Por Claudio Miranda
Fotos Mauricio Villarroel
Sin pretensiones de recurrir a la metáfora disfrazada de ‘análisis’, hay un consenso en la comunidad metalera de nuestro país que el gusto por el metal extremo obedece plenamente a la ubicación geográfica. Algo tiene el clima del Sur del Mundo que el desahogo del público chileno conecta de inmediato con la furia sangrienta de géneros como el death metal, el ladrido de la muerte en su forma más dolorosa y demencial. Nos apasiona tanto esta música que no nos quedamos en los nombres consagrados -Cannibal Corpse, Morbid Angel, Death,- sino que hacemos sentir el cariño y la localía ante agrupaciones quizás menos renombradas pero que se mantienen firmes a su integridad, siempre contra el oleaje de los años y las tendencias del momento. Y es en este grupo donde Vader y Master, pese al charco geográfico que los separa, pertenecen por derecho propio y se mueven en un propósito en común.
Resulta curioso que ambas agrupaciones registren el mismo año de fundación: 1983. Mientras los polacos tenían su base estilística en el incipiente speed-metal tan propio del género en Europa central y oriental, Paul Speckmann curtía en sus proyectos previos una devoción ardiente por Motörhead y Venom, en algún momento tomando al primer Slayer como inspiración para lo que será su proyecto matriz. Será en la década del ’90 cuando ambas agrupaciones arrancarán sus catálogos respectivos, los cuales se extienden y renuevan hasta hoy, casi sin tomar pausa y dejando en claro que la constancia es tan importante como la destreza instrumental. Y dicha consistencia, además de la extensión en números, radica sobretodo en la fidelidad hacia sus raíces, sin caer en el piloto automático ni el ‘trend’ de la industria. Y eso lo nota la gente, lo notan los sellos discográficos que realmente le brindan el apoyo requerido a aquellas agrupaciones que portan el estandarte de la muerte como lo único real. Son las viejas vibras de un género que no tranza nada y barre con todo, sea en 1989, 1992, 2006 o el año en curso.
Vamos a lo que nos convoca, empezando con el puntapié inicial a la jornada sabatina en Cariola. Una sorpresa lo de Rapture, una novel agrupación chilena que engloba brutalidad con elementos de gran fulgor creativo e instrumental. La forma en que «Necromantic Rites» y «Coffinlust» defienden y atacan en un mismo esquema de aniquilación descoloca viniendo de músicos jóvenes con desplante de veteranos -ojo, una media de edad que no supera los 30 años-, y eso dice mucho respecto a la sensación de nostalgia en quienes, curiosamente, no vivieron la época dorada del género. Al mismo tiempo, el liderazgo de Plaguelord (guitarra, voz) se hace sentir en un escenario que les acomoda sin tapujos, incluso ante un público bastante escaso a esas horas de la tarde. Y a medida que avanza el show, en algunos pasajes el bajo de Incarnator aprovecha los espacios indicados para extender su propia ‘voz’ musical, con el pedal de distorsión manejado con solvencia rotunda. La misma determinación con que «Onward from Devastation» y «Black Crusader», ambas adelantando lo que será su próximo lanzamiento, se abren paso y comparten la misma mesa que «Primal Chaos» e «In the Name of God». Resulta tentador utilizar el cliché de la ‘devastación’ tan propio del género, pero la realidad es que nos permitimos utilizarlo cuando debemos constatar tamaño despliegue de expresión y talento.
De la revelación en la última década, pasamos a la historia del death metal desde los años fundacionales. Fue en 1988 cuando Homicide editó su primer demo-tape, el primero de una serie de cintas circulando de boca en boca, hasta el estreno profesional con Accepted Pleangsly (2006). Hoy, con una discografía considerable y una alineación que hermana brío juvenil con experiencia, tenemos un conjunto que desenvuelve espectáculo y clase de manera casi absoluta. «Pull the Strings» y «Thousand Cuts», las dos primeras en el set, cunden con autoridad por un grupo compenetrado en su propio lienzo de muerte y violencia. El desempeño de Alejandro Ruiz, tan prodigioso como su voz, apela a la cercanía y la entrega ante un público que difumina la línea generacional, hasta en aquellos pasajes donde el problema técnico amenaza con demorar el timing de la presentación. Por algo «Galley Slave», «First Emperor» y «Slave to the Blackest» desfilan una tras otra sin decaer un solo instante. Porque desde la batería, Marcelo Power comanda el ataque y reluce una habilidad en los tarros con una visión que se preserva ante un público que, en su gran mayoría, jamás haya visto a la banda en vivo. Con eso basta para que Homicide, en cada surco, imponga su nombre a punta de fuerza y determinación. Son músicos que gustan del death metal más puro, y toda maniobra técnica o incorporación de habilidades es considerada en favor de una narrativa que se potencia en el directo.
Sin preámbulos ni intros pomposas. La homónima «Master» se deja caer como el primer misilazo, y el trío comandado por el querido Paul Speckmann echa abajo el recinto de calle San Diego como héroes de guerra aclamados hasta el sudor. Y es que Speckmann, secundado por los músicos checos Alex Nejezchleba (guitarra) y Peter Bajci (batería), es un músico dedicado que dispone sus principios hacia lo que realmente importa. Es complicado ser más específico, pero a medida que «Subdue the Politician», «Collection of Souls» y el binomio «Judgement of Will» y «Submerged in Sin» -ambos del sofomoro On the Seventh Day God Created… Master (1991)- , asoman en el set, la toma de apuntes y el moshpit convergen en la misma reacción hacia una agrupación que conserva la furia thrash en un estilo donde el blast-beat con disciplina olímpica hoy es más una convención que una idea genuina. Y es esa honestidad la que se traspasa en esos espacios donde tienes, por ejemplo, a Alex exponiendo sus credenciales con su solo al más puro estilo de Eddie Van Halen -notable lo de Alex, quien aprovecha para grabar con su teléfono al público-, o al propio Speckmann disponiendo su habilidad en las bajas frecuencias a expandir un sonido tan envolvente como letal.
En casi una hora clavada, Master nos ofrece un set que abarca la cuasi totalidad de un catálogo incorruptible. Speckmann habla poco, sabe que su puesto en el bajo y la voz es mucho más que una tarea asignada. Es el resultado de una visión que se expresa mediante el ladrido cavernario, la solidez de una identidad con desplante más cavernario que pulido. Alex Nejezchleba y Peter Bajci no solamente acatan lo que indica el jefe, más bien interactúan con él en torno a un mismo ideal. «Destruction in June» y «Another Suicide», ambos bombazos de los tiempos recientes, le dan cara y hombro al material más laureado, el que tendrá protagonismo asegurado durante la noche. Y es precisamente el debut homónimo (1990), el que se lleva las miradas -y el fanatismo enfermizo- de un público que respira el mismo ecosistema, sea entre metaleros viejos y adolescentes que alucinan con una era irrepetible. «Funeral Bitch», «Pay to Die» y «Mangled Dehumanization», entre las tres siembran la mortandad propia de un género que no va con sutilezas. No es solamente tocar death metal, sino lo que ocurre cuando dicho estilo surge desde la tripa y se traspasa a un público que arma la centrífuga humana con todas las razones del mundo. No se espera menos de una agrupación que habla poco y aplasta cráneos con un sonido demoledor. De eso se trata, y eso es lo que le da a Master un nombre obligatorio para quienes sabemos que la música para la gente enojada viene de un lugar abajo, ahí totalmente alejado de la pirotecnia y el monstruismo.
Demoró poco y nada el regreso de Vader. Bastó que «Sothis» hiciera lo suyo para que el Cariola, ya repleto en cancha, se convirtiera en una zona de desastre. Peter al frente en voz y guitarra, derrocha un carisma que lo hace tan querido en estos parajes, disipando cualquier duda respecto a la vigencia de una agrupación que compensa el bajo perfil con una discografía que mantiene su furia como hace más de tres décadas. «Fractal Light», «Wings», y la suprema «Reign Forever World», marchan como una selección de ‘grandes éxitos’ en un repertorio no apto para curiosos. Te gusta mucho o no te gusta nada, y eso es lo que Vader proyecta como estandartes del death metal europeo, sin rodeos ni doble intención que valga.
¿Por qué cuando observamos el logo de Vader en el telón nos resulta parecido al de Morbid Angel?, Porque, por muy obvio que parezca, no hay empacho en reconocer una de sus mayores huellas. Es más, mientras los de Tampa, Florida, se anotaron en la historia con cuatro placas angulares y, hasta hoy, insuperables hasta para ellos, los polacos llevaron dicha influencia hacia un terreno totalmente inmune a los vicios de la industria musical. «The Book», «Cold Demons», «Unbending», «This is the War!» y «Triumph of Death», todas sonando matadoras en un set que trasciende sobre lo que entendemos como ‘etapa dorada’. En el mismo plan, «Vicious Circle» y «Dark Age» nos llevan en sus alturajes del show a los días de The Ultimate Incantation (1992). Digamos las cosas como son: el catálogo más antiguo es el nos vuela la cabeza, tanto a quienes vivieron la época como a los más jóvenes. Y Vader, tanto como la habilidad y el ajuste en cada pieza, da cuenta de una sintaxis efectiva que reparte sus momentos a medida que se construye la noche. Tal como los todopoderosos Slayer, a quienes invocan mediante el bis conformado por «Hell Awaits» y «Raining Blood». Nada más que agregar cuando, después de casi cuatro décadas, hay una banda que justifica su discografía con autoridad ganada a pulso.
Tener a Vader y Master juntos en un escenario local, por muy frecuente que hoy parezca en estos días, siempre será un lujo y un deber. Por lo que evocan durante décadas de recorrido. Porque ambos nombres, a sus respectivas maneras, entablan lazos de sangre y hermandad en esta faja de tierra larga y angosta. Son tamañas uniones las que terminan sonorizando el entorno de una humanidad mutilada por los vicios circulares de una clase dominante. Como proclamó Hellhammer en los ’80s, sólo la muerte es real. Y mientras Vader y Master sigan girando y actualizando sus respectivas discografías, se mantendrán como fuerzas naturales reflejando el desastre en nuestras caras.
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