Wolfheart: La alquimia licantrópica de Moonspell
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda.

El corazón de la década del ’90 se tiñó de velo mortuorio y psicodelia cuando el doom metal abrazó la bruma gótica. En el mismo plan, menguó la brutalidad y se le dio prioridad a la melodía. Donde la fuerza iba de la mano con la distorsión y la habilidad instrumental apelaba al monstruismo, la honestidad y la fragilidad de nuestra condición humana marcaron el impulso de expresión. La atmósfera y el mensaje directo al corazón se volvieron un rasgo inherente a la música extrema cuando hubo que buscar nuevas rutas de navegación. Como el grunge y el shoegaze, el metal también tenía algo que decir, una idea a expresar.

Nos situamos en 1995, un año nutrido de lanzamientos que hasta hoy mantienen su enormidad. Paradise Lost terminaba por grabar a fuego su nombre con Draconian Times. My Dying Bride hizo lo propio en The Angel and the Dark River, una placa radicalmente alejada de las raíces death metal y dotada de arreglos con violín y teclado dispuestos a la construcción de atmósferas. Completando el cuadro en Inglaterra, Anathema se abre en el camino una nueva ruta de posibilidades con «The Silent Enigma». Un año atrás, los suecos de Tiamat editan el fundamental Wildhoney, un trabajo bañado en psicodelia floydiana y sentimiento gótico desde la vena.

En comparación a potencias del calibre de Inglaterra, Suecia, Alemania o Suiza, Portugal raramente puede jactarse de brindarnos nombres de estatura considerable y, por ende, se ganen un lugar honorífico en el circuito mundial. Y fue durante abril de 1995 que una banda con raíces black metal, que empezó unos años antes bajo el nombre Morbid God, editara un LP debut cuyas referencias a hombres lobo, vampiros e historias empapadas de romanticismo se traspasaban a un despliegue de música oscura con tintes de folk y dark-wave a la usanza ochentera. Y es que Moonspell, por lejos la banda lusitana más importante en el metal a nivel europeo y en todo el orbe, se despachó una placa debut que más bien refleja la enorme lucidez creativa que daría que hablar a toda una escena. Porque si haya algo que desborda Wolfheart, dentro y fuera de su hábitat estilístico, es una jerarquía de primera división.

Un año antes (1994), el EP titulado Under the Moonspell nos mostraba una propuesta tenebrosa y muy, muy espesa. El fondo arraigado en el satanismo y sus títulos escritos en latín, así como la portada, proyectaban a otra banda de black metal, una más en un circuito saturado a esas alturas. La optimización a nivel de destreza y conocimientos fue notoria en Wolfheart, lo que permitió abarcar terrenos impensados respecto al año anterior. Un paso hacia adelante, hacia un terreno desconocido y, a la vez, coherente con una naturaleza exploradora. Y todo aquello resulta más llamativo si consideramos la juventud de sus integrantes, apenas frisando los 20 años de edad en promedio. En simple, jóvenes -y adolescentes- con experiencia de veteranos curtidos en mil batallas.

Desde el arranque con Wolfshade (A Werewolf Masquerade)», notamos de inmediato las ambiciones de una agrupación que traza la metáfora con pinceladas de textura y densidad, y se sumerge en arboledas de melodía con espasmos de brutalidad. A medida que transcurre y se desarrolla la pieza, los momentos en una misma atmósfera de misterio se distribuyen hasta desembocar en un relato atrapante. Gran mérito corre por el despliegue vocal de Fernando Ribeiro, una voz que inhala y exhala sonidos de ultratumba con elegancia de capitán. Y la labor de Pedro Paixao en los arreglos con base de teclado y samples, es angular cuando hay una idea a transmitir mucho más allá de las palabras.

Si la apertura del disco parece curtirse a fuego lento, «Love Crimes» les recordó a los fans más duros que la intensidad es un rasgo inherente en el ADN expresivo de Moonspell. Y es que, a pesar del contraste, la variedad que destaca a Wolfheart como un trabajo de alta envergadura contribuye a darle a la música una grandeza que trasciende toda etiqueta. Voces limpias intercalando lugares con guturales en una misma narración, una base rítmica que cede protagonismo en favor del todo. Y a medida que «Of Dream and Drama (Midnight Ride)» avanza con pisadas fuertes, notamos el aspecto orgánico de una banda que en su tiempo ya extendía un concepto sin necesidad de forzar la escritura. Tal como en el siguiente Irreligious (1996) y los trabajos que le han sucedido durante poco más de tres décadas, Wolfheart deja entrever que fue pensado como un mundo en sí mismo, donde el ritmo, la cadencia y la atmósfera proyectan la búsqueda en las profundidades de la muerte.

En «Lua D’Inverno», basta con menos de dos minutos para excursionar en estilos como el folk y transmitir un sentimiento potente con lo justo en instrumentación. El puente que conecta el pasaje anterior con «Trebaruna». El organillo a cargo de Pablo Paixao es el centro gravitatorio, y no solamente en esta pieza, sino en todo lo que conlleva a ampliar el abanico de posibilidades con que Moonspell emerge cual fuerza natural. Pasados los dos minutos, El bajo de Joao Pedro Escoval y la batería de Miguel Gaspar caminan juntos sin acompañamiento. Literalmente, aquel momento de desnudez es lo que nos permite apreciar la anatomía de una agrupación que abraza la introspección para exhalar emociones honestas.

Si nos remontamos a los ’90s, el impacto de «Vampiria» en la comunidad metalera tiene razón de ser. Si al otro lado del charco Type O Negative se convierte en la epítome de todo un género, Moonspell le da cara a Lord Petrus y sus compinches al momento de relatar historias románticas donde el erotismo y la tragedia se miran las caras en un mismo punto. En el mismo plan, «An Erotic Alchemy» se corona como la gran estación de Wolfheart. Sus más de ocho minutos de duración resumen la esencia y forma de un sello distintivo que la voz soprano de Birgit Sacher integra como parte del relato y la serie de imágenes evocadas en un mismo imaginario, aportando al ensamblaje de cadencias sonoras, mientras la eficacia del bajo de Joao Pedro Escoval y el dominio vocal de Fernando Ribeiro construyen una historia que nos deja con escalofríos a medida que la pieza avanza hasta llegar al núcleo.

Dicen que «Alma Mater», la que abrocha el primer capítulo discográfico de Moonspell, es la canción más importante de los lusitanos. Contundente y grande, para entonar con maño empuñada y romper la voz, como todo un himno. «Virando costas ao Mundo, Orgulhosamente sós, Glória Antiga, volta a nós!… ALMA MATER!» Poco que agregar respecto a una pieza que reivindica el idioma nativo en sus secciones más potentes.

Si bien el catálogo posterior tendría una mejora en cuanto a legibilidad en su tratamiento de ingeniería, Wolfheart es de esos trabajos cuya robustez proviene en la escritura misma. La febril creatividad de Fernando Ribeiro como escritor y narrador, poco que envidiar a Peter Steele y otros nombres que ‘algo’ saben de establecer un punto de encuentro entre la muerte menos temida y el amor más desgarrador. Sumarle que, mucho antes de que el término ‘metal gótico’ se acuñara como una etiqueta de fábrica, lo de Moonspell respondía a la necesidad interna de transformar la pesadumbre en creatividad. No se entiende la introspección sin el dolor, lo que Wolfheart transmite para recordarnos que hasta el lobo más feroz puede mostrarse vulnerable ante la calidez natural. Así es como se digiere la alquimia licantrópica de Moonspell, la que se basta de una convicción formidable para acariciar el corazón durante el invierno lunar de nuestras vida.

 

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