Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @sonidosocultos
Se cuenta con los dedos de una a aquellas agrupaciones que han sabido mantener su narrativa lozana en más de un cuarto de siglo de recorrido. El caso de Between the Buried and Me es único sin caer en la exageración. Es una banda que no se queda en el lugar común o el cliché de una propuesta de alta factura en ejecución y creatividad. Desde Pink Floyd y Queen, hasta Metallica y Sepultura, pasando por Soundgarden y The Smashing Pumpkins. Hay una paleta de colores musicales donde la variedad, lejos de extraviar o contaminar, nutre con precisión quirúrgica la anatomía y ropaje de una agrupación que apela al gusto melódico, la altura de su escritura y, sobretodo, la simbiosis de imaginación y extravagancia que completa el cuadro en una apuesta lúdica y, a la vez, ajustada en todas sus líneas.
A seis años de su histórico primer encuentro con la fanaticada nacional -justo con la pandemia encima-, el retorno de los de Raleigh a suelo chileno los encuentra en un momento rebosante en términos de creatividad y ánimo. The Blue Nowhere (2025), su producción más reciente, confirma nuevamente la vigencia de una propuesta que, lejos del desgaste correspondiente a un catálogo extenso, se encuentra en estado de gracia y confianza absoluto. Es la ventaja que Between… aprovecha estando lejos del circuito de consagrados que la industria explota hasta el hartazgo, lo que muy pocos nombres de su estirpe pueden contar con orgullo. Y llevando todo eso a la jornada del martes 13 de octubre en el teatro Cariola, nos encontramos con un espectáculo que purifica y libera a quienes se entregan a un trance de locura e inventiva que, digámoslo, cambia su enfoque metalero en un momento, como si se tratara de una película o un libro. Between the Buried and Me, en el fondo, es un distintivo impulsado por la exploración hacia donde pocos son capaces de dar el paso. Y en Chile, un país que abraza las tendencias ligadas al rock o metal progresivo como parte de un estado ánimico recurrente en el Sur del Mundo, el retorno era cosa de tiempo.
Con el frente de mal tiempo azotando la capital a esas horas de la tarde, Errante abrió la jornada con su propuesta arraigada en la psicodelia y el post metal con lenguaje propio. Desde el arranque con «Hypnos», notamos las virtudes creativas del conjunto rancagüino llevadas a un show envolvente y demoledor. Con Shoganai (2025) aún bajo el brazo, el ahora trío expone un núcleo literario y sonoro que transita entre el impulso de mutación, la consistencia en las melodías y, más importante aún, un espíritu de anarquía y rebelión que, lejos del panfleto, se traduce a una conexión natural con el público. Lo puedes notar en «Los héroes también caen», la titular «Shoganai» y «Tolerancia represiva», todas transmitiendo la intrepidez que sus creadores han forjado con sangre y sudor durante casi dos décadas de recorrido. El liderazgo de Jebu en guitarra y voz, un distintivo que se resiste a permanecer en un mismo lugar, literalmente. En batería, Gustavo Pinto aporta con una pegada y bruma que encuentra en el bajo de Reuque un compañero rítmico con quien hacer y deshacer en un mismo esquema. El cielo se venía abajo a esas horas, pero la entrega hasta el sudor en «Entre la Razón y el Afecto» ayudó a subir la temperatura.
A eso de las 21 horas, llegaría el turno de Kubera. Una banda relativamente joven (2014) y cultora de una propuesta demandante y pulcra en destreza. Con un solo LP editado, titulado Inhaerens (2019), el cuarteto hace su tarea a punta de oficio y un espectáculo bien preparado. «Rotten & Torn», «Act II – Agonist of the Hope» y «Akrateia» marchan en vivo con esa mezcla de exquisitez y juventud que definen el concepto de ‘modern prog’ ante un público que, seguramente, los verá por primera vez o, incluso, los viene siguiendo desde los inicios. Un show redondo, pero que esparce dudas cuando la perfección y la matemática, en vez de potenciar el material, lo higieniza hasta quitarle todo rastro de humanidad. Nos guste o no, Kubera pertenece a una generación que desarrolla el género en la actualidad, llevándolo hacia un terreno donde la pulcritud y la habilidad técnica nos dejan preguntando si es un camino o un fin en sí mismo.
22 horas en punto, y apenas se apagan las luces, el disparo inicial con «Mirador Uncoil» borra de un plumazo los seis años de ausencia. Con la siguiente «Psychomanteum», es un hecho de que Between… volvió cuando había que hacerlo y cómo: presentando material fresco, despejando dudas y abriendo posibilidades que, en el directo, desatan la locura entre quienes, en algún pasaje del show más adelante, levantarán un remolino humano. No por nada The Blue Nowhere tuvo una aclamación propia de los más laureados Alaska (2005), Colors (2007) y The Great Misdirect (2009). Y precisamente del último trabajo mencionado, «Fossil Genera – A Feed from Cloud Mountain» hace su aparición casi sin necesidad de preámbulo ni discursos pomposos. Es a lo que van, lo que Between… ofrece como parte de un todo a lo largo de su incorruptible discografía.
Una constante en propuestas de alta complejidad, es el papel de Tommy Rogers. No se queda en el músico de raza con virtudes alienígenas: es un líder que sabe compartir protagonismo con sus colegas de ruta. Cuando no está en el teclado, aprovecha el escenario para moverse y gesticular como si fuera la sala de estar de su casa. la dupla que conforma al frente con el guitarrista Paul Waggoner, funciona como hermanos de sangre y pensamiento. Waggoner, además de su destreza probada en las seis o siete cuerdas, es la voz limpia que se complementa con la voz altamente versátil de Rogers, quien abraza el pop más sofisticado para pasar, de una, al metal más crudo. Todo, por supuesto, desde el impulso emocional y la excentricidad que Between… ha pulido como un identitario.
«Condemned to the Gallows» y «The Coma Machine» perfectamente pueden conversar e interactuar con «God Terror» y «Absent Thereafter» en un mismo repertorio. Y es ahí donde Between… más allá de la habilidad de sus componentes, radica la esencia de su show en la sintaxis demencial que trasciende cualquier etiqueta. Rogers, salvo en un par de ocasiones, casi nunca habla durante el show. Da la impresión de que asume la importancia de lo que realmente caracteriza a Between the Buried and Me, sin marearse ni extraviarse. Eso explica el tiempo prolongado que los estadounidenses llevan activos, con una formación histórica; el bajista Dan Briggs y el baterista Blake Richardson -ambos ingresados en 2005-, responden con sus tareas asignadas en favor de una matriz creativa que se expande hasta lo impensado.
El relato que desarrolla Between the Buried and Me no se aferra a ningún guión convencional. Un principio aplicado en la escritura, en el directo conlleva un efecto liberador en todo sentido. Puede atraer curiosos y con todo derecho. Pero la devoción que genera en su nicho, es lo que llama la atención si consideramos el largo recorrido que la banda viene trazando de manera natural. Dicha cualidad es la que permite mantener la lucidez al momento de escribir y salir de gira, lo que satisface a quienes ven acá una muestra de dedicación e integridad a prueba de todo. Eso es lo que ta da una idea de porqué «Sun of Nothing», la única embajadora de Colors en la noche, obtiene su recepción de himno de toda una vida. Between… es una banda que entiende hacia dónde llegan las canciones. Es música con apariencia singular y corazón enorme. Por algo, entre los iniciados presentes, se escucha a alguien comentar lo mucho que hace pensar en Marillion o Pink Floyd. O en los propios Smashing Pumpkins. Dependiendo del cristal con que se mire, «Silent Flight Parliament» nos recuerda hacia el final del show la cantidad de cosas importantes que una banda tiene que decir.
Entre la lluvia y el granizo, con los estragos del aluvión en la capital aún latentes, Between the Buried and Me coronó su retorno a nuestro país de la mejor forma. Lo hizo priorizando su momento actual. Nos recordó, de paso, que ninguna nube negra nos impide volar hacia el sol. El futuro está detrás de nosotros, y del color que elijas.
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