Por Pablo Rumel.
Fotos Rodrigo Damiani @SonidosOcultos
No fuimos a ver un mero tributo a Stratovarius con Timo Tolkki de invitado, al contrario, llegamos a ver a Timo Tolkki con una banda de soporte, Visions, conjunto chileno más que solvente y profesional: el espectáculo venía precedido de buenas críticas en Concepción, y ya en 2024 habían girado en diversos puntos del país.
Es verdad, el gran Timo viene en descenso, tanto a nivel físico y mental, como compositivo: atrás quedaron sus años en los que se perfilaba como un virtuoso de la guitarra, muy atrás los estadios llenos durante la etapa gloriosa de Stratovarius, que específicamente tiene un arco acotado, desde el «Fourth Dimension» (1995), al «Elements Pt. 1» (2003); hacia atrás y hacia adelante hay empuje, hay buenas ideas, pero esos 7 años son los míticos y los que han atravesado la brechas del tiempo, como un puño llameante que fue estandarte y fuerza matriz de toda una generación powermetalera.
Con un RBX a tope, a las 20:17 exactos, la espera terminó. La sala se bañó de un verde misterioso, como de ópalo, y con un rápido juego de luces vimos entrar a los Visions, uno a uno. Y ahí teníamos frente a nosotros, al tío Tolkki, quien guitarra en mano tocó las primeras notas de «Hunting high and Low», y como debe ser, pura descarga energética de poder y sentimiento como puñalada al corazón: el power tiene sus raíces en el speed, lo que la ejecución en vivo lo convierte en una máquina demandante y arrolladora: hubo algunos detalles, que ya vamos a señalar, pero la base bajo-batería se oyeron atronadoras y pesadas, lo que desde ese ángulo la performance sonó atrevida, rabiosa y contundente.
«Paradise» fue la segunda descarga, un tema de hechura rítmica y coros impactantes. La voz de Richie sonó pulida, y a ratos, entre los juegos de luces y sombras, daba la sensación de que estábamos ante un Kotipelto avatarizado. La ilusión habría sido perfecta, pero no lo fue, principalmente porque la ecualización del teclado se oyó apagada, al igual que las notas más altas de las guitarras: se ganó en graves pero los agudos quedaron deslucidos.
No obstante, el profesionalismo de los músicos rápidamente apagó ese incendio, y entre un par de acoples que fueron utilizados para crear silencios dramáticos, la descarga sónica tomó una vertiente veloz que sirvió como catapulta para que los bangers, mayoritariamente cuarentones, salieran a saltar y a moshear como Dios manda: «Will the Sun Rise?» Sonó violenta y melodramática, por ser una composición más cercana a las bases power, sin tanto arreglo, pero con interludios neoclásicos, power chords arrolladores y secciones palmuteadas espiraladas y neoclásicas que nos dejaron con los ojos desorbitados y los oídos recubiertos de miel.
La interacción de Tolkki con el público fue cariñosa y humana: el tío, como buen sobreviviente de mil batallas, no posó nunca de rockstar, y con humildad nos regaló algunas frases humorísticas, como decir que con su colega Richie eran “amigos con ventaja”, además se dio el lujo de saborear sobre el escenario nuestra bebida típica, su tremendo piscolón en jarra con harto hielo. ¡Al seco! Gritaban desde el respetable, pero el tío, como buen bebedor, sabe que el alcohol se debe degustar con sabiduría, no fuera a ser que de un jarrazo directo al pecho terminara hablando en ruso y tocando el chachachá.
Las canciones elegidas fueron más que acertadas, fueron perfectas, porque respondían todas a la era dorada de Stratovarius, y así fue como escuchamos una velocísima «Speed of Light»: el tío Tolkki -otra verdad como un puño- no llega con la misma velocidad que en los discos, pero su performance estuvo a la altura; no estábamos ahí para oír un sonido de estudio, estábamos para experimentar la homilía metalera de cuerpo y alma, quien además contó con un inmejorable Leonardo Garrido a la guitarra rítmica, habilidoso y atinado en llenar cualquier bache, y quien también interpretó solos.
El trabajo del tecladista Javier Mansilla, vistiendo una impecable chaqueta de cuero sin mangas, tuvimos que adivinarlo en gran parte por los problemas de audio que afectaron a su instrumento. Más de alguna vez vimos a Richie pidiendo que subieran el volumen, y creo que esto es algo que debe considerar seriamente la organización, renovar equipos o manejos en la mesa,; desconocemos el origen de los desperfectos, pero nuestra crítica va orientada a mejorar los shows, no en demoler por demoler.
Y entre descarga y descarga, hubo espacio para el sentimiento. Se interpretó la power ballad «Coming Home» en un formato pesado; la voz de Richie una vez más estuvo impecable, sin fallar notas, con ese mismo cuerpo y calidez del gran Kotipelto, acariciando a cada uno de los presentes. También oímos la inconfundible y emotiva «Forever», estilo café concert, solo guitarra en mano y Richie (¿habría mejorado la performance con una guitarra electroacústica?), se invitó a una pareja a subir al escenario. Bello momento, medio opacado por su tontorrón de turno que lanzó improperios haciendo gala de la “choreza del chileno”.
Otro momento que pudo terminar en tragedia ocurrió con un asistente al evento recién operado que se desmayó en las últimas canciones. Por fortuna fue socorrido a tiempo y pudo salir por sus propios medios. Ojo con eso, los conciertos demandan esfuerzo físico, y si no se está en la mejor forma, hay que evitar ir al choque en las primeras líneas y buscar zonas de mayor resguardo.
El encore fue mítico: ¿qué rolas podían cumplir con un cierre con broche de oro? Sabemos que «Black Diamond» no se toca. Iba sí o sí. Algunos pidieron «The Kiss of Judas«, otros pedían «Forever Free». Estaba complejo. Se optó por una descarga energética con riffs más afilados que lengua de vieja cahuinera: «Father Time», oh sí, padre-tiempo, con su hechura rabiosa y machacante.
El cierre, coreado a gritos, fue con el diamante negro, sin dudas, y en un gesto que quedará para siempre en la retina de los presentes, subieron al escenario a un pequeñito no mayor de ocho años, quien pudo corear y cantar una canción que está destinada al infinito, atravesando la cuarta dimensión por ser un elemento primordial, y más allá.
Balance final
Lo que vivimos fue una lección de humildad y fuerza de uno de los arquitectos del power metal. Timo Tolkki, -en una performance de una hora y treinta minutos-, lejos de sus años de gloria con estadios repletos, demostró que su legado no se mide en velocidad ni en perfección técnica, sino en la emoción que despierta. Con Visions como soporte sólido, una selección impecable de clásicos y un público que osciló entre la nostalgia y el delirio, el concierto quedará en la memoria como una de esas noches donde la música trasciende cualquier bache técnico: el metal no está muerto, dejó de ser mainstream, pero sigue con su llama encendida en las catacumbas metálicas donde la fidelidad no se compra con auto-tunes ni con poses vacías, se experimenta con fuego y ardor.
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