Hanneman, el silencioso conductor
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Hanneman, el silencioso conductor

Hanneman, el silencioso conductor

martes 16 de agosto, 2022

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Escrito por: Francisco Quevedo

El difunto guitarrista de Slayer era reacio a muchas cosas, excepto a subir a un escenario y tocar junto a sus compañeros. Ese fue el motor de su vida y, aunque Jeff Hanneman no manejaba, intentó conducir a Slayer a lo más alto.

Se baja el telón, se apagan las luces. El público se retira feliz. La banda está cansada, pero satisfecha: festeja alegre una exitosa nueva presentación. Sin embargo, uno de ellos se escabulle hacia el bus que traslada al grupo durante su gira y se encierra ahí hasta que vuelva la tranquilidad. Ese era Jeff Hanneman, guitarrista de Slayer.

Jeff Hanneman, el rubio chascón nacido el 31 de enero de 1964 en California, era reacio a muchas cosas. Simplemente prefería estar alejado de todos y pasar el mayor tiempo que pudiese en su casa, en compañía de su esposa Kathryn. Ni siquiera ver a sus compañeros de banda. Nada. Solamente estar en su casa. “Él podría haber vivido a solo 45 minutos de distancia, pero a menos que fueras parte de su círculo íntimo, era difícil mantenerse en contacto con él. Y me tomó algunos años entender eso. Por un tiempo pensé, ‘¿Por qué este tipo no me devuelve la llamada?’ Pero a medida que crecí me di cuenta de que Jeff era así”, confidenció su socio Kerry King en un reportaje publicado en Guitar World en mayo de 2014, un año después de la muerte del músico.

El motor del tanque

Así era Jeff Hanneman, la pieza clave en el sonido de Slayer, el engranaje maestro que le dio identidad a la banda. Cierto es que todos los integrantes –Tom Araya, Dave Lombardo y King– tenían gustos musicales similares y que querían combinar “elementos de Iron Maiden, Motörhead, Dead Kennedys y Venom en un estilo agresivo de thrash metal” (Guitar World, mayo de 2014), pero Hanneman quería ir más allá. Y, con esa intención, se presentó a un ensayo del grupo con el punk en su cabeza, literalmente. “Un día, Jeff se presenta al ensayo con la cabeza rapada. Todos estábamos como, «¡Vaya, Jeff, ¿qué hiciste?» Dijo: “Soy punk. Se acabó”. Y trajo toda esta música con él: algunos vinilos, algunos casetes: Black Flag, TSOL, Minor Threat, Dead Kennedys, Circle Jerks. Yo estaba como, “Guau, ¿bajo qué roca he estado? ¡Esto es fantástico!» Fue un gran punto de inflexión: nuestras canciones se volvieron más rápidas y agresivas después de eso. Él fue quien trajo ese elemento a Slayer”, recordó el baterista Dave Lombardo en un texto escrito por él publicado en septiembre de 2018 en la revista Metal Hammer. Esa actitud punk la tuvo toda la vida, pese a ser una persona callada y tranquila, en términos generales. “A medida que empezabas a conocer a Jeff, se abría. Definitivamente tenía esa actitud punk de «Fuck the world», especialmente después de un par de cervezas”, expuso Lombardo.

Llegar a ser el motor de un grupo de la magnitud de Slayer fue todo un mérito. Y más si  Jeff Hanneman era un novato cuando se integró al proyecto que por ese entonces tenían King y Lombardo. Cuando conoció a King en 1981, y este lo invitó a ensayar, Jeff Hanneman aceptó, pero al llegar al ensayo, se asustó. “Recuerdo que estaba cagado de miedo. Había estado tocando una menor cantidad de tiempo, así que fui un desastre. Solo había estado tocando durante un mes cuando conocí a Kerry, y después de verlo tocar, dije: ‘Oh, hombre, tengo que acelerar el proceso de aprendizaje'», confidenció en alguna oportunidad.

Pese a ese limitante temor inicial, Jeff Hanneman se convirtió, desde el principio, en el principal compositor de la banda, creando una fructífera sociedad con Tom Araya. “Él tenía una idea que estaba a medio escribir, y yo la leía y trabajaba en ella y desaparecía y juntaba pensamientos y luego decía, ‘¿Qué piensas?’ y él decía: ‘Esto es genial. Esto es exactamente lo que esperaba que se te ocurriera. Me animó mucho a que pusiera mis ideas por escrito y que los dos trabajáramos juntos. Siempre me gustó trabajar con Jeff porque me permitió hacer cosas que surgieron de forma natural. Había mucha libertad entre nosotros dos cuando escribíamos música y creábamos canciones. Creo que realmente voy a extrañar eso”, recordó Araya (Guitar World, 2014).

La sociedad King-Hanneman fue otro de los factores clave en el éxito de Slayer. Para Dave Lombardo no hay dudas. “Nunca vi ninguna competencia negativa entre Jeff y Kerry. Ambos querían lo mejor para la banda. Estoy seguro de que Jeff se inspiró en Kerry y estoy seguro de que Kerry se inspiró en Jeff, especialmente en su habilidad para improvisar, que es algo en lo que Jeff tenía ventaja sobre Kerry y Tom (Araya). Pero Jeff y Kerry se inspiraron mucho en KK Downing y Glenn Tipton de Judas Priest. Si te fijas, Hanneman estaba en el escenario a la derecha como KK Downing, y King a la izquierda como Glenn Tipton”, escribió en 2018.

Con el alcohol hasta el último día

Slayer rompió esquemas dejando un legado en el mundo del metal, siendo “Reign in Blood” de 1986 el disco cumbre de su carrera. Bajo el alero del productor Rick Rubin, en aquel álbum se combinaron las influencias de todos y contiene algunos de los himnos más reconocidos de la banda, que llevaban la firma y sello de Jeff Hanneman. No obstante, a medida que la fama aumentó, también aumentaron los excesos, especialmente en Jeff Hanneman. La icónica foto de contraportada en “Reign in Blood” que muestra al rubio guitarrista con una lata de cerveza, no era una casualidad.

“Jeff siempre fue un bebedor”, dijo Lombardo en el reportaje de Guitar World. “Siempre tenía una lata alta de Coors Light en la mano. Siempre». Esto es corroborado por King en el mismo reportaje. “Jeff y yo siempre bebíamos. Llamaron a Steven Tyler y Joe Perry (de Aerosmith) los Gemelos Tóxicos. Éramos los hermanos borrachos (ríe). La diferencia es que no me despierto por la mañana y necesito una cerveza. Jeff no sabía cómo no beber”. Ese problema con el alcohol se agravó con los años, pasando de tomar en ambientes festivos o para pasar al rato a tomar todos los días. “Jeff bebe desde el día que lo conocí. Realmente nunca lo entendí, pero beber siempre fue una parte muy importante de la vida de Jeff (…) unos años antes de que su padre muriera en 2008, me di cuenta de que Jeff dependía del alcohol para comenzar el día”, remarcó su esposa Kathryn en Guitar World.

A esto se le sumó, por algunos años, el consumo de cocaína. Tom Araya, bajista del grupo, lo explicó con una historia en la misma publicación. “Empiezas a ganar un poco de dinero y lo siguiente que sabes es que está ahí”, recordó. “Está fácilmente disponible y la gente está ansiosa por proporcionarlo. Después de un atracón de fin de semana, te encuentras conduciendo por la ruta 405 a las seis de la mañana: yo conduzco, Jeff me alimenta la nariz, él se alimenta la nariz. Y de repente te das cuenta de lo fácil que esto podría haberse vuelto algo malo. Recuerdo que me detuve, miré a nuestro alrededor, nadie más en la carretera, y miré a Jeff y le dije: ‘Hombre, esto es una locura. Míranos. No podemos estar haciendo esto. Y paramos, tiramos lo que teníamos por la ventana y nunca más lo volvimos a tocar. Él se quedó con su alcohol y yo me quedé con mi ‘verde’, y continuamos con nuestra existencia”.

Precisamente “su alcohol” fue a la larga el motivo de su muerte, ocurrida por una insuficiencia hepática el 2 de mayo de 2013.

La guerra y el silencio

La conducta basada en el consumo se complementó a la perfección con su personalidad retraída. Durante sus estadías dentro del bus después de los conciertos, veía History Channel o leía libros sobre la Segunda Guerra Mundial, uno de los temas que más le gustaba. Su fascinación por la temática nazi y la guerra, manifestada en canciones de Slayer, generaron críticas y motes que caricaturizaron al grupo como satánico, violento u otra aberración, en especial durante la década de los ochenta.

Jeff Hanneman nació en una familia en que la guerra era un tema central. Y cómo no iba a serlo si su padre había luchado en Normandía durante la Segunda Guerra y sus hermanos en la guerra de Vietnam. Por lo tanto, su fanatismo por estos temas comenzó desde niño alimentado por las conversaciones en su familia o las medallas nazis que le regaló su padre, llegando después a coleccionar “docenas de figuras de acción de soldados alemanes y nombrar a sus diversos perros y gatos en honor a funcionarios nazis y elementos de la era de la Segunda Guerra Mundial en Alemania. Su propio anillo de bodas era una réplica coleccionable de una banda adornada con una calavera usada por el oficial nazi de alto rango Reinhard Heydrich. Si bien los objetos relacionados con este momento de la historia son comprensiblemente ofensivos para muchos, para él eran solo símbolos de la misma oscuridad que energiza las imágenes del metal” (Guitar World, 2014).

Con esa manera de ser más apartada y más interesado en leer dentro del bus de las giras, Jeff Hanneman se hizo conocido como el integrante “silencioso” del cuarteto metalero. El guitarrista tranquilo que disfrutaba con estar en el escenario con sus compañeros, enfocado en tratar de dejar a Slayer en lo más alto, cuestión que logró a menudo. “Escribí esa mierda, Dave (Lombardo). Yo escribí esa mierda”, aludiendo a “Angel of Death”, uno de los clásicos más resonantes del grupo. “Estaba tan orgulloso de esas canciones clásicas que había escrito. Estaba tan orgulloso de lo que había hecho”, escribió Lombardo en 2018.

Adiós anticipado

En enero de 2011, Jeff Hanneman fue picado por un insecto y le dio fascitis necrotizante. Al morir dos años más tarde, muchos atribuyeron su muerte a ese hecho. Pero, tal como ya mencionamos, fue por una insuficiencia hepática producida por una cirrosis.

Leyendo artículos sobre la vida y obra de Hanneman, se repitió el concepto de que “partió antes de tiempo”, razón a la que comúnmente recurrimos cuando alguien muere joven o tenía más para entregar. “A la edad de solo 49 años, Hanneman murió tres décadas antes de tiempo y solo podemos llorarlo por lo que fue: uno de los mejores del metal. Los buenos mueren jóvenes, dicen, pero en el caso de Jeff Hanneman necesitamos reemplazar la palabra ‘bueno’ por ‘mejor’”, escribió Joel McIver para la revista Metal Hammer en julio de 2013, dos meses después de la muerte de Hanneman. Creo que esa cita bien podría sintetizar ese sentimiento que embargó a muchos seguidores de Slayer y del metal.

Así dijo “hasta luego” el rubio chascón, introvertido guitarrista, bebedor sin remedio, seguidor de la Segunda Guerra Mundial, dueño de un humor negro, apasionado por la Navidad, fanático de estar en su casa descansando, componiendo y jugando juegos de consola porque odiaba viajar, quizás lo que más detestó durante su estadía en este mundo.

Jeff Hanneman disfrutó tocando y tratando de dejar a Slayer en la cima. Esa fue su razón de vida y muchos se lo agradecemos.

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