Mr Big y Sebastian Bach: Nunca digas nunca
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Mr Big y Sebastian Bach: Nunca digas nunca

Mr Big y Sebastian Bach: Nunca digas nunca

sábado 04 de mayo, 2024

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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda.

Fotos por Rodrigo Damiani @sonidosocultos

Cuando se habla de hard rock ’80s, y sólo enfocándonos en los nombres ilustres que repletaron anoche el teatro Caupolicán, se tiende a meterlos a todos en el mismo saco de baladas rockeras, éxitos radiales y clichés de guitarras rápidas, voces agudas y cabellos escarmenados. Glam, como le llaman, pero la realidad es que eso implica omitir la identidad de cada exponente, algunos con más renombre, otros reducidos a un culto para fanáticos y entendidos. Y otros quepagaron el precio de hacer caso omiso al mainstream pero se enfocaron en las buenas canciones, la actitud y la calidad musical para hacer valer sus grandezas respectivas ante un público que sólo quiere dos cosas: buen rock n roll, y buenas canciones.

El regreso de Mr Big a nuestro país -la cuarta visita a Chile y la primera sin el malogrado baterista Pat Torpey-, tiene por contexto una despedida de los escenarios con razón de ser. Tras la pérdida de su histórico baterista por causa del mal de Parkinson, los californianos decidieron emprender una despedida abarcando USA, Europa y, cómo no, Sudamérica. Es aquí en Chile donde, quizás junto a Japón, el trinomio Gilbert-Martin-Sheehan tienen una localía asegurada, no por un tema de arrastre mediático sino por la devoción que despierta entre los fans del hard rock ochentero y la música progresiva. Alguien podría rasgar vestiduras, pero en una banda formada por músicos de experticia astral que hacen simbiosis en favor de las buenas canciones sin descansar en una etiqueta, las únicas reglas a acatar son las que estos señores imponen en la suya. Y la interpretación de Lean into It (1991) -por lejos su placa más importante, la que los consagró como artistas en medio de tantas «estrellas»- genera al menos entre sus fans un deber ineludible.

En el otro espectro hay otro conocido, uno que ya es de la casa y solo su nombre echa fuego. Sebastian Bach, la voz icónica de Skid Row, una estrella de rock que sabe lo que quiere el público, SU público, el público que consume rock n roll sin aditivos. No vamos a descubrir su currículum vitae a estas alturas, pero sí destacar la bestialidad vocal con que sus 56 años de vida se reducen a los 20 y tantos de sus años dorados. Su carrera solista se defiende sola, incluso hay un lanzamiento anunciado para dentro del año en curso y su presencia en el directo está asegurada. Pero el blondo cantante nacido en Bahamas y criado en Ontario, fanático acérrimo de Kiss y Rush y metal-head declarado hasta hoy, la tiene clara respecto a lo que le gusta a la gente y lo que hace vibrar de emoción y locura a un teatro para 5 mil personas. Y eso está en esos primeros dos LPs con que Skid Row, una banda supuestamente destinada a ocupar el lugar de Bon Jovi y Poison, eligió pulir su propia firma, mucho más cercana a la actitud callejera y mala leche de Mötley Crüe y Guns N’ Roses.

El arranque de la jornada -de tiro largo, por cierto-, estuvo a cargo de QueenMilk, una agrupación cultora de un estilo arraigado en la era gloriosa del rock pesado, la de 1970. Específicamente, el fanatismo de sus integrantes por Led Zeppelin y Deep Purple converge en una manera de sonar potente y actual sin dejar de lado su atmósfera vintage. Una a una desfilan «Golden Silver», «Wounded Mind», y «The World is Yours» como auténticos bombazos de rock duro de riffs certeros con aroma y sabor a blues, como si fuera un vino añejo de la mejor cepa. Es lo que transmite una banda donde la guitarra de Rodrigo Mora es el centro gravitacional y el viaje en el tiempo para reforzar su lenguaje musical se vuelve en vivo una erupción de rock pesado desde el impulso de los pioneros.

La manera en que se mueven de lo más incendiario hasta la sensualidad más embriagante, es lo que hace de QueenMilk una propuesta que retrocede las agujas del reloj para refregarnos los bríos de una época dorada en la música. El aporte de Paulo Domic como cantante titular es extraordinario, pues su caudal de voz es reforzado con un desplante escénico que aprovecha todos los espacios del escenario, incluso se nota la complicidad en vivo tanto con Rodrigo Mora como con Marcela Villarroel, cuyo despliegue en la segunda voz tiene ese refuerzo visual que debe hacer de esta música un efecto de impacto y sensualidad. Es así como se puede entender la forma en que el groove infeccioso de «Nowhere» y el martilleo constante de»Smash», ambas de su placa «El Descanso», te dejen echando fuego de la misma forma en que «The World is Yours» evoca un matiz más emotivo, donde la influencia soul en ambas voces se complementa con las guitarra crocante de Rodrigo. Todo eso respaldado en una base rítmica que hace su labor pensando en dejar la vida en cada golpe o línea de bajo. Y eso es lo que se le agradece a QueenMilk cuando hablamos de un sonido retro no desde la fórmula sino de la integridad dispensada en todos los surcos.

Es complicado hablar de Sebastian Bach de manera objetiva. Partamos que el tipo es un rockstar y su voz en estos días, muy proclive al grito cliché del cantante de hard rock ochentoso, puede ser tanto celebrada por sus fans de toda la vida como vilipendiada por quienes exigen calidad y seriedad en lo suyo. Pero el tipo es una estrella que no tiene empacho en jactarse de aquello, y la empezada con el single «What Do I Got to Lose?» nos pone al corriente de su presente, claramente lejos de sus momento prime pero dándole al espectáculo el componente propio de una leyenda. La gente viene a escuchar los clásicos de Skid Row y «Here I Am» aparece literalmente abriendo la puerta de una patada, igual que «Big Guns», esta última la que inaugura el debut homónimo de Skid Row y es entonada por el público como el himno que siempre ha sido. Entre medio, notable la forma en que nos habla en español con torpedo en mano. Hilarante y digno de algún pasaje de la película «Spinal Tap», pero Sebastian Bach te la vende igual. Porque de eso se trata este asunto al que muchos aspiran a romperla y pocos lo logran al nivel del rockero canadiense.

Así como le firma el vinilo del disco homónimo de su ex banda a un fanático en primera fila durante el frenesí de «Sweet Little Sister», también prueba la entrega del público en «18 & Life». El desgarrador relato sobre Ricky, un adolescente que mata de un disparo a su mejor amigo, el reflejo de la pérdida brutal de la inocencia, una legión de adolescentes de ayer y hoy la hacen propia. De esos momentos que bajan las revoluciones en favor del factor emocional. Y si bien es un pasaje que denota claramente el desgaste en la voz de Sebastian, tampoco socava en absoluto sus condiciones de ‘frontman’ de viejo cuño. Por otro lado, nos resulta llamativa la presencia de «Piece of Me», quizás el corte menos atractivo del disco homónimo -alguien quizás no adhiera a nuestra opinión, cosa de gustos para quiene escribe-, pero nos permite apreciar las virtudes de sus acompañantes, como la solidez del bajista Clay Eubank y el baterista Wade Murff, este último dándose el tiempo en algún pasaje para hablarle en español correcto y fluido a una alborozada fanaticada chilena.

De la forma en que empezó su presentación, también hubo su espacio para «Everybody Bleeds», un potente heavy metal -así, léase bien- que apela a lo que le gusta Bach como el rockero empedernido que es a viva voz. No cabe duda de la distancia sideral entre los días recientes y la edad dorada de todo un género, pero funciona de cualquier forma. Y es que el fuego sonoro que le propina el guitarrista Brody DeRozie al espectáculo es magnánimo, incluso a pesar de que en gran parte del show se extrañó una segunda guitarra. Como pudimos apreciar en la desbocada «Slave to the Grind», del álbum del mismo nombre (1991), donde a pesar de su fragor característico, como que se echo de menos esa muralla de dos guitarras apoyándose entre sí. Pero poco parece afectar el clima de fiesta y locura donde los misilazos como «Rattlesnake Shake» y «The Threat» son capaces de provocar un maremoto de gente saltando y cantando con puño en alto. Instantes que nos permiten creer en una próxima reunión entre Skid Row y su voz más reconocidas, obviando lo quebradas que están las relaciones después de casi 30 años. Pero si Sebastian nos impulsa a creer en lo imposible, es porque sabe cómo tentarte y meterse al bolsillo al más crítico.

La estampa de ganador que reluce Sebastian frente a sus incondicionales de años, surte efecto al momento de rebautizar «American Metalhead» como «Chilean Metalhead». Sabemos de antemano que Sebastian Bach le vende a todos el mismo discurso, y se la compras porque el tipo tiene una credibilidad que no admite ‘pero’ alguno. Cómo vas a dudar de aguien que en medio del groove pendenciero de «Monkey Business» te saca un megaclásico de Rush. «Tom Sawyer», un lujo para quienes nos gusta tanto del rock más callejero como del rock conceptual. Y como si fuera poco, dedicatorias a próceres eternos como «The Professor» Neil Peart, Lemmy Kilmister, Eddie Van Halen y Ronnie James Dio, a este último rindiéndole homenaje con una versión a capella de «Heaven and Hell» de Black Sabbath. Todo pasando en cosa de minutos, no es una sola postal sino miles en un espectáculo de rock n roll bien gritado y disfrutado.

El remate con el megaéxito radial «I Remember You» -previa intro los versos iniciales de «Wasted Time»- y el himno de rebeldía juvenil «Youth Gone Wild» coronaron el retorno de una estrella que siempre se acuerda de serlo en el escenario. Y es que con Sebastian Bach la cosa es muy clara, igual que su postura como fan acérrimo del heavy metal. Es lo que no se mide sólo con la calidad musical, sino con el hecho de volarte la cabeza a punta de desplante y una colección de éxitos que conservan el mismo nivel de locura y transgresión que les gusta a quienes eran quinceañeros en 1989 como a algún niño ávido de música pesada en pleno 2024. Si se concreta su regreso a Skid Row, sería hermoso. Mientras aquello no suceda, el eterno joven Sebastian Bach seguirá ahí aferrándose a sus grandes armas.

La alerta con «Blitzkireg Bop» de Ramones sonando en los parlantes, es una señal reconocida de lo que se viene como plato de fondo. Uno a uno aparecen Billy Sheehan y Paul Gilbert, bajo y guitarra como voces sonoras en el estilo sempiterno de Mr Big. Y poco antes de que aparezca el buen Eric Martin, la aparición del baterista Nick D’Virgilio es el atrctivo para quienes seguimos su carrera como baterista histórico en los progresivos Spock’s Beard y Big Big Train. Literalmente es como ver a un clon de Pat Torpey, y la analogia se justifica de inmediato en la partida de «Addicted to that Rush». Gilbert y Sheehan, no exageramos si decimos que son como los hermanos perdidos que se encontraron en 1988 y llevan más de 35 años manifestando su hermandad a través de las cuerdas. Comienzo pletórico, sumándose Eric Martin con esa voz quizás ‘agruesada’ con los años pero igual de fresca cuando se trata de brindar un espectáculo de talento y jerarquía. De inmediato, la potencia de «Take Cover» envolviendo el Caupolicán en un solo sentimiento. Y lo que nos gusta de una voz como la de Eric Martin, es que sin la parafernalia de Sebastian Bach y otros nombres del mismo calibre, te despliega una cátedra maestra de canto y entrega hacia lo que hace grande a Mr Big: sus canciones, sin diferencia alguna. No hay canciones fáciles ni difíciles para los angelinos, y el trabajo de Nick D’ Virgilio en batería es abrumador. Igual que en la más blusera «Price You Gootta Pay», donde la baja de velocidad se compensa con una intensidad fogosa.

Hay muchas razones por las que tanto los fans como sus propios creadores consideran «Lean into It» como su trabajo más importante, el que posicionó a Mr Big como una potencia por sí sola, incluso por más que cierta prensa insistiera en catalogarlos como «otro clon de Van Halen». Partamos con «Daddy, Brother, Lover, Little Boy (The Electric Drill Song)», la de Gilbert y Sheehan con taladro en mano durante ese solo que desemboca en una armonía de ejecución literalmente inhumana. La que abre «Lean into it» y le da el puntapié inicial a todos sus shows, ahora en un contexto de repaso al cien. Y si un arranca con ese nivel de adrenalina, es para que el blues stoniano de «Alive and Kickin» vierta sus litros de magia, con la clase de quienes abrazan el rock como una forma de liberar tensiones con una pilsen helada en mano. Mira a Billy Sheehan, su bajo de doble mastil en mano es un actractivo visual que va de la mano con su sonido inconfundible, mientras Paul Gilbert en la guitarra pone su experticia con los dedos al servicio de un sonido retro sin debate. Y lo que le pone Eric Martin, nos rememora la influencia notoria de Paul Rodgers, pero menos áspero y ese color juvenil que se refuerza con el tiempo y el carrete.

El recorrido por «Lean into It» tiene y genera de todo. «Green-Tinted Sixties Mind», «CDFF-Lucky This Time», «Voodoo Kiss», todos resumiendo la rica paleta de colores musicales con que Mr Big se gana el afecto de los fans y los no tanto. Hay blues de viejo cuño, hay hard rock bien cojonudo, hay ganchos pop con guitarras que alternan intensidad y buen gusto, hay una voz que explota sus dotes entre el rock y la músca negra con una soltura tremenda. Hay también esos rasgos de hard rock descarado al estilo de Aerosmith pero pasado por el filtro de Mr Big, como lo notamos en «Never Say Never». Y también hay lugar para que la metralla disminuya considerablemente en favor de una melodía que dice mucho en cuanto a emociones, como ocurre en «Just Take my Heart». De esos momentos íntimos que Mr Big nos comparte a todos, da igual si tienes una polera de ellos o sólo viniste por curiosidad, en ambos casos te llega de la misma forma. «My Kinda Woman» retoma un poco la vena hard rock y la entrega de Martin adjunta a su despliegue vocal se convierte en una clase magistral. En realidad, Mr Big en vivo es una clase maestra, igual que el solo de Paul Gilbert intercalando rapidez con el gusto por las melodías populares. No se puede permanecer impasible cuando suena «Gonna Fly Now» (la música que suena durante las escenas de entrenamiento enla saga de «Rocky»), y Gilbert deja en claro que su habilidad tiene un propósito más allá de la pulcritud.

El humor de Mr Big tiene su espacio ganado en la empezada de «A Little Too Loose», cuando Billy Sheehan emula el tono grave de su voz de la versión en estudio. Un sentido del humor que adquiere tintes de ‘badass’, cual película western. «Road To Ruin», la ppultima descarga de electricidad, para rematar el paso por la Opus del ’91 con la canción más popular de Mr Big, y totalmente cantada por todo el Caupolícan. Siempre lo diremos, las canciones son de la gente y «To Be With You» responde a aquel principio con la recepción propia de todo clásico por mérito propio. Poco que agregar ante tamaña muestra de clase y honestidad. A lo más, la imagen de un público de rockeros entrados en sus 40 o 50 años dejando la vida y la voz ante lo que hacen los cuatro fantásticos e el escenario, dice más que cualquier análisis clínico.

El momento karaoke en «Wild World» (original de Cat Stevens), es lo que busca Mr Big más allá de la prueba de habilidades de sus componentes. De ahí al rock n roll con doble pedal de «Colorado Bulldog», vuelve la locura, como quien de pronto mete los dedos en el enchufe, lo que en vivo es como esparcir gasolina y tirar un fósforo. ¿Quieren más rock n roll? ¿Quieren algo igual de rápido y con un coro igual de sencillo y pegador? «Shy Boy», original de Talas (una antigua banda de Billy Sheehan), incluida también en el primer LP solista de David Lee Roth «Eat ‘Em and Smile» (1986) y replicada en vivo por Sheehan en sus incursiones junto a Steve Vai, The Winery Dogs y los propios Mr Big. De esas canciones que se mantienen vivas y frescas por lo que desbordan.

Antes de «Shy Boy», y tal como Paul Gilbert en la sección dedicada a «Lean into It», Billy Sheehan tiene su sitial para demostrarnos sus habilidades en las bajas frecuencias. Un bajista con voz propia, un timbre único y creador de líneas simples en apariencia, pero con una ciencia que surte efecto cuando une fuerzas con potencias del mismo calibre. Y cuando intercambian instrumentos para tocar «Good Lovin´», Sheehan se hace con la voz como si estuviera en la sala de ensayo con sus amigos. Hay que ser Billy Sheehan para esas instancias en que la diversión y la buena música terminan llenando el alma de miles en un recinto.

Y e la forma en que «30 Days in the Hole» (original de Humble Pie) rescata los valores del blues rock en los tiempos del mito, «Baba O’ Riley» -sí, la misma de The Who- termina todo como un lujo. Un lujo al cual no le puedes decir que no, más allá de tus gustos específicos en la música. Nunca le digas nunca a Mr Big. Como Mr Big nunca debiera decirle nunca a lo que congrega a sus fans de años y los recién iniciados. Y sí, ponemos en duda que se trate de una despedida porque las toneladas de maestría y actitud expresadas anoche en un Caupolicán entregado a la mejor música, nos dicen que hay al menos un futuro de una década por delante. Amén.

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