Por Pablo Rumel.
Último disco de Megadeth. Homónimo, como rúbrica final en medio del caos. Tatuaje apocalíptico, circo en llamas. Este disco implica una pregunta crucial ¿cómo crestas suena Megadeth? Y de añadidura y con más malicia: ¿A qué suena? ¿Existe un sonido Megadeth?
Hemos visto a la Mega Muerte en múltiples encarnaciones, la dorada con Menza y Friedman, la mítica con Samuelson y Poland, el ascenso y descenso a los infiernos de Ellefson (que regresa en febrero a Chilito); hemos sido testigos de discos gloriosos, como el Rust in Peace, considerado como el mejor disco de metal de la historia, y discos infumables como el Risk.
Pero no estamos acá para despedidas ni menos para balances históricos. Eso que quede para los historiadores y arqueólogos del futuro. «Tipping Point» es el despegue, el primer fierrazo a la cara dado por Mustaine y compañía: se trata de la clásica entrada con un riff desnudo, a guitarra pelada, repetitivo, para ser amordazado por unos fuertes golpeteos de batería y bajo. Megadeth suele utilizar estas entradas para sumar peso con un trabajo reforzado de cuerdas, generando esa cadencia machacante tipo «Trust» o «Moto Psycho», sumando secciones a media galopa, rápidas y cromáticas, como ese thrash clásico de la Bay Área, cayendo en picada entre esos solos de pura vocación speed, con tapping al hilo, escalas rápidas bordeando la disonancia y notas agudísimas ¿un trasunto de «Holy Wars»? Hay algo, esa misma malicia veloz, los quiebres, pero sin la magia de Friedman, y aún así queda el listón muy arriba.
Tras un inmejorable arranque llegamos al «I Dont´Care». Fue recibida en su momento con tibieza. A no engañarse. Se trata de la típica pieza mustainesca, mordaz y cogotera, llena de sátira y burla, equivalente musical a «Angry Again» o «Sweating Bullets»: la rítmica descansa en esas líneas de bajo iniciales, limpias, bien punketas y filosas, que mantienen esa pesadez bailable y apocalíptica. Ni un misterio, Mustaine nunca fue un buen cantante, por eso se amoldó de manera tan letal a un trhash que privilegiaba el grito y el gruñido, y acá hace sus gruñidos, sus notas nasales, a veces como si leyera a la mala cada verso, con un excelente juego de solos bluseros, con harta caña, nota sostenida y mucho feeling. La batería al mando de James LoMenzo hace lo suyo de manera magistral.
Con Hey God las marchas disminuyen. Hay mucha resonancia a ese lejano Cryptic Writings, con harto arpegio entre acordes de quinta y líneas pesadas palm muteadas, seguido de breves ataques de guitarras gemelas con notas bajas y líneas quebradas. De excelente factura, de tiempo medio, de seguro que no será caballo de batalla en los shows en vivo, pero no desentona. Hasta que llegamos a la siguiente joya.
Si Megadeth le ha cantado a la guerra, al invierno nuclear, o a la droga, ¿por qué no cantarle a a la guitarra? «Let There Be Shred». Esas seis cuerdas de puta madre, oxidadas como ancla abandonada en una caleta, tirantes como yuntas de bueyes, más pesadas que maletas de gasfíter. La estructura de la canción es sólida; arranca veloz, con una batería a toda máquina, caja, bombo, platillos, con esa rítmica golpeadora puesta de adrede para desatar el mosh y la violencia, sumando intervalos de acordes cromáticos que avanzan en esos riffs tan exquisitos de factura thrashera, golpes rápidos y ascendentes, con ataque frontal de las seis cuerdas y bajo demoledor, líneas que a la postre suman fuerza y potencia a la estructura rítmica. Puro vidrio molido untado con napalm y nitroglicerina. Entre lo mejor del disco.
(Master of) «Puppet Parade». Sólo coincidencia, porque se trata de una canción introspectiva, con esos riffs espiralados y disonantes, arrastrados y sabbathianos, marcando los intervalos con fiereza y decisión en una batería tremendamente bien direccionada; sin pasarse de lista con fills de relleno, es más bien funcional, equilibrada, y con buena calibración final de su sonido. Y la omnipotente voz de Mustaine en el disco. Lo que gusta de su registro vocal es esa parada limpia, sin trucos ni arreglos, sin intentar sonar especialmente afinado, bordeando la recitación poética, sin tonos esforzados, sin tratar de cantar como un prodigio, así no más, bajando los decibeles en las notas más complejas, sin desafinar pero sin una técnica vocal soberbia, como oír cantar a tu tío en una peña, como el canto desgarrado de un folclorista cansado que lleva mucho tiempo tañendo las seis cuerdas al ritmo de la distorsión y de la parca acechándolo por la nuca.
«Another Bad Day» tiene esa misma cadencia hipnótica de arpegios arrastrados y semi ahogados, a lo Hangar 18, con un bajo marcando firme sus líneas, y quizá la canción con el coro más repetitivo y cantable. «Made to Kill» se estructura a partir de una intro breve de batería. El mismo recurso de Megadeth, mostrándonos cómo viene la mano, esta vez con los tarros, para luego ingresar cada instrumento, esta vez con un solo de entrada, agudo, veloz, corto y efectivo. Tras unos patrones de velocidades, las marchas se aceleran, acompañándonos de esos ataques a la guitarra con púa descendente, rápidos y rítmicos, casi invitando al mosh, pero decantándose por potenciar el estribillo. Probablemente será, si Vic Rattlehead lo permite, una de esas canciones elegidas para interpretar en vivo.
«Obey The Call» arranca desganada, con ese desgano de diseño, con guitarras cansadas y baterías apenas sosteniendo los patrones. Siendo una pieza de buena factura, se siente muy sacada del catálogo de Megadeth noventero. Casi compuesta como autoparodia. El estribillo suena desganado. No es lo mejor del disco, pero sigue siendo bastante decente.
Otro registro es «I am War». Un track también de velocidades medias, con acento en el verso, pero interpretada con pulso más firme. Del catálogo de Megadeth se asemeja mucho a esas piezas que parecen cartas recitadas, como « In My Darkest Hour», o «This Was My Live». Por el título podría haber sido mucho más brutal, pero acá se privilegia la reflexión, es una canción finalmente más introspectiva que explosiva. Para paladares que prefieren oír una buena letra más que una canción devastadora.
«The Last Note» también va en la misma línea de la anterior. Una carta-homenaje-despedida, pero mucho mejor interpretada. La letra es digna de análisis, pero excede el propósito de esta primera reseña, de un material hirviendo recién sacado de la forja. A grandes rasgos es el final, las luces se apagan, las cortinas se cierran, la parca viene se acerca. Todo interpretado de manera muy solemne pero nunca de manera teatrera, es una canción sentida, con solos tremendamente puestos, como si estuvieran preludiando el final. Mustaine se oye más afinado y calibrado, consciente de que en una canción así no se puede dar el lujo de sonar mal. El final, entre guitarras limpias, como la última batalla del vaquero, una balada metalera, un último aliento, el testigo de su propia muerte, que sabe que fuera del bar está la pelona esperándolo, y que no perdona.
BONUS TRACK: RIDE THE LIGHTING
Llega el momento de cabalgar el rayo. Pura expresión del cuerpo imbuido sobre quemante distorsión. Recordemos que el clásico de Metallica habla de un sujeto condenado a la silla eléctrica, para morir con los ojos inflamados y las sienes reventadas. ¿No es icónico que Mustaine se despida versionando a Metallica? Primero fue su sombra, pudo ser su bestia negra, pero finalmente fue la criatura que él mismo ayudó a concebir, despedido en el momento mismo del parto, cuando los Jinetes del Apocalipsis cabalgaban hacia la gloria y él tenía que reinventarse partiendo de cero.
Pero no nos olvidemos que no es un cover del todo, porque «Ride The Lighting» sí fue compuesta por Mustaine. Queda la pregunta abierta ¿se trata de un homenaje a Metallica o es una revancha final, un gustito, como diciendo, no se olviden que yo compuse y fui parte importante de esta banda? La versión de Megadeth es desenfadada, muy ejecutada en la línea de la canción original, tan apretada que incluso tiene veinte segundos menos.
Nos vamos con la sensación de haber escuchado un discazo, un sonido que sí suena a Megadeth por los cuatro costados: está la velocidad endiablada, esos solos bluseros del infierno, la inimitable voz de Mustaine, los tiempos medios recargados a la melodía, las notas-cartas-homenajes.
¿Despedida antes del final de todo, o al menos del mundo cómo lo conocemos? ¿Es verdad que veremos morir a todas esas estrellas que alguna vez brillaron en el firmamento? Nos quedamos pensando, atisbando el final del final. La reacción en cadena ha empezado. Y suena mortal, chacal, haciendo gala de la palabra “clásico”, que quiere decir “clase”, una clase de cómo se debe tocar un metal bien ejecutado. Ha muerto el rey. Pero Megadeth vive.
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