TYGERS OF PAN TANG ROMPIÓ LAS CADENAS A PURO HEAVY METAL Y ROCK AND ROLL EN LA RBX
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Escrito por: Equipo SO

Por Pablo Rumel.
Fotos Rubén Garate.

El que no estuvo presente el 4 de junio en la RBX lo lamentará de por vida, porque lisa y llanamente se dio una conjunción que cual cometa Halley, ocurre cada 76 años: vimos un eslabón perdido de la NWOBHM en estado puro; tuvimos el privilegio de conocer a los Virgil’s Codex haciendo un power indómito y melódico; y finalmente, escuchamos a Burning Path, heavy metal tradicional nacido tras la huella, que cual camino en llamas, dejó la hecatombe que provocó Lucifer’s Hammer tras su ascenso y caída.

DESCIFRANDO EL CÓDIGO VIRGILIO 

Siendo las 19:41, y ante un público que poco a poco se posicionaba frente a las tablas, pudimos conocer la propuesta symphonic power metalera de Virgil´s Codex, banda encabezada por el bajista Julio Soto (Hefesto, Darkspell, Aisa), con material recién salido del horno y debutando por primera vez en vivo.
Su sonido entremezcló el repertorio clásico del guitar hero a doble empuñadura, comandada por los cabros Gabriel García y Julio Poblete, quienes ejecutaron barridos veloces, secciones contrapuntísticas y armonías neoclásicas, con metrallas palmuteadas a una cuerda y variaciones cromáticas veloces, doblando las melodías que eran amarradas con la base de concreto, obra y gracia de Julio Soto, dueño de un bajo veloz, quien duplicó las cabalgatas rítmicas, llenando de fills las transiciones entre verso y estribillo con un trabajo contundente, y que desde Sonidos Ocultos no nos cansamos de repetir, el hombre es uno de los más altos estandartes del sonido metálico a las cuatro cuerdas.

Pero más que sinfónico, lo que vimos fue una propuesta operística, con cuatro cantantes alternados, liderados por Andrés Muñoz, quien mostró una voz vibrante de gran cuerpo, teniendo en los coros a dos voces privilegiadas, las maestras Marcela Villarroel y Eva Murgas, con una invitación especial de Jaime Contreras, cantante de Steelrage.

Pero más que un desfile de nombres, lo que rescatamos fue lo bravío de la propuesta, considerando que este formato muti-vocal no es común en Chile (sí está el caso paradigmático y catedrático de Húsar) que sin embargo tuvo algunos bemoles a puntualizar.

En primer lugar, el despliegue en el escenario se vio caótico, con un trabajo entre cada plano de las tablas muy improvisado, y es que el movimiento en el escenario y la iluminación no son elementos adicionales de un show de estas características, al contrario, son vitales para una propuesta barroca y sin centro que demanda fijar en algún punto la vista del espectador; las guitarras a veces sonaron medio raquíticas frente al aluvión de acero del tándem bajo-batería, pero fuera de algún acople y bajada de intensidad, aquello no empañó la presentación.

A la postre,  tuvimos 30 minutos enérgicos, con una maquinaria en ascenso que aun debe engrasar detalles, pero que como debut no hace más que augurar prestigio, a una banda que ya cuenta con un disco editado, Stheno’s, de temática grecolatina cargada a la mitología, y que será un must have para todo amante del género.

BURNING PATH O EL LEGADO DEL MARTILLO

Para gran parte del público se trataba de otro debut, pero había otro puñado de bangers que llegaron al show para ver el renacimiento en vivo de una banda de culto que forjó con acero y sangre el hierro candente del heavy metal tradicional.

Y no, no era la reformación de Lucifer´s Hammer: no estábamos ante un Martillo 2.0 con otro nombre, estábamos ante algo totalmente diferente, con un Titan que de la batería pasó a la guitarra y a las vocales, manteniendo Hypnos su posición en las cuerdas, y añadiendo a Diamond en el hacha de batalla y a Vultur Gryphus en la carrocería de combate.

¿Qué vimos? ¿Qué pasó? Con un color rojizo tenebroso que inundó las tablas de la RBX, oímos la quebradura del tiempo, o como debería ser cuando unos guerreros de este mundo saltan a otro vértice interdimensional para aplastar al futuro, con «Chasing The Future», una descarga eléctrica de riffs que oscilaron igual que un tic tac, de factura tradicional y cañonera, manteniendo un timing rítmico sostenido por una batería golpeadora que mantuvo pulso firme, sin levantar polvo ni parafernalia entre cada compás, atacando con la misma precisión de un ariete que se dispone a volar en mil pedazos las puertas de un castillo.

«Another Day» fue la siguiente pieza, con un swing siniestro y oscurecido. Ver a Titan como frontman, guitarra en mano y cantando, generó una sensación muy especial e inexplicable, y es que cobró otra altura, otra dimensión que sólo la teatralidad enmascara, máscara que saltó en mil pedazos por esa llama interior que objetivamente se manifestó en el control de las seis cuerdas, con una rítmica milimétrica y una voz que oscilaba entre lo tenue del espectro y la limpieza de la espada, ejecutando los cambios de tiempo y doblando las melodías junto a su eterno compañero de batalla Hypnos.

La presentación fue al rojo candente, solo treinta minutos para mostrar heavy metal en estado puro, sin parafernalia, sin estructuras sacadas de una partitura neobarroca, solo el estruendo y el fragor de cuerdas aceradas en un combate a muerte contra el infinito; la jaula ya estaba abierta para asistir al ingreso de los Tygers, pero en esa media hora pudimos ver energía desplegada en cada acorde, solos rock and rolleros, guitarras gemelas galopantes, y por añadidura el instrumental «Lucifer´s Hammer» que será un obligatorio de acá en adelante, con una banda que desplegó una mística que no se tranza ni se compra, más bien nace con el trabajo profesional y obsesivo, como el del herrero martillando el acero al frente del campo de batalla.

Titan y compañía demostraron solvencia metálica -buenos solos, excelente control de tiempos y despliegue- en el escenario. Y sí, para una próxima pueden subirle, con confianza, unos decibeles extras a los micrófonos, pues si hubo un detalle, fue que faltó oírlos aullar con más fiereza. No tenemos pruebas, pero tampoco dudas, de que los lobos nos seguirán sorprendiendo a futuro.

LA JAULA ABIERTA DE PAR EN PAR

Si tuvimos al comienzo un ensamble operístico-greco-latino y luego una caballería pesada asolando un castillo blindado, ahora faltaba escuchar el sonido de unos tigres escapados de una violenta isla de caos y pesadilla (sí, a ti te lo digo Michael Moorcock, puto genio de la pluma), y si algo tiene el tigre sobre otros felinos del reino animal, es esa sonrisa eterna y ese rugido, entre embates y combates, salta y se mueve con esa agilidad que el buen Dios le dio, un día en que tuvo que estar muy inspirado para crear semejante maravilla rayada.

Y francamente, los Tygers no llenaron un estadio ni un teatro, ni siquiera hubo una sala RBX rebosante, y tampoco estuvimos frente a la formación original, salvo a Robb Weir en las guitarras, y aún así, todo aquello redundó en un show íntimo, que sonó brillante, con una percusión sólida al centro, pudiéndose oír unas perfectas líneas de bajo sincronizadas con el color de las guitarras, una paleta que osciló entre el fraseo blusero acelerado, las melodías cortantes como cuchillas, y las secciones melodiosas gemelas que hicieron bailar al respetable, cóctel que incluyó rock and roll y secciones de mosh directo ¡una locura!

Al tener un catálogo casi inabarcable, Tygers optó sabiamente por hacer un recorrido en el tiempo, con clásicos de arranque como «Euthanasia» o «Gangland» lo más cercano a esas rolas que interpretaban a fines de los 70 y 80 otras glorias como Maiden, Saxon o Ufo, mostrando luego un sonido más modernizado con «Keeping Me Alive» de 2012, o «Electryfed» de 2023, con patrones grooveros y baterías machacantes, utilizando riffs de afinaciones bajas y pesadas.

Hay que recalcar que el gran baluarte en las baquetas fue Craig Ellis, a quien debieron haber encadenado con camisa de fuerza, porque estuvo a un plamo de reventar los platillos, toms y caja ¡puro músculo rebosante de técnica! Parecía que quería destruir las rítmicas, convirtiéndolo en un murallón sónico que sostuvo el trabajo de cuerdas con maestría, modelo a seguir para los bateros más jovencitos, pues una cosa es grabar en estudio y otra es plantarse en un escenario en vivo. Vítores para él.

Las guitarras y el bajo sonaron sublimes, pudimos oír los solos nota a nota, con fraseos rápidos y cambios de tiempo que creaban más dramatismo, y el show, que partió con una fuerza de vorágine, fue ascendiendo peldaño a peldaño en ejecución y rítmica. Jacopo Meille en las vocales sonó vibrante, con una voz privilegiada que no desafinó nunca, aplicándole vibrato y cuerpo, y dialogando con el público en un correctísimo inglés (¡ja!), efectuando todo lo que un frontman debe hacer además de cantar: oficiar de maestro de ceremonias, conducir la carroza metalera, y crear la sinergia necesaria para que todo funcione a tope.

VEREDICTO SÓNICO-OCULTISTA

El cierre estuvo recargado a la nostalgia, hubo incluso algo que se está perdiendo, el encore o bises, con una nueva descarga que partió con la poderosa «Hellbound», la híminca «Love Don´t Stay», y la movida y bailable «Suzie Smiled», dejando a una Sala RBX entre la cadencia de la tercera edad, el mosh enérgico de la segunda edad, y una proyectada primera edad que vio en vivo cómo fue que la NWOBHM hizo historia, comenzando sus andadas en los suburbios londinenses, para terminar sonando al fin del mundo, en el país de la estrella solitaria, con la llama encendida y bien en alto.

 

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