PESTILENCE + RIOT V: LA NOCHE METALERA QUE DERROTÓ AL FRÍO ENTRE ESPADAS, HORROR Y TEQUILA
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El invierno santiaguino encontró un digno antagonista en la Sala Metrónomo. Mientras el frío endurecía las calles, en su interior se levantó una verdadera catedral del metal extremo: Letalis reafirmó su condición de nueva fuerza del speed metal chileno, Azeroth cruzó la cordillera para descargar un heavy power de acero templado, Riot V estrenó vocalista ante el público nacional, y los incombustibles Pestilence regresaron a un escenario que ya parece su segunda casa. ¿Valió la pena desafiar las bajas temperaturas y renunciar a otros panoramas? Bastó el primer riff para disipar cualquier duda.

LETALIS: INSPORTORABLE SPEED

La puntualidad fue con precisión de metrónomo: a las 18:30 clavadas salió al escenario Letalis, con una Jaklling portando espada y capa, como guerrera lista para una carnicería metalera y es que su inicial «Sigo Aquí Sin Huir» funcionó como manifiesto: el metal no como mero acto vacío de rebeldía, más bien como el soundtrack de un combate que es más serio y duro que la revolución: avanzar sin tranzar y plantarse ante la realidad como una lucha sin cuartel.

La performance de los nacionales estuvo aceitada y potente, con un Camilo Díaz sólido a los tarros, apelando a la fuerza y a la destreza, atravesando los riffs demoledores con veloces redobles y fills, obra y gracia del tándem de las seis cuerdas Alejandro y Adán.

La muralla sónica de los Letalis se destacó por evitar los lugares comunes del género, y su trabajo a las cuerdas tuvo una pulsación que escapó de las meras cuerdas al aire, las galopas o las armonizaciones, con un trabajo del bajista Raimundo Belmar preponderante, pues la gravedad de los bombos y la letalidad de Letalis depende en gran parte del contraste de los tonos graves y las guitarras filosas.

Esto lo pudimos apreciar menor con «Fiera de Acero»: la expresividad de las guitarras buscó emular el rugido y el grito, con un sonido sucio y distorsionado, rompiendo los patrones clásicos del speed, para dejar respirar apenas unos power chords, replegándose y avanzando de nuevo con un fraseo rítmico que fue rematado por la voz de Jakilling, oscilando entre agudos penetrantes con una voz metálica que desgarró el aire, con ataques agresivos de poco vibrato pero con mucho belting, y es que por sobre la marea atronadora de guitarras, esa sensación de gritos desaforados de Jakilling, tiene su correlato con una técnica vocal muy propia y destacable.

Con dos larga duración a los hombros, Letalis dio un show intenso, de factura técnica impecable, que no bajó nunca sus decibles, mostrando lo mejor de su repertorio, con inmejorable presencia escénica, y que ya avizora internacional su carrera, pues fueron invitados al Keep It True que se realizará en Alemania en abril de 2027.

AZEROTH: SENDEROS DEL DESTINO

La banda argentina capitaneada por su bajista Fernando Ricciardulli salió al escenario atacando con «Condena Eterna», y haciendo gala de un sonido powermetalero, por su base atronadora con graves profundos, pero también con una fuerte ala heavymetalera que bebe de otras influencias reconocidas como Judas Priest o Rata Blanca.

La inclusión del tecladista en el escenario Leonardo Miceli ayudó a crear esa vibra épica orquestal, sin un protagonismo excesivo, más bien acolchando las capas de cuerdas, vibrantes y aceradas, e incursionando en algunas introducciones o breves interludios que creaban las atmosferas de las canciones interpretadas, como pudimos oír con «Esclavo del Tiempo» o «Y Sus Máscaras Caerán».

Mención especial a su vocalista Ignacio Rodríguez, activo en la banda desde 2017, quien entregó unos agudos palpitantes, espaciados y con mucho vibrato, de esa misma escuela de cantantes de la talla de Barilari, Dickinson o Joe Lynn Turner; su actitud con el público fue de cariño y respeto, y visiblemente emocionado contó que era un sueño realizado debutar en un escenario chileno, pues sabe que acá la vibra y la energía tiene un toque especial que no se ve en otros países.

Son siete los álbumes de estudio de la banda, y pese a que tocaron ocho canciones, la elección del setlist buscó repasar lo mejor de cada era, gravitando con mayor peso en el álbum debut y homónimo de 2000, con ese sonido muy clavado al power metal de comienzos de milenio, con el acelerador a pulso, usando acordes espaciados, breves secciones neoclásicas armonizadas a dos guitarras y melodías retumbantes de gloria y emotividad.

«Campaña al Desierto» marcó la despedida de la banda, la cual mostró su categoría, con unos Azeroth en plena forma creativa, derrochando técnica, virtuosismo y técnica que fue respondida por un público más hirviente en medio de un Santiago invernal.

RIOT V: ENTRE FOCAS MOTOQUERAS Y TEQUILAS    

Los estadounidenses se la jugaron con un instrumental de intro, «Narita», tema setentero que recoge lo mejor de una época clavada entre el hard rock y la nueva ola del heavy metal británico, canción-bisagra que conserva resabios bluseros pero que ya auguraba una época de violencia sonora y agresividad.

«Fight or Fall» fue una bomba. Recién arriba del escenario el debutante Valentino Francavilla, joven italiano que milita como guitarrista en la insigne White Skull, puso literalmente el pecho a las balas y se posicionó como un frontman de una banda heroica y mítica: hizo rugir al respetable, aplicándose con voz completa y falsete para rozar esos agudísimos clavados entre las guitarras, con un trabajo realmente estelar de Mike Flyntz, quien se aplicó con solos veloces y estructuras que variaron del hard al power, pasando por el heavy, con frescura y soltura.

Para nadie es un misterio que Riot V se consolidó en varios frentes, incluso en el progresivo, pero que lejos de ser una mera recolección de estilos, y pese a una historia trágica y a malos manejos con productores y discográficas, queda aún de pie un estilo potente, que entre el público desató el mosh y la euforia, y muy lejos de bandas introspectivas o emotivas, Riot V es una explosión sonora que no baja las pulsaciones frenéticas.

El setlist era un misterio, pues a pesar de que la banda tenía un repertorio amplio y probado, la elección final podía responder a variables desconocidas: la temperatura, la vibra, el lugar. «Road Racin´» estuvo ahí, para recordarnos la etapa más temprana, siguiendo una totalmente powermetalera «Victory», para avanzar con una galopante y trepidante «Johnny´s Back», ataque de cuerdas comandado por el insigne bajista Don Van Stavern, quien botella de tequila en mano, huevió, sacó risas y agradeció en contadas ocasiones al alma de Mark Reale, artífice de la banda, fallecido un lejano 2012, y que sin su mente y corazón Riot no habría sido más que un espejismo fallido.

«Take me Back», con esa rítmica que recuerda al Doctor Doctor de UFO, nos enseñó que Riot V se mueve con soltura en velocidades aceleradas, pero que también tiene fuerte gancho con las velocidades medias y el swing. De un momento a otro la botella de tequila de Van Stavern bajó al escenario y ahí los parroquianos se mandaron sus buenas empinadas de codo, recordando que el metal no son solo discos de estudios o bandas tocando sobre el escenario: hay fraternidad, pues la música se puede cabecear, dialogar y vacilar, por separado, o al unísono, mejor si es con bebidas espirituosas.

«Thundersteel» fue el “casi” broche de oro: clásico que se ha ido añejando como los buenos vinos: ahí oímos esas estructuras espiraladas rematadas a velocidades endiabladas, con esas rítmicas que presagiaron a unos Hammerfall, con solos ultra afilados, y que su altura, como tema pero también como álbum, podría rivalizar con otros clásicos ochenteros como los Keeper de Helloween o los primeros discos de Blind Guardian.

Fue una hora y cuarto de show, y como decíamos en el párrafo anterior, tuvimos como regalo dos temazos más, la inmortal «Swords and Tequila», y «Sign Of The Crimson Storm». Mención especial para el batero Frank Gilchriest, carismático, forzudo y técnico, le puso tarros al «olé, olé Riot V», no se le escapó ni un tempo, aporreó el doble bombo, y fue el armazón de titanio que la banda necesitó para tener un show impecable. Su gesto final de bajar al escenario para regalarle su coleta de pelo a un fan veterano solo aumentó su grandeza.

Al cierre, los que estuvimos ahí damos fe que el nuevo frontman italiano -y pese a que confesó estar malito de la garganta- derrochó simpatía, sincronicidad y feedback, tanto con la banda como con el público, convirtiéndose en una suerte de sumo pontífice, joven y metalero, de una banda profesional que se vio en el escenario en completísima forma, y que no dudamos de que nos seguirán deleitando con nuevas creaciones.

PESTILENCE: LA NOTA MORTUORIA

Cerca de las 22:30, el arranque con «The Secrecies of Horror» fue una declaración de principios. La etapa contemporánea de Pestilence no apareció como un simple trámite antes de los clásicos, sino como la puerta de entrada a un viaje que enlazó con naturalidad «Morbvs Propagationem» y la inevitable «Dehydrated», momento en que el público terminó por abandonar cualquier contención y el primer mosh pit de la noche arrancó con furia y violencia vesánica, pues la música de la muerte no admite medias tintas: sangre y horror, o nada.

Desde ahí el grupo administró con inteligencia el repertorio, alternando piezas recientes con monumentos del Consuming Impulse y Testimony of the Ancients. «The Process of Suffocation», «Chronic Infection» y «Prophetic Revelations» demostraron que el paso del tiempo apenas ha erosionado el filo compositivo de la banda.

Los riffs sonaron como organismos mutantes, mientras Mameli enlazó solos cromáticos y disonantes con la naturalidad de quien lleva cuatro décadas expandiendo los límites del death metal técnico. Más que una sucesión de canciones, el concierto fue una inmersión progresiva en ese universo biomecánico donde conviven el horror cósmico, la enfermedad y la ciencia ficción.

La diferencia respecto a su anterior presentación en el Cariola fue evidente. Allí hubo que esperar varios temas para que el sonido encontrara su punto óptimo; esta vez la banda se escuchó sólida desde el inicio. La batería respondió con mayor precisión, el bajo tuvo una presencia mucho más definida y las guitarras conservaron toda su agresividad sin sacrificar claridad. Ese equilibrio permitió apreciar con mayor detalle una ejecución que confirmó a Pestilence como una de las agrupaciones más refinadas que ha dado el death metal europeo.

Técnicamente, Pestilence sonó mucho más ensamblado que en su anterior visita. La guitarra de Mameli desplegó ese inconfundible vocabulario de cromatismos, tapping ocasional, ligados veloces y fraseos atonales, mientras la base rítmica sostuvo constantes cambios de acentuación sin perder contundencia. Lejos de caer en el virtuosismo exhibicionista, cada recurso estuvo subordinado a la composición, recordando que la complejidad de Pestilence siempre ha servido a la atmósfera y no al lucimiento individual.

VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA

El saldo de la noche fue contundente: Letalis confirmó que está preparada para jugar en las grandes ligas; Azeroth reivindicó la vigencia del power metal clásico; Riot V demostró que el legado de Mark Reale continúa en buenas manos, y Pestilence ofreció una lección magistral de cómo el death metal técnico puede sonar todavía más feroz cuatro décadas después de su nacimiento. Mientras afuera Santiago seguía congelado, dentro de la Sala Metrónomo el metal volvió a demostrar que hay fuegos imposibles de extinguir.

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