Por Pablo Rumel.
A veces los papás se enojan. Se mandan cagazos. Y se mandan a la chucha. Y luego se vuelven a juntar, pero muchas veces los finales ya estaban escritos de antemano. Más o menos así es la historia de Megadeth, con ambos progenitores, Mustaine y Ellefson, comandando la nave, para luego estrellarse, ir cada uno por un lado y luego reunirse. Cuánto hizo el colorín por la banda es algo sabido, fue su proyecto, su venganza contra la otra M, pero ¿qué hizo Ellefson y cuál fue su aporte sonoro y compositivo en la banda? Vamos a examinarlo, y con lupa.
EL BAJISTA COMO LANCERO
Si tocar arriba de un escenario fuera una batalla, el bajista se asemejaría mucho al rol del lancero. Parece discreto e insignificante. No lo es. Incluso cuando en cierto tipo de metal, el bajo es inaudible o reemplazado por pistas pregrabadas (¡O hasta por una pista de midi!).
Lo cierto es que el bajista no suele llevarse los aplausos, al no estar en la vanguardia, con la espada filosa de los solos o la carga de la caballería pesada, ni en la retaguardia, orquestando la rítmica de la batalla; los lanceros no van atrás ni adelante, van al medio, cumpliendo un rol estratégico de control del espacio y estabilidad del frente: gracias al alcance de la lanza y a su combate en formación cerrada, impiden el avance enemigo, protegiendo al ejército frente a la caballería, fijando al adversario en combate directo, y permitiendo que otras tropas puedan maniobrar.
En el metal, salvo casos excepcionales, el bajo otorga peso al resto de cuerdas, guía a la batería en la rítmica enfocándose en el bombo y en la caja, y en líneas generales, actúa como ese lancero de la antigüedad, permitiendo que el filo corte, el ritmo machaque y el vocalista haga lo suyo.
Pero acá no estamos para hablar del instrumento, sino de Ellefson, quien pese a militar en una docena de bandas, incluyendo proyectos propios como Ellefson-Soto, Altitudes & Attitude, o atacando con las cuatro cuerdas en bandas míticas del género como Metal Church (desde 2025), o relativamente jóvenes como Metal Allegiance, la letra “M” ha sido una constante en su vida, por Megadeth, claro, pero también por Mustaine.
LA REUNIÓN CLAVE: UN MACETERO Y EL GRITO
El encuentro fue en Los Ángeles, 1983, cuando un adolorido y enrabiado Mustaine, tras ser pateado de Metallica, oyó en uno de los blocks donde vivía el sonido estridente de un bajo. A gritos, tratando saber quién era el desconocido que atronaba las cuatro cuerdas, y no pudiendo captar la atención del músico, el colorado agarró un macetero y con su mejor puntería lo lanzó contra el balcón de donde provenía el sonido. Ellefson, asustado, salió al balcón, y así fue como tras un escueto diálogo, ambos Davids (recordemos que es David Mustaine pero enchulado como “Dave”), decidieron concretar lo que el colorín venía masticando hace semanas: una venganza colosal.
Y así fue como Dios los crío y el diablo los juntó. De un maceterazo nació Megadeth. Con su enorme cantidad de músicos. Y sus polémicas. Y sus grandiosos discos. Y sus caídas, claro, porque la vida, sobre todo la de los músicos, es dulce y agraz, y muchas veces más agraz que dulce.
EL SONIDO DE LA MEGAMUERTE Y LA CONTRIBUCIÓN DE ELLEFSON
Para nadie es un misterio que los cuatro primeros discos de Metallica nacieron de la matriz compositiva de Mustaine, con esos riffs intrincados, de rápida ascendencia y descendencia, como el sonido de una araña asesina y filosa, con ataques golpeados y sucesión de estructuras espiraladas y espásticas.
El thrash de Megadeth desde el día uno fue distinto: siempre se destacó por evitar la mera sucesión de acordes cromáticos, y la velocidad por la pura velocidad, jugando con tiempos medios, creando intros con cuerdas lentas y pesadas, y acelerando la máquina, entremedio de los solos, asesinos y destructores. Se siente más la influencia de Black Sabbath, Motörhead e incluso los Zeppelin, por ejemplo, que de los Sex Pistols (que lo hay, pero en menor dosis) o Ramones.
«Killing is My Business» era un disco que estaba ya cocinando en la cabeza de Mustaine, y el rol de Ellefson fue aportar las líneas, contundentes y sonoras, distinguibles del cuerpo de la distorsión, sin apartarse del modelo compositivo, y haciendo las backing vocals.
Ya es en el «Peace Sells» cuando toma mayor protagonismo, sin componer ni escribir material, está la mítica entrada de la canción homónima del disco, con esas líneas características de entrada, o en «Devil Islands», secciones donde oímos la galopa desnuda, con todo el filo de su resplandor.
Tenemos que llegar al «So Far, So Good…» cuando recién oímos sus dos primeras composiciones escritas, junto a Mustaine: la bailable y rítmica «Liar», densa y ligera, y la artillera y pesada «Hook in Mouth», con harta línea de bajo audible, mala leche y vil como un buen gancho en el hocico. En cuanto a letras, lo tenemos coescribiendo junto a Mustaine la sentida y lúgubre «In My Darkest Hour», con fuerte enfoque en la acústica de entrada y en el fraseo punzante de la rítmica, o la clásica «Mary Jane», un intento de llevar la psicodelia al metal.
EL DISCO DORADO: RUST IN PEACE Y LA SALIDA DEL THRASH
Como vemos, el rol de Ellefson fue acrecentándose, pasando de punto fijo como lancero, a corazón y cerebro de la banda. Es cierto, su peso como compositor y letrista nunca fue dominante, pero en Rust in Peace oímos una composición netamente suya, «Dawn Patrol», breve, menos de dos minutos, oyendo sólo líneas de bajo y batería, acompañada por la voz del colorado, una canción que sirve casi de entrada al epílogo del disco, la brutalísima «Rust in Peace… Polaris», una entrada rítmica que se oye a las patadas, entre riffs arrastrados y percusiones endiabladas, con el fraseo de las seis cuerdas característico de la banda, como un blues pasado por una plancha de zinc llena de clavos y óxido.
El Rust puede interpretarse como el canto del cisne de la banda respecto a la composición violenta y cruda. No abandonan la rabia, pero ya con el Countdown y el Youthanasia los decibeles bajan, al igual que las marchas, marcando una etapa de discos memorables hasta el Cryptic Writings.
En esta etapa noventera, para muchos el año en que el metal casi murió, principalmente por el ascenso y caída del grunge, y la llegada de nuevos estilos como el nu-metal, Megadeth contuvo la marea, y Ellefson firme, como buen lancero, se involucró en clásicos de la banda como «Architecture of Aggression», y ya de lleno en el Youthanasia, un disco más abierto, menos Mustaine, que también tuvo como co-escritores a Friedman y Menza.
Fue precisamente el ingreso de Friedman que desestabilizó la participación de Ellefson, quedando relegado a un tercer plano durante el Cryptic, pues el guitarrista pasó a liderar con mayor peso la composición y los arreglos, hasta que llegó el desastre de Risk, que por respecto a los lectores daremos un salto.
UN EPÍLOGO PARA EL LANCERO
El Risk fue un riesgo, un disco que terminó con la era dorada de Megadeth, que obligó a reformular el proyecto y a probar nuevas alineaciones, que terminaron con el «The World Needs a Hero», un disco reguleque, con poca pegada, pero infinitamente superior al Risk.
Desavenencias, peleas, problemas con derechos y créditos, terminó con la alianza Mustaine-Ellefson, hasta una nueva, nueva, nueva reformación con el «Th1rt3en», y su reciente salida en 2021 por problemas personales y con la justicia.
Ellefson no fue cerebro ni profeta, y tampoco lo necesitó. Fue el tipo que sostuvo la estructura mientras Mustaine incendiaba el edificio, el que dio cuerpo, peso y continuidad a una banda obsesionada con la precisión y el control del caos. Su aporte no estuvo en la firma rimbombante ni en el discurso ideológico, estuvo en esa arquitectura sónica que evitó el derrumbe de la Megamuerte.
Cuando el lancero cae, el frente se resiente; cuando vuelve, la formación recupera sentido. Megadeth sin Ellefson pudo seguir tocando, pero Megadeth con Ellefson sonaba a Megadeth, y esa diferencia, sucia, poco glamorosa y decisiva, explica por qué su sombra sigue siendo más alargada que cien mil solos de guitarra.
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