Nile: Semillas del inframundo
Cargando
Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Victor Soto

Las bandas con el calibre de Nile son un desafío en todo aspecto. No solamente en términos de destreza instrumental, sino en lo que respecta a los recursos literarios que el periodismo musical elige para describir aquello que no siempre es visible a los ojos. Va mucho más allá de una etiqueta como el death metal técnico, y tiene que ver con un distintivo que engloba la habilidad clínica -y la brutalidad propia del género, naturalmente- con un concepto arraigado en la mitología egipcia con explosiones de horror cósmico. El hecho de autodenominarse como «Ithyphalic Metal»dice mucho respecto de la febril mente creativa de Karl Sanders, un guitarrista y compositor que traspasó su estudio devoto por los ritos del Antiguo Egipto ha un despliegue de música despiadada y apocalíptica, donde la ejecución y la precisión sirven a la generación de atmósferas con sonido envolvente.

A nivel de lanzamientos discográficos -lo que habla de una banda tanto como la forma en que traspasa su material al despliegue en vivo-, los de Greenville parecen estar viviendo una nueva etapa de lucidez. The Underworld Awaits Us All (2024), su placa más reciente, preserva la lozanía creativa sus dos antecesores recuperaron tras un par de trabajos donde lo que hasta Annihilation of the Wicked (2005) era una propuesta atrapante y rupturista, con el tiempo se estaba volviendo predecible y automático. No se malentienda como un tema de calidad, sino que su naturaleza, digámoslo, ya empezaba a respaldarse en la fórmula. Pero es ahí donde se valora la progresión natural, la coherencia de una propuesta que extiende su producción en estudio con especial atención a las nuevas formas, sin transar por nada del mundo su integridad. Y es que Nile es, ante todo, una banda aferrada a las viejas usanzas, lo que importa desde la producción visual en sus lanzamientos en formato físico, hasta la extensión atronadora en el directo.

La jornada del sábado 14 de marzo en teatro Cariola empezó conGravered , agrupación que se plantó en el escenario del recinto de calle San Diego con una formación de músicos curtidos en el metal de la muerte. Un repertorio actualizado y efectivo, con su primer LP Classic Cult to Death (2025) coronándose como monumento de su etapa actual. De hecho, basta con que «Cryptic and Cadaverous Visions from Graves» y «Procession in Rigor Mortis», ambas de entrada expongan sin tapujos una brillantez creativa tan determinante como la elección de elementos musicales a disponer para traspasar locura y agobiamiento con potencia volcánica. Entre el ruido de ultratumba y el hedor sónico, la voz podrida de Rodrigo Contador se entiende de manera casi telepática con las guitarras de Christian Opazo y Marco Gajardo, lo que permite abrir un portal hacia una dimensión tenebrosa si sumamos la labor del baterista Gonzalo Townsend y el bajista Patricio Fuentealba. Por algo «Classic Cult to Death», «Lugubrius Macabre and Sepulchral» y «Hail to the Legions That Rise from Flesh and Darkness» (¡esos títulos!) imponen sus estaturas respectivas, mucho más viniendo de una banda que posee los elementos esenciales para propiciar esos descensos hacia el horror más demencial, ahí donde la razón sucumbe ante la bestia.

Desde el patadón con «Modern Slavery System», Primitivo aprovecha su estancia en el escenario del Cariola a todo gusto. La voz de Luis Escobar, un cantante con desplante de vieja escuela, se exije para afrontar momentos destellantes como «Demential Control», «S.T.O.R.M.» y el single «Víctima de la Enfermedad». A medida que avanza el repertorio, notamos la forma en que la guitarra de Mauricio Aguilera ejerce como núcleo y centro gravitatorio en una banda que confronta e impacta sin clemencia que valga. «Antiguos Demonios», «Ethnocide» y «Eterna Guerra», una tras otra, desfilan como muestras de un estilo que se mueve entre el thrash y el death desde impuslo de expresión. Y eso es lo que ha hecho de Primitivo un nombre fijo en el circuito subterráneo a nivel local y sudamericano, donde la metralla de furia cobra vidas por doquier y la mortandad se esparce como un baño de sangre. Y eso es lo que hace de Primitivo una banda tan querida como importante.

Desde La Serena, y encaminándose a las tres décadas, la inclusión de Cadaverous Incarnate es un acierto. Lo sabemos sobretodo acá en la capital, pues su estilo arraigado en el Brutal Death Metal reúne todos los valores del género en su faceta inclinada hacia la brutalidad inhumana. La sola partida con «Putrid Human of Animal Creation» y «Biological Imperative Convulsion About the Human Flesh» te aclara la película respecto a la importancia de la rapidez, la complejidad en los ritmos y la contundencia en un estilo cuya exigencia es ineludible. Dis6or6in6 the Enemies, recién editado hace un par de semanas, refleja el presente de Cadaverous Incarnate como nombre referencial en un circuito donde la aspereza y la intensidad no saben de suficientes. «Diabolical Invasion», «Legion of Commanders in the Eternal War», «Damage and Human Suffering» y «Bloody Hunger for Dissected Humans» proyectan a su manera la mejora de un repertorio enfocado en su etapa actual, traducido al directo en un alud de muerte y desmembramiento hasta más allá del umbral del dolor. Por cierto, la banda venía con su propia ‘hinchada’, como pudimos notar en un lienzo colgado en uno de los palcos. No es solamente la cantidad de personas, sino la muestra de cariño y admiración que Cadaverus Incarnate, como pasa con aquellas bandas que dejan una huella, genera a lo largo del territorio nacional.

A casi de un año de su actuación en la última edición del Metal Fest, el regreso de Nile a nuestro país nos brindó un repertorio mucho más completo. El show con todo el ensamblaje, y con los estadounidenses en calidad de headliners. En un Cariola con la cancha repleta, «Stelae of Vultures» y «To Strike with Secret Fang», ambas del aclamado The Underworld Awaits Us All, nos sumergieron de inmediato en una imaginería de mitología y locura espacial que pocas bandas recrean con tamaño linaje. Y, al menos durabte las visitas a nuestro país, resulta llamativa la forma en que una banda con una propuesta tan compleja y única, ocupa escenarios tan amplios. Generalmente, a las bandas del mismo estilo o similares, las ves en escenarios de domensiones mucho menores, con sus componentes apretujados para, en ciertos casos, permanecer seguros ante la exposición. Karl Sanders a la izquierda, mientras su colega de guitarras Zach Jeter se ubica a la derecha, y el bajista Adam Roethlisberger se ubica en posición central, para completar el cuadro con el baterista George Kollias en su puesto natural atrás. Y verlos a los cuatro en sus espacios respectivos a cierta distancia uno del otro, habla mucho de cómo Nile, una banda sobria en el aspecto escénico, traspasa su convicción artística hacia el público en base a ciertos factores que rebasan la habilidad técnica.

A medida que transcurre la noche, tanto el material nuevo con los clásicos angulares se abrazan en la misma simbiosis de horror abominable y rito mortuorio. «Sacrifice Unto Sebek» y «The Black Flame» dicen ‘presente’ hasta echar abajo un recinto sumido en pleno trance de descenso y cólera que Nile maneja con inteligencia y experiencia adquiridas a lo largo de una carrera intachable. Inclúyase en dicha sección una fulgurante «Smashing the Antiu», la que abre tanto el LP debut Among the Catacombs of Nephren-Ka (1998) como, por ende, un catálogo sin grietas ni rayaduras. Puede leerse tanto com o un regalo para los fans de años como una muestra de lo que es Nile mucho más allá de lo que entendemos como una banda. Es una entidad que suena y entiende el mundo de manera orgánica, incluso a pesar del constante movimiento de piezas en su interna. Y donde muchas veces prima la habilidad y la precisión de la clínica, el ojo y oído de Karl Sanders al momento de reclutar a sus compañeros de ruta también prioriza lo que debe ser una banda de metal o cualquier otro estilo que se oriente al impacto; las personalidades que conforman ese ‘algo’ y, por ende, le dan a la banda una seña única e inclasificable.

El gran mérito de Nile, como podemos apreciar durante 1 hora y 10 minutos de show demoledor, está en la elaboración de su set. Cuando asoman «Kafir!» e «Hitite Dung Incantation» -ambas de Those Whom The Gods Detest (2009), la madurez con que se desarrollan las canciones superan todo análisis. Cada pasaje es un viaje que nos lleva hacia la cima para dejarnos caer en un abismo de delirio. «In the Name of Amun» y «Long Shadows of Dread», ambas muestras de una discografía que suma capítulos empapados en la penumbra de la muerte y el relato lovecraftiano, desfilan triunfantes ante un público literalmente entregado. Y es que, a pesar de la cercanía que entabla Zach con algunas palabras en español y ciertos chistes locales, lo que prima en la ética de Nile es la generación de momentos y atmósferas que le dan al espectáculo un aire de ritual que trasciende sobre el cliché. Entre medio, «Sarcophagous» se levanta como el ejemplo más gráfico y espeluznante en un show que detona la catarsis desde la negatividad.

«Chapter for Not Being Hung Upside Down on a Stake in the Underworld and Made to Eat Feces by the Four Apes». Tan pantagruelesco como el título, es la definición de lo que evoca y se manda Nile como una banda de cuerpo completo. No se limita a sonar, sino que evoca la tradición del Medio Oriente y aquellos paisajes tan exóticos como los riffs que Sanders procrea desde sus incursiones musicales como explorador y viajero incansable. Tanto la pieza mencionada como la siguiente «Naqada II Enter the Golden Age» completan el repaso por The Underworld… en su dosis requerida. Y abrochando una noche magistral, primero la grandeza pletórica de «Black Seeds of Vengeance», la banda sonora del infierno terrenal. Es como transportarse a un reino o territorio distinto al que habitaba el género en el atardecer de los ’90s, ahí donde el desierto se vuelve el escenario de los cactos más abominables que pueda concebir el ser humano desde su existencia. Y para el remate, «Annihilation of the Wicked» emergiendo como la última gran estación de un viaje hacia las raíces más tenebrosas de la civilización.

No está demás resaltar algo tan evidente como importante: Nile pertenece a ese universo de bandas que no descansa en la consagración. Más bien, se ponen a prueba a sí mismos como músicos y artistas de manera constante, así como la paciencia de la gente se somete a dicha prueba de resistencia sensorial. No es una banda para turistas ni curiosos en busca de ‘experiencias musicales’, por mucho que las redes sociales se empeñen en nublar el sentido común. En el mismo plan, el efecto purificador de su propuesta va de la mano con un relato reconocible y, al mismo tiempo, bastante complejo. Imposible explicarlo con palabras o frases más exactas, pero basta con apreciar lo que transmite en vivo y la reacción de la gente, como en un ritual de sacrificio ante las deidades del Panteón Egipcio. Y de todas las visitas anteriores, la noche del 14 de marzo debiese ser recordada por la cantidad de semillas de venganza que fueron esparcidas por los buitres del Inframundo. Son los pensamientos que se nos vienen a la memoria cuando el metal expele su hedor desde las catacumbas. Y eso es lo que hace de Nile una banda distinta y relevante hasta hoy.

Este artículo ha sido visitado 137 veces, de las cuales 1 han sido hoy

Equipo SO
Director/Columnista
Más del autor