Inquisición: Renaciendo el fuego
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

Tanto como describir las metáforas e imágenes que evoca el heavy metal, es obligatorio empezar destacando lo que ha hecho de Inquisición la banda definitiva del género en Chile. Durante la década del ’90, y cuando en el resto del orbe la vieja guardia se sumía en un bajo momento a nivel de arrastre, el guitarrista Manolo Schafler puso fin a su ciclo en Torturer, pasando de la brutalidad del death metal a las raíces inmaculadas de una revolución que tuvo su momento álgido de popularidad con Judas Priest y Iron Maiden, aunque será la huella de Mercyful Fate y King Diamond la que determinará su inclinación hacia el fondo del ocultismo y la fantasía. Lo que en el Demo 95 sugería con retumbe de gigante, incluso debiendo lidiar con el death metal como corriente dominante en el circuito local, se convertía en una realidad inapelable tras el lanzamiento de Steel Vengeance (1996). Un hito en todo aspecto, con el video de «Innocent Sinner» rotando en algunas señales de TV por cable y proyectando el rollo de una agrupación que apuntaba directamente a las raíces cuando el metal más extremo ya ejercía predominio. El sofomoro Black Leather from Hell (1998), mientras su antecesor disparaba misilazos propios de un ‘grandes éxitos’, elevaba la complejidad en la escritura al mismo tiempo que el distintivo se mantenía entonces incólume a las tendencias imperantes durante el atardecer de los ’90s.

De la formación que apaleó a toda una escena mediante aquellas dos placas fundacionales, permanece, en primer lugar, el guitarrista y fundador Manolo Schafler, un referente absoluto de las seis cuerdas en esta parte del mundo. En gran parte, los inicios de Torturer hasta el fundamental Oppressed by the Force (1993) llevan su sonido grabado a fuego, por lo que hay una trascendencia imposible de encasillar en un nicho específico. El otro integrante es Freddy Alexis, una de las voces más prodigiosas e identitarias de nuestro circuito. Alexis, hoy dedicado a las comunicaciones y la investigación de fenómenos ufológicos, estuvo poco más de 15 años ausente y, tras su paso por Witchblade, vuelve a Inquisición para dar forma y vida a Preacher and Lust (2016), un lanzamiento que despejó toda duda y le devolvió a la banda el sitial ganado con mérito propio como estandarte de la tradición metálica. Y tras un silencio prolongado por casi una década,el hiato se rompe de un paraguazo de heavy metal en un MiBar repleto y con las hordas locales respondiendo a lo que debe ser recordado como una noche histórica.

Como una maratón de heavy metal puro, el ‘¡vamos!’ estuvo a cargo de Obstinato, una banda histórica en el desarrollo del género durante los 2000. Son contadas las agrupaciones que llevan poco más de dos décadas defendiendo los valores del género en su forma más pura. En dicho punto, la estatura de «Mi Patria», «Herencia Maldita» y la más reciente «Dama Blanca» se ponen a prueba para salir airosas en el directo. Las guitarras de Pablo Marquez y Flavio Salvador se descifran entre sí mismas cual pareja gemela y, a la vez, desenvuelven sus respectivos distintivos en el momento indicado -pensemos siempre en Tipton-Downing, Murray-Smith, DeGarmo-Wilton, etc.-, lo que podemos notar en «Cruel Ambición» y «Pascualama», ambas muestras irrefutables de lo que debe ser el heavy desde la necesidad de comunicar sin doble intención. El desempeño de Carlos Mardones en bajo y voz, se defiende lo suficiente para mantener la consistencia de un espectáculo que se vale sin artificios de ningún tipo, completando el cuadro la batería robusta y frontal de Luis Silva. Repertorio preciso, traducido a un despliegue que equilibra la sobriedad con la esencia desde el vibrato hasta lo que escupen los amplificadores.

Con el turno de Acero Nacional, tenemos la catedral de calle Santa Isabel viniéndose abajo. Es una constatación de lo que despierta una banda que, literalmente, devuelve la sustancia del metal hacia el terreno de lo cotidiano y, sobretodo, apunta hacia el poder de toda índole. «Santa Inocencia», la estación inaugural, va al hueso y expone el material de qué está hecha una banda que deja la vida y retumba con peso propio. Es menester remarcar la entrega que Andrés Fuentes le imprime al espectáculo, tanto desde su portentosa voz como hasta lo que proyecta cuando el binomio de guitarras de Cristian Kowal y Darío Céspedes -ambos en sus respectivas ubicaciones en los extremos del escenario- ejerce su tarea como propulsores de intensidad y expresión, desde los riffs hasta los solos con el voltaje al máximo.

La dedicatoria de «Rumbo a la Eternidad» a quienes son padres es lo que toca el corazón. Con la misma autoridad que «Yo», «La Red», «Trueno» y la homónima «Acero Nacional», relucen el empuje que la batería de Javier Sepulveda y el bajo de Jorge Fuentes aportan como engranaje en una máquina que va siempre hacia adelante. Es lo que convierte el espacio reducido de MiBar en un oleaje incesante, y con toda razón. Es una manera sutil de recordarnos que hay un espectáculo visualmente atractivo, musicalmente válido en todos sus flancos… y eso es rocanrol (así, escrito como suena), desde donde se le mire. El broche con «Libre», una donde todas las voces todas suenan más fuertes que el sol, no hace más que coronar una presentación fulgurante, sobretodo en su recta final. Y es ahí donde se nota la gran virtud de Acero Nacional, más allá de la destreza de sus componentes: la sintaxis en un repertorio que surge en la oscuridad y se consagra con un bombardeo de himnos, sin importar el tiempo en el escenario o la magnitud del plato de fondo. Y es ahí donde radica el poder del trueno que se funde en la canción.

Pasadas las 23 horas, y con la clásica «I Wanna Be Somebody» de W.A.S.P. dando la alerta de una noche para archivar en la historia reciente, el patadón con «Innocent Sinner» termina por echar abajo MiBar. Qué más se necesita cuando ves a Freddy Alexis ataviado como monje y exigiendo su garganta como frontman realizado. Qué se puede hacer ante la maestría intacta de Manolo Schafler y su Flying V en mano. No nos reponemos del impacto inicial y «Pagan Rites» ya nos abofetea para dejar en claro que el regreso de Inquisición no se queda en la presencia. Es el estado de gracia y confianza que una banda legendaria transmite a un público entregado. Una década de silencio, borrada de un par de misilazos que hoy son fundamentales en toda playlist o repertorio de heavy metal, sea en Chile o en el resto del globo. Nos quedamos cortos si dijéramos que es un comienzo sensacional, porque en la realidad somos testigos de lo que se manda un cuadro que preserva la lozanía de su material con el cuidado suficiente para entregarlo a los fans en un show demoledor.

Hablemos de momentos con atmósfera propia y «Sed Diabolus» estará fija ahí para graficar lo que evoca Inquisición sin depender de ningún maquillaje. De la misma forma en que «Mensaje Oculto», la que cierra Black Leather from Hell, retoma la velocidad aumentada en su justa medida. Ver un cuadro firme en cada espacio es lo que le da un motivo de peso al retorno. Lo que Manolo Schafler imprime a su labor en la guitarra como riffmaster natural. Lo que Freddy Alexis extiende desde el carisma y el dominio escénico, algo tan importante como el manejo extraordinario de su voz. Llegando a «Into the Labyrinth», podemos dimensionar con más claridad lo que aportan José Tomás García en el bajo y Chris Orós en batería. Ambos disponiendo sus respectivas habilidades en favor de un legado que brilla con fuerza propia. Y la llegada de ambos no es fruto de ninguna coincidencia, sino que tiene un fondo mucho más elocuente; García y Orós, ambos compañeros en Warchest, también unen fuerzas en la formación actual de Torturer. Una conexión natural que surte el efecto esperado y mucho más.

De las veces que Freddy Alexis se dirige al público, una a enmarcar en oro es cuando pregunta si alguien recuerda el mitico Demo 95 y su tracklist. La presentación ideal para la dupleta conformada por «Bats in the Bellfry» y «Mayday’s Eve», una pasada torrencial hacia los días iniciales, la del demo en cassette, el fanzine fotocopiado en blanco y negro, y la portada dibujada a mano. Aquí no hay ningún ejercicio de nostalgia, no se malentienda como algo que no es. Lo que tenemos en esta altura del set es una muestra de cuán atenta está una banda con largo recorrido hacia un público que, en gran parte, apenas eran niños o no habían nacido cuando Inquisición estaba dando que hablar en el underground nacional. Una atención a las nuevas formas que va de la mano con la fidelidad incorruptible a los valores de un género que levanta puños en torno a un sentimiento resistente a todo lo que dictamine la industria.

En un set corto en en tiempo y devastador en cuanto a momentos creativos traspasados al directo, «Dragonslayer» termina por echar todo abajo. «Crushing, striking his hammer of war…», pura imaginación elevada a una descarga implacable de heavy metal contra el poder fáctico. Es el efecto generado a través de la mejor música, un pensamiento que a lo mejor raya en lo descaradamente subjetivo, pero así es como lo vemos quienes formamos parte de una minoría que vive, respira y se dedica a esto 24/07. Y es cosa de mirar hacia bien atrás, cuando Inquisición se propuso a defender la fé en el metal cuando en el resto del mundo se le daba por obsoleto o derechamente acabado. Por eso hablamos de una banda querida y fundamental ayer y hoy, jamás desde la mera nostalgia y siempre desde el propósito de hacer música y expresar una idea, incluso bajo un contexto global de altas turbulencias. El fuego renace con ímpetu propio, y es lo que Inquisición rememora más allá de la historia.

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