La Polla Records en Chile: Una Puta Pena
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La Polla Records en Chile: Una Puta Pena

La Polla Records en Chile: Una Puta Pena

sábado 22 de febrero, 2020

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Escrito por: Matías Burgos

A una semana del concierto que juntó a Flema, Los Peores de Chile y La Polla Records en un mismo escenario, como una especie de anticumbre del punk en el Estadio Bicentenario de La Florida, por todos lados siguen apareciendo balances sobre lo que pasó esa tarde que no alcanzó a ser noche. Apreciaciones morales, acusaciones cruzadas, burlas, tallas repetidas, amenazas y recriminaciones, como residuos del relato fantástico de la TV y las redes sociales.

“La culpa es del público, el show se hizo y no pensamos devolver la plata”, es el claro resumen del comunicado de la productora. “Se intentó hasta el final, pero no se pudo. Una puta pena”, dijo la banda, lo que videos en YouTube prueban fielmente. Ahí, rodeado de personas que le gritan en la oreja y lo abrazan tirándolo hacia atrás, se ve a Evaristo tratando de sostener el micrófono para seguir cantando lo que fue su última canción en Chile. Después, la masa de gente se traga a él y a sus colegas, quienes lograron escapar con éxito de algo que ya no tenía vuelta.

Cerca del estadio, un par de horas antes de que comenzara todo, estaba pensando si alcanzaba o no a comprarme una cerveza antes de entrar cuando sonó un inconfundible acople de guitarra a todo volumen. Comenzaba Flema y opté por pasar sed, solo para ver al grupo del que conocía más canciones ese día. Mientras buscaba el código QR de mi entrada en el teléfono para validar en puerta, de un momento a otro ya estaba dentro. El guardia que hace un segundo tenía delante ni me habló, tampoco me revisó y menos validó mi e ticket. Lo mismo a mis amigos, que no se quemaron la cabeza pensando en qué había pasado y me invitaron a escuchar las canciones que nos dejó Ricky Espinoza.

La gente adentro disfrutaba tranquilamente el concierto. Los mosh se concentraban adelante y la voz de Fernando Rossi, bajista también, se replicaba desde las miles de gargantas que comenzaban a calentar. En ese momento, comentamos sobre la gran cantidad de copete que fluía entre el público. Vi a personas con packs completos de pilsen y pensé que eran vendedores, pero no, solo consumo personal. Así que cuando los argentinos entonaron la última de un show redondo, fuimos afuera a ver qué podíamos conseguir.

Agolpados unos y encaramados otros en la reja al lado de los accesos principales, cientos de manos se asomaban hacia afuera con billetes. Ahí se pagaban y entregaban las latas por arriba. A pocos metros, había una salida que en realidad era pasillo, así que la usé y desde afuera le pasé unas más tibias que heladas a mi compadre, para luego entrar igual que la primera vez. Ahora, el tránsito era fluido en ambas direcciones, con público que entraba gratis con toda calma. Las amenazas de avalanchas, posteadas desde días antes en la pagina del evento en Facebook, fueron innecesarias.

Puntuales y directo la grano, Los Peores De Chile fueron bien recibidos por la cancha y las gradas, donde ya se podía ver mucha más gente que antes. También comenzaron a aparecer las botellas, botellones y cajas de vino que se compartían. Por alguna razón, adelante algunos comenzaron a desarmar el cubre suelo y a lanzar las piezas hacia el escenario, las pantallas y los músicos. Ahí, uno de ellos puso una pará de carros al micrófono con un “¡oye ya, paren la hueá!”, después de lo cual la hueá siguió pero un poco menos.

Así y todo, Pogo y sus amigos cumplieron su show con los temas coreados de principio a fin. Otra oportunidad de hidratarse, acordamos, así que fuimos a repetir la operación. Ahora, la cosa fue más sencilla, con los guardias simplemente mirando como pasaban todos y respondiendo solo a quienes se dirigieran directamente a ellos. Estaba tirao, totalmente, tal como lo demostró una asistente que entró con una piscola en la mano y una bolsa de hielo en la otra. Un rato después, un tipo alto enfilaba hacia el concierto con un saco al hombro, portando unas buenas latas de medio adentro.

El ruido de una introducción titánica nos avisa que hay que regresar, así que caminamos en medio de la basura que inunda el recinto deportivo. Junto con los primeros acordes de la banda española, sale enseguida la bengala que alumbra un lindo mosh masivo. De nuevo, la voz de la gente se toma las canciones y todo es felicidad en este esperado concierto de La Polla. Aunque se me solo unos cuantos temas de la banda, por alguna razón las canto todas como si conociera las letras desde hace años, envuelto en este sentimiento colectivo que sirve para expulsar la rabia, la indignación, el descontento en un momento en el que la revolución se ha hecho carne en Chile.

Cerca de los 20 minutos de show, un tipo se sube y pone su brazo en el cuello de Evaristo, cantando con él a la par y con una alegría que le salía por todos lados. Esperable, pienso, que en un recital de punk rock se suban personas y se tiren al público, nada raro. Pero tal como se abrió ese pasillo en los accesos al estadio, ahora una seguidilla de sujetos comenzó a aprovechar una obvia falla de seguridad que permitió que desfilaran uno a uno los asistentes, que parecían más hambrientos de atención que de otra cosa.

Ya en un momento en el que subían de a pares, me imaginé que alguien daría algún tipo de mini discurso o consigna sobre el movimiento social. Pero todo se limitó a “¡Piñera culiao por el ñackson!”, “¡chúpenla todos!” y palabras vacías. El vocalista, con años de pasar por estas situaciones, permitía que lo abrazaran y que la gente vociferara en su micrófono. “Como que esto no se viene bien”, le dije a uno de mis amigos, quien miraba preocupado lo que pasaba adelante, pero no fue hasta que vi a un tipo encaramado en una de las torres laterales que supe que esto no duraría. Si alguien llegó hasta arriba, sin que nadie lo parara y notando también que la gente ya estaba sentada sobre los sub bajos y retornos, significaba que esto no tenía control alguno.

Fue cuestión de tiempo, nada más. La multitud se tomó el escenario, la música se detuvo y las piezas de suelo, vergonzosamente cubiertas por una malla negra que poco y nada hacía, comenzaron a volar nuevamente, pero en mucha mayor cantidad. La guerra era entre los que querían que se bajaran las 20 personas que asumieron el protagonismo del espectáculo y el público que quería ver a La Polla.

Con los técnicos yendo de un lado a otro, sacando los amplificadores y otros elementos de la tarima, ya supimos que todo se había ido al carajo. Pero nos quedamos a ver, a escuchar un poco y ver qué salía de todo esto, pero fue el mismo sinsentido. Aunque apareció un paño con la foto en grande de Jorge “Neco” Mora, hincha de Colo Colo asesinado por la policía, junto a una chica que portaba una bandera de “No + AFP”, no hubo un acto de protesta. Solo gente muy ebria queriendo llamar la atención, agitando los brazos, insultando a los de abajo, dando vueltas, pero nada más.

A esa hora, nos dimos cuenta que con este descalabro la policía entraría en cualquier segundo y correría sangre, así que nos fuimos pateando latas hacia afuera, donde ya no quedaba entrada. Los vecinos del sector estaban afuera de sus casas, mirando temerosos lo que ya sabían se vendría, mientras que a la redonda no se veía ni un solo paco.

Mientras esperábamos en vano una micro, que pasaban llenas hasta más no poder, vimos lo inevitable. Un contingente de Fuerzas Especiales marchaba hacia el estadio, igual que las patrullas de stormtroopers en Star Wars, listos para la represión. Con esa escena delante, pensaba en la cantidad de contradicciones y situaciones absurdas se dieron en esta jornada, lo que luego sería comentado en las redes sociales por asistentes y opinólogos de sillón. ¿Faltó seguridad y presencia policial, hubo mala logística, los punks se autoboicotearon? ¿Tuvo la culpa el copete, Evaristo no dijo lo que tenía que decir? ¿Basta con tener los permisos para armar un concierto o hay que ir más allá de lo evidente, tomar medidas que no necesariamente fueran represivas?

Hay tantos cabos sueltos sobre lo que pasó ese día, que evangelizar sobre una solución u otra no sirve de nada. Como en una tormenta, son varios los factores que se combinan para originar un desastre donde no hay por dónde agarrarle. Lo que sí está claro es que, tal como dijo La Polla Records, fue una puta pena. Algunos apuntaron al precio de los tickets, pero creo que si hubiese costado 5 lucas esto habría pasado igual considerando la masa de colados que hubo. ¿Falta de guardias? Quizás, considerando que estos no solo están para reprimir, sino que para observar y evitar accidentes, mantener las vías de escape seguras.

Pero para qué seguir desgranando este choclo. Personalmente, por un lado estoy feliz de haber visto a Flema a toda potencia, por los Peores que siguen cosechando logros, por lo que alcanzó a ser el retorno de LPR. Sin embargo, me dura poco al pensar en los miles que viajaron kilómetros desde sus casas, que esperaron toda su vida, que se las pelaron para llegar un día domingo hasta el rancio Santiago. Todo una puta pena.

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Matías Burgos
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