UNDERCROFT: REVANCHA CON ESPADA EN MANO
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda

Fotos Eric Ibáñez @fotosmetal

Muchas veces hemos destacado el espacio que le brinda Chargola F**king Fest al metal chileno, sea en contexto de un consagrado internacional o en el de algún lanzamiento de magnitud telúrica a nivel local y sudamericano. En el segundo contexto, debemos situar a Undercroft y el lanzamiento de uno de los trabajos más esperados y apabullantes de la década en curso. The Killer Sword, tanto como señalar el retorno de Tito Melin, marca el punto angular en una agrupación que retoma el sendero pavimentado durante la década del ’90 y lo renueva en un trabajo que destila death metal puro desde la raíz.

En una jornada marcada por el azote de la lluvia bien entrada la tarde del sábado, el metal chileno sabe lo que es aguantar ante lo que importa. El arranque con Ritual Heim, ante un público escaso pero no menos entusiasta, le da un privilegio a unos pocos testigos de una propuesta que nace en el death y el black metal, llevando todo a un nivel de rito y teatralidad de alta factura. Y con un repertorio donde los singles «Cazador» y «Extinción» ocupan un rol protagónico antes de publicar lo que será el primer LP, la escritura traspasada al escenario surte su efecto en términos de novedad e ideas frescas.
 
El turno de In Cold Blood genera sensaciones encontradas. Es una banda con recorrido de poco más de una década, reflejdo aquello en un demo editado en 2012 que traduce su propuesta a un compendio de melodía, agresividad y contenido. El problema es cuando la falta de matices, por mucha que sea la entrega en el escenario, termina jugando en contra. Por ende, y más allá de las diferencias de estilo que puedas encontrar en «Black Block» o, «Panopticon» algo pasa desde la escritura que no cunde por completo en el directo. Correcta presentación en cuanto a destreza y ejecución, al debe en cuanto a la captura y la tensión que transforman la música en un relato propio.
Desde Calama, región de Antofagasta, Martillo Ejecutor no duda en portar en la capital el estandarte como embajadores de las Legiones de Metal, un colectivo local que se ha preocupado de compilar registros históricos de una tierra histórica para el género en Chile. El arranque con «Sangre y Cruz» te da una idea muy nítida de lo que el cuarteto entiende por metal a la antigua usanza, sazonado con una puesta en escena mantiene fija la vista, en especial para quienes probablemente jamás los hayan escuchado o visto en vivo. Hay un disfrute que se propaga hacia los asistentes que, de a poco,empiezan a repletar el recinto de calle San Diego. Una idea que no necesita ser específica ni recurrir a artilugios para demostrar su valía en una jornada para enmarcar.
Con una marcada inclinación hacia el heavy y el speed metal, Aberración pone la cuota distinta. Y lo hace a su manera, a base de actitud y, sobretodo, un set de alto octanaje. A medida que «Vergüenza no sientes», «Lamentos», «Sin Identidad» y «Agonia» pasan como un ataque relámpago, notamos las cualidades de una banda que distribuye sus momentos creativos con seguridad de veteranos.
 
Tienes a Ignacio Norambuena al frente en la voz, a la vez que se encarga de la guitarra solista con una soltura extraordinaria, mientras la rítmica de Sergio Flores ayuda a construir una muralla que el bajista Felipe Osorio y el baterista Ronnie Rebolledo completan sin fisuras. Y tanto como el lugar común, lo que espeja Aberración en un escenario con las proporciones del Cariola es un trabajo duro que se materializa en un despliegue de habilidad instrumental de alta expresividad. «Sofocado en el silencio», la que titula su EP editado en 2024, confirma la dirección apuntada y nos recuerda cómo una captura precisa en el estudio puede transformarse en una bestia de ruido en el directo.

Lo dice un alborozado Cristian Gallegos al público: «Nos costó sacar este nuevo álbum, ¡y aquí estamos!». Lo que costó que Through Infinite Grief saliera a la luz para proyectar su oscuridad. Y es que Necrodemon, con poco más de tres décadas en el ruedo, no duda en expresar en todas sus formas lo que significa para ellos como banda el presentar uno de los trabajos más aclamados del año. Un LP del cual tienes a «Heavens Disdain»,»Spiral of Madness» y la más elocuente «Burn, you Christians, Burn!» revitalizando el set de una agrupación que, digámoslo, no tiene empacho en manifestar el momento que están viviendo hoy. La pirotecnia de fuego en el escenario, lejos de ser un distractor, potencia el acto en vivo que es hoy Necrodemon, una banda que hasta hace una década echaba abajo el Bar Óxido, para hoy hacer de escenarios grandes como el Cariola en su hábitat natural.
 
Ante todo, Necrodemon es una banda muy querida. Saben que la cercanía con la gente va de la mano con todo lo que dan en el escenario. Eso basta para que «Que muera el perro Jesús!», una infaltable al cierre de sus presentaciones, resuma el ideal de una banda que conoce el enemigo al cual apuntar la mira. Poco que agregar cuando hay algo que trasciende géneros y análisis rebuscados. Y tiene que ver con el sentimiento de pertenencia y comunidad que los ariqueños han forjado durante décadas.
Podríamos referirnos a lo de Nuclear como un ensayo general para las dos noches que abrirán la próxima visita de Iron Maiden a nuestro país. Un repertorio matador como se espera de ellos, donde la dedicatoria a la clase política en «F.P.S.C.» y los pasajes más sanguinarios de nuestra historia patria mencionados en «Killing Spree» conforman una muestra de discurso e integridad a prueba de todo.
 
En la misma sintaxis a desarrollar durante el show, la presencia de Heaven Denied (2006) y Ten Broken Codes (2008) en el repertorio tiene toda razón de ser. Ambos trabajos hoy gozan del rótulo ‘fundamental’ en el metal nacional, con merecimientos concretados en constantes giras y poder aplastante en el directo. Por eso es que la más reciente «Violent DNA» y la más antigua «The Pain You Ask for…», con casi dos décadas de diferencia entre una y la otra, conviven como hermanas en un mismo sentimiento de protesta contra el poder de turno. Es lo que evoca la música, y es lo que explica de manera gráfica la importancia de Nuclear en el desarrollo del metal extremo. Tener un ojo en las viejas formas,y  el otro en las nuevas, es la base de equilibrio con que el quinteto aplasta cráneos por millares y escupe un sonido que te pega directo en el pecho.
 
Con el reloj marcando las 22:30 puntual, «The Killer Sword», el track que titula el nuevo LP, cunde como si fuera un baño de sangre. «Scream in Genocide», «Blood Red Sky» y «Tower of Silence», se estrenan como clásicos inmediatos ante un público que, tal como hace un rato con Nuclear, se manifestará entre el moshpit y alguna bengala. Formación titular, Tito Melín al frente, un set cargado a los clásicos, incluyendo un homenaje que marcará el punto angular de la jornada. Es lo que se espera y es más de lo que obtendremos durante casi 100 minutos de death metal desde el impulso.
 
Con poco más de tres décadas en la carretera, Undercroft como un todo asume que los clásicos mandan en toda regla. Saben perfectamente lo que se sembró y cosechó en los ’90s. Conocen el sentimiento de un público que, más allá del tema generacional, respira el hedor que expelen Twisted Souls (1995) y Bonebreaker (1997). Por eso es que «Law of Sacrifice» está tan temprano en el orden. Aprovechan de invitar al escenario a Felipe Landeros, hijo del guitarrista fundador Alejandro Landeros, quien falleció el año pasado. De ahí el toque emocional que adquiere «They Kill For Me», con el joven Felipe en guitarra en mano y armando dupla con Claudio Illanes, el ‘jefe’. El death metal es brutalidad, pero también debe tener matices, algo que expresar, y una razón de ser cuando el mejor homenaje viene de tu propia sangre.
Las guitarras de Claudio ‘Tomate’ Illanes y Rafael Dobbs se entienden de memoria. El liderazgo y el esquema de juego funcionan de memoria en plena metralla sónica. El bajo de Boris Pavlov es gravitante, como podemos verlo y escucharlo en vivo. Cómo lo disfrutan mientras hacen lo suyo, en tanto que Felipe Jiménez en la batería -un recién ingresado, al igual que Dobbs- expone las credenciales que lo llevaron a tomar un puesto de vital importancia. «… To the Final Battle», «Wake Up from Your Dreams» y el martillazo que es «Mercy», todas retumban con estatura y peso de clásico. La reivindicación de los tiempos fundacionales con «I Demand Revenge» -la que inaugura Twisted Souls- y el repaso a la época de los cassettes demo con «Son of Darkness», se concretan como tal cuando hay un propósito y una forma intratables. Ahí es donde Tito Melin, a base de un carisma único y un gutural cada vez más podrido, nos recuerda que el metal chileno, en especial el de la muerte, es una fuerza natural, capaz de resistir hasta los embates naturales que afectan a nuestro país durante las últimas semanas.
 
Cerrando la fiesta con «Danza Macabra», hay una postal en cancha que es menester recalcar por su significado. La de un niño sobre los hombros de un adolescente, probablemente un hermano, entregado hacia lo que ocurre en el escenario. Una imagen que, en el caso de Nuclear, volverá a repetirse por centenares y miles en el Estadio Nacional durante la última recta del año. En el caso de Undercroft, habla mucho de cómo las generaciones más jóvenes se encuentran con los adolescentes de ayer. La vieja escuela siempre será eso, da lo mismo la edad. Hay cosas que pueden cambiar, y hay otras más poderosas que perviven ante el ‘trending topic’, por el simple hecho de tener razón de ser. Y eso la gente lo nota a kilómetros.
 
Nos quedamos cortos al afirmar que Undercroft escribió una nueva página. Es una batalla de almas torcidas, donde la muerte nos obliga a abrir los ojos y despertar de nuestros sueños. Los pocos que estuvimos la tarde-noche del sábado 15 de agosto, podemos dar fe de una jornada de revancha con espada en mano. Por Undercroft, por el metal chileno. Y por las batallas que se libran ante la inclemencia del tiempo y la vida, ¡salud!

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