Por Claudio Miranda
Es complejo hablar de Six Feet Under sin reparar en la figura de Chris Barnes, su fundador, ideólogo y único miembro constante. Empezando porque lo que empezó como un proyecto paralelo a Cannibal Corpse, terminó forjando una carrera sin pausas que marcó total distancia respecto a sus hoy ex compañeros. Más aún cuando la apuesta por el tempo más pesado y la repetición se volvió un distintivo cuando el death metal, en durante el mediodía de los ’90s, era sinónimo de blast-beat por doquier.
Parece menos complicado, al menos en este párrafo, escribir sobre Six Feet Under hoy, a pesar de que, digámoslo, sus momentos de creatividad más brillantes se sitúan en la década del ’90. Trabajos como Haunted (1995), Warpath (1997) y Maximum Violence (1999) responden a la identidad que Barnes buscaba proyectar en una escena saturada de ‘clones de clones’. En la misma línea, el catálogo de los de Tampa, Florida, ha sabido extenderse para bien y para mal hasta hoy. Esto al menos por lo que denotan sus últimas producciones, donde el desgaste creativo, la fórmula segura y el piloto automático pueden resultar en una combinación venenosa a la que muy pocos sobreviven para contarlo.
Dicen que la música no basta para trascender por sí sola. Y en el caso de Six Feet Under, la figura de Chris Barnes tiene un condimento que lo vuelve atractivo y mediático. Una de los primeros vocalistas absolutamente guturales en el death metal. Sus letras y aporte vocal en Cannibal Corpse le valieron el sitial de pionero cuando el género era un impulso subterráneo antes de salir a la superficie y saturarse en fotocopias.
Al frente de Six Feet Under, Barnes supo dar el siguiente paso en términos de inventiva y creatividad literaria. Y, contrario a la manoseada entelequia de la crítica social hoy omnipresente en estos tiempos de redes sociales, había un identitario que llamó la atención entre los entendidos y los puristas del género. Enfatizando el aspecto vocal, su voz divide aguas entre quienes miran con la nariz arrugada y las cejas levantadas una evolución donde la exigencia física pasa la cuenta. El lanzamiento de Bringer of Blood (2003), hace poco más de dos décadas, introdujo el chillido ‘pig squeal’ que le valdría a Barnes una serie de críticas respecto al cuidado de su voz. Los lanzamientos posteriores, en especial Undead (2012) y Unborn (2013), despejaron toda duda respecto a cómo Barnes se las arregla para mantenerse en forma y preservar la claridad en un catálogo intachable, al menos hasta los trabajos mencionados.
Imposible desconocer la curiosidad que despierta Six Feet Under, incluso fuera del género. En 2000, Metal Blade edita Graveyard Classics, un álbum de versiones del rock clásico y el heavy metal donde el gutural casi ilegible de Chris Barnes y la afinación en D Standard le brindan un toque de peso y densidad hasta lo absurdo. El golpe a la cátedra llegará en 2004 con Graveyard Classics 2, una secuela del anterior que contiene el clásico álbum Back in Black de AC/DC versionado en su totalidad. El impacto comercial va de la mano con el atractivo turístico que le vale a Six Feet Under una explosión mediática, con la potencia de la dinamita pura. La jugada tendría efectos colaterales; la atención de los curiosos es inmediata, pero le da a Six Feet Under un mote kitsch que influirá en cuanto a imagen.
La última década de Six Feet Under ha sido de poco dulce y mucho agraz. Sus tres últimos lanzamientos han sido objetos de cuestionamiento, en gran parte debido al pobre cuidado y desempeño vocal de Chris Barnes, lo cual ha minado bastante el núcleo creativo de una agrupación que marcó diferencias en los ’90s gracias a su sonoridad inconfundible en un momento clave. Nada de aquello empaña, desde luego, el eco retumbante de una propuesta que aún pisa fuerte: ritmos mugrientos, con una densidad sofocante y un gancho que te deja K.O. a la primera. Coronando el esquema desde la escritura al tratamiento en estudio, las letras de Barnes no transan una pulgada de su naturaleza. Violencia explícita, sangre y muerte en sus formas más horrorosas. Las formas, como suele pasar, también importan y ahí está el valor de Six Feet Under como un nombre diferente. Es un cadáver viviente cuya sangre coagulada contamina aguas y territorios, y no solamente en el sentido metafórico.
Tras varios intentos infructuosos, por fin Six Feet Under volverá a nuestro país. Y si bien su alineación ha variado incontables veces, la inclusión del guitarrista Jack Owen -antiguo compañero de Barnes en Cannibal Corpse- le dará al primer cara a cara en suelo chileno un sabor especial. Owen ha estado presente en las últimas tres placas, incluyendo la más reciente Next to Die, publicada en abril del presente año. Su nombre como institución en el death metal trasciende su nutrida participación en la discografía de Cannibal Corpse desde sus inicios hasta The Wretched Spawn (2004): el posterior fichaje en Deicide, lo más cercano a pasar del Real Madrid al Atlético, le dio a la banda de Glenn Benton un envión creativo durante la primera década del actual milenio. Su estilo en las seis cuerdas, más directo y menos intrincado que el de sus colegas de estilo, será un lujo para los fans nacionales que asistirán ell próximo domingo 25 de octubre al Teatro Cariola. Barnes y Owen juntos, una dupla que llegará a nuestro país a detonar la máxima violencia desde su propio sendero de guerra.
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