THE HAUNTED EN CHILE: CORTANDO LAS CUERDAS QUE NOS ATAN
Cargando
Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda

Fotos Rubén Garate

Es un caso singular el de The Haunted. Sus dos primeras placas -The Haunted (1998) y Made Me Do It (2000) marcaron un punto angular durante el cambio de milenio; la reivindicación del viejo thrash metal desde el impulso de expresión, un lustro antes de que la estética retro-thrash ’80s se volviera un paisaje cotidiano en la escena metalera de las últimas dos décadas.

Entre el constante movimiento de piezas durante los 2000 y la orientación cada vez más experimental en los trabajos siguientes, el fenómeno de los suecos mermó hasta convertirse en un culto para quienes aún les seguían la pista. Con el retorno definitivo de los históricos Marco Aro y Adrian Erlandsson en 2013, la suma del guitarrista Ola Englund fue interpretada como un augurio de renacer tras sus buenos años con la brújula extraviada. Exit Wounds (2014), Strength in Numbers (2017) y el más reciente Songs of Last Resort (2025), todos lanzamientos curtidos a fuego lento, disipan toda duda respecto a una agrupación con mucho que decir en términos de creatividad y expresión. 

El ‘romance’ entre The Haunted y Chile no escapa en absoluto a la curiosidad. Dos visitas anteriores, ambas en contextos muy distintos. El primer y más lejano cara a cara fue en 2000 -ex Estadio Chile, junto a Destruction e Immortal-, con el debut homónimo aún fresco y a solo semanas de que Made Me Do It implicara el paso de la revelación a la realidad. El segundo encuentro fue con Versus (2008) bajo el brazo y, para entonces, hablar de The Haunted era referirse a otra vieja gloria dando palos de ciego. Y tras 18 años de ausencia por estos rumbos, la banda vuelve a nuestro país reclamando el trono con derecho propio. Y sus últimas tres placas conforman un argumento potente para dejar en claro que su naturaleza de pioneros sigue intacta y rebosante de frescura. Acá en el Sur del Mundo lo sabemos. El peregrinaje va, aunque sea una minoría.

A eso de las 20 horas, la jornada tendrá su puntapié inicial con Projector. Los nacionales viven un momento fulgurante con el lanzamiento de su segundo LP titulado Before the Last Light, recién salido del horno y del cual salen a desfilar bombazos del calibre de «What You Really Need?», «Solitary Ascension» y «Kakistocrasy». Uno de los trabajos más esperados a nivel local, lo que se traspasa a un despliegue en vivo donde todos, literalmente, cumplen sus funciones con una precisión de relojería. El desempeño de Rodrigo Salazar no se limita a su extraordinario despliegue vocal, sino que ofrece espectáculo como quien disfruta y se mueve en su casa. Y es que, por muy obvio que parezca, hablamos de una banda que tiene y desborda escenario. En las guitarras de Rodrigo Bocaz e Ignacio Yañez gravita un estilo donde la huella de In Flames y Dark Tranquility expone rasgos de distinción en un campo que los chilenos llevan cubriendo durante poco más de una década. Hablamos de una banda a la cual le sobra el oficio suficiente para entusiasmar al público presente, incluso sabiendo que su sonoridad no responde precisamente al gusto masivo. Algo que sus intérpretes saben a la perfección y lo traducen sin discusión a un show redondo.

Con los horarios avanzando en pleno orden, llegó el turno de Madbrain. Una veterana banda ecuatoriana, con casi tres décadas de recorrido -1998, el año fechado en el sitio Encyclopedia Metallum- y un estilo arraigado en el sonido groove con brochazos de metalcore a la usanza de Machine Head. Vienen acompañando a The Haunted durante la actual incursión sudamericana, y les bastó cerca de 30 minutos para que «Respiro», «El Tiempo es Hoy», «Ira, Odio y Valor» y «Resurgir» espejaran el grito de lucha y protesta que le da un carácter combativo a su estilo. Desde la mitad del Globo, la entrega y la interacción con el escaso público presente a esas horas fue una constante. Un show bien preparado, al mismo tiempo, deja más dudas y certezas respecto a la identidad y el propósito de una banda que recurre a los mismos trucos para ganarse a la gente, como un desinflado intento de «wall of death». Escenario hay, pero también importa el momento memorable, lo que deja una canción -o una obra- y la forma en que se traspasa. Y para el trayecto que lleva una banda formada durante el atardecer de los ’90s, es inevitable preguntarse qué tan necesaria fue su presencia en el cartel de anoche.

El regreso de The Haunted, minutos antes antes de que el quinteto apareciera en el escenario de calle San Diego, se tradujo a la presencia de poleras de In Flames y At the Gates, banda integrada por Jonas Björler y Adrian Erlandsson en sus días formativos. Poleras que compartieron espacio con las de gigantes como Slayer y Entombed. Y es que el propósito de The Haunted fue compilar las distintas expresiones del metal extremo en Suecia y el orbe, forjando así un distintivo que balanceara las viejas formas con un ropaje de sonido lustroso. Un antecedente que basta para congregar a una fanaticada que, contra todo pronóstico, abarcó un rango etario entre veinteañeros y metaleros ya cerca de los 50. Ese segundo grupo, con toda seguridad, supo de la existencia de The Haunted en nuestro país a través de medios como la entrañable revista nacional Grinder. Hay un tema generacional que, empero, no se siente marchito, sino todo lo contrario: el público de The Haunted se renueva de manera natural, sin recurrir al gancho publicitario con que los grandes nombres suelen prometer más de lo que cumplen.

El comienzo del show fue derechamente matador. «Warhead» e «In Fire Reborn«, ambas de su placa más flamante, conformaron el aviso explosivo de un presente auspicioso. La banda en plena forma, un Marco Aro que gesticula y se acerca radiante al público. Tanto su ladrido con marca registrada «made in Sweden» como su desplante escénico, te dan como resultado una bestia que se basta de sí mismo para echarse al bolsillo al público. Un set que se toma el orden y tiempo necesarios para que «99» y «Trespass» asomen de un patadón y retumben como los clásicos de siempre. Nos quedamos cortos, incluso, si afirmamos que The Haunted no defrauda en absoluto. 18 años de espera que se borran de un plumazo, y presentando un repertorio donde la balanza se inclina levemente hacia el material clásico. Esencialmente, sus primeros dos trabajos, los que cimentaron las bases para toda una generación, tendrán sus momentos más destacados a medida que se construya la noche. A pura resistencia, como la batería de Adrian Erlandsson lo esboza en su pegada. En el mismo plan, Jonas Björler ejerce su labor de pivote en las bajas frecuencias con una firmeza que habla lo justo sin dejar espacio al cuestionamiento. El metal, según The Haunted, tiene su manantial en Slayer. Y hay un par de momentos creativos, al menos, que transforman la hipótesis en un hecho verídico, siempre con argumentos serios y sin vueltas de relleno.

La segunda parte del set arranca con la dupleta compuesta por «The Flood» y «The Medication», ambas embajadoras del interesante pero no tan certero The Dead Eye (2006). Queda la sensación de que, a pesar de la confusión durante esos años, la banda asume que dicho material ha sabido madurar en vivo con los años. La parada en «D.O.A.», del aclamado One Kill Wonder (2003), se complementa con sus antecesoras en una sección dedicada a sus fans más a ultranza. En la misma línea, hay espacio y tiempo suficientes para apreciar las bondades de una agrupación que equilibra intensidad y peso con una resistencia a prueba de todo. Es ahí donde te das cuenta de lo que se manda Ola Englund en las seis cuerdas. Un músico de raza que adapta su talento a lo que realmente importa, armando junto al ‘jefe’ Patrik Jensen una dupla asesina. Por supuesto, Jensen tiene claro que su labor en la guitarra rítmica, como escritor principal e intérprete versado, se potencia con la entrega requerida ante un público que recibe tamañas ráfagas de catarsis. Es lo que atrapa de esta versión de The Haunted, desde su recomposición hace poco más de una década hasta hoy; ¿cuántas bandas en el género, por no saber dosificar la energía en vivo, terminan estresadas hasta brindar trabajos de nivel irregular o, simplemente, se hunden progresivamente en el silencio sin previo aviso? ¿Cuántas otras bandas con propuestas quizás más sofisticadas o más brutales, muchas jactándose de su destreza clínica y el maquillaje en el estudio, terminan ofreciendo un show plano, sin atmósfera y con matices nulos?

Da la impresión, empezando el tercer y último tramo del show, que lo más devastador y potente de su arsenal se guardó para el momento indicado. Porque tras la aparición de «No Compromise» -una de las representantes de rEVOLVEr (2004) en el actual repertorio, «In Vein», «Undead» y «Hate Song», las tres del LP homónimo del ’98, caen como misiles en plena zona de desastre. La atención a uno de los LPs debut más apabullantes en el metal extremo, es compartida en este punto con el supremo Made Me Do It, trabajo de estatura superlativa y que aporta acá con pilares del tamaño de «Hollow Ground» y la suite «Dark Intentions» / «Bury Your Dead». Como en el arranque del monstruo del 2000 y en el LP en vivo Live Rounds in Tokyo (2001). Y en ambos registros, Marco Aro es el grito mandante. Aro llegó en 1999 y estuvo solamente un lustro de años durante el período dorado de The Haunted. Dejó una marca grabada a fuego antes de su partida por asuntos familiares, un espacio que el regreso de Peter Dolving -el cantante original, retornado en 2003- pudo cubrir en su justa medida. En varios pasajes del show, Aro se acerca al público en la barricada y le da la mano a algunos fans eufóricos. Es un acto de comunión que, literalmente, diluye los largos años de ausencia por estos rumbos y devela un efecto purificador que surte, ante todo, en un público que los veía en acción por primera vez. Aro es un frontman de naturaleza silvestre, desde la sangre. Ya no los hacen así. Es una estirpe que hoy parece de una época irrepetible.

Fueron cerca de 80 minutos de violencia sónica en su sentido más literal, redondeados en el bis con «All Against All» y «Bullet Hole». El minutaje suficiente para echar abajo un teatro como si fuera un recinto arena. Volviendo la mirada al presente de los suecos, habrá que estar atentos a lo que se viene. Songs of Last Resort, desde el estudio al directo, confirma un estado de gracia y confianza que atraviesa todas las barreras pensadas. Y por la respuesta del público, esperemos que no pasen nuevamente tantos años para un siguiente encuentro. Está la certeza de un ciclo saludable para una banda que optimiza y preserva su estilo inconfundible, tomándose el tiempo suficiente para extender su discografía sin ceder a las presiones del mercadeo de los sellos. La misma rúbrica que nos empuja a cortar las cuerdas que nos atan a la rutina diaria, es la que le da a The Haunted un distintivo que renace con estatura imperial en medio de la paranoia de los tiempos.

Este artículo ha sido visitado 11 veces, de las cuales 11 han sido hoy

Equipo SO
Director/Columnista
Más del autor