Por Pablo Rumel
Recordaremos a octubre por su nutrido panorama musical, por las lluvias intensas y anormales, y por supuesto que por la visita de Mortiis, reimaginando en escena su clásico «The Smell of Rain» y mostrando parte de su nuevo trabajo «Ghosts of Europe». Si la última vez tuvimos al músico noruego en formato Dungeon Synth, solo armado con teclados, en esta nueva encarnación lo veríamos frente a una banda industrial, a lo Trent Reznor o Ministry. ¿Cumplió las expectativas o el peso del pasado le jugó en contra? En Sonidos Ocultos estamos para contarte la firme.
LOS UNDERBRAIN: TECNO AGRESIVO
Armados de un teclado y un guitarrista, y lanzando por pistas la percusión y los bajos, los liderados por Felipe Pino ingresaron a las 20 pm a la Sala RBX con su propuesta tecno metal, un cóctel dinamitero que orbita entre la primera etapa de Marilyn Manson, por el desgarro de las voces y las guitarras arrastradas, filosas y cortantes, pero con una rítmica bailable que dialoga con otras propuestas como los noruegos de Combichrist o Suicide Commando, con líneas de bajo electrónicas marcadas, repetitivas y marciales, con sonidos sintetizados sucios, pura tecnología digital sulfatada y corroída por ácido.
Banda de nueva factura, se encargaron de estrujar su escueta discografía compuesta de un larga duración y un puñado de singles, tocando la electro-dark «Damage Control» o la apocalíptica «Disaster». La guitarra fue un elemento casi percusivo, con acordes cortos y golpeados puestos al servicio de una rítmica golpeadora y abrasiva. Rodrigo Drag, cual maestro de ceremonia-dark, potenció ese sonido industrial con teclados que planeaban entre lo atmosférico y fantasmal, sumando líneas robotizadas.
Felipe Pino, en la voz, entregó los matices a esta ordalía tecnoapocalíptica, a veces con filtros cortantes y levemente saturados, raspando las vocales en fraseos sostenidos, y moviéndose cual comando cyberpunk en medio de una batahola de ondas digitales. Mención especial a la performance de Santrísima, que cual odalisca cableada con neurotransmisores, se movió como una marioneta furiosa ya al cierre de la presentación.
LA CRUZ DE MORTIIS: DE SUPLICIO DE ESCLAVOS A SÍMBOLO DE REDENCIÓN
La escenografía fue sencilla, pero tremendamente efectiva. Dos pendones, uno con un Mortiis siendo crucificado en compañía de seres narigones y deformes, y otro, que cual profeta redimido, aparece mirando al horizonte junto a un grupo de seguidores encapuchados a quienes apenas podemos ver sus rostros.
Y operando bajo esa misma teología, es que oímos el arranque de «Ghosts of Europe» en penumbras, con un Mortiis vistiendo una capucha estilo grimdark, un remedo de máscara deforme con una corona de espinas, y que cual velo, nos llegó esa voz como un hilo, agudísima y quebrada, evocando a una Europa desierta o en ruinas en medio de llanuras.
La Sala RBX, que había transitado de una ecléctica unión entre industriales, góticos y metaleros, de pronto se convirtió en otra cosa: más que en el coro de una misa, parecía una cripta de cristianos primitivos, esos que eran colgados en cruces para el divertimento de las masas o arrojados a los leones en los circos romanos. Y es que una música tan sugestiva, que va de lo electro-pop , pasando por los acordes largos de los teclados que evocan al Vangelis de «Blade Runner» hasta los ataques rítmicos y pesados, necesita una imagen, una estética chocante —el gran legado de Alice Cooper— y Mortiis, sabiendo que su rostro goblinesco es parte de la atracción, utilizó este recurso ensalzado de misterio.
«Marshland» fue el verdadero arranque de la banda. La gran baza en el escenario fue la batería al mando del estadounidense Jon Siren, con amplia experiencia en el mundo del rock industrial. Y aquello se notó desde el arranque: con una batería microfoneada con especial atención en los bombos y las cajas, entregó ese elemento percusivo bélico, que demandaron los clásicos del «Smell» como «Marshland» o «Flux/Mental Maelstrom», con fuertes resonancias y redobles en la caja, y un swing siniestro bombeado con el hi-hat abierto y cerrado, sumado a un bombo seco que marcó las líneas de bajo sintetizadas.
Por su lado Mortiis, sin ser la clase de cantante virtuoso que desgarre su voz hasta lo indecible, ni la retuerza a decibeles que saturen los parlantes, entregó lo suyo: con un timbre suave y matizado por efectos de megáfono y algunas notas más tenues, entregó momentos de dulzura romántica, entre susurros y algunos ataques más cercanos al grito y a la expresión violenta.
Gran momento en la sala cuando se interpretó «Scar Trek/Parasite God», en un formato crudo, rítmico y cercano a la disonancia, con un juego de acordes arrastrados, obra y gracia de Nero Bellum, quien ofició una actuación más performática que de presencia activa a las seis cuerdas. Con un atuendo drag queen, otorgó esa simplicidad monolítica que demandó la música, con riffs sencillos y repetitivos, creando texturas hipnóticas y escapando del virtuosismo solista.
Hay que reconocer que muchas veces a Mortiis se le oyó fuera de tono, pero más allá de que hubiese sido una elección, aquello entregó un elemento más orgánico, garajero si se quiere, a una propuesta que ya iba recargada a las secuencias y a lo digital, dándole un matiz más sucio y desenfadado a una propuesta ya de por sí arriesgada, por lo incierto de mixturar elementos tan disímiles a una propuesta de corazón metálico, pero con extremidades conectadas al electrodark e incluso al synth pop estilo Devo o Kraftwerk.
Del repertorio nuevo sonó una movida y sugestiva «Tundra», «Heart of Hell», y la no tan nueva «Demons Are Back», etapa más influenciada por las rítmicas industriales cercanas a NIN. La última canción que pudimos degustar fue «Smell the Witch», de su álbum nuclear «Smell». Oída en retrospectiva, es patente que este disco fue un golpe al timón en la propuesta de Mortiis, quien combinó toda la grandiosidad de lo electrónico con los cantos sublimados de coros monódicos como el canto gregoriano.
VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA
El show duró casi una hora exacta, y si bien es cierto que al final se respiraba una atmósfera de gusto a poco —y quizá un encore con dos temitas habría venido como anillo al dedo— deja la puerta abierta a un Mortiis que podría sorprendernos con un peldaño más en su producción escénica. Sí: lanzar los teclados por pistas tuvo que haber sido una decisión técnica que apelaba a la simpleza, pero bien podríamos soñar con una futura presentación que no solo incluyese en escena a dos tecladistas, sino también a un coro que pudiese entregar esa vibra grandilocuente, casi teológica, que aporta Mortiis con su escena.
Lo que quedó en el escenario tras el cierre de Mortiis fue una gran interrogante. El antiguo espectro de los bosques noruegos, aquel que alguna vez levantó catedrales sonoras con apenas un puñado de sintetizadores, hoy parece un profeta expulsado de su propio paraíso, condenado a predicar entre máquinas, guitarras distorsionadas y paisajes industriales. Mortiis ha hecho de la metamorfosis un sacramento artístico: crucifica su pasado una y otra vez para resucitar bajo nuevas formas, sin renegar jamás de aquella criatura primigenia que emergió de las entrañas del black metal.
La presentación en Santiago estuvo lejos de ser perfecta, pero tuvo algo que muchas propuestas técnicamente impecables han perdido: identidad, riesgo y una imaginería capaz de trascender musicalmente. Porque la liturgia industrial de Mortiis no promete salvación alguna, sino que parece celebrar los últimos sacramentos de una civilización que ha sustituido sus antiguos dioses por máquinas, algoritmos y simulacros de humanidad.
Los fantasmas recorren Europa (y también América), y esos vientos no son los fantasmas del comunismo, como dijera Marx, sino más bien los fantasmas de la soledad, la ruina espiritual y las nuevas tecnologías de la des/información. Quizá por eso Mortiis ya no necesita esconderse en los bosques ni invocar criaturas de otros mundos: los monstruos están aquí, entre nosotros, y algunos incluso han comenzado a hablar con nuestra propia voz.
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