GRAVE E «INTO THE GRAVE»: VIENTOS DE MUERTE DESDE LA TUMBA
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Escrito por: Equipo SO
Por Claudio Miranda

Si hay un año clave en el desarrollo del death metal en Suecia, las miradas en el calendario apuntan a 1991. De las cenizas de Nihilist, y tras el estreno de Entombed en primera división con el fundamental Left Path Hand (1990), Dismember  y Unleashed hacían lo propio con Like an Ever Flowing Stream y Where No Life Dwells, respectivamente. Era el sonido crudo y espeso que inundaba Estocolmo en el amanecer de los ’90s, con el pedal Boss HM-2 grabando a fuego en el subsuelo de la capital sueca un zumbido tan denso como inconfundible. El resultado es un aluvión de lodo sónico, donde la suciedad y la atmósfera marcan un distintivo respecto a su contraparte al otro lado del charco.

En ese contexto, y tras editar seis casettes-demo entre 1988 y 1991, llega a completar el póker una banda que empezó su recorrido en 1985 y cambió de nombre varias veces hasta dar con el que escribirían su leyenda. Entre medio, lograron registrar un demo titulado Black Dawn (1987) bajo el nombre de Corpse. Y será en 1991 cuando Grave, ya establecidos y dotados de la experiencia suficiente para integrarse al tablero, harán su estreno en sociedad de la mano de Into the Grave. Un trabajo debut con impronta de clásico inmediato. Y una declaración de principios respecto a lo que debe ser el death metal desde el impulso y la personalidad. El zumbido característico en la distorsión de las guitarras, alcanza niveles de ultratumba a través de afinaciones bajas hasta lo inhumano. Las voces podridas coronan la humanidad de un ecosistema que bebe directamente de la agresión extrema del hardcore-punk y el ritmo implacable del D-Beat.

Into the Grave, de inicio a fin, es un bestiario de ruido sin tregua. Cuando el blast-beat se volvió un deporte de alto rendimiento en el género, la batería de Jenss Paulsson apela a la consistencia de un patrón que mantiene el pulso contra viento y marea. El arranque con «Deformed», sus redobles y al ataque, resume de entrada el ideal de una banda que define toda una identidad sin pretensiones. La influencia del thrash, lejos de desfasar la propuesta, es una señal de apego hacia las raíces del género. Y detrás de esa simpleza que puede alejar a quienes buscan pulcritud, hay una riqueza en términos de arremetida y disonancias que Grave reluce como parte del mismo hedor que respiraba junto a los más aventajados Entombed y Dismember en el ciclo 1990-91. Lo notamos en las siguientes «In Love» y «For Your God», ambas irrumpiendo con la misma fuerza que sus escritores proyectan el elemento de crudeza y tosquedad que le da Grave una rúbrica quizás menos clínica y más orgánica en su narrativa. Una diferencia hasta en la misma escena de Estocolmo.

En pasajes como «Obscure Infinity», hay una serie de puntos de tensión bien distribuidos entre el zarandeo constante. Into the Grave, en el aspecto sonoro, no recurre al sonido ‘motosierra’ de sus compañeros de curso, sino que apela a un sonido pantanoso y una cantidad de distorsión precisa para exponer su propia definición de melodía y relato. Fuera de Escandinavia y Europa, Grave se sumerge en la misma frecuencia que Immolation al otro lado del Atlántico. Es un death metal con raíz subterránea hasta la médula. Un lodazal en plena alcantarilla, con momentos de creatividad tan inesperados como eficaces en su resultado. Como lo que ocurre en la pieza que titula el disco, donde la atmósfera mortuoria y la embestida implacable se hermanan en un relato espectral de horror cósmico. Es el clímax dramático de una narrativa reconocible, donde quienes descienden hasta lo más profundo de la tumba se encuentran cara a cara con lo abominable.

En la misma línea, «Extremely Rotten Flesh» hace de los cambios de ritmo y la textura un recurso literario que favorece el relato llevándolo hacia un lugar muy abajo. Es destacable la forma en que el fondo, el contenido lírico, le da a Grave unos brochazos de horror hasta lo más macabro. Lo más cercano a un compendio de asesinatos, cadáveres y degradación mental, más ligado a lo que hizo Slayer en Hell Awaits (1985) que al gore y la violencia explícita que Cannibal Corpse registraba como su huella dactilar en Florida y alrededores durante los ’90s. Es cosa de leer la letra de «In Love», un relato de necrofilia y perversión que raya lo censurable. Más claro, imposible.

En la recta final del disco -42 minutos con 25 segundos- Into the Grave despliega su enormidad sin caer en pretensiones vacías. El protagonismo de Jensa en la batería, le da a las guitarras de Ola y Jürgen el empuje necesario para desempeñar sus funciones respectivas con un fiato de precisión quirúrgica. En el ‘mediocampo’ de las bajas frecuencias, Jonas Torndal se basta con su labor de pivote para exponer su aporte con una solidez que hoy parece de otra liga. Ahí radica la cadencia y la transmisión de ideas prohibidas que Grave, como un todo, profiere sin necesidad de ampararse en el monstruismo que, para bien y muy para mal, determinará la evolución del género hasta la uniformidad. Cuántas ideas, cuánta exploración emocional destilan «Day of Mourning», «Inhuman» y la final «Banished to Live», todas impregnadas de una bruma que todavía ahoga, donde y cuando sea. Paradójicamente, el cierre de Into the Grave es puro brillo en cuanto a lo que propone, sea en 1991 o en 2026.

Si bien el catálogo de Grave se extiende hasta superar la decena de producciones -su placa más reciente, Out of Respect for the Dead, está fechada en 2015- Into the Grave se mantiene en una categoría imposible de superar. Es un trabajo que salió en un contexto determinado. Limitar la jerarquía de Grave a dicho trabajo, no obstante, es omitir la importancia de aquellos demos en los que la banda plasmó sus inquietudes de ideas y expresión hasta darle su forma definitiva como largaduración en el angular 1991. El olor a bodega abandonada y humedad que expele en cada surco, es el fiel reflejo de un género que, al menos durante esos años, era un impulso primario antes de la fórmula y la actualización que imperan hoy. Igual que sus colegas más aventajados en Estocolmo, es un LP debut con estatura propia y una naturaleza que se mantiene impertérrita al paso del tiempo y el bombardeo de tendencias. Los vientos de muerte que soplan desde la misma tumba, son los que aún resoplan durante más de tres décadas. Y mucho más en estos tiempos.

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