfheart deja entrever que fue pensado como un mundo en sí mismo, donde el ritmo, la cadencia y la atmósfera proyectan la búsqueda en las profundidades de la muerte.
En «Lua D’Inverno», basta con menos de dos minutos para excursionar en estilos como el folk y transmitir un sentimiento potente con lo justo en instrumentación. El puente que conecta el pasaje anterior con «Trebaruna». El organillo a cargo de Pablo Paixao es el centro gravitatorio, y no solamente en esta pieza, sino en todo lo que conlleva a ampliar el abanico de posibilidades con que Moonspell emerge cual fuerza natural. Pasados los dos minutos, El bajo de Joao Pedro Escoval y la batería de Miguel Gaspar caminan juntos sin acompañamiento. Literalmente, aquel momento de desnudez es lo que nos permite apreciar la anatomía de una agrupación que abraza la introspección para exhalar emociones honestas.
Si nos remontamos a los ’90s, el impacto de «Vampiria» en la comunidad metalera tiene razón de ser. Si al otro lado del charco Type O Negative se convierte en la epítome de todo un género, Moonspell le da cara a Lord Petrus y sus compinches al momento de relatar historias románticas donde el erotismo y la tragedia se miran las caras en un mismo punto. En el mismo plan, «An Erotic Alchemy» se corona como la gran estación de Wolfheart. Sus más de ocho minutos de duración resumen la esencia y forma de un sello distintivo que la voz soprano de Birgit Sacher integra como parte del relato y la serie de imágenes evocadas en un mismo imaginario, aportando al ensamblaje de cadencias sonoras, mientras la eficacia del bajo de Joao Pedro Escoval y el dominio vocal de Fernando Ribeiro construyen una historia que nos deja con escalofríos a medida que la pieza avanza hasta llegar al núcleo.
Dicen que «Alma Mater», la que abrocha el primer capítulo discográfico de Moonspell, es la canción más importante de los lusitanos. Contundente y grande, para entonar con maño empuñada y romper la voz, como todo un himno. «Virando costas ao Mundo, Orgulhosamente sós, Glória Antiga, volta a nós!… ALMA MATER!» Poco que agregar respecto a una pieza que reivindica el idioma nativo en sus secciones más potentes.
Si bien el catálogo posterior tendría una mejora en cuanto a legibilidad en su tratamiento de ingeniería, Wolfheart es de esos trabajos cuya robustez proviene en la escritura misma. La febril creatividad de Fernando Ribeiro como escritor y narrador, poco que envidiar a Peter Steele y otros nombres que ‘algo’ saben de establecer un punto de encuentro entre la muerte menos temida y el amor más desgarrador. Sumarle que, mucho antes de que el término ‘metal gótico’ se acuñara como una etiqueta de fábrica, lo de Moonspell respondía a la necesidad interna de transformar la pesadumbre en creatividad. No se entiende la introspección sin el dolor, lo que Wolfheart transmite para recordarnos que hasta el lobo más feroz puede mostrarse vulnerable ante la calidez natural. Así es como se digiere la alquimia licantrópica de Moonspell, la que se basta de una convicción formidable para acariciar el corazón durante el invierno lunar de nuestras vida.
Nile: la muerte entre santuarios y catacumbas
Por Claudio Miranda
Dicen que la música, antes de mostrar su cara más extrema y volverse un arma para destruir el mundo, alguna vez fue una forma de escapar de la realidad. Cuando esa realidad nos tiene con el agua hasta el cuello, la evadimos para después sumergirnos en toda actividad o cúmulo de ideas, donde el alivio emocional es el fine definitivo.
En el caso de Nile, el escapismo que caracteriza su propuesta siempre ha apuntado hacia mundos ignotos, donde la mitología egipcia y el horror Lovecraftiano -los mitos de Cthulhu- se hermanan en una atmósfera de barbarie cósmica y debacle incesante. Todo reforzado por una base musical que reúne intensidad, convicción y destreza técnica en una firma inconfundible durante cerca de tres décadas.
Fundada en 1993 en Greenville, Carolina del Sur, Nile siempre tuvo en Karl Sanders a su principal ideólogo y escritor principal. Con entonces 30 años, y un recorrido en el círculo underground al frente de Morriah -banda de thrash metal que inclinaba la brújula hacia un estilo idéntico, digamos, al que pulía Morbid Angel en sus años formativos-, Sanders empieza a trabajar en ideas propias, donde las tonalidades orientales aportan a la construcción de una banda sonora. Atrapante, cinemática, hipnótica. Englobando las proporciones de una producción cinematográfica de Hollywood con el horror abominable. Esos elementos extravagantes que trascienden etiquetas como el metal y sus derivados, y apuntan a una variedad que emula el caos natural del universo, como el propio Sanders lo define en sus palabras.
La exoticidad que destaca a Nile entre sus pares de género jamás socava la ferocidad de su propuesta. Más bien, lo refina hasta lo necesario. Prueba de ello es que el blast-beat, donde hoy es más bien un aderezo o un cliché propio del death metal, bateristas extraordinarios como George Kollias lo disponen en favor del caos sistemático que Nile extiende hasta el lugar menos pensado. En ese mismo plan, la egiptología y el misticismo de las culturas antiguas del Medio Oriente no se quedan solamente en el aspecto sonoro; Todas las producciones a partir de Black Seeds of Vengeance (2000) incluyen en el inserto del vinilo -el librito en el CD- una serie de textos que explican el fondo y la narrativa en cada pieza.
Es precisamente en el formato físico donde Karl Sanders -vía Nile- plasma el relato al texto, como si se tratara de una réplica del Libro de los Muertos. Tras el interés que genera el lanzamiento de Blackk Seeds of Vengeance, el siguiente In Their Darkened Shrines (2002) lleva la apuesta hacia el siguiente nivel. Su edición en CD contiene una portada desplegable, evocando la enormidad de la pieza titular, la cual dura 18 minutos y está inspirada en el relato corto de H.P. Lovecraft titulado «The Nameless City». Sin ser un trabajo estrictamente conceptual, la placa rememora los misterios de una civilización que antecede a la existencia del hombre, la cual estaba conformada por seres extraterrestres con aspecto reptiliano. Aquella inclinación visual y expresiva hacia lo grotesco es lo que le da a Nile un nombre de gran importancia para quienes ven su propuesta una puerta de entrada hacia los enigmas más recónditos del origen de la raza humana.
Y si acaso hay una placa que termina por definir la esencia y forma de Nile hasta alcanzar su peak artístico y musical, Annihilation of the Wicked (2005) se lleva todos los galardones. Es el disco que termina por remarcar lo que evoca Nile en cada surco. Es el primero con el actual baterista George Kollias, ocupando el lugar de Tony Laureano. Movimiento de piezas aparte, tanto el single «Sacrifice Unto Sebek» como la producción de arte cual libro sagrado en su interior, revelan la lucidez creativa e identitaria de los de Greenville. La personificación de Sebek como el dios cocodrilo y el simbolismo del mal y la muerte en su figura. El culto a lo abominable que Lovecraft plasmó con detalle fotográfico hasta el hedor más escalofriante. El auge y ocaso del reinado de Ramsés II, el gobernante del Imperio establecido en las orillas del Nilo durante su era dorada.
Si bien el catálogo se ha renovado manteniendo el distintivo, el momento de claridad nunca fue tan brillante como en esos trabajos editados durante la primera mitad de los 2000. Black Seeds of Vengeance, una rareza en su momento, provocó un impacto considerable entre los amantes del death metal. Una firma quizás menos ortodoxa, pero con la personalidad requerida al momento de traspasar el umbral hacia lo desconocido. In Their Darkened Shrines llevó el asunto al siguiente nivel, le dio al género una enormidad que puede ser fascinar y, al mismo tiempo, privar de la razón hasta al más experimentado. Y cerrando una trilogía imbatible -incluso para sus propios creadores respecto a todo lo que vino después, Annihilation of the Wicked señala el punto cúlmine de un catálogo que, de ahí en adelante, mantendrá una cohesión que puede generar devoción absoluta por los fans del estilo, como saturar a quienes esperan otro momento angular como los trabajos mencionados. Desde toda óptica, hay una consistencia intransable y eso es lo que le ha llevado a Nile, como banda e institución, estar donde está durante más de un cuarto de siglo.
Todo lo que nació de la febril mente de Karl Sanders, y sus intereses por la epopeya de Alejandro Magno y el relato bíblico traducido en las dantescas producciones cinematográficas de Cecil B DeMille (Rey de Reyes, Los 10 Mandamientos, Sansón y Dalila), quién hubiese pensado entonces que le daría una base conceptual al death metal más allá del lugar común. Porque he ahí el propósito de Nile en cada una de sus producciones; transportar al oyente hacia la penumbra de las catacumbas malditas, donde Sebek esparce, desde su santuario, las semillas de venganza para aniquilar a los enemigos de Ra.
10 motivos brutales para ver a THE FALL OF TROY en Chile (2026)
Por Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
El debut de The Fall of Troy en Chile es, sin exagerar, un evento histórico para la escena del math-rock y el post-hardcore en Sudamérica. Después de décadas de espera, el trío de Washington finalmente pisa suelo nacional este 5 de marzo en el Teatro Cariola.
Aquí tienes 10 motivos de peso para que no te quedes fuera según SONIDOS OCULTOS:
1. El Debut Histórico
Es la primera vez que la banda visita Chile en más de 20 años de carrera. Para muchos fans, este es un «show de culto» que parecía que nunca iba a suceder. No verlos ahora es arriesgarse a esperar otra década más (o para siempre).
2. Celebración de los 20 años de Doppelgänger
La gira tiene un gancho irresistible: están celebrando las dos décadas de su álbum más icónico, Doppelgänger (2005). El plan es tocarlo de principio a fin, lo que garantiza un setlist cargado de nostalgia y técnica pura.
3. El Virtuosismo de Thomas Erak
Ver a Thomas Erak en vivo es una clase magistral de guitarra. Su capacidad para cantar líneas vocales complejas mientras ejecuta riffs de math-rock llenos de tapping y polirritmia es algo que hay que presenciar para creer.
4. La Energía del Power Trío Original
Acompañando a Erak están Andrew Forsman (batería) y Jon-Henry Batts (bajo/guturales). La química de esta formación es la que definió el sonido de la banda: un caos perfectamente controlado que suena mucho más grande de lo que tres personas deberían permitir.
5. Escuchar «F.C.P.R.E.M.I.X.» en Vivo
Es el himno generacional que muchos quemaron en el Guitar Hero III. Vivir el mosh y el coreo masivo de ese riff inicial en el Cariola va a ser uno de los momentos más altos del año para el rock alternativo en Chile.
6. La Acústica y Cercanía del Teatro Cariola
El Cariola es el recinto perfecto para este tipo de shows. Es lo suficientemente grande para que se sienta la potencia, pero lo suficientemente íntimo para ver de cerca cada movimiento de manos en el mástil de la guitarra.
7. Complejidad que te vuela la cabeza
Si te gusta la música técnica, The Fall of Troy es el estándar de oro. Sus estructuras no convencionales y cambios de tiempo constantes hacen que cada canción sea un viaje impredecible. No es solo un concierto, es una experiencia cerebral.
8. El Post-Hardcore de «Vieja Escuela»
Para quienes crecieron en los 2000 con bandas como The Blood Brothers o Circa Survive, este show es reencontrarse con esa energía visceral y cruda que definió una era de la música independiente.
9. Un Setlist Extendido
Además de tocar el Doppelgänger íntegro, la banda ha prometido repasar clásicos de otros discos como Manipulator e incluso material más reciente como el de OK (2016). Vas a escuchar temas como «Mouths Like Sidewinder Missiles» y «Act One, Scene One».
10. La Preventa aún está disponible (por poco)
Al ser un debut tan esperado, las entradas se han movido rápido. Todavía quedan algunos tickets en Ticketplus, pero considerando que es un show de nicho con fans muy leales, es probable que se agoten antes del día del evento.
Living Colour: un manifiesto de resistencia en 7 pasajes memorables (y del color que gustes)
Por Claudio Miranda.
Fotos en vivo Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
En 40 años de carrera, parece que se ha dicho todo respecto a Living Colour, al menos en el plano musical. Desde los suburbios neoyorkinos, surgió con ellos una propuesta de alta factura y, probablemente, impensada durante aquellos días en que el hard rock americano era sinónimo de ojos delineados, cabello escarmenado y pirotecnia instrumental con récords olímpicos de velocidad. Corey Glover en la voz y Vernon Reid en la guitarra, ambos conformando el núcleo motriz y creativo, apostaron por algo radicalmente distinto, potenciado con un discurso que apuntó desde el inicio contra la injusticia y los vicios culturales del ‘sueño americano’.
Unos buenos años antes de empezar a firmar con grandes sellos discográficos, Living Colour empezó cultivando un estilo ligado al jazz-funk a la usanza de Miles Davis y Herbie Hancock, con un filo punk de barniz político que recordaba bastante a contemporáneos con la jerarquía de Dead Kennedys y, especialmente, Bad Brains. Los de Washington DC son, por lejos, su influencia más directa junto a Talking Heads en lo que respecta a ropaje sonoro y actitud inconfundibles.
A estas alturas, hay una estatura musical que se presenta casi sola. La guitarra de Vernon Reid desborda eclecticismo e intensidad a raudales, un violero que se mueve entre el funk, el heavy metal, el jazz y otros estilos como quien surca los siete océanos y respira atmósferas distintas en apariencia. En la voz, Corey Glover no se limita a la pulcritud o llegar a todas las notas, sino que hermana bríos de espiritualidad e irreverencia en un mismo distintivo. En la batería, y como integrante fundador, Will Calhoun le da a los tarros una fuerza de tribu, mientras que el bajo de Doug Wimbish, tal como su antecesor Muzz Skillings, le da a su ‘voz’ en las bajas frecuencia una potencia de locomotora a vapor con momentos de trance hipnóticos.
Pero, ¿qué hace de Living Colour una banda hoy vigente y transversal después de 40 años? Tanto como la destreza técnica de sus componentes, o el apoyo de Mick Jagger en sus inicios antes de entrar al circuito de las grandes ligas, lo que prima acá es un discurso que engloba la protesta y la sátira en un distintivo que abrazan los amantes del punk, el jazz, el metal y todo lo que venga de ‘la otra música’. Y es que tanto como la jerarquía de su material desde la misma escritura, Living Colour ha puesto en el tapete una serie de conflictos y taras culturales que, digámoslo, los ha vuelto ante la industria y el público masivo como un bicho raro.
Desde la irrupción con el single «Cult of Personality», por lejos su éxito definitivo y más reconocible, notamos su fondo en el cuestionamiento hacia lo establecido. Lo hicieron The Clash y Gang of Four en el atardecer de los ’70s. Rage Against the Machine lo gritó con furia visceral durante los ’90s que no te contaron. Y para resumir lo que hace de Living Colour una banda necesaria en estos tiempos de incertidumbre y locura, aquí una selección de siete pasajes icónicos que reflejan el sentido de manifiesto y denuncia que los neoyorkinos curtieron desde la necesidad de comunicar la realidad sin florituras ni vueltas:
«Cult of Personality» (Vivid, 1988)
Una sátira inteligente y gráfica sobre la forma en que los líderes en el mundo se exponen ante la gente, con el objetivo de capturar la atención masiva hasta rayar en la devoción religiosa. El ‘Culto a la Personalidad’ y su uso como herramienta política por el régimen de turno para mantenerse en el status quo, siempre a través de la propaganda, la manipulación de la información oficial y la adulación ciega. Y cuando algunos se oponen a dicho régimen y generan incomodidad, deben ser silenciados por ser una amenaza contra el ‘bondadoso líder’. Tengas pensamiento de derecha o de izquierda, abarca todo espectro político -¿quién en su sano juicio sentaría en la misma mesa a un dictador malvado como Stalin y a un liberador pacifista como Gandhi?- y se aplica en contextos marcados por el fanatismo y la cerrazón. «Like Mussolini and Kennedy…». Simple, efectivo, provocativo y magistral con lo justo. El humor como pura inteligencia.
El uso de los samples de Malcolm X y John F. Kennedy, le da al corte inaugural de Vivid un brochazo de lucidez poco usual en el hard rock de la época. Las menciones a personajes históricos tan distintos entre sí, pero con un punto de encuentro: la atracción casi mesiánica en quienes veneran e idealizan a sus ‘libertadores’. Brillante y, desgraciadamente, aplicable a quienes aún sostienen que su credo u opción política los vuelve mejores personas que al resto.
«Open Letter (to a Landlord)» (Vivid, 1988)
Detrás de su estructura y desarrollo creativo hasta su memorable coro, hay una garrotazo en la cabeza hacia el implacable negocio inmobiliario. Un sistema capitalista que desplaza sin contemplación a las clases más desvalidas, con el fin de apropiarse de los sectores con menos recursos. Los sectores populares son los más afectados por el tema de las drogas y la violencia, conflictos sociales que rondan como factores de riesgo para la sociedad, pero que termina siendo perjudicando a los mismos de siempre: a quienes carecen del apoyo necesario y beneficia, cómo no, a los mismos que satisfacen su codicia obscena a costa de los despojados.
En su vena conmovedora, la pieza recalca el valor sentimental del barrio o vecindario que habitamos. El deterioro de los edificios va de la mano, nos guste o no, con la expansión de la ciudad y la urbanización cada vez más desenfrenada. Un vicio del cual ninguna generación podrá escapar mientras no haya alguien que traiga cambios y mejoras reales.
«Glamour Boys» (Vivid, 1988)
Una juventud obsesionada con lo superficial. La ropa y la fiesta, como si no hubiese un mañana, es lo único importante. Un recordado videoclip, con el personaje principal caracterizado como Ken -sí, el muñeco compañero de Barbie-, define el humor como rasgo de inteligencia asertiva por parte de una banda que hace cundir el humor ácido y filoso en una pieza musical de alta factura. Poco que agregar respecto a un misilazo dirigido a la cara de quienes insisten en aferrarse a sus privilegios. Y en estos tiempos de selfies y famosillos a punta de likes y escándalo por kilo, parece que suena igual de fresco y quemante.
«Time’s Up» (Time’s Up, 1990)
El tiempo transcurre hacia una sola dirección. El mundo es un desastre y tu alrededor es un derrumbe constante. A diferencia del temor descrito por Pink Floyd durante los ’70s, lo de Living Colour es un llamado a la acción inmediata desde la voluntad, a tomar consciencia de lo que nos espera si nos quedamos en el miedo sin hacer nada por remediarlo. «El tiempo no está de tu lado, no te quedes de brazos cruzados, tienes que intentarlo». El mensaje no puede ser más claro: no te preocupes solamente… ocúpate.
«Elvis is Dead» (Time’s Up, 1990)
El dicho ‘hombre muerto a laburar’ -como reza también una canción de Divididos- nunca se aplicó también como a Elvis Presley. El Rey del Rock, tras su muerte en 1977, ha tenido que lidiar con la forma en que su memoria ha sido violentada por quienes buscan sacar el mayor provecho económico de la leyenda. Desde grabaciones póstumas de dudosa calidad, hasta el descaro de ciertos medios y agencias de prensa que alimentan el morbo a través de noticias falsas y rumores de poca monta sobre su ‘muerte fingida’.
Notable el fraseo que se manda Little Richard en el ecuador de la pieza, donde reivindica la figura rupturista de Elvis y, al mismo tiempo, vapulea sin piedad a los ‘proxenetas’ que lucran sin escrúpulos con una trayectoria ajena. Más claro echarle agua.
«Love Rears Its Ugly Head» (Time’s Up, 1990)
El amor asoma su fea cabeza. Vaya título para un corte que derrocha blues, funk y soul a destajo, pero cuya letra aborda el aspecto más incómodo de una relación sentimental. La disfuncionalidad en un asunto de dos, donde el narrador relata cómo su entrega fervorosa hacia la otra persona no solamente no es correspondida como le gustaría, sino que lo sofoca hasta hundirlo en la miseria personal. El sample de la canción «Lush Life» de Nat King Cole, tiene toda razón de ser; es la conexión de dos relatos provenientes de diferentes épocas y estilos, ambos abordando una relación profunda que termina mal para quien siente que está entregando más que su contraparte. El amor, en todo aspecto, es un acto político.
«Auslander» (Stain, 1993)
Una denuncia feroz contra el racismo y los crímenes de odio. Lo suficiente para que los ejecutivos de MTV decidieran censurar su videoclip porque, en palabras del director Eric Zimmerman, «les preocupaba que el segmento racista de su audiencia en los estados sureños se sintieran ofendidos». Por paliza, el momento más político de Living Colour, y el más controversial por causa de quienes sostenían que la música debía reducirse a entretener porque «para lo otro están los noticieros». Zimmerman tuvo que reeditar él mismo el video – «lo autocensuré», admitió el cineasta hace unos años- y fue nominado al Mejor Video de Rock/Metal en los Premios MTV-Billboard en 1993.
Poco ha cambiado el contexto desde entonces. «Auslander» -«extranjero» en alemán- retumba igual de transgresora y combativa que hace más de 30 años. Y mucho más en estos días de alta turbulencia, con un matón en la Casa Blanca y una policía que ejerce conductas propias de una dictadura.

























