Por Claudio Miranda.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Más que una radiografía histórica y técnica del género, es un deber remarcar la forma en que los nombres históricos del death metal chileno se mantienen con el paso de los años y las décadas. En un universo de agrupaciones pioneras, casi todas liderando un culto para entendidos, con los dedos de una manos se podría contar a aquellas que perviven a base de lanzamientos que trascienden las hojas del calendario y, sobretodo, un despliegue en vivo que traspasa la escritura al fragor de ruido y sangre que se antepone a la domesticación por los sellos. En dicho contexto, el ritual en MiBar era el momento adecuado para sumergirnos en las raíces locales del metal de la muerte, lo que empieza como un conjunto de frases metafóricas y termina siendo una constatación de integridad en un par de nombres que ‘algo’ saben de preservar sus ideales de expresión. Y el mérito es mayor en estos tiempos de concesión y mercadeo excesivo. De ahí la importancia, hoy más que nunca, de las manifestaciones de negatividad y culto a la destrucción revitalizadas, tanto para iniciados como para quienes, probablemente, desean introducirse en el subsuelo de un estilo que apela a lo abominable de manera explícita.
Pocos nombres históricos se plantan en el escenario como lo hace Totten Korps. Entre un set donde el material clásico impone su jerarquía fundacional, y el liderazgo de Andrés «Sadax» Peña como voz y figura prominente, hay una expresión complicada de escribir con palabras exactas. «The King of Hell Reclaims his Throne», la que inaugura la jornada, retumba con enormidad de clásico. A la usanza de Immolation y Asphyx, podemos notar las atmósferas de hedor que vienen expeliendo desde aquellos cassettes demo durante el atardecer de los ’80, lo que explica porqué Totten Korps es una institución con su propia huella dactilar.
Tanto como la presencia de ‘Sadax’ y su voz podrida de caverna al más puro estilo de Martin van Drunen y Karl Willetts, el trabajo de Fernando Toro y Francisco Torres en las guitarras es fundamental para entender lo que genera la combinación de velocidad y fraseos lentos que le brindan a Totten Korps su propia narrativa de horror y ocultismo. Y en una formación que renueva su base rítmica, el aporte de Patricio García (bajo) e Ignacio Navarro (batería) se explica a base de solidez y profundidad bien acentuadas en cuanto a destreza en favor de la sintaxis del show. A medida que «Slaughter Nocturnal Butcher», «Ancient Demoniac Celebration» y «Supreme Commanders of Darkness» desfilan una tras otra, notamos el temple ceremonial que la banda imprime al despliegue en vivo, sin necesidad de artilugios escénicos y proyectando un nivel creativo que escapa a todo encasillamiento ajeno. Son músicos que respiran death metal desde la necesidad de expresión. Entienden que esto va más allá de un asunto de etiquetas; Totten Korps es una banda que enfatiza las posibilidades, al mismo tiempo que defiende sus principios a sangre y fuego. Por eso es una banda tan querida y respetada; sus integrantes, tanto fundadores como históricos y recién ingresados, saben que hay un público que los verá por primera vez. Y cuando la homónima «Totten Korps» cierra el set como si se tratara de un ritual prohibido en toda su regla, nos queda la impresión de haber descubierto un monstruo que no deja de pisar fuerte.
Encontrarse con Cerberus es un acierto y una necesidad, desde todo punto de vista. Lo primero se debe a la virtud de generar atmósfera propia antes de echar todo abajo con «Serpents of the Agony». Lo segundo es lo que comparte con Totten Korps en términos de escena y discurso: el death metal es censurable, molesto y muy, pero muy gráfico. Y cuando hablamos de una banda formada en 1993, podemos entender la naturalidad de su expresión como una fuerza que aplasta toda señal de optimismo. Bien lo sabe Juan Pablo Baquedano, con riffs a mano y un ladrido que diserta sobre lo peor de lo nuestro en un MiBar repleto. Es el calor humano que se traspasa desde la paliza sonora hacia un público que se congrega en una trinchera imbatible. «Repulsive Life Forms», «Redemption of Demigod» y la más fresca «I’m Hell», conviven en el set dentro de un mismo sentimiento de aniquilación total.
Por razones de índole familiar, el bajista Miguel Neira se encuentra ausente. Su lugar lo ocupa, durante estos días, Cristián Durán. El hombre de las bajas frecuencias en el hoy fundamental álbum Ébola (2003). Un histórico. En palabras del propio Juan Pablo, alguien de la casa. Y dicha cercanía es lo que ha hecho de Cerberus una banda querida durante más de tres décadas, adjunto el nombre que se ha forjado para todo amante del death metal químicamente puro. «Desire to Kill», «Decimation» y «Brutalized», todas se enmarcan en una carrera que reluce con excelencia en el escenario de Santa Isabel 350. En la misma línea, podemos denotar algo muy importante que suele pasar colado en estas instancias, la madurez. El death metal de Cerberus, más allá del lugar común, aumenta su estatura de manera exponencial sin necesidad de alterar lo que vienen haciendo desde los ’90s. Incluso en la más celebrada «Immortal Hate» -coreada como «Immortal Sed» por algunos asistentes más que eufóricos, muchos con brebaje en mano- notamos la consistencia que ha adquirido la música sin necesidad de ablandarse ni pedir disculpas. Cerrando con la clásica «Ébola», somos testigos de una prodigiosa demostración de rectitud y poder que aplasta cráneos y despedaza la quijada de quien se atreva a cuestionar la salud de un género que se resiste a todo intento de amoldamiento.
El death metal, en un panorama donde el algoritmo y la «industria» buscan suavizarlo, es el espejo de una realidad donde no hay lugar para el consuelo ni la aprobación. Violencia, muerte y oscuridad absoluta, el desastre que nos rodea a diario. Cerberus y Totten Korps, como muchos nombres de su estirpe a nivel local y mundial, profesan una intransigencia que hoy permanece como una virtud. Aplastar, demoler y arrasar con todo lo ‘sagrado’. Es el odio inmortal que realmente une a la humanidad, mucho más cuando la extinción está a la vuelta de la esquina.
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