Obituary: Podredumbre de almas
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Escrito por: Equipo SO

Por Claudio Miranda
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos

El distintivo de Obituary no es solamente un tema de sonido y estilo. Originarios de Tampa, Florida, la banda liderada por los hermanos John y Donald Tardy siempre navegó contra la corriente. Mientras sus colegas de escena y género competían entre ellos en términos de brutalidad y destreza técnica, Slowly We Rot (1989) y el fundamental Cause of Death (1990) denotaban el énfasis en el ‘death’ como una proyección de la muerte en su forma más dolorosa y desgarradora. La voz de John Tardy, el componente humano, te da una idea de aquella huella dactilar impregnada en el grito desgarrador que lo emparentaba casi directamente con el espíritu del thrash en su forma más primitiva.

¿Cómo resumir en pocas palabras la importancia de Cause of Death? De todo lo que se ha dicho al respecto en poco más de tres décadas, ninguna definición será tan acertada como la del prestigio sitio Loudwire, el cual sitúa al redondo como el mejor trabajo del género en 1990: «Al prescindir por completo de los blast beats, Cause of Death se basó en riffs desbordantes, estructuras erráticas y el gutural eructo pantanoso de John Tardy«. Evidencia suficiente para entender la trascendencia de una propuesta que sigue maravillando a generaciones que se dejan sucumbir por el aluvión de riffs y groove comandado por la figura central de los Tardy y el guitarrista Trevor Peres.

Si bien la bajada a última hora de la banda Nox Terror –problemas de salud de uno de sus integrantes- significó reducir el cartel a dos nombres, es justo y necesario remarcar la presencia de Cerberus como prueba irrefutable de la vigencia del death metal como el constante impulso desde la tripa. El cuarteto liderado y fundado por Juan Pablo Baquedano aprovecha su minutaje en el escenario para exponer sus credenciales de nombre prócer en el auge del estilo en nuestro país, allá en el ecuador de los ’90s. «Decimation», «Brutalized» y «Redemption of Demigod» se dejan caer como misiles en un Cariola próximo a abarrotar la cancha. La imagen de Juan Pablo regalando al público una polera de la banda, también habla mucho de la cercanía entablada con una minoría que trasciende la barrera generacional.

 

Qué importante, tanto como el liderazgo de Baquedano,es la labor de Miguel Neira en bajo y voces, lo que le da a Cerberus una musculatura sónica con la cual su catálogo se mantiene igual de lozano y enérgico en el directo. «Repulsive LIfe-Forms», la que titula su EP debut (1996), corrobora dicha virtud al punto de unir generaciones de ‘bangers’ en un mismo sentimiento, tanto para quienes eran adolescentes en los días del Manuel Plaza y la Laberinto, como para los iniciados que ven en un nombre angular a sus héroes locales de ayer y hoy. Cuando llegamos al final con las fundamentales «Ebola» e «Immortal Hate», la postal de la centrífuga humana en el centro de la cancha resume la ferocidad que Cerberus ha esparcido y cosechado en poco más de tres décadas. No es casualidad la relación entre el death metal como género musical y el fondo de infección y muerte que el estilo proyecta en base a su naturaleza como espejo de un mundo condenado.

Tras una espera acompañada de una playlist orientada al rock clásico, con nombres de la talla de Michael Schenker Group sonando en los parlantes, llegaría la alerta con «Snortin’ Whiskey», del legendario guitarrista canadiense Pat Travers. Y con el primer bombazo a cargo de la instrumental «Redneck Stomp», es cosa de que la siguiente «Sentence Day» termine por echar todo abajo. El recinto de calle San Diego no tardó en venirse abajo, y qué otra cosa podría pasar con una banda en plena forma y desbordando energía desde el primer golpe. A destacar en marco dorado lo que se manda Trevor Peres como el hombre de los riffs durante casi 40 años, mientras Kenny Andrews dispone su destreza en las seis cuerdas a lo que realmente importa.

A medida que pasan raudas «A Lesson in Vengeance» y «The Wrong Time», reparamos en el desempeño de Donald Tardy en el manejo de dinámicas desde los tarros. Un baterista que, digámoslo, castiga su instrumento sin necesidad de caer en la clínica de blast-beat que más resta de lo que suma. Y es que Don entiende a la perfección la importancia de la expresión en cada golpe y patrón rítmico. Un baterista cuya pegada y habilidad técnica se hermanan en una misma firma de devastación animal, siempre dominada a punta de maestría y convicción. Su complemento con el experimentado bajista Terry Butler deja en claro que Obituary es una banda que va a lo suyo y se aferra a su ADN sin importar lo que dicte la industria respecto al desarrollo del estilo durante estos días.

A lo que venimos. Cause of Death, de inicio a fin en su (casi) totalidad. «Infected» y «Body Bag», seguidas y casi unidas como en el estudio. Lo sabemos y lo hemos mencionado más de una vez; la voz de John Tardy es única en su estirpe. No necesita recurrir al gutural ridículamente ilegible de sus colegas, pues la virtud de John en la voz radica en la expresión del dolor más desgarrador. En la misma liga de voces podridas como John Altman, Karl Willetts, Martin Van Drunen y Chris Reifert. Todas voces que pulieron sus identidades durante los tiempos de cassette-demo y fanzine fotocopiado en blanco y negro. Metaleros viejos, dueños de voces que no buscan la pulcritud técnica, sino reflejar la decadencia humana en toda su carne.

Así como la instrumental «Dying» transforma el mar de gente en un oleaje implacable, al mismo tiempo nos permite apreciar en pleno la destreza instrumental de una banda que utiliza de manera acertada el mid-tempo y los quiebres de ritmo. Es lo que nos deja a la luz un trabajo creativo orientado hacia las estructuras de escritura mucho más libres, pero siempre resguardando su naturaleza de espesor y tiniebla. Y tal como en el disco, incluso sin seguir el mismo orden que en el estudio, la pieza titular nos muestra en toda su anatomía lo que evoca Obituary desde su esencia.

La huella de Celtic Frost, tanto como en la demoledora versión de «Circle of the Tyrants», está latente en la integridad de una agrupación que se toma su tiempo y, a la vez, recalca la lucidez que permitió concebir un trabajo bisagra para el death metal desde lo que busca evocar. Y llegando al final de la sección dedicada a Cause of Death, «Chopped in Half» y «Turned Inside Out» parecen habernos quitado todo residuo de aliento. Inevitable asombrarnos con el estado de gracia y confianza que tiene Obituary extendiendo su catálogo y celebrando triunfos pasados con todo el derecho del mundo.

Para abrochar una jornada gloriosa de camisetas sudadas y uno que otro artefacto volando hacia el escenario, «I’m in Pain«, del más complejo The End Complete (1992) asoma abriendo la puerta a patadas. El momento ideal para que Don Tardy nos refriegue en la cara sus dotes como baterista insigne. Es la escuela de John Bonham y Bill Ward llevada hacia lugares quizás impensados en su momento, pero que van de la mano con un objetivo mucho más importante que la exhibición de habilidad y pirotecnia hoy tan común. Y el golpe final con «Slowly We Rot», la que titula su Opera Prima (1989), no hace más que refrendar un espectáculo en que la devastación supera el cliché y se vuelve un hecho a constatar en el acto.

Lo que le da a Obituary como nombre de peso en la élite del death metal, es lo que evoca como reflejo de un mundo donde la belleza y la felicidad están ausentes. La propuesta de los de Tampa se inclina por la protesta y el lamento ante la inminente extinción. Es un grito de furia de quien se siente rodeado por un entorno donde impera lo peor de lo peor. Si un trabajo con la estatura de Cause of Death hoy es una obra suprema, es porque fue concebido en el momento y lugar indicados para una banda que buscaba traspasar la frustración a la música, para llevar todo eso después a un show atronador con efecto de catarsis y purificación hasta la médula.

Tanto como lo que diga la reseña especializada de turno, es necesario asumir que Obituary, como nombre referencial de un estilo que busca de todo menos agradar al resto, es de esas bandas que te recuerda lo básico en todo ámbito de la vida: te gusta mucho o no te gusta nada. Quienes buscan ‘excelencia musical’ o ‘vivir la experiencia’, es probable que se decepcionen o arruguen la nariz. No todos los lugares son aptos para la curiosidad o el turismo, mucho menos ante el hedor que expele la podredumbre de almas durante cada visita del clan Tardy a tu ciudad. Y eso es lo que los hace una banda tan distinta, incluso dentro de sus pares.

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