Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
Un género como el metal, sobretodo en su forma más extrema, se encuentra en constante desarrollo y toma nuevas formas, derivando en cambios para bien o para mal. En paralelo, el regreso a las vibras originales nos recuerda que el metal es, ante todo, un impulso. Y el retorno a las raíces, los padres fundadores, barre con toda docilidad impuesta por una industria que prioriza el mercadeo por sobre una idea distinta. Dicha vuelta puede que tenga que ver con la nostalgia hasta cierto punto. Paradójicamente, gran parte de esa nostalgia es profesada por una generación que no vivió la época en que el metal fue una revolución subterránea antes de caer en el acomodamiento y la uniformidad.
Si hubiese que destacar el gran acierto de Chileterror Fest, incluso antes de llegar al sábado 6 de diciembre, es la conformación del cartel. Esto va más allá de los nombres, sino que revela el gran objetivo de estas iniciativas: crear una atmósfera propia y respirar la potencia del género en su fase más primitiva. Lo dijo hace unos meses Tom Angelripper al sitio web Metallerium: «Hay gente de 14 o 15 años que me dice que les interesan mucho las bandas clásicas del heavy metal, porque estas son las bandas de metal de verdad». Una declaración categórica que se puede constatar en el público congregado en el Caupolicán. Niños de 15 años hacia arriba, con chaquetas con parches y, muchos de ellos, pegados a la reja del escenario. Hay un encuentro generacional con quienes eran niños 30 o 40 años atrás, todos reunidos en torno a un mismo sentimiento de odio cruento dirigido al sistema imperante. Porque el metal, antes de pulirse hasta lograr niveles de clínica, es música hecha por y para la gente enojada.
Vamos a lo que nos convoca, el puntapié inicial a cargo de Mayhemic. Uno de los nombres más destacados en el circuito local y, a todas luces, sudamericano. Si el lanzamiento de Toba fue uno de los más esperados en lo que respecta a música extrema, en vivo su poder extintivo azota escenarios sin ninguna concesión al propósito devastador de sus ejecutores. En lenguaje coloquial, son cabros (no tan) chicos que respiran la crudeza del thrash alemán en su etapa fundacional y el legado del primer Sepultura. Y sin haber vivido aquella época, absorben toda la esencia del metal violento y cavernario en sus orígenes, al punto de que «Extinction & Mystery», «Valley of the Tundra», «Triumph Portrait», «Toba» y «Volcanic Blast» -¡vaya título!- literalmente arrasan con cualquier prejuicio externo. Aquí se ve la autenticidad, el valor agregado. No es solamente abrir un festival, sino demostrar de qué están hechos y, en el mismo plan, generar el ambiente desde el inicio. Mayhemic cumple y sorprende en vivo, porque su potencial catastrófico genera lo buscado, y no temen ni dudan ante nada.
Para los amantes de Voivod en su etapa más infravalorada -la que se comprende entre 1994 y 2001-, el anuncio de E-Force fue un regalo. Eric Forrest, quien adoptó dicho pseudónimo al ingresar a la banda -entonces reducida a trío-, es el guardián de un tesoro (muy) escondido, muchas veces omitido en el recuento histórico respecto a otros trabajos más laureados. Desde la entrada con «Rise», pasando por «Project X», «Mercury», «Planet Hell» y «Meteor», se nota a kilómetros una agrupación que hace suyo el legado de los de Québec, al punto de hacernos soñar con un show de los canadienses en el Caupolicán. Forrest, con el respaldo del guitarrista Sébastien Chiffot y el baterista Patrick Friedrich, rememora la crudeza de Negatron (1995) y Phobos (1997) y la traspasa al directo con un show atronador, suficiente para reivindicar una fase que suele quedar relegada a la categoría ‘para entendidos’. Aún así, para quienes quizás no están familiarizados con Voivod, puede ser tan desconcertante como una sorpresa.
Con casi 15 años de carrera y cinco lanzamientos de naturaleza intachable, Skeletal Remains aterrizó en nuestro país con su propia definición del death metal: aplastar cráneos y moler huesos con un sonido aniquilador. No se limitan a heredar la personalidad de instituciones de la altura de Death y Pestilence, sino que se introducen en una época determinada del género para incorporarlo a su ADN. Bien lo saben los ‘bangers’ que iniciaron el primer moshpit de la jornada en el recinto de calle San Diego. Imposible otra reacción a «Void of Despair», «Beyond Cremation», «Relentless Appetite» y la magnánima «Catastrophic Retribution», todas muestras de una propuesta inhalada en el estudio y exhalada ante un público dispuesto a recepcionar tamaño castigo. Por algo Anton Reisenegger tiene a los californianos como nombre de cabecera dentro de la oleada que revitalizó la escena durante la última década. De paso, termina zanjando mediante lo que importa cualquier discusión estéril sobre lo que debe o no debe ser el death metal.
Imposible entender la esencia del metal extremo sin el aporte estético y musical de Hellhammer. Tras su disolución en 1984, con tres demos de carácter angular y el EP Apocalyptic Raids, la leyenda se extendió por todas las cloacas del Globo. Bajo el nombre Triumph of Death, Tom G. Warrior conmemora un legado tan incorruptible como vilipendiado en su momento. Cuatro décadas más tarde, y en el rincón más austral del mundo, fue cuestión de tiempo para que «The Third of the Storms (Evoked Damnation)» volviera realidad el sueño de generaciones completas. «Massacra», «Maniac», «Blood Insanity» y «Decapitator», una a una conforman la revitalización en vivo de un material que traduce la crudeza en un despliegue de emociones profundas.
Salvo la postal con bandera chilena en mano y algún saludo hacia el público local, Tom G. Warrior es un hombre que dice lo justo. Es un explorador que entiende la importancia de la música por sobre cualquier muestra innecesaria de pirotecnia. Lo entienden también quienes sucumben ante el trance desolador que «Chainsaw», «Reaper», «Buried and Forgotten» y «Aggressor» extienden hasta el mismo averno que Warrior traza en los conceptos diseñados mucho antes del auge y caída del movimiento black metal originado en Noruega. Al mismo tiempo, el entendimiento de Warrior con la bajista Jamie Lee Cussigh, el guitarrista André Mathieu y el baterista Tim Iso Wey es brillante. Por eso es que «Messiah», «Visions of Mortality» -la última canción escrita por Hellhammer, incluida en el seminal Morbid Tales (1984) de Celtic Frost- y la enorme «Triumph of Death» terminan por hacernos sentir tan gigantes como microscópicos. Si Hellhammer es un monstruo grande que pisa fuerte, es porque Tom G. Warrior, a través de Triumph of Death, lo mantiene en forma y bien alimentado.
Los 40 años de Mayhem conforman un hito irrepetible. Una visita habitual en suelo patrio, el Caupolicán ahora sí le hizo justicia en cuanto a calidad sonora. La intro con imágenes de archivo y audios con testimonios de la propia banda, le da el paso a «Malum» y «Bad Blood», ambas de su más reciente producción titulada Daemon (2019). Con un Attila Csihar fulgurante desde sus atavíos en cada sección del show, y un apoyo visual a la altura de su propia huella dactilar en el black metal, Mayhem nos brinda un show derechamente atronador. No es solamente lo que entregan en vivo, sino la elaboración del repertorio lo que refleja la inteligencia de los nórdicos para construir una noche infernal en toda su forma. Así se entiende y digiere un espectáculo que le dedica el espacio merecido a todas sus producciones, donde Esoteric Warfare (2014), Ordo ad Chao (2007), Chimera (2004), el EP Wolf’s Lay Abyss (1997) y Grand Declaration of War (2000), en dicho orden tuviesen el protagonismo merecido por igual. Y el apoyo audiovisual, con imágenes d ela banda en sus respectivas etapas, le da un matiz emocional que trasciende cualquier cliché o parodia achacada al género.
En un set planeado como un viaje en el tiempo, la sección dedicada al fundamental de De Mysteriis Dom Sathanas (1994) termina por echar todo abajo. Entre el homenaje a los caídos Per «Dead» Ohlin y Øystein «Euronymus» Aarseth y la mención al polémico Varg Virkenes, clásicos del calibre de «Freezing Moon», «Eternal Life», el corte titular y «Funeral Fog» adquieren un sabor especial como el momento más esperado en una presentación rutilante. Y por si fuera poco, la aparición de los históricos Messiah y Manheim en la sección dedicada a Deathcrush (1987) termina por cerrar el círculo interno. «Deathcrush», «Chainsaw Gutsfuck», «Necrolust» y «Pure Fucking Armageddon»… Cuántas veces hemos soñado con tamaña reunión de viejos amigos. Y lo bien que entiende Mayhem respecto al black metal mucho más allá del cliché y la fórmula. De las pocas bandas veteranas cuya discografía tiene como rasgo la variedad; ninguna placa suena igual a la otra. Y eso es una cualidad a destacar en estos tiempos.
Balance positivo, convocatoria a la altura de lo esperado, tiempos con precisión suiza, con algún delay de minutos cuando lo requiere la situación. Y en un recinto apropiado en cuanto a acústica y localidades. Tras la jornada de hoy domingo habrá una evaluación más completa. De lo que sí estamos seguros, es que Chileterror Fest está con un pie adentro del Sur del Cielo para entablar su permanencia en los dominios de lo único real. Y esperemos que así sea.
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