No se complique: sólo diga Pogo
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No se complique: sólo diga Pogo

No se complique: sólo diga Pogo

jueves 06 de octubre, 2022

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Escrito por: Francisco Quevedo

El cerebro detrás de Los Peores de Chile falleció el 3 de octubre. Así, dijo adiós uno de los personajes más honestos de la escena musical chilena. Mario Carneyro fue de una sola línea, enfrentando los costos y beneficiosos de ser así en Chile. “Acá los huevones son viejos a los 25 años. Yo tengo 60 pero me quedé en los 20, soy joven”, dijo al sitio Música Popular en 2018.

“Tengo que contar esta historia. Hace unos años el Pogo hizo uso del fondo de emergencia de SCD para poder comprar una guitarra, ya que la suya había sido robada. A los pocos días fue personalmente a la SCD a devolver el dinero porque su vieja guitarra había aparecido. QEPD”, escribió en su cuenta de Twitter Don Rorro, vocalista de Sinergia y presidente de la Sociedad Chilena de Autores e Intérpretes Musicales (SCD), una vez conocido el fallecimiento de Mario Carneyro el pasado lunes 3 de octubre, noticia que enlutó a la escena musical chilena.

Esta anécdota relatada por Don Rorro podría definir cómo fue Mario Carneyro, mejor conocido como Pogo. Murió a los 65 años, aquejado de un cáncer pulmonar, esa maldita enfermedad de la que nadie está a salvo. “Murió rodeado de su familia, de La banda de sus gatitos», señaló en un comunicado la banda Los Peores de Chile, agrupación liderada por Pogo, en la que asumió el rol de vocalista y guitarrista. Para refrescar la memoria y desempolvar el baúl de los recuerdos, Los Peores de Chile firmaron hits como Síndrome Camboya y Chicholina, dos emblemas de la década de los noventa, alzando la popularidad del grupo a niveles insospechados. De seguro los conoce o ha cantado en fiestas o celebraciones dieciocheras.

La salud de Pogo estaba delicada hace algún tiempo. De hecho, “en junio se había organizado un concierto benéfico para apoyarlo, en que participaron bandas como Machuca, Santiago Rebelde, Durango, Surfin Caramba, Los KK Urbana, Genitales y Los Revoltosos”, explica una nota publicada por La Tercera el 4 de octubre.

Del underground al éxito

Mario Carneyro nació en 1957. Nacido en una familia con buena situación, a los 19 años partió a España, país en que ejerció como diseñador gráfico, pero después de 10 años fue deportado y volvió a este terruño en 1986. En ese momento, se insertó en el incipiente círculo underground de la época. Fue en ese contexto en que conoció a la banda Fiskales Ad-Hoc, a los que entrevistó en su casa. “Yo estaba muy ebrio, todos estábamos chupando y les dije que era buen guitarrista y entré a la banda. A los tres días teníamos tocata y nadie sabía tocar nada, fue traumática la movida, pero siempre intuí que tenía dedos pa’l piano. Al final, poquito es lo que tengo pa’l piano… pero igual me sirve”, señaló en una entrevista concedida al portal El Ciudadano en 2010.

Una vez fuera de Fiskales, Pogo decidió fundar su propio grupo “por venganza” ya que fue echado de Fiskales, según contó a El Ciudadano. “Quería hacer la mejor banda del barrio y empezamos a trabajar un año y medio ensayando, no dejaba salir a nadie de mi casa ¿Has visto esos autos de carrera cuando empiezan a acelerar, acelerar y se quedan en la línea de partida acelerando? Y de pronto ¡paf! Sueltan el freno y salen en dos ruedas… nosotros salimos así. En una semana estábamos firmando contrato y saliendo en las radios, así que fue muy fugaz. Pero bien, valió la pena”, relató.

Ese grupo fue Los Peores de Chile, que fundó junto a los hermanos Alejandro «Jando» Guzmán, Claudio «Klein» Guzmán y Bruno Astele. Los Peores de Chile editaron los discos “Los Peores de Chile” (1994) y “Trece Mordiscos de Amor” (1997) bajo el alero del sello BMG. Todo, amparado en el éxito que había logrado Síndrome Comboya, canción que fue incluida en el compilado “Con el corazón aquí II” de la Asociación de Trabajadores del Rock y publicado en 1993. La rápida exposición tuvo sus pros y contras. “Por un lado, genial -dinero, minas, drogas de todo tipo-, pero por otro, empezamos a vernos en un mundo sin privacidad, ni individualidad. No tenía idea de lo que era ser popular”, analizó (El Ciudadano, 2010).

Sobre los excesos, para Pogo no había doble lectura, desde su propia experiencia inmerso en el mundo de las drogas. “Empecé tomando anfetaminas a los 13, 14 años y de ahí, ácido y todas las mierdas, menos pasta base, porque encuentro que es una droga flaite, pa’ puros picantes, pero el resto me parece que está guay, está bien (…) Yo le saco provecho a la marihuana, me encanta. Hago discos con marihuana, escribo libros, hago diseño gráfico con marihuana porque me despierta la imaginación, me hace ver cosas que no veo normalmente” (El Ciudadano, 2010). Pero también pone los puntos sobre las íes. “(Sobre la droga más consumida en Chile) El copete, la número uno en todo: En desastres, en venta, en consumo. Claro que la sociedad hipócrita chilena no le llama droga. Juntas todas las drogas tipo cocaína, marihuana, pasta base, ácido, anfetaminas y no llegas ni al 5% del daño que hace el copete. Pero eso “no es droga””, afirmó Pogo (El Ciudadano, 2010). Y aunque la reflexión suene cruel y agria, la realidad es así. Después, Pogo vivió alejado de la música, encerrado en su casa y dedicado a sus aficiones. Sin embargo, se reunió con Los Peores en el año 2009. Ese reencuentro se materializó en un nuevo álbum: “No sabe, No contesta” (2012).

Mucho más que músico

Pogo también incursionó en el arte y la escritura. Uno de sus libros fue la autobiografía “El Peor libro de Chile”, publicado en 2018 (la palabra libro va tachada).

A raíz de la publicación de ese libro, Pogo concedió una entrevista al sitio Música Popular. En ella entregó algunas confesiones. Como por ejemplo su opinión sobre la música u otros músicos chilenos. “Habiendo tanto imbécil al que no le importa nada, dejando cagadas, que una persona como él esté limitado… A (Jorge) González yo lo quiero mucho, y no lo conozco [sonríe], en mi puta vida he hablado con él. Lo respeto porque es músico antes que nada, y en un país como éste, lleno de copiones, cuesta mucho encontrar gente como él, creativa, auténtica. Y que esté enfermo, fuera de las tocatas, de las ruedas de prensa, de grabar discos, me duele”, señaló. Agregó que “es tonto eso de no apreciar las buenas canciones. Si me preguntan, «¿te gusta el punk?». No, no me gusta el punk: lo encuentro horrible, es basura. No me interesa el ruido, ni el death metal ni esas cosas culiás guturales, pero me encanta AC/DC, me gusta Slayer (…)”, afirmó. Pero no se quedó ahí. “Crecí escuchando singles. De niño me dejaban con la radio encendida y sonaban Paul Anka, Neil Sedaka, esa música tan bonita que hasta la fecha sigo escuchando. Si la música no es atractiva, no está bien armada… no me interesa, para qué”, sentenció. Esta postura no hace más que elevar el valor de las canciones en sí.

Pogo nunca fue vendedor de humo. Siempre fue transparente y de una sola línea. En su libro hay un pasaje que lo describe a la perfección: “No estoy en la calle comportándome como un saco de huevas, porque quiero que mi trabajo sea bueno. No quiero ser popular, no quiero ser el más lindo de la fiesta ni el más simpático ni el más choro pero quiero que mi trabajo sea el mejor, y de esa forma me ha dado resultado […]. Yo no puedo vender la pomada, y en este país el noventa por ciento anda vendiendo pomadas; ninguno es lo que dice ser, ni uno solo. Yo no tengo nada de eso, no engrupo a nadie, no miento a nadie, no tiro rollos para nada, todo lo contrario. Lo mío está ahí. Si te gusta, bien, lo comparto, no tengo problemas. Si no te gusta, vete a la mierda. Sumarme a la estupidez Made in Chile, no, compadre”, escribió en la página 87.

Esa forma de ser también está reflejada en la anécdota de la guitarra recordada por Don Rorro. Necesitaba plata por equis motivo, se dio cuenta que no la necesitaba, la devolvió. Cualquier otro se hubiese quedado callado y a cobrar. Es que la plata no fue un tema fundamental para Pogo, por cuestión de principios. “No puedo ir con un discurso anarquista y luego cobrar 800 lucas por tocar y pedir trato especial. Y un punky no tiene por qué ir a una tocata mía y pagar 15 lucas; yo me preocupo de que no le cobren más de 2 mil pesos. Así llevamos treinta años” (Música Popular, 2018).

Pogo tuvo una mirada crítica de Chile y del ser chileno. Para él, “acá (en Chile) los huevones son viejos a los 25 años. Yo tengo 60 pero me quedé en los 20, soy joven”, afirmación que explica la manera en que afrontó al mundo durante su vida. “(…) Lo que más desprecio es el odio entre chilenos, pero llega un argentino y se la mamamos bajando la escalerilla del avión, pero entre nosotros hay un desprecio completo”, explicó a El Ciudadano. En aquella oportunidad se explayó: “(Somos) Una sociedad muy conservadora, a niveles casi fascistas, intolerante, pero a más no poder. No avanzamos nada, hay terror al cambio. Somos un pueblo flojo, no nos atrevemos a hacer cosas nuevas, nos gusta copiar y copiamos mal”. Si uno uniera hilos, la visión de Pogo podría resumir lo que el país está viviendo ahora, en cuanto a la polarización política, la intolerancia por la opinión contraria y la forma de comunicarse, en especial a través de las redes sociales.

Mario Carneyro, Pogo, siempre la tuvo clarita. Fue consecuente en su actuar y así desarrolló su vida, hasta que no pudo más. “¿Qué triunfos tengo? No creo que tenga ningún triunfo. Quizás haber nacido en la casa en que nací, tener una base cultural y económica. Mis viejos no eran millonarios, pero agradezco que crecí en una familia relativamente armada. Pero los complejos, las peleas, este país de mierda me han ido quitando las ganas, también. Espero acabar pronto”, fue su última respuesta a Música popular en 2018.

Sin rodeos, sin humos, sin parafernalia, sin pirotecnia. Hasta pronto, Pogo.

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