First and Last and Always: El perpetuo dolor de The Sisters of Mercy
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda.

Un caso extraño el de The Sisters of Mercy. Hasta injusto, por el destino que le tocó respecto a otras luminarias con más arrastre y trascendencia. Como suele pasar en estos casos, la historia siempre estará lejos de sus próceres más ocultos. Junto a The Cure y Bauhaus, los de Leeds tomaron la ruta que empezó a forjar Joy Division, con un toque de psicodelia con bruma fúnebre. El negro, la ausencia absoluta de color y luz, se volvió un rasgo de identidad para la juventud, y tanto la tristeza como la desesperanza se proyectaron en la música con la honestidad que implica encontrar el vació existencial en nuestras vidas.

Cuando hablamos de The Sisters of Mercy, en primer lugar, es justo y necesario recalcar la figura de su líder e ideólogo principal, Andrew Eldritch. Un proyecto solista en toda su forma y esencia, y con todas las razones del mundo. El único integrante que ha permanecido en todas las formaciones y etapas, las cuales contaron en su momento con las guitarras de Wayne Hussey -sí, la voz y alma de The Mission-, y Gary Marx. Aquella formación inicial la completaba el bajista Craig Adams, quien mantendría sus lazos musicales con Hussey en The Mission. Llamativa es la mención a Doktor Avalanche en las baterías; el nombre-clave que recibe la Oberheim DMX, la caja de ritmos que terminó por definir el azote sonoro de la new wave y el synth-pop en su etapa dorada.

Pese a los conflictos personales que hicieron de Andrew Eldritch un personaje complicado de llevar para sus colegas, así al más puro estilo del eterno Brian Wilson, el entonces cuarteto -o quinteto, si contamos a Doktor Avalanche– dejará su huella en un LP debut que terminará definiendo toda una biósfera subterránea. Y es que si bien los EPs Alice y The Reptile House E.P. (ambos editados en 1983, con el guitarrista Ben Gunn), el lanzamiento de Body and Soul (1984) significó la captura precisa de un momento creativo, donde la llegada de Hussey le dio a los de Leeds el envión suficiente para que First and Last and Always por fin viera la luz en 1985.

Las sesiones de grabación no pueden ser más arduas. Su extensión entre junio y noviembre de 1984 resume lo complejo del proceso, incluyendo el retraso de las sesiones debido a que Eldritch trabajaba a la par en las letras, todas inspiradas en su difícil momento personal. Un doloroso trance sentimental y una adicción que lo tiene al borde del abismo, entre ellas hay un fondo de desconsuelo y amargura que le da al largaduración un distintivo incluso dentro de su hábitat natural. Al mismo tiempo, el perfeccionismo casi obsesivo de Eldritch implicaba en decisiones como volver a grabar hasta dar con su versión definitiva. Y es que Eldritch buscaba exhaustivamente la grandeza creativa, incluso sin importar la cantidad de semanas desperdiciadas en el estudio y el consecuente gasto económico. Un genio creativo por vocación.

Publicado un 11 de marzo de 1985, First and Last and Always presenta de cuerpo completo a la banda que era, en todo su esplendor. Desde el arranque con «Black Planet» queda en evidencia la propuesta de una agrupación se dispuso a ir más allá respecto a sus contemporáneos. La siniestra y alienígena voz de Andrew Eldritch comanda el descenso hacia los lugares más recónditos de nuestra condición humana, mientras las guitarras de Gary Marx y Wayne Hussey -este último aportando también en teclados- se respaldan en el firme bajo de Craig Adams. Un comienzo orientado a situarnos en la niebla mortecina antes de la explosión de energía con «Walk Away», el hit-single de First and… y un momento obligatorio en el repertorio de The Sisters of Mercy. Directo, urgente y efectivo, un pasaje memorable con un coro que llega a la cima para bajar en cada pasada. Por algo, una década más tarde, la versionó Paradise Lost durante las sesiones de Draconian Times (1995). Y si bien Doktor Avalanche no es más que una máquina en el papel, los redobles que en cada extremo de la pieza definen la importancia del recurso como un favor a la idea y no al revés.

A medida que avanza la placa, notamos la brillante distribución sintáctica que hace de First and… un trabajo variado y ecléctico dentro de su espectro mortuorio. Así como «No Time to Cry» rescata elementos de los Cure más tenebrosos, en «A Rock and a Hard Place» la intensidad nos remonta a los días de Joy Division en Unknown Pleasures (1979), pero con el toque personal que Andrew Eldritch le imprime a su ‘criatura’. El bajo de Craig Adams se basta de lo justo para grabar su sello a fuego. Y es, precisamente, eso lo que hace de The Sisters of Mercy una propuesta menos amigable que sus contemporáneos. Su ritmo constante no necesita saltar por todas partes ni cambiar de compás ni de dinámica. Con lo justo en destreza instrumental, expele una vibra demoledora, implacable y repetitiva, denotando una intención a prueba de toda crítica ‘especializada’.

«Marian (Version)» es mucho más que el cierre de la cara A. Es una canción de amor, el reflejo del quiebre amoroso que Eldritch estaba experimentando durante un período crucial. Una llamada de amor devoto que, sin embargo, tendrá su contrapeso en «Some Kind of Stranger», la que da punto final a la cara B y, por ende, al álbum. Los dos rostros de un sentimiento al cual Eldritch siempre se aferró hasta superar el umbral del dolor.

Si en la cara A del disco predomina el aporte de Wayne Hussey en la escritura musical, en la siguiente cara de First and… es Gary Marx quien se anota en los créditos como generador y responsable. Y es en la pieza titular donde podemos apreciar las diferencias tan sutiles como notorias. Si la primera parte contiene pasajes memorables, en la segunda se presenta con momentos quizás no tan estelares, pero sí mucho más expansivos y ricos en matices. Como lo que ocurre en «Possession», con el bajo de Craig Adams retomando nuevamente el protagonismo, pero menos incisivo y priorizando el gusto melódico. O en la más solemne «Nine While Nine», con la repetición consagrándose como rasgo fundamental. Por cierto, Andrew Eldritch es un fan acérrimo de Motörhead, una institución que reivindicó la monotonía como una señal de consistencia.

Las guitarras de Hussey y Marx en «Logic», despuntan en forma ajustada, aumentando la intensidad en el lugar y momento indicados. El dramatismo en este pasaje responde al impulso de Eldritch por exorcizar sus demonios hasta el último aliento, lo que se aprecia en el resultado final. Y culminando el viaje, la mencionada «Some Kind of Stranger» sumergiéndonos en la frustración del desamor hasta hundirnos en el letargo más profundo. Un pasaje que, por cierto, invoca el fuego helado de Joy Division (Ian Curtis) y lo transforma en su propiedad, siempre desde la pérdida que ambas agrupaciones respiran dentro del mismo ecosistema.,

Puede que el siguiente «Floodland», con Patricia Morrison en bajo y voces, tenga mayor jerarquía y mejor calidad en su producción. Es probable que los fans más a ultranza defiendan a muerte el viraje hard rock en Vision Thing (1990). De la misma forma, podemos asumir que las decisiones de Andrew Eldritch terminaron jugando más en contra que a favor cuando nos referimos a la permanencia cultural. Incluso la prensa musical de la época vapuleó el disco, acusándolos de ser ‘otro cliché’ de la entonces floreciente dark-wave. Pero es precisamente todo eso, incluyendo el efecto sofocante en cada escucha, lo que le da a First and Last and Always una identidad en comparación a otros nombres que prefirieron asomar la cabeza hacia la superficie. Ni siquiera la disolución de la formación, ni las peleas entre Eldritch y su ex compañero Hussey, podrían socavar lo que ambos y Gary Marx escribieron para después darle forma y movimiento en el estudio. Vital ahí fue el aporte del productor David M. Allen, más conocido como el supervisor del catálogo de The Cure en su fase imperial.

Son cuatro décadas de un álbum que compensa la falta de legibilidad con una potencia descomunal en su escritura. Fue un momento creativo irrepetible, en todo aspecto. Por mucho que terminara siendo ‘el bebé’ de Andrew Eldritch, The Sisters of Mercy fue alguna vez la simbiosis entre la conjunción de talentos individuales y un propósito consistente que los propios Ministry, al otro lado del Atlántico, emularon con más agresividad y (mucho) ruido. Todo lo que le da al primer gran capítulo de The Sisters of Mercy un lugar merecido como piedra angular de todo un movimiento. No se entiende de otra forma el perpetuo dolor por el cual suelen transitar las Hermanas de la Piedad en tiempos de carencia.

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