Por Claudio Miranda
Dicen que la música, antes de mostrar su cara más extrema y volverse un arma para destruir el mundo, alguna vez fue una forma de escapar de la realidad. Cuando esa realidad nos tiene con el agua hasta el cuello, la evadimos para después sumergirnos en toda actividad o cúmulo de ideas, donde el alivio emocional es el fine definitivo.
En el caso de Nile, el escapismo que caracteriza su propuesta siempre ha apuntado hacia mundos ignotos, donde la mitología egipcia y el horror Lovecraftiano -los mitos de Cthulhu- se hermanan en una atmósfera de barbarie cósmica y debacle incesante. Todo reforzado por una base musical que reúne intensidad, convicción y destreza técnica en una firma inconfundible durante cerca de tres décadas.
Fundada en 1993 en Greenville, Carolina del Sur, Nile siempre tuvo en Karl Sanders a su principal ideólogo y escritor principal. Con entonces 30 años, y un recorrido en el círculo underground al frente de Morriah -banda de thrash metal que inclinaba la brújula hacia un estilo idéntico, digamos, al que pulía Morbid Angel en sus años formativos-, Sanders empieza a trabajar en ideas propias, donde las tonalidades orientales aportan a la construcción de una banda sonora. Atrapante, cinemática, hipnótica. Englobando las proporciones de una producción cinematográfica de Hollywood con el horror abominable. Esos elementos extravagantes que trascienden etiquetas como el metal y sus derivados, y apuntan a una variedad que emula el caos natural del universo, como el propio Sanders lo define en sus palabras.
La exoticidad que destaca a Nile entre sus pares de género jamás socava la ferocidad de su propuesta. Más bien, lo refina hasta lo necesario. Prueba de ello es que el blast-beat, donde hoy es más bien un aderezo o un cliché propio del death metal, bateristas extraordinarios como George Kollias lo disponen en favor del caos sistemático que Nile extiende hasta el lugar menos pensado. En ese mismo plan, la egiptología y el misticismo de las culturas antiguas del Medio Oriente no se quedan solamente en el aspecto sonoro; Todas las producciones a partir de Black Seeds of Vengeance (2000) incluyen en el inserto del vinilo -el librito en el CD- una serie de textos que explican el fondo y la narrativa en cada pieza.
Es precisamente en el formato físico donde Karl Sanders -vía Nile- plasma el relato al texto, como si se tratara de una réplica del Libro de los Muertos. Tras el interés que genera el lanzamiento de Blackk Seeds of Vengeance, el siguiente In Their Darkened Shrines (2002) lleva la apuesta hacia el siguiente nivel. Su edición en CD contiene una portada desplegable, evocando la enormidad de la pieza titular, la cual dura 18 minutos y está inspirada en el relato corto de H.P. Lovecraft titulado «The Nameless City». Sin ser un trabajo estrictamente conceptual, la placa rememora los misterios de una civilización que antecede a la existencia del hombre, la cual estaba conformada por seres extraterrestres con aspecto reptiliano. Aquella inclinación visual y expresiva hacia lo grotesco es lo que le da a Nile un nombre de gran importancia para quienes ven su propuesta una puerta de entrada hacia los enigmas más recónditos del origen de la raza humana.
Y si acaso hay una placa que termina por definir la esencia y forma de Nile hasta alcanzar su peak artístico y musical, Annihilation of the Wicked (2005) se lleva todos los galardones. Es el disco que termina por remarcar lo que evoca Nile en cada surco. Es el primero con el actual baterista George Kollias, ocupando el lugar de Tony Laureano. Movimiento de piezas aparte, tanto el single «Sacrifice Unto Sebek» como la producción de arte cual libro sagrado en su interior, revelan la lucidez creativa e identitaria de los de Greenville. La personificación de Sebek como el dios cocodrilo y el simbolismo del mal y la muerte en su figura. El culto a lo abominable que Lovecraft plasmó con detalle fotográfico hasta el hedor más escalofriante. El auge y ocaso del reinado de Ramsés II, el gobernante del Imperio establecido en las orillas del Nilo durante su era dorada.
Si bien el catálogo se ha renovado manteniendo el distintivo, el momento de claridad nunca fue tan brillante como en esos trabajos editados durante la primera mitad de los 2000. Black Seeds of Vengeance, una rareza en su momento, provocó un impacto considerable entre los amantes del death metal. Una firma quizás menos ortodoxa, pero con la personalidad requerida al momento de traspasar el umbral hacia lo desconocido. In Their Darkened Shrines llevó el asunto al siguiente nivel, le dio al género una enormidad que puede ser fascinar y, al mismo tiempo, privar de la razón hasta al más experimentado. Y cerrando una trilogía imbatible -incluso para sus propios creadores respecto a todo lo que vino después, Annihilation of the Wicked señala el punto cúlmine de un catálogo que, de ahí en adelante, mantendrá una cohesión que puede generar devoción absoluta por los fans del estilo, como saturar a quienes esperan otro momento angular como los trabajos mencionados. Desde toda óptica, hay una consistencia intransable y eso es lo que le ha llevado a Nile, como banda e institución, estar donde está durante más de un cuarto de siglo.
Todo lo que nació de la febril mente de Karl Sanders, y sus intereses por la epopeya de Alejandro Magno y el relato bíblico traducido en las dantescas producciones cinematográficas de Cecil B DeMille (Rey de Reyes, Los 10 Mandamientos, Sansón y Dalila), quién hubiese pensado entonces que le daría una base conceptual al death metal más allá del lugar común. Porque he ahí el propósito de Nile en cada una de sus producciones; transportar al oyente hacia la penumbra de las catacumbas malditas, donde Sebek esparce, desde su santuario, las semillas de venganza para aniquilar a los enemigos de Ra.
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