Por Hyalmari Kansikas Basualto.
Asistí al Inferno Metal Festival 2026 con la sensación de estar entrando en una especie de ritual colectivo más que en un simple festival. Durante cuatro días, del 2 al 5 de abril en Oslo, viví una experiencia extremadamente bien organizada, intensa y sorprendentemente cómoda, algo que no siempre se asocia con el metal extremo.
Día 1 – Jueves: el descenso comienza
Desde el primer día quedó claro el nivel del cartel. En el escenario principal vi a bandas como Cult of Luna, Tormentor, Incantation, Svarttjern y 1914. En salas paralelas como John Dee y otros clubes cercanos, descubrí propuestas más underground como Hulder, Myr y Carnivore A.D.. Ese primer día ya me dejó claro algo: el festival está diseñado para que siempre tengas algo interesante que ver, sin importar tu nicho dentro del metal.
Día 2 – Viernes: leyendas vivas
El viernes fue directamente histórico. Ver a Mayhem encabezando la jornada fue uno de esos momentos que justifican el viaje completo. También tocaron The Kovenant, Der Weg einer Freiheit, Múr y Funeral. En escenarios secundarios seguí explorando con Groza, Morax y Nihilvm. La curaduría del día fue impecable: una mezcla entre nombres históricos y propuestas modernas que mantuvo la energía siempre en alto.
Día 3 – Sábado: técnica y oscuridad
El sábado sentí que el festival alcanzó su punto más equilibrado. En el escenario principal destacaron Enslaved, Kanonenfieber, Samael, Whoredom Rife y Darvaza.
Mientras tanto, en otras salas disfruté de Sadistic Intent, Bizarrekult y Hierophant. Fue el día donde más aprecié la logística: los horarios estaban perfectamente escalonados, permitiendo moverse entre venues sin perder conciertos clave.
Día 4 – Domingo: el cierre apoteósico
El domingo tuvo un aire casi ceremonial. Cerraron el festival bandas como Deicide, Old Man’s Child, Primordial, Auðn y Mork. En escenarios secundarios seguí descubriendo joyas como Firespawn, Nite y Perchta. El cierre fue intenso, pero también emocional: se sentía el peso de cuatro días de música extrema compartida con gente de todo el mundo.
Organización y comodidades
Algo que realmente me sorprendió fue lo bien organizado que estaba todo. El festival funciona en múltiples salas del centro de Oslo, pero los tiempos están tan bien coordinados que el flujo de público es natural y sin caos.
Además, había comodidades que elevaban muchísimo la experiencia: pagos cashless, zonas de comida variadas (incluyendo opciones veganas), acceso a baños, puntos de información y facilidades para movilidad reducida.
También noté lo bien integrado que está el hotel oficial, donde se concentran artistas, prensa y fans, generando una atmósfera casi comunitaria dentro del festival.
Actividades paralelas y conferencias:
Más allá de los conciertos, lo que realmente hace único a Inferno es todo lo que ocurre alrededor:
Inferno Music Conference: paneles y encuentros con profesionales de la industria del metal.
Clínicas de instrumentos (como guitarras y batería con músicos reconocidos).
Black Metal Bus Sightseeing: tours por lugares históricos del black metal noruego.
Exhibiciones y feria de tatuajes, con artistas internacionales.
Estas actividades le dan una dimensión cultural al festival que va mucho más allá de la música en vivo.
Stands y ambiente general
Los stands estaban llenos de vinilos, merchandising exclusivo, arte y publicaciones especializadas. Incluso había exhibiciones de arte relacionadas con el black metal, lo que reforzaba esa sensación de estar dentro de una cultura, no solo un evento.
Conclusión personal
Salir del Inferno 2026 fue como despertar de una experiencia inmersiva total. No es solo un festival: es una celebración global del metal extremo, con una organización impecable, una oferta cultural riquísima y una comodidad que permite disfrutarlo al máximo. Honestamente, pocas veces he visto un evento tan bien equilibrado entre brutalidad musical y eficiencia logística.
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