Pestilence: la peste sonora que forjó el death metal desde los Países Bajos
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.

Entre los riffs acelerados del thrash y la teatralidad del heavy metal, había un espacio que no se había completado. El heavy aspiraba a lo alto, con gritos agudos y vibratos sostenidos, mientras el trhash y el speed se abocaban a la velocidad. Pero a ese acto faltaba un invitado: la muerte.

En algún momento el hacha del metal se oxidó y gangrenó los miembros de su víctima. Entonces la víctima comenzó a echar pus. Y vinieron las convulsiones. Y con las convulsiones llegó la fiebre, la hinchazón y la infección; a la infección le siguieron los últimos estertores. Y ya, entre espuma ácida colgando como baba, y los ojos desorbitados apunto de explotar de las cuencas, entre mugidos y bufidos inaudibles… SOBREVINO LA MUERTE… A la muerte vino la descomposición de bacterias y microorganismos, los cuales liberaron gases fétidos como el sulfuro de hidrógeno, el amoniaco y el metano. La muerte olía mal. Era el hedor de la PESTILENCIA. Y LA PESTILENCIA SE INSTALÓ.

Era un lejano 1987 y no sabemos qué tenían en la mente tres jóvenes neerlandeses, Patrick Mameli fundador y único miembro activo, Randy Meinhard (posterior fundador de Sacrosanct) y Marco Foddis, jóvenes que no llegaban ni a los 20 años, cuando grabaron su primer demo: Dysedentery: en ella aparece la fotografía de un hombre, un primer plano de un rostro sufriente, martirizado o herido, luego sabemos que destruido desde adentro por sus entrañas, un enfermo de disentería, enfermedad literalmente de mierda, pues se trata de una infección intestinal grave caracterizada por una diarrea intensa que incluye la presencia de sangre o moco en las heces.

Desde el primer segundo oímos unos sintetizadores espectrales destruidos por una ráfaga palmuteada adornados por una batería cavernosa y una voz aún más cavernosa y de ultratumba. Repetimos, no sabemos qué tenían en sus cabezas estos jóvenes, pero sí sabemos qué escuchaban y qué los inspiró: Florida, Tampa, se había convertido en el epicentro megatelúrico de la primera camada de bandas deathmetaleras, y el demo de 1984 Death by Metal de Mantas (sí, la primera encarnación de Death), o la placa Seven Churches de Possesed de 1985, dejaban en claro que se estaba inventando un metal más pesado, pero que no era tocar solo con afinaciones más bajas y baterías machacantes: el fraseo rítmico de repente se arrastraba hasta la hipnosis, y entre endiablados fills de batería se aceleraba hasta lo demencial: era la respuesta barroca y brutal al neoclasicismo de conservatorio del progresivo, pues mientras éste progresaba hacia alturas insondables, casi etéreas, el death metal progresaba hacia la materia, ora orgánica, ora inerte, clavando sus pútridas manos dentro del cadáver hasta ahogarse en su pus. Y sin embargo, Pestilence se traería un as bajo la manga.

Death metal no solo era sinónimo de muerte, era sinónimo de putrefacción, de corrosión, de enfermedad. Malleus Maleficarum fue su primer LP, nombre tomado del infame tomo escrito por frailes domínicos claramente inspirados por el demonio, para salir a perseguir brujas, pero Pestilence no se refiere en específico a ese grimorio, sino que a una suerte de nueva inquisición esta vez representada por científicos que inventan aberraciones sobrenaturales tentados por la soberbia.

Era el año 88, y Mameli había entregado las vocales a Martin van Drunen, creador más tarde de la segunda banda más influyente del metal extremo de Países Bajos, Asphyx. La infección del death metal había impregnado en poco tiempo a medio planeta: acá en Chile teníamos a los influyentes Pentagram, venerados ya desde esas fechas por Napalm Death y un puñado de entusiastas y jóvenes suecos, quienes a su vez tenían ahí mismo a los Bathory y su “Blood Fire Death”; Morbid Angel preparaba su mítico “Altar of Madness”, y portentos como Obituary o Atheist ensayaban en destartalados garajes sus primeras composiciones.

Si Malleus Maleficarum sonaba a thrash pasado por filtros de muerte y desolación, Consuming Impulse de 1989 exploraba con mayor cavernosidad los fondos subterráneos descubiertos: la voz es más desesperante y agónica, las distorsiones se oyen más húmedas, y la batería tiene mejor control sobre cambios marcha, más marcados que en la primera placa. La portada original mostraba a un grupo de caníbales en pleno frenesí, sustituida por una más recatada pero no menos mortal.

Eran neerlandeses, no estaban en Tampa ni en Estocolmo, pero habían firmado sus dos primeras placas con Roadrunner Records, quienes a su haber tenían entre sus filas a King Diamond, Slayer, Nasty Savage, y que luego ficharía a Sepultura. En camino ascendente, su líder y fundador Patrick Mamelli tenía claro que no debían echarse sobre los huevos: las críticas eran positivas y la reacción del público inmejorable, pero entre ese maremágnum de propuestas, ellos no querían quedarse como una mera respuesta al death metal primitivo floridiano y apostaron en grande.

“Testimony of the Ancients”, de 1991, fue ese gran paso. Se trató de un disco mucho más refinado, brutal como brazo aserruchado, pero con una producción musical increíble: hay mayor progresión, inclusión de figuras espiraladas y synths, quiebres violentos que no son puro golpe de caja y bombo acelerados, hay rítmicas del jazz fusión, las guitarras están mezcladas a la perfección, y la voz era asumida ahora por Mameli, mucho más versátil y elaborada que la anterior. Aquella “magia” no ocurrió por mera inspiración o voluntad: detrás de las perillas estuvo Scott Burns, el partero de toda una generación de metal extremo, y la banda se había trasladado a Tampa, Florida, a los Estudios Morrisound, la catedral por décadas de cómo debían concebirse, producirse y mezclarse los discos extremos: con una ingeniería precisa que requería conocimientos específicos y un gusto habituado a la brutalidad.

Con Testimony quedaban relegadas las líricas de muerte explícita y putrefacción. Mameli confesaría más tarde que todo ese metal centrado en cagarse en Cristo o en hablar de mutilaciones lo tenía cansado: pensaba que el death podía hablar de física nuclear, de átomos o de dimensiones paralelas.

Con eso en mente, se grabó Spheres en 1993, el cual marcó el punto de salida compositivo de la banda: problemas internos habían debilitado al núcleo central, y entre el desgaste de componer y girar, la banda entró en receso: el disco fue recibido por los fans de manera tibia, incluso hubo críticas que los señalaba como “vendidos” por haber abandonado la brutalidad primitiva de las primeras placas y abrirse a sonoridades más cercanas al metalcore y al Avant-garde; el aspecto gráfico tomaba ribetes de ciencia-ficción directos al hueso, sin ambages, con líricas que versaban sobre el futuro y el esoterismo, muy lejos de sus primeras composiciones. Es un gran disco, que no obstante palidece si es comparado con los primeros trabajos o incluso con lo que vendría después. Mimeli decidió que el metal lo tenía cansado y decidió cerrar la nave, con llave, y por fuera. Terminaba una década de glorioso death, y que tras un largo receso se reiniciaría con un Pestilence de regreso a las pistas, con nuevas ideas, nuevo material, pero centrados en su primera etapa. El resto ya es historia.

Este 9 de septiembre, Pestilence vuelve a Chile como una fuerza que ha resistido décadas de cambios sin perder su esencia corrosiva. De la crudeza de Consuming Impulse al refinamiento de Testimony of the Ancients y los riesgos de Spheres, Patrick Mameli ha mantenido viva una peste sonora que marcó al death metal. Su regreso no es solo nostalgia: es la confirmación de que la banda sigue siendo un organismo letal, listo para desatar caos y contagiar a nuevas generaciones con su inconfundible hedor.

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