Por Francisco Quevedo.
Uno de los emblemas del heavy metal argentino murió en octubre pasado. Dueño de un legado gigante, durante su vida Iorio fue amado y odiado, pero sólo fue él, nada más, nada menos.
La historia cultural, musical en este caso, de un país se construye ladrillo a ladrillo entre muchos obreros. En Chile tenemos innumerables ejemplos, unos más reconocidos que otros; unos más arraigados que otros, y así suma y sigue. En Argentina también es así y Ricardo Iorio fue uno de los capataces de la obra. Al bueno de Iorio se le atribuye buena parte de las bases del heavy metal argentino, cuestión que de por sí es un gran atributo, pese a sí es cierto o no (argumento que no abordaremos en este humilde escrito, no está demás aclarar).
Pero sí trataremos a Iorio como un capataz. Uno de los muchos que ha tenido la historia musical argentina. El mote de capataz o jefe de obra le sienta bien. Lo enaltece, pero no lo endiosa, lo sitúa en un lugar importante, pero no en el más importante. Y así podemos seguir enumerando. Iorio fijó algunos cimientos y puso algunos ladrillos en el muro: V8, Hermética y Almafuerte. Vaya tridente metalero, cada uno con sus virtudes y defectos (cómo todo, ¿no?). Detrás de cada uno estuvo Iorio cumpliendo diversos roles, desde tocar bajo hasta cantar, pasando por componer la letra y música de las canciones, digna pega del mejor capataz.
El “decidor de verdades”
Ricardo Horacio Iorio llegó al mundo el 25 de junio de 1962 en una familia trabajadora con padre de origen siciliano y madre de ascendencia tehuelche. Su carrera musical empezó a los 15-16 años cuando formó V8 junto a Ricardo Moreno. Esta banda fue un símbolo de resistencia ente el difícil escenario que vivía Argentina, inmersa en una dictadura militar. Ese es uno de sus grandes legados, si se le quiere denominar de alguna manera. Cierto es, según diversas crónicas, que V8 fue una de las, o fue la banda que sentó las bases del heavy metal argentino. El grupo editó tres discos de estudio – “Luchando por el metal” (1983), “Un paso más en la batalla” (1985) y “El fin de los inicuos” (1986) – caracterizados por un sonido fuerte y sin tapujos, bien directo a la vena, bien en la onda Motörhead con cortes punzantes y al mentón. Por las múltiples formaciones de V8 pasaron varios músicos, como por ejemplo Walter Giardino, quien formaría Rata Blanca unos años después. Sin embargo, la agrupación tuvo corta vida separándose a mediados de los ochenta.
Iorio no se quedó de brazos cruzados y fundó Hermética, banda que superó lo alcanzado por V8. Según reseñan numerosos artículos de prensa, Hermética fue la mejor banda de Iorio, en dónde explotó de mejor forma sus cualidades, tanto de músico como de letrista. Es junto a Hermética cuando Iorio estuvo más cerca del cielo; sus letras lograron captar el ambiente que se vivía en Argentina y, al mismo tiempo, hacerle frente. Pero, tal como aconteció con V8, Hermética se disolvió en medio de confusas circunstancias, las que nunca fueron del todo aclaradas. Hermética publicó su disco homónimo en 1989, el EP “Intérpretes” (1990) y “Ácido argentino” en 1991, trilogía que los catapultó a lo más alto. No está demás decir que la fama y los seguidores del grupo nunca dejaron de aumentar. Tras lanzar “En vivo 1993 Argentina” (1993), álbum que no hizo más que confirmar el arrastre de Iorio y compañía, en 1994 editaron el tercer disco de estudio: “Víctimas del vaciamiento”. No obstante lo cual (saludos, Riff), Hermética se separó.
Almafuerte sería la próxima estación del viaje; el siguiente ladrillo en el muro. Con esta banda, Ricardo Iorio mantuvo la línea de Hermética, pero nutrió las letras de sus canciones de tintes más nacionalistas, una de las facetas pro las que se hizo más conocido en el último tiempo antes de su deceso. Lo rescatable, destacable y atesorable es que en Hermética y Almafuerte, Iorio confirmó que sus letras eran capaces de reflejar la vida del argentino medio, de aquel que se levanta a “laburar”, que sufre con las decisiones de la clase dirigente, del argentino de a pie, el argentino trabajador, en resumen…del argentino común y corriente. Esa veta le permitió penetrar y llegar a la vena del fanático. Los temas sociales, las denuncias y la perorata de Iorio habían encontrado su lugar. El capataz estaba a sus anchas. En Almafuerte sus esfuerzos se enfocaron más en el canto que en el bajo, instrumento que fue abandonando con el correr de los años. Los trabajos editados por el grupo, entre los que destacan el debut, “Mundo guanaco” (1995), el notable “Del entorno” (1996) o el sólido homónimo de 1998, dan cuenta del consistente camino trazado por Iorio.
Tras la separación de Almafuerte, vino una sinuosa carrera solista, la que nunca logró volar tan alto como sus capítulos anteriores. Comenzó un sinfín de exposiciones públicas que le reportaron más pérdidas que ganancias. Logró llegar a públicos que nunca lo hubiesen conocido, pero el costo fue alto al punto de comenzar a erosionar lo que había construido hasta ese momento. En Internet pululan numerosos registros de entrevistas a revistas o a medios televisivos en que Iorio desvariaba repartiendo cuchillazos verbales a diestra y siniestra, dependiendo de la pregunta que le hicieran, él repartía sin anestesia. Los dichos en contra de los judíos fueron una de sus polémicas más recordadas. “Estoy a favor de todos. Prefiero a los pecadores antes que a los santos, sí. Pero es bueno que haya diversidad religiosa. Eso sí: si vos no sos judío, no me vengas a cantar el Hava nagila en la fiesta judía. Y si vos sos judío no me vengas a cantar el Himno, la concha de tu madre. ¿Me entendés? Cada lechón en su teta es el modo de mamar. Lo que no me gusta es que a mi país traigan guerras intestinas de otros lares. Y eso se evita siendo argentino. Ojalá los políticos se dieran cuenta”, dijo a la revista Rolling Stone en el año 2000.
Estas intervenciones le hicieron un flaco favor a toda su carrera, puesto que, como teorizan algunos textos en Internet, las nuevas generaciones lo conocieron más por su faceta desatinada que por su notable carrera musical. Aunque muchas de sus intervenciones transitaron por la delgada línea entre el amor y el odio (saludos, Iron Maiden), rozando en algunos casos la desubicación o el mal gusto, es mucho mejor mirar la obra de Iorio desde el balcón del tiempo para poder rescatar sus aportes y no quedarse en lo accesorio.
Si bien la última etapa de su carrera no alcanzó niveles de excelencia tan altos como durante los ochenta y noventa, Iorio siguió machacando desde su residencia en el campo, donde compatibilizaba sesiones musicales, conciertos y vida familiar, ya más alejado del ajetreo que acompañó gran parte de su trayectoria. Muchos textos publicados tras su deceso, dan cuenta que Iorio fue uno de los músicos que más recorrió Argentina, acumulando miles de kilómetros de experiencia y vivencias.
Es muy probable que dichas vivencias hayan influenciado sus letras, las que lograron representar de una forma genuina y sin rotondas como es la vida del argentino medio. Así, “Papero”, como le apodaban de niño (por ayudar a su padre a trasladar papas), entró de lleno en el cancionero argentino, convirtiéndose en un “decidor de verdades”, concepto con la que él mismo de definía. Basta con escuchar algún disco de Almafuerte para comprobar que alejado de la realidad no estaba.
Ricardo Iorio murió el 24 de octubre pasado a los 61 años. Este capataz que edificó los cimientos del heavy metal argentino (V8), construyó pisos sobre él (Hermética) y que adornó con tino y sentido social (Almafuerte) merece ser recordado como eso: un obrero jefe de obra encargado de “recitar verdades” por medio de sus canciones, las que a la postre son su mayor legado. Ricardo Iorio fue él, nada más. Podrá ser amado, odiado o ignorado, pero cada ladrillo de los muros construidos por su música seguirá en pie.
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