Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
En medio de una batahola de eventos, con el Lolla, los eléctricos de AC/DC repitiéndose el plato, e incluso un magno evento progresivo en La Reina, se coló entremedio una gran X, pero no la X de la incógnita, sino del virtuosismos ecléctico y barroco de los Symphony, esperados con gran expectación, pues la banda tendría un setlist escogido con pinzas, con material clásico, que auguraba un gourmet musical ¿lo consiguieron? Sigue leyendo.
Los estadounidenses se presentaban en nuestro suelo patrio, celebrando treinta años de carrera que, indiscutiblemente, tuve su punto más álgido durante los 90, en una época dominada por otros gigantes de la escena gringa, como Queensrÿche, Dream Theater y Tool. ¿Qué hizo distintiva a la gran X de otras propuestas? Los sinfónicos siempre apostaron a la densidad conceptual de sus líricas, a las estructuras virtuosas y polirritmias, con fuertes aires épicos cargados a la fantasía y a la magia.
Nada diferente a lo que haría una banda de power o prog promedio, con un gran pero: hubo una baza que fue llamativa desde su primer trabajo y fue que Michael Romeo nunca utilizó la lógica armónica de la música clásica (Bach, Vivaldi, Paganini), como mero elemento decorativo, sino que utilizaba esa matriz musical para crear contrapuntos, secuencias barrocas y espiraladas, y riffs con lógica de fuga, creando una fusión perfecta entre el power metal más habilidoso y orquestal, sumada a la furia técnica y descarrilada del prog.
Por eso Symphony X puede sonar a otras bandas pero con un estilo demarcado. Con esas credenciales, el Teatro Teletón se fue repletando de a poco, hasta colmar su capacidad (1500 asistentes aprox.) y ya a las 19:30, con puntualidad exacta, salió al escenario el telonero, un desconocido Andy Addams.
GUITARRA ECLÉCTICA CON BASE DE HORMIGÓN
Andy Addams es un guitarrista y compositor colombiano formado en música clásica y composición, activo desde comienzos de los 2000 en la escena rock y metal de Bogotá, ha editado un larga duración (The Eyes of The Moon) además de ser profesor de las seis cuerdas en su escuela online Guitar For All Academy,
Con estas credenciales, y formando un power trío junto a los mexicanos Chucho Romus a los tarros, y Elizabeth Schembri en el bajo, pudimos comprobar que estos cabros jóvenes demostraron su talento a partir del segundo tema, y no porque la primera canción fuera mal interpretada, sino porque en el arranque los tonos graves saturaron los parlantes.
El desbalance fue corregido a la velocidad del rayo, con un «When The Spirits Collide» que inició de inmediato con un ataque desmesurado de barridos y escalas, notas veloces afirmadas por un Chucho concentrado y aplicado en la batería, con golpe firme y cargando las baquetas al hi-hat cerrado, y metiéndole potencia al doble bombo sin agotar el recurso.
Mención aparte a Elizabeth, una bajista no sólo conocedora de su instrumento, sino que además brillante por su versatilidad, pasando del fingerstyler al uso de la uñeta, y de las líneas galopantes y rápidas al rasgueo y al slaps aplicados con mucha técnica: hubo momentos en que igualó la velocidad de la guitarra de Andy, y nos regaló secciones exquisitas con tapping, creando un trabajo de cuerdas alineado con lo que demandó este estilo neoclásico metalero que tuvo a Andy intercalando rápidos acordes de quinta con solos veloces.
Excelente show que tuvo como despedida un midley que tributó a lo mejor del animé (Saint Seiya y Dragon Ball Z), y a portentos del heavy como «Separate Ways» de Journey y «Tornado of Souls» de Megadeth.
Fueron treinta minutos intensos, y que en la despedida tuvo como gran protagonista al batero Chucho, quien se llevó como recuerdo el coreo de su nombre por parte del respetable, que cómo no, sabe apreciar cuándo hay talento.
LA SINFONÍCA- FUGA-METÁLICA-DE-ACERO
Puntualidad de hierro. A las 20:00 pm exactas, se apagaron las luces y en la pantalla gigante pudimos ver los principales álbumes recreados a través de una animación envolvente, entre dunas, espejos mágicos, y la imponente imagen épica de Ulises encadenado al poste y acechado por las sirenas-arpías. Tras ese deleite visual, escuchamos el riff característico de «Of Sins and Shadows», reconocible por su estructura palmuteada y esos armónicos que rematan la fuga.
El Teletón casi se viene abajo por la algarabía del mejor, o mejor, comienzo para abrir un show, con un Russell Allen en estado de gracia y excelente forma física, aportando toda la furia desatada con esa voz que roza los raspados, con fuertes tonos medios de base, y apertura cuidada y melodiosa hacia los altos, limpios y brillantes.
Michael Pinella entregó en los teclados la base melódica, los coros épicos y las notas veloces, incluyendo secciones donde las cuerdas requerían una base dura para surfearla. Habría sido hermoso una cámara lateral y proyectada en la pantalla grande para apreciar in situ el virtuosismo de su tecladista, un recurso que no debería ser costoso de implementar y que aumentaría la experiencia inmersiva.
¿Se pueden imaginar cómo recibió el público la segunda descarga? Sí, «Sea of Lies», otro hitazo interpretado con esa misma premura y pulcritud de su disco, pero con la intensidad del vivo y la sincronía que exige este portento, que no va por seguir el rasgueo rítmico de los cuatro cuartos, sino que se asemeja más a tratar de atrapar una mantarraya en el agua: una mala maniobra y te suelta la descarga eléctrica completa.
Jason Rullo brincaba sobre la batería, utilizando hasta la última célula de su cuerpo para llevar, de manera endiablada, la rítmica sincopada de las canciones, cruzando como conductor de una carroza en llamas el uso de la doble pedalera con el pedal del hi-hat. «Out of Shades» significó un esfuerzo titánico, al combinar patrones lineales y rápidos, con quiebres notables en la primera mitad, con silencios y vueltas a la marcha en el estribillo, sin perder ni la fuerza, ni la técnica, ni la coordinación; en efecto, un titán.
Mike LePond fue el gran responsable de que el trabajo de Rullo no se descarrilara, utilizando un bajo sencillo, de cuatro cuerdas, pero sincronizado con el bombo, y haciendo unos slides muy elegantes que atravesaban la melodía de cabo a rabo, aplicando acordes rápidos, y serpenteando con mucho groove las fugas complejas que imponía el big boss, Michael Romeo.
«Evolution» y «Communion and the Oracle» marcaron la primera mitad de un show intenso y sudoroso. No vamos a exagerar, pero incluso apreciamos a espectadores llorando, porque sí señoras y señores, no solo la tristeza conmueve, sino que también la perfección de la belleza, más cuando es calibrada al máximo.
Hemos dejado para el final el desempeño de Michael Romeo. Es verdad que hubo algunos momentos en que los graves saturaron al Teletón, relegando a un segundo plano a los agudos, pero aquello fue momentáneo y no empañó la jornada, logrando que el bueno de Romeo pudiera realizar una excelente performance; pudimos apreciar su talento, entre slides rápidos, tapping a lo largo de todo el mástil, barridos ultrarrápidos, y todo esto sin despeinarse.
El estilo de tocar de Romeo es virtuoso pero contenido, no exagera como otros virtuosos; y está genial, pues no necesita saltar a primera línea para que todo el mundo lo alabe y le prenda velas; su rol en la gran X es casi como la de mariscal de campo, dirigiendo la táctica y la estrategia y diseñando el movimiento de sus generales; más que intentar brillar y conseguir ser el centro absoluto del show, permitió que sus compañeros atravesasen las líneas y que la retaguardia se mantuviera concentrada en su desempeño.
Y no podemos ir cerrando esta crónica sin resaltar que el rol de showman se lo llevó el gran Russell, desenfadado, con la camisa desabotonada, a pecho descubierto, coreando con el público e interactuando, anunciando incluso que tras diez años y de haber desechado mil y un ideas, ya está tomando forma un larga duración, tremenda noticia para el cierre, considerando que los Symphony llevan un buen tiempo en el congelador respecto a nuevas canciones, pero totalmente activos como grupo.
Tras «Nevermore» llegó el Encore con, ahora sí, temas de su última etapa, interpretando canciones de sus tres últimos discos, como la emotiva «Without You», casi en plan de crooner, con Russel cantando en tonos limpios y conmovedores, para cerrar con las bestiales y técnicas «Dehumanized» y «Set The World on Fire», más pesadas, más afiladas y más aceradas que la primera etapa, pero con el sello distintivo de los sinfónicos.
El concierto se extendió durante una hora y media de precisión, potencia y virtuosismo, suficiente para confirmar por qué Symphony X sigue ocupando un lugar privilegiado dentro del metal progresivo mundial. La jornada tuvo además un componente especialmente emotivo, pues el show fue dedicado a la memoria del productor musical chileno Juan Carlos Lizana Faúndez, gesto que cerró la noche con un tono de respeto y homenaje, recordándonos que detrás de cada escena musical hay figuras cuya labor silenciosa contribuye a que estos momentos puedan existir.
https://open.spotify.com/playlist/0ac4Rk4rRjxhg2T8GCQOs9
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