Por Claudio Miranda.
El catálogo discográfico de Graveyard trasciende por algo que va más allá de ‘no tener punto bajo’. Desde el arranque con su debut homónimo (2008), los de Gotemburgo han curtido una propuesta arraigada en el blues-rock de una era determinada. La jerarquía rebosante en trabajos como Hisingen Blues (2011), Lights Out (2012) y el confuso Innocence & Decadence (2015), proyecta el objetivo de una agrupación que no se contenta con «sonar igual a/como en…», sino que refuerza su propio lenguaje creativo mediante la evocación de una era que generaciones completas soñaron siquiera con vivir en ella. Tras poco más de dos años de silencio -producto de un quiebre interno que, por fortuna, terminó siendo una pausa-, el lanzamiento de Peace (2018) denotaba un nivel de contundencia e intensidad que disipó toda sospecha respecto a la naturaleza del retorno.
Casi media década bastó para que el próximo asalto, titulado simplemente 6, nos brindara una actualización del momento creativo en una banda que abraza la coherencia sin caer en el piloto automático ni la fórmula ganadora. Es que el sexto LP de Graveyard es, precisamente, la captura fotográfica de un presente rico en matices y momentos de emoción profunda, hermanando la visceralidad con el gradaje adquirido durante más dos décadas en la carretera. Y con el desastre pandémico de por medio, hay algo que le da al redondo un toque distinto, le proporciona una estatura considerable. Ahí donde muchos se empeñan aún por reinventar la rueda, mientras que el caso de Graveyard responde a una devoción casi sangrante por los sonidos del alma y las viejas usanzas.
Considerando la Opus de 2018 como parámetro de medición, 6 marca la diferencia desde el arranque con «Godnatt», una pieza cargada de atmósfera y melancolía en todos sus flancos. No solamente te da una idea de lo que Graveyard se trae en esta incursión reciente, sino que avisa al oyente respecto al momento idóneo para hacer girar el plástico: la noche. Y si bien «Twice» retoma la intensidad de los procesos anteriores, en ningún momento se siente fuera de lugar. Más bien, nos recuerda que la noche elige a sus hijos para cobijarlos en su techo de luciérnagas espaciales.
Llegando a «I Follow You» asumimos que los Graveyard más bravos y ásperos de hace una década, hoy abrazan la reflexión sin renegar en lo absoluto de sus raíces. Es cosa de poner la lupa en su progresión, de inicio con bruma y pausa y desembocando, de a poco, en un blues polvoriento que termina echando fuego a pura convicción. Esa misma convicción que le da a «Breath In Breathe Out» un brochazo de espiritualidad que acaricia el alma. Coros femeninos al más puro estilo del soul, la música negra hablándole a las fuerzas celestiales. Un capítulo de enormidad y trascendencia que grafica la estatura de Graveyard respecto a otros nombres del género.
Puede resultar llamativo lo que evoca Joakim Nilsson en la voz, eso que nos recuerda tanto a Nick Cave y Mark Lanegan. En «Sad Song» dichas influencias van mucho más allá; una pieza que te acaricia el alma, no desde el lugar común sino desde el propósito de hablarle al oyente directo al corazón. Como pasa con los libros, Graveyard aplica el mismo principio a la música. No se trata solamente de dirigirse a un público determinado sino de buscar a quien se dispone a la conexión mediante un solo sentimiento. Pensemos en Comets on Fire, otro nombre referencial del sonido pesado a la antigua en los 2000, porque es aquella emoción profunda la frecuencia sintonizada por estas bandas que eligieron el canal de las viejas formas. Y el resultado es tan demoledor como bello desde su concepción.
De la forma en que «Just A Drop» denota lo amplia que es la paleta de colores a disposición del todo, «Bright Lights» resalta la importancia de la luz bien canalizada. Una muestra absoluta de cómo Graveyard mueve su huella dactilar a través de la escala de grises hasta dar con el punto lumínico deseado en cada punto del cuadro. Por supuesto, no es una luz que golpea de entrada, sino una que se abre paso lentamente en medio de la nube negra que parece sumirnos en la catástrofe diaria. Sutil en su amanecer, potente y fogoso a medida que la luz se expande hasta en el rincón menos pensado. Es la luz que brilla en un corazón ennegrecido por la amargura.
En plena recta final, «No Way Out» se abre como un espiral ascendente, incluso en la hora más oscura. Y abrochando la placa, «Rampant Fields» expande sin debate que valga su halo de catarsis, todo con una destreza tan extraordinaria como la virtud de comunicar una idea con lo justo en palabras. Notable el final tras la erupción de ideas y sensaciones, con ese corte que nos pilla desprevenidos. Inteligencia y emoción pueden ir de la mano, y el efecto logrado es el que no necesita ser anunciado para dejarte ‘marcando ocupado’.
Donde el groove iracundo, el riff incendiario y las guitarras cochambrosas forman parte del ADN, en 6 todo aquello cede su espacio hacia la atmósfera y el contraste. La marcha lenta y la melodía hermanadas en un distintivo que se aferra a su integridad y, a la vez, adopta un temple mucho más intimista en comparación a la extroversión de Peace. La batería de Oskar Bergenheim luce más en la pegada que en la habilidad, mientras que Joakim Nilsson y Jonatan Larocca-Ramm en las guitarras imponen su sello, con la misma sabiduría que les permite ceder protagonismo al cuadro en su totalidad. Un conjunto que completa el bajista Truls Mörck, responsable de transformar las bajas frecuencias en el puente entre sonido y fuerza, siempre con esa voz que con poco dice mucho. Es la coherencia propia de una de las bandas suecas más importantes de las últimas dos décadas, incluso por sobre un género o una estética. Ahí radica la madurez y la contundencia en Graveyard, mucho más cuando solemos pensar que ya sabemos para dónde van. A veces para avanzar y crecer, hay que mirar hacia atrás y observar nuestro propio espacio.
Este artículo ha sido visitado 4 veces, de las cuales 4 han sido hoy