GRAHAM BONNET: UNA MEDITACIÓN SOBRE EL RESPLANDOR DE UNA ESTRELLA IGNORADA
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel

Hay cantantes que sabiendo el rigor de la profesión, buscan posicionarse en un nicho y explotarlo al máximo para dominar la técnica, trabajando en un repertorio que mínimamente incluye; dicción clara, control de aire, afinación precisa, proyección de la voz, control de dinámico, habilidades performativas y un largo etcétera que solo los cultores del instrumento más delicado e irremplazable del mundo comprenden su real alcance.

Lo normal es desarrollar un estilo y avanzar y morir con él hasta que las velas no ardan. La vida no entrega una paleta de colores tan variadas como para que alguien pueda moverse con soltura entre tantos registros, porque la vida, o bien es corta, o es mezquina, o la misma velocidad del tiempo nos araña y constriñe hasta el tuétano las posibilidades de hacerlo bien; porque sí, si es por cantar y querer asumir una decena de registro, cualquiera puede; hacerlo con maestría y solvencia, son muchos los llamados, pero pocos los elegidos.

Graham Bonnet no suele estar en la lista de los diez mejores cantantes de metal o el hard-rock: y es que prácticamente podría liderar cualquier top ten, o top five, pero es que su figura ecléctica, tipo cometa Halley, hace difícil de fijarlo en una sola trayectoria, que cual meteoro o estrella fugaz, pueda iluminar por un momento su rastro y hacerlo identificable a la primera. Como el destemplado Tony Martin (ex Black Sabbath), como el virtuoso Michael Vescera (ex Yngwie Malmsteen), como el poderoso Ray Alder (Fates Warning), o el agresivo Harry Conklin (Jag Panzer), ellos no basaron su reputación en conformar super bandas, sino en el mismo oficio.

Maestros cantores, trovadores del fuego y del acero, la vida suele premiar a las leyendas y al mito, por sobre las meras credenciales. La conversación sobre otros lumbreras del rock, suele comenzar así “qué personajes que son”, en cambio los del bando de Bonnet arrancan de inmediato “qué bien que cantan”, y en efecto, sus nombres suelen desfilar más entre músicos, productores y los más selectos conocedores del arte, que en el público general.

NACIDO UN 23 DE DICIEMBRE DEL 47 PARA BRILLAR

Nacido en Inglaterra, Lincolnshire, llegó al rock y al metal por ese mismo azar y caos que la vida impone. Año 68, y su voz llega a lo más alto con el hit «Only One Woman» con The Marbles, un conjunto de pop rock más cercano a Bee Gees que a Genesis, más del lado de Sinatra que de Mercury. Y es que la formación de Bonnet fue autodidacta desde el comienzo; sin clases formales ni asistencia al conservatorio, confesó más tarde que el hard rock jamás estuvo en su radar.

Tras la salida del otro virtuoso, Ronnie James Dio de Rainbow, el mismo Bonnet cuenta que no lo pensó ni dos veces e ingresó a ese grupo de chascones comandados por Ritchie Blackmore, y si bien su estilo de vestimenta tipo crooner desencajaba con la estética del grupo, desde «All Night Long» sabemos que la química es imparable.

¿Chancho en misa? Jamás. Y es que la elección de Blackmore no fue producto del mero capricho. Recordemos que Dio antes de ser el insigne cantante de Elf, hizo sus numeritos desde el rock and roll más ortodoxo con los Red Carps, una agrupación tributaria del sonido de The Beatles y de Elvis Presley; y si bien Ritchie podrá ser más pesado que maleta de gasfíter, es un grande por su habilidad compositiva y su tremendo buen oído.

Una serie de problemas internos, y el hecho de que tras el vitoreado Down to Earth la agrupación entrase en un receso que para Bonnet siempre fue extraño, pues no había composiciones que cantar, y en cierta ocasión un productor le dijo que la banda estaba barajando poner a un segundo cantante, Bonnet tomó su maleta y se largó. “Nunca más volví a conversar con Blackmore, la última vez fue hace más de cuarenta años cuando tocamos en Castle Donington”.

EL ARCOIRIS TENSADO Y LA CÁRCEL METÁLICA DE ALCATRAZZ

Pero Bonnet no se largó de Rainbow saltando al vacío: el ex guitarra de UFO Michael Schenker lo llevó a su Michael Schenker Group creando el Assault Attack de 1982, considerado por los especialistas como el mejor disco de la agrupación, junto a MSG y el disco homónimo de 1980: ahí está la galopante «Samurai» con estribillos raspados y atronadores, la «Desert Song», de riffs pesados y arenosos o la emotiva y blusera «Searching for a Reason» que demuestran el estado vocal de Bonnet: con tonos contundentes, desprovistos de falsetes para alcanzar las notas altas, oscilando en una voz de cuerpo suave y cálido, hacia una mucho más rasposa y estrambótica que dialogaba a la perfección con el naciente glam y el heavy metal de la época.

Y así como hay cantantes que miran un horizonte y abandonan todo quemando sus naves en pos de alcanzar esa cima, en una vida de todo o nada, Bonnet más se parece a los de otro tipo, al de los cantantes que disfrutan el proceso, más táctico que estratégico, ajustándose a lo que la adversidad mande. Donde los primeros buscan la fama y la gloria de manera heroica (y recordemos que los héroes suelen morir jóvenes y de manera trágica) Bonnet responde más al tipo aventurero, a los que exploran lo que tiene más cerca y se lanza con todo en pos de ese ideal.

Alcatrazz no fue un paréntesis, más bien fue la culminación de una carrera al servicio de otros músicos, un final que era un nuevo comienzo, y si se mira en retrospectiva, fue un semillero de talentos por los que pasaron unos jóvenes Yngwie Malmsteen y Steve Vai, por una breve semana el recién despedido Clive Burr de Maiden, o un Jan Uvena, que venía saliendo de Iron Butterfly y Alice Cooper.

Alcatrazz fue la demostración definitiva de que Bonnet no necesitaba esconderse detrás de ningún nombre ilustre. Si Rainbow fue la prueba de fuego y MSG la confirmación de su valía, aquí asumía por primera vez el papel de eje gravitacional. No oficiaba como invitado de lujo ni era el reemplazante de una leyenda: era el rostro visible de una banda construida alrededor de su voz. El resultado quedó inmortalizado en No Parole from Rock ‘n’ Roll (1983), un disco donde la exuberancia neoclásica de Malmsteen encontró un contrapunto perfecto en un Bonnet que trabajaba desde la potencia y la melodía, y que la técnica debía ir al servicio de la emoción.

Lo curioso es que Alcatrazz terminó siendo recordada más por los guitarristas que pasaron por sus filas que por el hombre que le dio identidad. Como ocurre con frecuencia en el rock, los reflectores siguieron a los virtuosos de seis cuerdas mientras Bonnet permanecía en segundo plano, ejecutando con tesón un trabajo vocal que pocos podían igualar.

Sin embargo, basta volver a escuchar aquellas grabaciones para advertir algo fundamental: sin Graham Bonnet, Alcatrazz habría sido otra banda más de guitarristas prodigiosos; con él, alcanzó una personalidad irrepetible.

¿QUÉ ESTRELLA CAE SIN QUE NADIE LA MIRE?

La historia del rock suele escribirse como una sucesión de conquistadores. Recordamos a quienes levantaron imperios, llenaron estadios o se transformaron en símbolos de una época. Pero existen otras trayectorias, menos visibles y acaso más fascinantes: las de aquellos artistas cuya grandeza no descansa en la leyenda, sino en el puro oficio.

Bonnet pertenece a esa estirpe. No construyó una mitología comparable a la de Ozzy Osbourne, Ronnie James Dio o Robert Plant. No fue el protagonista de una tragedia generacional ni el rostro de una revolución cultural. Fue algo mucho más difícil de clasificar: un maestro cantor, un trovador de acero, un espadachín que podía ser puesto a pelear solo contra un ejército completo, y al día siguiente volvía a sus andanzas en otras tierras, en otros reinos.

Tal vez por eso su figura resulta esquiva. Los mitos son fáciles de recordar porque simplifican a las personas; los artesanos consumados, en cambio, desafían las etiquetas. Bonnet transitó entre el pop, el hard rock, el heavy metal y el AOR con la misma naturalidad con que otros apenas consiguen habitar un solo territorio. Nunca pareció obsesionado con la inmortalidad. Se limitó a cantar. Y lo hizo de puta madre.

Y quizás ahí resida la respuesta a la pregunta que sobrevuela este artículo. Algunas estrellas no dejan de brillar porque sean pequeñas, sino porque su luz no encaja en las constelaciones que acostumbramos a observar. Siguen allí, atravesando la noche con la misma intensidad de siempre, aunque la mayoría de nosotros mire hacia cualquier otra parte; hacia los reflectores, y no al infinito.

 

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