Cristian Salgado Poehlmann
El que a estas alturas espere algún tipo de sorpresa o revelación en un disco de Kreator mejor que se entierre vivo. Fantasear de ese modo demuestra que tus expectativas están completamente disociadas de la realidad. Más aún si esperas algo así como una iluminación
musical. La verdad es sencilla y directa: con Krushers of the World, Kreator aseguró la continuidad del oficio que en la actualidad mantiene a las bandas, me refiero a estar un par de buenos años de gira. Al final de cuentas, habrá material nuevo para mostrar, más el puñado de clásicos de siempre. Kreator cumple, lo cual no es ninguna novedad. No por nada es el grupo de thrash más importante de Europa y uno de los actos más imponentes en la historia del metal de todos los tiempos.
Krushers of the World no es caso alguno un mal disco, si lo vemos desde una perspectiva objetiva. Sí, tiene canciones débiles, como “Combatant” o “Krushers of the World” –esta última con un dejo hardcore en su peso guitarrero–, que suenan bastante genéricas y no alcanzan a emocionar, o “Satanic Anarchy”, que es desmedidamente popera y recuerda lo que pasó con “Phobia” en su momento –claro que la del Outcast (1997) es cien veces mejor–. “Loyal to the Grave”, canción que cierra el disco, termina siendo un intento de épica-pop fallida de los ochenta-noventa que, si exagero, podría haber rotado en radio y televisión en horario diurno.
Que todos los temas tengan una estructura parecida es algo que agota, pues el subidón es siempre el mismo. Krushers of the World es demasiado obediente con la “Forma canción”: INTRO-A-B-CORO. No obstante, sí es cierto que los riffs están bien trabajados
al punto que ayudan a distinguir una canción de otra.
“Seven Serpents”, “Barbarian”, “Blood of Our Blood”, “Psychotic Imperator” y “Deathscream” son los puntos altos del disco, exactamente la mitad. Todas las canciones más “in your face”, thrasheras. Por supuesto: no esperes la demencia de Ventor de “Blind Faith”, pero todavía hay algo ahí para vacilar cuando escuches estos temas en vivo. Y es que ahí pueden significar mucho más que en estudio, encerrado en tu pieza frente al computador. Una manera que tenemos de devolverle a Kreator todo lo que nos ha dejado,
que es más que la cresta. Porque a Mille Petrozza y Compañía se les respeta. Y eso no se cuestiona.
El otro día conversaba con un compadre sobre este disco. Me decía que no le había gustado por genérico, por estar lejos de joyas como el Pleasure to Kill (1986). Y de acuerdo, lo está. Pero me puse a pensar que este es un disco de encuentro de generaciones. Kreator ya no es lo que fue. Me refiero a que ya no lo vamos a ver solamente los que nos tiramos los tablones por la cabeza, sino que ahora también lo ven padres y madres con sus hijos o tíos con sus sobrinos y de un cuanto hay. Y quizás este disco pueda ser uno que motive el encuentro. Y se siga alzando así para siempre la bandera del maldito odio.
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