GRAHAM BONNET DESAFIÓ AL TIEMPO Y LE DIO UNA LECCIÓN AL METAL MODERNO
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Santiago amaneció gris y terminó empapado. Mientras la lluvia golpeaba techos y veredas, otra pregunta sobrevolaba las cabezas de los parroquianos que, poco a poco, colmaban la Sala RBX: ¿qué tan vigente puede sonar el hard rock clásico en 2026? Bastaron unos minutos sobre el escenario para comprobar que las grandes canciones envejecen como los vinos de excepción; esa noche, como una bestia nocturna que despertaba entre sombras púrpuras, aquel repertorio abandonó su largo letargo para lanzarse sobre el público y devorarlo en un viaje sin escalas por la historia del hard rock y el heavy metal.

Domić: la bestia con alma ochentera

A las 20:00 horas los músicos comandados por Paulo Domić, de impecable corbata, sombrero y trajeado para la ocasión, dio el vamos a su propuesta que combina de manera magistral ramalazos del hard rock con el heavy metal, y que entremedio tuvo tintes glam e incluso del doom metal, dejando en claro que no son un ala cortada de Inquisición, más bien son una criatura con vida propia que recoge lo mejor del rock y el metal de la vieja usanza.

«The Ancient Lie», de arranque, tuvo esos cortes pesados y afilados, con una base bajo-batería comandada por los secos de Christian Maturana al hacha de batalla y Carlos Hernández en el tanque a pedales, creando un sonido de vieja factura, con alternancias bluseras al bajo, y acordes espaciados y arpegiados en la guitarra, factura sónica que oímos con claridad con «Epic Death» que fusionó con maestría esas guitarras secas y aserradas con teclados lanzados en pista.

La voz de Domić se oyó pulida y sólida, con su estilo particular de tonos altos a medios, con fuerte proyección y texturas ligeramente raspadas, entregando agudos con timbres robustos, en un estilo tan demandante y complejo como lo piden el rock y el metal, más alejado de cómo lo oímos en Inquisición, que colindaba con los falsettos, desarrollando en esta nueva encarnaciób una vocalización más cercana a la escuela de Dee Snider o Vince Neil.

Tras cuarenta minutos de show, bien recibidos por el respetable, la banda aprovechó de anunciar una tocata para septiembre en el MIBAR, con temas de la era Inquisición, y un nuevo single que ya se puede oír en su plataforma de música favorita, «The Shadows of The Road».

Graham Bonnet band: poderío impecable

A las 21:00 clavadas apareció en el escenario el mítico Graham Bonnet, quien bastón en mano y vistiendo de luto, interpretó el clásico de Rainbow «Eyes of the World», ante un público que lo recibió con los brazos abiertos desde el primer minuto, respetable mayoritariamente senior pero que entre sus filas vimos juventud.

Y es que el show de Bonnet no iba a ser un mero setlist de sus años mozos, más bien sería un ensamble que atravesaría, cual espada candente, la misma historia del rock y el metal, ese que se forjó a fines de los 70 en las calles de Londres, entre explosiones de hard rock, rock and roll, y la New Wave of British Heavy Metal, una historia de cuero y mezclilla que se oponía al status quo de Maraget Thatcher.

Bonnet, sentado cómodamente en una silla de bar, sacó lustre y partido a cada nota, con una eficiencia fonatoria envidiable, cantando con una apertura mandibular muy amplia, una laringe estable, una proyección frontal del sonido y un apoyo respiratorio extremadamente económico, lo que le permitió mantener potencia y afinación sin ser obturado por las capas de sonido que se oyeron atronadoras y afiladas.

Si «Eyes of the World» fue una suerte de balada pesimista con decibeles en alto, «All Night Long» fue la prueba de fuego para la banda, por el swing de la batería, la presencia notoria de la guitarra y esos versos que oscilan entre el blues y el gospel, con dinamita heavymetalera y letra candente.

A las seis cuerdas, el brasileño Conrado Pesinato, atacó de manera frontal cada acorde, siendo una suerte de pivote o figura central en el escenario, pues además de entregar fraseos llenos de brillo y solos elaborados de la vieja escuela -y de la neoclásica también-, hizo un trabajo de coordinación con los teclados, al mando de Alessandro Bertoni-, encargándose de que cada parte del show quedase afiatado en una sola marea vertiginosa de rock y metal.

«Night Games» fue uno de los momentos más álgidos de la noche, temazo que fusiona la onda disco con el heavy metal, interpretado en vivo con más fuerza y contundencia que la original, con un Kyle Hughes a los tarros preciso y enérgico, poder que atestiguamos por la pegada fuerte a la caja, con unos redobles como truenos, sin perder el groove y la rítmica entre cada compás, con un uso extensivo del ride y el hi-hat, y uno que otro patrón a doble bombo.

Los teclados de Bertoni se oyeron débiles al comienzo, casi como mera comparsa acolchando el trabajo de cuerdas, pero a mitad de concierto, y como un pretexto más que comprensible para que el bueno de Graham se sentara a un costado del escenario para reponer fuerzas, oímos sus teclados, un korg y un hammond, que en una suerte de medley y jam session, se despachó unos solos veloces con esos armónicos exquisitos de los setenta.

Y en esa misma onda sónica, oímos una improvisación en la que se sumó la guitarra, con fraseos que tuvieron como base a los clásicos inmortales de Deep Puprle, «Lazy» y «Child in Time», canciones que no solo erizaron los pelos del presente, sino que transformó al RBX en un vórtice temporal que trajo esa época y épica setentera, de morrales de cuero y chascas largas.

El segundo tiempo arrancó de manera inmejorable: si tuvimos a Rainbow y las sombras de Deep Purple, la segunda parte tomó como centro la era Alcatrazz, con una velocísima «God Blessed Video», una arenosa y hard rockera «Desert Song» de la era Michael Schenker Group, y la de más reciente cuño «Into The Night», que sonó cañonera, con un Bonnet definitivo, sustituyendo la fuerza que demanda el rock por la eficiencia: en lugar de atacar las notas con presión, las dejó resonar mediante una apertura vocal extraordinaria, con un apoyo respiratorio muy refinado y una emisión sorprendentemente económica. El resultado fue una voz que conservó potencia y claridad incluso sentado, una demostración de técnica más que de fuerza física.

Tuvimos más de una hora y media de concierto, que terminó con las inmortales «Lost In Hollywood» y «Since You Been Gone». Mención especial a la bajista Beth-Ami Heavenstone quien un plano discreto, interpretando un bajo funcional y efectivo, tuvo un rol preponderante en la banda: ahí donde la garra la puso Bonnet y el resto de los músicos la cabeza y los brazos, ella representó el corazón de la banda, no solo porque sea compañera de Bonnet, sino también porque mantuvo el pulso de cada canción, bombeando la energía que mantuvo vivo al conjunto; Heavenstone entiende perfectamente su papel, nunca compite por el foco, pero tampoco desaparece. 

VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA

Ni dinosaurio del rock ni abuelito en busca de revancha: ninguna de esas metáforas gastadas puede contener y acuñar en una sola imagen lo que oímos anoche. Graham Bonnet bromeó, cantó a pleno pulmón y demostró maestría vocal que solo muy pocos, privilegiados, pueden alcanzar a tan venerable edad.

Algo más: la inclusión de teclados en el escenario nos recordó cuán lejos se encuentra buena parte del metal contemporáneo de la riqueza armónica, los matices y la capacidad de improvisación que caracterizaron al hard rock y al heavy metal clásico. Quizá el metal actual tenga todavía mucho que aprender de esa vieja escuela, capaz de convertir un Hammond en un instrumento tan impredecible como protagonista.

Y no nos engañemos: hemos visto cómo una multitud de cantantes, víctimas de la farra y la mala vida —de esos «juegos nocturnos» que el propio Bonnet inmortalizó en sus canciones—, terminaron por desgastar su voz hasta volverla irreconocible.

La voz de Graham Bonnet, en cambio, acusa el paso de los años, como es natural, pero no la derrota. Se oye la voz de un hombre mayor, sí, aunque sostenida por un oficio extraordinario. El tiempo ha limado sus aristas más filosas, pero también le ha regalado un nuevo color, una profundidad que solo conceden las décadas. Como un roble centenario que sigue ofreciendo sombra en medio de la tormenta, Bonnet reunió bajo sus ramas a los más veteranos y a los más jóvenes.

Y eso hay que celebrarlo quemando viejos leños, conservando a viejos amigos, bebiendo viejos vinos y oyendo viejos discos.

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